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Primera parte: el proceso previo a escribir

Segunda parte: conceptos estructurales


Tercera parte: conceptos narrativos


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Cuento: El Panteón de los ingleses: la historia secreta de un payaso por M.A.Membreño Cedillo










A Abraham Raudales, (El Tuncha.) Medio bohemio, medio lobo estepario, medio lenca y medio universal; a quien siempre le gusto está historia. 

"Y ellos avanzaban protegidos por el manto invisible de la noche". La Ilíada, Homero

Cuando en 1850,  Robert Bell llegó a México, pocas décadas antes los ingleses cornaulenses habían traído,  esforzadamente, la primera maquina de vapor a las minas de Real del Monte. A pesar de que está colosal maquina, que empotrada tenía la altura de una casa de tres pisos, y que serviría para desaguar las minas, y para aumentar la producción argentífera; muchos mineros desertaron creyendo que aquel era un maleficio. Los ingleses la llamaron graciosamente el “dragón que echa humo”. Ellos casi nunca se relacionaban  con la población de Real del Monte, ellos simplemente eran así; y aunque se paseaban por el poblado  con el afán de encontrarle un sentido a las laberínticas calles, que eran un encuentro de comienzo y fin; y que terminaban bruscamente en inesperadas plazoletas, que matizaban un  abigarrado poblado repleto de ornamentos barrocos y platerescos; con sus casas de techos de cuatro aguas, coronadas por  un horizonte enteramente  rojizo.
Ante aquel paisaje urbanístico, por las tardes los ingleses solían pasearse de dos en dos, de tres en tres, de cinco en cinco; volteando el pueblo de arriba abajo; pero aunque se les veía  por todos lados, era como si ellos