ENTREVISTA A MARIO A. MEMBREÑO CEDILLO POR ÁLVARO CÁLIX. POST PLAZA DE LAS PALABRAS


PLAZA DE LAS PALABRAS en el marco de la celebración del octavo año de  creación, presenta en su sección ENTREVISTAS, una conversación sobre la literatura y el cuento. ENTREVISTA realizada a MARIO A. MEMBREÑO CEDILLO* POR ÁLVARO CÁLIX. ** 


ENTREVISTA

OCTUBRE 2021

4146 Palabras

1. Usted ha publicado cuentos y artículos sobre crítica literaria, ¿con qué género se siente más a gusto y se identifica más? 

De entrada advierto al lector que no soy crítico literario. Y que todos los comentarios en esta entrevista son exclusivamente como lector y de gozar de la sana e incierta afición por escribir ficción. Si he incursionado tibiamente en la crítica literaria, pero más por necesidad que por vocación o por aspirar a ser crítico. Las necesidades del blog Plaza de las palabras me han orillado a incursionar en ese campo tan complejo y delicado. Pero al contestar la pregunta, hay dos posibles respuestas: si es de gustos adoptó el cuento porque está más estrechamente vinculado con el poder de creación. Sin embargo, desde una teoría del conocimiento. La crítica literaria siempre ha sido, es y será un complemento válido y beneficioso para el arte de narrar. 


2. Respecto de su aprecio por los clásicos, una vez usted me mencionó, años atrás, una frase que se le atribuye originalmente a Isaac Newton: “estar subido en hombros de gigantes”, ¿cuáles son esos principales gigantes de la literatura que han orientado su andar en este oficio?

Es una frase que en un sentido muy general se refiere al hecho de la tradición y las influencias. Si bien originalmente fue pensando en la ciencia, también es un axioma válido para la literatura. Es la trasmisión del conocimiento y también el reconocimiento que nadie nace escritor por generación espontánea, el conocimiento siempre es un aprendizaje sobre lo que crearon otros que estaban antes que nosotros.  Nadie puede negar la tradición,  T.S.Eliot nos habla de ello. 

Para mi hay tres niveles de influencias;  la primera influencia es la lectora,  comprometida con el gusto por la lectura. El placer del texto a lo Roland Barthes. En esa tendencia podría citar a escritores seminales y que leí por puro placer: Hesse, Camus, Borges,  Poe, Chandler, Rulfo, Kafka, Dostoievski, y hasta Sartre. En poesía, unos cuantos: en español José Santos Chocano, Pablo Neruda, en ingles John Keats y Walt Whitman. La segunda influencia es la formativa, los profesores que uno ha tenido en el Colegió o universidad. En ese contexto me beneficié de un puñado de muy buenos profesores, tanto en el campo literario como académico o intelectual. Entre otros en la UNAH: Matilde Asensio de Cruz (QDDG) de origen español, Julio Escoto hondureño, Marcina Márquez de origen mexicano, Ramón Oqueli (QDDG), hondureño y en Chile, Claudio Collados profesor de la Academia Diplomática Andrés Bello de Chile.  

La tercera es la influencia instrumental, más relacionada directamente con mis cuentos, ya sea: el lenguaje, la temática,  la técnica  o el estilo. Ahí citaría a Cortázar y a Kipling, y en menor medida a Hemingway; aunque diría que la influencia de ellos ha sido más de visión, que de estilo. Sin embargo,  estoy consciente que en algunos de mis primeros cuentos se puede adivinar cierta influencia de Cortázar. Vale la pena acotar que antes de escribir ficción cultivé el ensayo y los artículos periodísticos en el Diario El Heraldo, en una sección muy gustada: Página 10.  Luego en mi vida profesional, por razones de trabajo, pase al ensayo académico y técnico. En ese campo y género tengo varios libros como autor y también en coautoría. 

Agrego también un gusto por leer poesía, y algo he aprendido de tanto merodearla.   De tal suerte que al escribir literariamente tuve que enderezar mi forma de escribir. No sé si lo logré plenamente. En todo caso creo que soy un híbrido entre la prosa argumental propia del ensayo y la academia y la prosa ficcional propia de la literatura. Sin embargo, creo que soy un autor moldeado más por la academia que por la literatura, pero me gusta más la literatura que la academia. Ambos campos se han visto beneficiados por una saludable sinergia y una amable complicidad. 

3. Se dice que detrás de un cuentista hay una teoría personal sobre el cuento, también sabemos que los géneros no se mantienen puros y que con el tiempo sufren mutaciones que van cambiando hasta cierto punto el canon literario. ¿Cómo define usted el cuento y cuáles son los parámetros o rasgos principales que lo deben caracterizar para que este mantenga su identidad y eficacia narrativa?

Sobre cuentos y teorías del cuento se ha escrito bastante desde los tiempos de Poe. Quiroga nos legó un buen decálogo; y Cortázar también cargaba en su mochila un cuerpo teórico para explicar sus cuentos y teorías literarias. Más actuales son las teorías del cuento de Ricardo Piglia. Aun así, no creo que haya una receta universal válida para todos. Y si la hay no durará mucho en pie. Mis cuentos no obedecen a una teoría en particular, la mayoría de mis cuentos los inicie espontáneamente o intuitivamente. De algunos ni siquiera sé cómo se me ocurrieron o de dónde salieron las ideas germinales, ni cómo acabaron siendo cuentos. Inicialmente no fechaba mis relatos, así que todo queda en un pasado remoto y borroso. Tampoco escribo por arrebato o inspiración. 

Sin perjuicio de lo que antes he dicho,  existen criterios básicos que siempre mantengo en mente. Para el escritor tiene que ser interesante lo que escribe. Debe escribir más orientándose a conectar lo local con las ideas universales. Debe haber misterio, debe haber una epifanía, debe haber algo que no sabíamos o que si lo sabíamos no lo entendíamos tan bien. Por otra parte, el escritor Piglia, nos dice que un cuento “es un relato con otro relato secreto adentro”.  Luego nos habla de las “dos historias simultáneas” que se van tejiendo en el relato. 

Estas ideas de Piglia nos hacen recordar la teoría del iceberg de Hemingway o el dato escondido de Vargas Llosa. Coinciden todas las teorías anteriores en un hecho fundamental: el ocultamiento. No obstante, así como no se puede contar todo, tampoco se puede explicar todo. Asimismo, ese ocultamiento,  no nos debe necesariamente llevar   pensar que en todo cuento tiene que haber algo por descubrir. Pero si es imprescindible que en el cuento haya algo con lo cual el lector se identifique o algo que le conmueva,  o bien algo que le haga reflexionar sobre algún pedazo hermoso o maltrecho de la vida. Adicionalmente,  el cuerpo narrativo debe estar imbricado de tal forma que la forma de narrar siempre sea inteligente y persuasiva. para mi el proceso mental de escribir es fundamentalmente un acto de inteligencia.

En cuanto al estilo, siempre estará más ligado a la manera en que se cuenta una historia. La división del trabajo entre lo qué se cuenta y cómo se cuenta se ha inclinado últimamente hacia el “cómo”, sobre todo porque los autores modernos en su afán rupturista han querido hacer una reflexión desde el lenguaje. Esto supone una dicotomía entre lo que es la forma pura de la ficción -que es la tradicional- y la erosión de ésta a costa de construir la ficción a partir del lenguaje. En ese contexto, tanto la introspección personal como el rincón autobiográfico es un recurso muy utilizado. Para finalizar, el estilo está muy imbricado con la manera personal de percibir el mundo y el fenómeno literario. Piglia una vez dijo que Proust, Joyce y Faulkner, no escribían con ese estilo por estilo, sino que ellos escribían así porque ellos eran así.

4. Por lo que he visto, usted se identifica más con los cuentistas clásicos del siglo XIX y primera mitad del siglo XX,  pero igual le quiero preguntar ¿qué escritores y obras en Latinoamérica y el mundo le han llamado la atención por su calidad en las últimas décadas del siglo pasado y primeras del siglo XXI?

Más que citar nombres de personajes relevantes ya leídos o que me atrevería a recomendar,  citaría algunos escritores que a mi me gustaría leer más. A Paul Auster, Juan Villoro, Jorge Volpi, Cristina Peri Rossi. Úrsula K. Le Guin. El novelista G. Sebald y el fenómeno literario de Roberto Bolaños. Debo decir que descubrí tarde al crítico George Steiner y sus aportes de literatura comparada, como también descubrí tarde al polifacético Ricardo Piglia, novelista cuentista, crítico y ensayista, singular por sus ejercicios mentales para allanar fronteras entre géneros literarios. Y de Honduras me gustaría leer más del escritor Marcos Carias, que me parece ha sido uno de los escritores más completos: ensayo, historia, novela y cuento. Sin embargo de ninguno de los autores anteriores conozco sus obras, en realidad solo tengo indicios de su talante y de sus enormes talentos literarios.  

Una última observación, de Piglia,  por su manera de relacionar el ensayo con la ficción, me gustaría leerlo más y profundizar en su obra. Hace poco leí algo de él, decía que Paul Valery había afirmado que El discurso del método de Descartes, se podía leer como si fuese una novela y que esa había sido la primera novela del mundo. Luego decía Piglia,  que los estudios psicológicos de Freud también podrían tener la pauta de una novela. Entiendo ese borrar de fronteras entre géneros,  y ese tipo de procesos mentales tanto en la escritura como en la lectura, y comparto esos ejemplos de Valery y Piglia, porque hace décadas leí Los hijos de Sánchez, obra sociológica de Oscar Lewis,  y lo hice leyéndola como si fuese una novela. 

5. Sé que ha leído cientos de relatos, pero le pediría que me mencionara algunos, por diversas razones, están en su pódium personal.

Creo que podría hacer una antología, y siempre sería injusto con muchos autores. Aun así quizá apostaría por cuentos de Kipling o Cortázar. De Kipling El jardinero o They  o Los constructores de puentes, solo para citar tres.   De Cortázar podría citar un puñado de cuentos que me gustan. Pero me quedó con uno de sus primeros relatos La casa Tomada,  y también con ese otro cuento, simetría gótica de la imaginación que es La noche bocarriba, y no dejaría de mencionar su cuento de madurez narrativa El perseguidor.  

De Borges, uno que quizá sorprenda: Emma Zunz, por su acoplamiento de la plasticidad humana y la trama narrativa. Es una situación no solo probable sino narrativamente convincente.   De los escritores mexicanos me gusta esa narrativa casi cinematográfica de En la playa de Salvador Elizondo. También ese magistral cuento quizá kafkiano de Juan José Arreola: El Guardagujas Y de postre La cena, por esa prosa nítida y movible contra reloj que plasma Alfonso Reyes. Por otra parte, me hicieron reflexionar los cuentos El ángel caído de Cristina Peri Rossi y El peatón de Ray Bradbury. 

Hace mucho tiempo me conmovió por su desolación futurística El verdadero amor de Isaac Asimov. Me gustan los cuentos de J.D. Salinger, mi preferido es Para Esmé, con amor y sordidez. De Chever me gusta El nadador, por lo increíble de la situación planteada y la agilidad argumental del discurso. ¿Algo ha pasado?  Cuento de Dino Buzzati, por el manejo del contexto sin llegar a un punto focal concreto, metafísicamente es la nada en el todo.  Por su realismo existencial,  me gustó Bienvenido, Bob de J.C. Onetti. La tercera orilla de Joao Guimarães Rosa por su impronta naturalista siempre al acecho y su sugerente imaginación abstracta. 

Fiesta en el jardín de K. Mansfield, por la viveza de los personajes y lo  contrastante de la escenografía humana,   y me gustaron un par de relatos de Virginia Woolf: los provocativos: La marca en la pared y La casa encantada, precursor de la Casa tomada de Cortázar.  Hay dos más del realismo naturalista norteamericano que siempre me han fascinado, Enciende una hoguera de Jack London y El hotel azul de Stephen Crane, ambos cuentos magistralmente narrados, el primero con su bien ensamblada mancuerna entre el realismo visual y la palabra en acción; el segundo una muestra ejemplar de la técnica impresionista. 

De una gran cuentista Flannery O’Connor, me quedo con Un hombre bueno es difícil de encontrar, por su conducción magistral entre el suspenso psicológico y la solvencia narrativa.  De Isak Denisen me decanto por uno de sus cuentos no tan citados, pero de gran calidez humana, y que recuerda al Corazón sencillo de Flaubert, y anticipa a Los Buenos Servicios de Cortázar. Me refiero a El festín de Babbette. Cuento llevado exitosamente al cine, una de las películas favoritas del actual Papa Francisco. Y finalmente Quizá uno de los cuentos que más me ha impactado fue Los muertos de James Joyce, con aquella escena memorable de Greta al pie del descanso en la escalinata cuando escucha una tonada que le recuerda a un joven que murió de amor por ella y un final para fin del mundo. De otros grandes cuentistas, tales como Maupassant, Poe, Chejov Kafka, Faulkner o Rulfo no citó ningún cuento porque toda su obra es muy pareja y todos sus cuentos son materia obligada de todo escritor. 

Y de los cuentistas hondureños disfrute de los cuentos de El Arca de Óscar Acosta;  y  siempre he valorado la cuentística novedosa por su temática en Una bajada al cielo y otros cuentos de Roberto Castillo, y El cuento de la guerra por el experimentalismo de forma y lenguaje de Eduardo Bähr y La balada del herido pájaro por la destreza narrativa y el oficio siempre meticuloso en el uso del lenguaje de Julio Escoto. 

De los cuentos hondureños que he leído y que me han gustado, aunque sigo en deuda porque me faltan toneladas por leer. Mencionaré unos cuantos, por su sugerente proyección La amenaza invisible de Arturo Martínez Galindo; por el intento de medir la oscuridad Ella y la noche de Mimí Díaz Lozano; por el retrato convincente de los personajes Día de Bodas de Marco Carias. Por su inventiva y construcción de escenas La primera historia del fotógrafo loco de Julio Escoto. Por su combinación de un tema borgiano salpicado con el lenguaje barroco de Alejo Carpentier, Codicia de Leticia Oyuela. Por su fluidez y convicción lingüística, Los héroes de la fiebre de Eduardo Bähr. La dignidad de los escombros de Jorge Medina García,  por su doble retrato hablado de una situación social y de una escena móvil rematada con un final narrativamente acertado.   Por su inventiva simbólica La última aventura del pájaro travieso de Jorge Luis Oviedo. Por crear una versión nueva del tema clásico de Pigmalión Proyecto Amante de Rebeca Becerra. Y El Puerto azul de Álvaro Calix, por sus pinceladas impresionistas. Finalmente, por su temática desde un fluido y convincente narrador en segunda persona, Memoria de esculturas de José Antonio Funes Torres.    

Ahora bien, si tuviera que elegir  solamente tres cuentos  de todos los tiempos de la cuentística hondureña,  tanto porque me han gustado o por la sobriedad de su escritura,  seleccionaría  por su economía verbal y final descarnado e imprevisto La mejor limosna de  Froylán Turcios; y por su simbolismo cotidiano y acierto de lenguaje,  a  la par de la mejor prosa narrativa de Alfonso Reyes, La calle prohibida de Pompeyo del Valle, y finalmente por su convicción narrativa y fluidez  sugerente de tráfico entre la ficción y la realidad,  Cuando se llevaron la noche de María Eugenia Ramos. 

6. ¿Cómo describiría usted la evolución del cuento hondureño?, es decir, principales autores, etapas, temáticas y estilos… Y, en particular, ¿coincide o discreparía con quienes sostienen que el cuento hondureño se quedó rezagado respecto al desempeño de la poesía nacional durante finales del siglo XX y primeras décadas del XXI?

De la primera parte de la pregunta, quizá más adelante escriba un mini ensayo para el blog para plasmar unas cuantas ideas sobre la cuentística hondureña.  Por ahora mis conocimientos sobre la temática son algo limitados porque de la actual generación de cuentistas conozco muy poco.  En cuanto a la segunda parte de la pregunta es indudable que hay un rezago de la prosa narrativa respecto a la poesía. Pero ese rezago ha existido siempre. Hay una creencia general que todos tenemos algo de poetas. Pero nadie diría que todos tenemos algo de cuentistas y menos de novelistas. En general, ese rezago entre la poesía y la prosa se ha nutrido mucho de las percepciones. Por ejemplo, la palabra “cuento” ha sido muy maltratada y a veces hasta vulgarizada. Dicen por ahí que nadie se cree ese “cuento”. Muchos de los primeros cuentistas también oficiaron la poesía.  El cartel de  “El poeta” tiene buena aceptación, a casi nadie se le dice “El cuentista”, pero sí suena bien “El novelista”.  Así muchos críticos coinciden que el cuento nunca tendrá la popularidad casi democrática de que goza la poesía, ni mucho menos portará el elegante prestigio de la novela. 

Consecuentemente, el cuento, en un sentido muy general, ha tendido a considerarse como un paso intermedio más que un fin. Una escritora que desde su propia habitación entendió bien eso, y tenía muy claro lo que estaba haciendo fue Virginia Woolf, siempre concibió sus relatos como una especie de entrenamiento o un ensayo para depurar personajes o experimentar micro técnicas literarias. Sus relatos fueron para ella lo que Susan Dick llamó «piezas de aprendizaje», para luego brincar a la novela. No obstante hay una fuerte tradición a favor del cuento en el mundo anglosajón y en Hispanoamérica, la ha habido y la sigue habiendo sobre todo en Argentina y Uruguay. Hay algo que coyunturalmente favorece el cuento y es la pandemia. Y que los lectores cada vez más, quieren leer relatos o narraciones más cortas. Lo anterior combinado con iniciativas novedosas de editoriales independientes, son factores que  pueden contribuir a potenciar el cuento. 

7. Usted ha publicado un libro de cuentos, pero sabemos que tiene varias obras inéditas, ¿piensa usted publicarlas?

Sí y no. Me explico… Por supuesto que me gustaría publicar mis obras, porque hasta el momento soy autor de un solo libro de cuentos, pero tal hecho tampoco me apena. Rulfo solo publicó un libro de cuentos.  Sobre publicar mis obras inéditas, a veces no tengo ni el tiempo ni los medios para hacerlo. De hacerlo sería satisfactorio para mí y contribuiría aunque sea un poquito al acervo del cuento hondureño. 

Sin embargo, la publicación de mis obras no es algo que me obsesione. La literatura, sea como lectura o como escritura, para mí es como jugar ajedrez o quizá como escuchar música clásica. La literatura no tiene porqué imponer un altar sacrificial o exigir un culto especial. Ernest Hemingway se suicidó aun habiendo ganado el premio nobel de literatura. Hay cosas más importantes en la vida que la literatura. Es un mito creer que la literatura salva. Y por lo tanto, el que se ha metido a ella creyendo eso, mejor que se dedique a otra cosa. Lo que ciertamente si ha hecho la literatura es enterrar a muchos. Y los ejemplos abundan. Ni la literatura ni el arte salvaran al mundo, pero sí pienso que ambos ayudan a una mayor y mejor comprensión de la humanidad y el cosmos. Pienso que el arte y la literatura son una gran vía para el aprendizaje y la reflexión. Y también ha servido y seguirá sirviendo como una gran vía de denuncia de situaciones injustas o reivindicativas. Los ejemplos sobran, aquí no más a la vuelta se tiene el caso del escritor nicaragüense Sergio Ramírez.      

En cuanto a mis obras inéditas tengo dos proyectos a mano: Alfonsina, miniaturas y otros textos, que reúne un cuento experimental, sumado a una serie de minificciones y otros textos no tan extensos; y Cuentos Iluminados, que reúne siete cuentos con temática hondureña: lencas, garífunas, pescadores, migrantes, el Mitch, Olancho. Ambos libros están en etapa de revisión final, pero sinceramente no sé cuándo los publicaré. 

8. ¿Cuál es el cuento de su autoría que usted considera destaca sobre el resto de su obra?

La Provenza en la pampa es uno de los cuentos que más me gusta y uno de los mejor logrados, es un cuento en que se produce un desdoblamiento tanto de los personajes como del espacio geográfico entre la Provenza, Francia y la pampa argentina. Y está incluido en mi único libro de cuentos publicados La orientación de la mirada (2012).  Sobre Honduras tengo dos cuentos que mencionaría y que ya han sido publicados en medios virtuales: Las casas eran blancas y de madera, y El Último Lenca, aunque ambos cuentos con el tiempo han sufrido modificaciones en relación a sus versiones originales. Son relatos con temática garífuna y lenca respectivamente.  

Desde el cuento experimental siempre me ha gustado Alfonsina o la cosa más extraña, relato que se desarrolla en un totalmente ficcional parque O’Higgins en Santiago de Chile. Y La playa, un texto experimental que se ambienta en el pacífico mexicano y que fácilmente podría leerse como un cuento. Creo que una de las versiones la publique en el blog. Tengo otro cuento que me ha gustado pero es inédito, El águila bicéfala, narración intrincada sobre la migración,  puesto en escena aquí en Tegucigalpa y que termina en Nueva York, y que forma parte de Cuentos Iluminados.  

Y por último, también citaría dos cuentos más, ambos inéditos e incluidos en Cuentos Profanos, me refiero al cuento La transfiguración una especie de ficción universal sobre un naufragio, una isla terrorífica y una experiencia onírica de un chico que termina en un final feliz en el Yankee Stadium de Nueva York, y cuyo final es «el juego estaba en el noveno inning y Babe Ruth iba al bate».   Y el otro, un cuento muy extenso con casi nueve mil palabras, Campo de orquídeas, narración que se vuelca sobre la vida misteriosa y alucinante de un poeta que escribe una extrañísima poesía, y la de un ex sacerdote jesuita que es crítico literario y detective aficionado,  y que por la extrañeza del caso decide seguirle la pista literaria al poeta. Este es uno de los cuentos que más me gustan por su inventiva y la voz convincente del narrador.  


9. También usted tiene un gran aprecio por la pintura, la poesía y la crítica literaria, ¿de qué manera estas expresiones han enriquecido su formación y perspectiva de escritor (en especial para cultivar el relato)? Por cierto… me parece que la novela no es uno de sus géneros favoritos, ¿estoy equivocado en esta apreciación? 

Siempre he tratado de comprender el arte desde una visión de conjunto. Por supuesto, todo escritor se enriquece con el cultivo o apreciación de la pintura o de la fotografía, como también se beneficia del abordaje de los diversos géneros literarios. Siempre será saludable intentar conjugar diferentes disciplinas artísticas o ejercitarse en diferentes géneros literarios.  Sorprendentemente Hemingway estudió a Cézanne; en sentido contrario, un pintor como Joan Miró, que además era muy amigo de Hemingway,  decía que en su obra pictórica no había distinción entre la poesía y la pintura. 

No hay duda que Hemingway aprendió mucho de cómo escribir, al mirar y estudiar pinturas.  En una relación más afín, el mismo consejo le dio el gran fotógrafo mexicano Alejandro Álvarez Bravo a su alumna Graciela Iturbide, que para tomar fotografías estudiará la pintura. A mí, la pintura siempre me ha gustado, crecí viendo pintar a mi madre que era una apasionada de la pintura. Soy un gran aficionado de la pintura y la fotografía.  

10. Finalmente, ¿qué ha significado para usted la creación del Blog La Plaza de las Palabras?, ¿cómo evalúa la aceptación que ha tenido el mismo en el mundo literario hondureño y también fuera del país?

El antecedente fue una revista digital Guaraluna, era gratuita y la enviaba por email a los amigos y escritores. Hay que decirlo, esa iniciativa no tuvo mucho eco, y solo se hicieron dos ediciones. Con el tiempo pensé en un blog, no quise hacerlo de manera individual como se estila en nuestro medio, así que invité al escritor Álvaro Calix, con el que además de unirnos una buena amistad, compartimos la afición por la literatura, especialmente la cuentística. Y entre los dos le pusimos Plaza de las palabras. La primera opción fue La Estación de las palabras, pero ya había un blog con ese nombre, probamos un par de opciones más,  y al final nos quedamos con Plaza de las palabras.

Finalmente, creo que Plaza de las palabras se ha caracterizado por hacer una imbricación entre la literatura universal y la literatura hondureña. Una combinación entre el poder de la palabra y el poder de la imagen. Como consecuencia ha   contribuido a fortalecer una visión más integral y amigable entre el arte y las letras, y a intentar un balance más comprensible de la literatura hondureña con la literatura mundial. El blog, en la medida de lo posible, ha respaldado las obras de los autores nacionales o extranjeros con comentarios y valoraciones críticas. Igualmente el blog ha contribuido al acercamiento de los lectores a notables escritores de la literatura hondureña, latinoamericana y mundial. Y en menor medida el blog también, ha servido como un medio para dar a conocer la cuentística y poemas de Álvaro Calix y mis ficciones. 


*MARIO A. MEMBREÑO CEDILLO. 

Escritor hondureño. En el campo de las ciencias sociales e investigación tiene varios libros publicados. Mientras que en el campo de la literatura ha publicado un libro de cuentos, La orientación de la mirada, 2013, y tiene varios más inéditos. Es cofundador del blog Plaza de las palabras y coordinador del mismo desde su creación en el 2013. Actualmente reside en Tegucigalpa, Honduras. 

**ÁLVARO CÁLIX

Escritor y poeta hondureño. Doctor en Ciencias Sociales. Ha publicado dos libros de cuentos La plaza de los poetas, 2006, Ariana y la burbuja, 2014 y uno de poesía: Poemas vueltos, 2020. Cuenta con varias publicaciones y ensayos, publicados en el área de investigación social en diversas revistas y medios virtuales. Ha ganado varios premios en el campo de la cuentística. Cofundador del blog Plaza de las palabras y colaborador permanente del mismo,  actualmente reside en Quito, Ecuador.  



20 post seleccionados de Página 10. Post Plaza de las palabras


Plaza de las palabras en el marco de su celebración del octavo año de su creación, presenta 20 post seleccionados de su sección Página 10. Ensayos en buena parte  generados por Plaza de las palabras, pero también de ensayistas y escritores internacionales que versan sobre literatura nacional o universal. Y que entre otros tratan la obra de autores tales como Walter Benjamin, André Breton, Roland Barthes, George Steiner, T.S.Eliot, Dante Alighieri, James Joyce, Hölderlin, Alejo Carpinter. O que abordan temas de la literatura hondureña, la poesía garífuna, la mitología en la poesía hondureña o la mini ficción en honduras. O tópicos internacionales como la ciudad y lo poético, la imaginación en el romanticismo, ya sea de Wordsworth o de Keats,  o la novela como naturaleza muerta. 

Ensayistas

George Steiner, Karel Kocis, Annunziata Rossi, Martin Heidegger, Stefano Cazzanelli, Rodica Gregori,  Consuelo Meza Márquez, Germán Santana Henríquez, Víctor Manuel Ramos, Javier Vásconez, Cristian De Bravo Delorme, Mario A. Membreño Cedillo, Plaza de las palabras.


Post generados por Plaza de las palabras

Walter Benjamin

1

Página 10. Walter Benjamín: El Ángel de la historia y la chica de la bicicleta. (Ensayo). Primera Parte. Post Plaza de las palabras

2

Página 10. Walter Benjamín: El Ángel de la historia y la chica de la bicicleta. (Ensayo). Segunda Parte. 2/3

3

Página 10. Walter Benjamín: El Ángel de la historia y la chica de la bicicleta. (Ensayo). Tercera Parte. 3/3. Post Plaza de las palabras

El surrealismo y André Breton

4

Página 10.Un epilogo surrealista: a la caza del zorro azul. Parte I. Post Plaza de las palabras

5

Página 10.Un epilogo surrealista: a la caza del zorro azul. Parte II.* Post Plaza de las palabras

6

Roland Barthes

PAG1NA 10: Barthes desde el placer hacia la relectura y la transtextualidad del texto. Otra manera de leer. (Ensayo)Post Plaza de las palabras.

7

T.S.Eliot

PAGINA 10. LA TRADICIÓN Y EL TALENTO INDIVIDUAL, (ENSAYO) T.S. ELIOT. EDICION BILINGÜE. POST PLAZA DE LAS PALABRAS

8

George Steiner

Página 10. Una lectura bien hecha (Ensayo) por Georges Steiner. Post Plaza de las palabras.

(Ensayo de George Steiner)

9

Sobre G.Steiner

Página 10. 24 Comentarios a Una lectura bien hecha de Georges Steiner. Segunda parte. Post Plaza de las palabras.

Post de o sobre Autores extranjeros 

10

Karel Kocis

Pagina Diez. La ciudad y lo poético por Karel Kocik.(Ensayo). Post Plaza de las palabras

11

Hölderlin

https://plazadelaspalabras.blogspot.com/2021/09/pagina-10-holderlin-y-la-esencia-de-la.html

12

Dante y James Joyce

Pagina 10. El amor en las obras juveniles de Dante y de James Joyce.(Ensayo) Annunziata Rossi. Plaza de las Palabras

13

L. Pirandello

Pagina 10. Pirandello y la máscara de la identidad. (Ensayo) por Stefano Cazzanelli

14

Alejo Carpinter

Pagina 10. Alejo Carpentier: la verdad de la historia y la historia de la verdad.(Ensayo) Por Rodica Gregori. Plaza de las palabras

Post de/sobre literatura de Honduras

15

Literatura Garífuna 

Pagina 10. Discurso literario de las poetas garífunas del Caribe centroamericano: Honduras, Nicaragua y Guatemala (Ensayo) por Consuelo Meza Márquez*.

16

Elementos míticos

Página 10. ELEMENTOS MÍTICOS EN LA POESÍA HONDUREÑA DESDE 1950 HASTA NUESTROS DÍAS por Germán Santana Henríquez. (Ensayo)

17

La mini ficción

Página 10. La minificción en Honduras por Víctor Manuel Ramos. Post Plaza de las palabras

Tópicos literarios

18 

Novela y naturaleza

PÁG1NA 10. LITERATURA Y NATURALEZA. LA NOVELA COMO NATURALEZA MUERTA. (ENSAYO), JAVIER VÁSCONEZ. POST PLAZA DE LAS PALABRAS.

Poesía e imaginación

19

WORDSWORTH

PAGINA 10. LITERATURA Y NATURALEZA. SENTIDO DE IMAGINACIÓN EN WILLIAM WORDSWORTH (Ensayo). The Meaning of Imagination in William Wordsworth. Sentido da imaginação em William Wordsworth. CRISTIÁN DE BRAVO DELORME

20

KEATS

Página Diez. John Keats: La imaginación poética*. (Ensayo) Versión completa. Post Plaza de las palabras   (Mario A. Membreño Cedillo)

Ilustraciones 

Palomas de Castilla, foto, Tegucigalpa, Plaza de las palabras 

Dibujo de Plaza de las palabras

EL Caminante  sobre un mar de nubes, oleo, Caspar David Friedrich, 1818  

Niña leyendo, foto, Cerro Santa Lucía, foto,  Santiago de Chile, Plaza de las palabras









La aventura de un automovilista, un relato de Italo Calvino. La aventura especulativa del pensamiento. Post Plaza de las palabras




Plaza de  las palabras en su sección Cuentos, presenta un relato de Italo Calvino, (1923-1985), escritor italiano, periodista, novelista, ensayista y cuentista. Ítalo Calvino, el autor hizo una acertada combinación entre el realismo y objetividad, ficción y prosa, fruto de su oficio de periodista, con la ficción. Entre sus principales novelas, destacan, El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957), El caballero inexistente (1959), Logrando un tono sobrio y fantástico de la realidad. En el campo del ensayo, son valorados Por que leer a los clásicos y Seis propuestas para el nuevo milenio sobre ensayos de literatura. Pero Calvino como autor también ha creando nuevos mundos, como se evidencia en Las ciudades invisibles, (1972).  


También tiene varias colecciones de cuentos, Amores difíciles, 1997. Libro del cual seleccionamos el cuento La aventura de un automovilista. Un ejercicio imaginativo después de un detonante puntual e inmediato. El personaje tiene por teléfono una discusión con su novia. Las relaciones quedan rotas. El personaje se arrepiente de lo que hizo y se dispone remediar el mal entendido,  por lo que decide ir personalmente a visitar a su novia y arreglar las cosas.  Hace viaje en su auto, tiempo en que va discurriendo entre todas las posibilidades de enmendar y salvar su amor. Esta especulación amorosa tiene tintes exagerados pero plausibles. Nos recuerda a otro autor italiano Dino Buzzati con Algo ha pasado, ahí el personaje desde un tren va  especulando sobre lo que pasa por los lugares en que el tren va pasando. Ahí el relato va de lo particular a lo general, de lo real a lo metafísico. 


En Calvino el cuento es muy puntual, aun así Calvino logra maximizar convincentemente las posibilidades de especulación. Donde al final también se llega a sugerir una comparación entre las señales del camino y las  personas. Porque las personas también son signos, señales en el camino y a veces difíciles de aprehender en todos sus movimientos. El cuento advierte de la dificulta de darse a entender. Este abordar le da al cuento un acercamiento al lenguaje y a la semiótica. Cuento ameno,  y leído con facilidad. Narrado en  primera persona, y sin nombres porque todos los personajes y ciudades tienen nombre de letras.  Las aventuras de un  automovilista si bien motivadas por el amor o desamor, también podrían ser las  aventuras de un pensador o las aventuras del pensamiento.   





2706 palabras 


La aventura de un automovilista


Italo Calvino


Apenas salgo de la ciudad me doy cuenta de que ha oscurecido. Enciendo los faros. Estoy yendo en coche de A a B por una autovía de tres carriles, de ésas con un carril central para pasar a los otros coches en las dos direcciones. Para conducir de noche incluso los ojos deben desconectar un dispositivo que tienen dentro y encender otro, porque ya no necesitan esforzarse para distinguir entre las sombras y los colores atenuados del paisaje vespertino la mancha pequeña de los coches lejanos que vienen de frente o que preceden, pero deben controlar una especie de pizarrón negro que requiere una lectura diferente, más precisa pero simplificada, dado que la oscuridad borra todos los detalles del cuadro que podrían distraer y pone en evidencia sólo los elementos indispensables, rayas blancas sobre el asfalto, luces amarillas de los faros y puntitos rojos. Es un proceso que se produce automáticamente, y si yo esta noche me detengo a reflexionar sobre él es porque ahora que las posibilidades exteriores de distracción disminuyen, las internas toman en mí la delantera, mis pensamientos corren por cuenta propia en un circuito de alternativas y de dudas que no consigo desenchufar, en suma, debo hacer un esfuerzo particular para concentrarme en el volante.


He subido al coche inmediatamente después de pelearme por teléfono con Y. Yo vivo en A, Y vive en B. No tenía previsto ir a verla esta noche. Pero en nuestra cotidiana charla telefónica nos dijimos cosas muy graves; al final, llevado por el resentimiento, dije a Y que quería romper nuestra relación; Y respondió que no le importaba, que telefonearía en seguida a Z, mi rival. En ese momento uno de nosotros -no recuerdo si ella o yo mismo- cortó la comunicación. No había pasado un minuto y yo ya había comprendido que el motivo de nuestra disputa era poca cosa comparado con las consecuencias que estaba provocando. Volver a telefonear a Y hubiera sido un error; el único modo de resolver la cuestión era dar un salto a B, explicarnos con Y cara a cara. Aquí estoy pues en esta autovía que he recorrido centenares de veces a todas horas y en todas las estaciones, pero que jamás me había parecido tan larga.


Mejor dicho, creo que he perdido el sentido del espacio y del tiempo: los conos de luz proyectados por los faros sumen en lo indistinto el perfil de los lugares; los números de los kilómetros en los carteles y los que saltan en el cuentakilómetros son datos que no me dicen nada, que no responden a la urgencia de mis preguntas sobre qué estará haciendo Y en este momento, qué estará pensando. ¿Tenía intención realmente de llamar a Z o era sólo una amenaza lanzada así, por despecho? Si hablaba en serio, ¿lo habrá hecho inmediatamente después de nuestra conversación, o habrá querido pensarlo un momento, dejar que se calmara la rabia antes de tomar una decisión? Z vive en A, como yo; está enamorado de Y desde hace años, sin éxito; si ella lo ha telefoneado invitándolo, seguro que él se ha precipitado en el coche a B; por lo tanto también él corre por esta autovía; cada coche que me adelanta podría ser el suyo, y suyo cada coche que adelanto yo. Me es difícil estar seguro: los coches que van en mi misma dirección son dos luces rojas cuando me preceden y dos ojos amarillos cuando los veo seguirme en el retrovisor. En el momento en que me pasan puedo distinguir cuando mucho qué tipo de coche es y cuántas personas van a bordo, pero los automóviles en los que el conductor va solo son la gran mayoría y, en cuanto al modelo, no me consta que el coche de Z sea particularmente reconocible.


Como si no bastara, se echa a llover. El campo visual se reduce al semicírculo de vidrio barrido por el limpiaparabrisas, todo el resto es oscuridad estriada y opaca, las noticias que me llegan de fuera son sólo resplandores amarillos y rojos deformados por un torbellino de gotas. Todo lo que puedo hacer con Z es tratar de pasarlo, no dejar que me pase, cualquiera que sea su coche, pero no conseguiré saber si su coche está y cuál es. Siento igualmente enemigos todos los coches que van hacia A; todo coche más veloz que el mío que me señala afanosamente en el retrovisor con los faros intermitentes su voluntad de pasarme provoca en mí una punzada de celos; cada vez que veo delante de mí disminuir la distancia que me separa de las luces traseras de mi rival me lanzo al carril central con un impulso de triunfo para llegar a casa de Y antes que él.


Me bastarían pocos minutos de ventaja: al ver con qué prontitud he corrido a su casa, Y olvidará en seguida los motivos de la pelea; entre nosotros todo volverá a ser como antes; al llegar, Z comprenderá que ha sido convocado a la cita sólo por una especie de juego entre nosotros dos; se sentirá como un intruso. Más aún, quizás en este momento Y se ha arrepentido de todo lo que me dijo, ha tratado de llamarme por teléfono, o bien ha pensado como yo que lo mejor era acudir en persona, se ha sentado al volante y en este momento corre en dirección opuesta a la mía por esta autovía.


Ahora he dejado de atender a los coches que van en mi misma dirección y miro los que vienen a mi encuentro, que para mí sólo consisten en la doble estrella de los faros que se dilata hasta barrer la oscuridad de mi campo visual para desaparecer después de golpe a mis espaldas arrastrando consigo una especie de luminiscencia submarina. El coche de Y es de un modelo muy corriente; como el mío, por lo demás. Cada una de esas apariciones luminosas podría ser ella que corre hacia mí, con cada una siento algo que se mueve en mi sangre impulsado por una intimidad destinada a permanecer secreta; el mensaje amoroso dirigido exclusivamente a mí se confunde con todos los otros mensajes que corren por el hilo de la autovía; sin embargo, no podría desear de ella un mensaje diferente de éste.


Me doy cuenta de que al correr hacia Y lo que más deseo no es encontrar a Y al término de mi carrera: quiero que sea Y la que corra hacia mí, ésta es la respuesta que necesito, es decir, necesito que sepa que corro hacia ella pero al mismo tiempo necesito saber que ella corre hacia mí. La única idea que me reconforta es, sin embargo, la que más me atormenta: la idea de que si en este momento Y corre hacia A, también ella cada vez que vea los faros de un coche que va hacia B se preguntará si soy yo el que corre hacia ella, deseará que sea yo y no podrá jamás estar segura. Ahora dos coches que van en direcciones opuestas se han encontrado por un segundo uno junto al otro, un resplandor ha iluminado las gotas de lluvia y el rumor de los motores se ha fundido como en un brusco soplo de viento: quizás éramos nosotros, es decir, es seguro que yo era yo, si eso significa algo, y la otra podría ser ella, es decir, la que yo quiero que ella sea, el signo de ella en el que quiero reconocerla, aunque sea justamente el signo mismo que me la vuelve irreconocible. Correr por la autovía es el único modo que nos queda, a ella y a mí, de expresar lo que tenemos que decirnos, pero no podemos comunicarlo ni recibirlo mientras sigamos corriendo.


Es cierto que me he sentado al volante para llegar a su casa lo antes posible, pero cuanto más avanzo más cuenta me doy de que el momento de la llegada no es el verdadero fin de mi carrera. Nuestro encuentro, con todos los detalles accidentales que la escena de un encuentro supone, la menuda red de sensaciones, significados, recuerdos que se desplegaría ante mí -la habitación con el filodendro, la lámpara de opalina, los pendientes-, las cosas que yo diría, algunas seguramente erradas o equivocas, las cosas que diría ella, en cierta medida seguramente fuera de lugar o en todo caso no las que espero, todo el ovillo de consecuencias imprevisibles que cada gesto y cada palabra comportan, levantaría en torno a las cosas que tenemos que decirnos, o mejor, que queremos oírnos decir, una nube de ruidos parásitos tal que la comunicación ya difícil por teléfono resultaría aún más perturbada, sofocada, sepultada como bajo un alud de arena. Por eso he sentido la necesidad, antes que de seguir hablando, de transformar las cosas por decir en un cono de luz lanzado a ciento cuarenta por hora, de transformarme yo mismo en ese cono de luz que se mueve por la autovía, porque es cierto que una señal así puede ser recibida y comprendida por ella sin perderse en el desorden equívoco de las vibraciones secundarias, así como yo para recibir y comprender las cosas que ella tiene que decirme quisiera que sólo fuesen (más aún, quisiera que ella misma sólo fuese) ese cono de luz que veo avanzar por la autovía a una velocidad (digo así, a simple vista) de ciento diez o ciento veinte. Lo que cuenta es comunicar lo indispensable dejando caer todo lo superfluo, reducirnos nosotros mismos a comunicación esencial, a señal luminosa que se mueve en una dirección dada, aboliendo la complejidad de nuestras personas, situaciones, expresiones faciales, dejándolas en la caja de sombra que los faros llevan detrás y esconden. La Y que yo amo en realidad es ese haz de rayos luminosos en movimiento, todo el resto de ella puede permanecer implícito, mi yo que ella, mi yo que tiene el poder de entrar en ese circuito de exaltación que es su vida afectiva, es el parpadeo del intermitente al pasar otro coche que, por amor a ella y no sin cierto riesgo, estoy intentando.


También con Z (no me he olvidado para nada de Z) la relación justa puedo establecerla únicamente si él es para mí sólo parpadeo intermitente y deslumbramiento que me sigue, o luces de posición que yo sigo; porque si empiezo a tomar en cuenta su persona con ese algo -digamos-de patético pero también de innegablemente desagradable, aunque sin embargo -debo reconocerlo-, justificable, con toda su aburrida historia de enamoramiento desdichado, su comportamiento siempre un poco esquivo… bueno, no se sabe ya adónde va uno a parar. En cambio, mientras todo sigue así, está muy bien: Z que trata de pasarme se deja pasar por mi (pero no sé si es él), Y que acelera hacia mí (pero no sé si es ella) arrepentida y de nuevo enamorada, yo que acudo a su casa celoso y ansioso (pero no puedo hacérselo saber, ni a ella ni a nadie).


Si en la autovía estuviera absolutamente solo, si no viera correr otros coches ni en un sentido ni en el otro, todo sería sin duda mucho más claro, tendría la certidumbre de que ni Z se ha movido para suplantarme, ni Y se ha movido para reconciliarse conmigo, datos que podría consignar en el activo o en el pasivo de mi balance, pero que no dejarían lugar a dudas. Y sin embargo, si me fuera dado sustituir mi presente estado de incertidumbre por semejante certeza negativa, rechazaría sin más el cambio. La condición ideal para excluir cualquier duda sería que en toda esta parte del mundo existieran sólo tres automóviles: el mío, el de Y, el de Z; entonces ningún otro coche podría avanzar en mi dirección sino el de Z, el único coche que fuera en dirección opuesta sería con toda seguridad el de Y. En cambio, entre los centenares de coches que la noche y la lluvia reducen a anónimos resplandores, sólo un observador inmóvil e instalado en una posición favorable podría distinguir un coche de otro, reconocer quizá quién va a bordo. Esta es la contradicción en que me encuentro: si quiero recibir un mensaje tendré que renunciar a ser mensaje yo mismo, pero el mensaje que quisiera recibir de Y -es decir, el mensaje en que se ha convertido la propia Y- tiene valor sólo si yo a mi vez soy mensaje; por otra parte el mensaje en que me he convertido sólo tiene sentido si Y no se limita a recibirlo como una receptora cualquiera de mensajes, sino si es el mensaje que espero recibir de ella.


Ahora llegar a B, subir a la casa de Y, encontrar que se ha quedado allí con su dolor de cabeza rumiando los motivos de la disputa, no me daría ya ninguna satisfacción; si entonces llegara de improviso también Z se produciría una escena detestable; y en cambio si yo supiera que Z se ha guardado bien de ir, o que Y no ha llevado a la práctica su amenaza de telefonearle, sentiría que he hecho el papel de un imbécil. Por otra parte, si yo me hubiera quedado en A e Y hubiera venido a pedirme disculpas, me encontraría en una situación embarazosa: vería a Y con otros ojos, como a una mujer débil que se aferra a mí, algo entre nosotros cambiaría. No consigo aceptar ya otra situación que no sea esta transformación de nosotros mismos en el mensaje de nosotros mismos. ¿Pero y Z? Tampoco Z debe escapar a nuestra suerte, tiene que transformarse también en mensaje de sí mismo, cuidado si yo corro a casa de Y celoso de Z, si Y corre a mi casa arrepentida para huir de Z, mientras que Z no ha soñado siquiera con moverse de su casa…


A medio camino en la autovía hay una estación de servicio. Me detengo, corro al bar, compro un puñado de fichas, marco el afijo telefónico de B, el número de Y. Nadie responde. Dejo caer la lluvia de fichas con alegría: es evidente que Y no ha podido dominar su impaciencia, ha subido al coche, ha corrido hacia A. Ahora vuelvo a la autovía al otro lado, corro hacia A yo también. Todos los coches que paso, o todos los coches que me pasan, podrían ser Y. En el carril opuesto todos los coches que avanzan en sentido contrario podrían ser Z, el iluso. O bien: también Y se ha detenido en una estación de servicio, ha telefoneado a mi casa en A, al no encontrarme ha comprendido que yo estaba yendo a B, ha invertido la dirección. Ahora corremos en direcciones opuestas, alejándonos, el coche que paso, que me pasa, es el de Z que a medio camino también ha tratado de telefonear a Y…


Todo es aún más incierto pero siento que he alcanzado un estado de tranquilidad interior: mientras podamos controlar nuestros números telefónicos y no haya nadie que responda, seguiremos los tres corriendo hacia adelante y hacia atrás por estas líneas blancas, sin puntos de partida o de llegada inminentes, atestados de sensaciones y significados sobre la univocidad de nuestro recorrido, liberados por fin del espesor molesto de nuestras personas y voces y estados de ánimo, reducidos a señales luminosas, único modo de ser apropiado para quien quiere identificarse con lo que dice sin el zumbido deformante que la presencia nuestra o ajena transmite a lo que decimos.


El precio es sin duda alto pero debemos aceptarlo: no podemos distinguirnos de las muchas señales que pasan por esta carretera, cada una con un significado propio que permanece oculto e indescifrable porque fuera de aquí no hay nadie capaz de recibirnos y entendernos…



Créditos


Los amores difíciles, 1970  Tomado de Biblioteca Digital Ciudad Seva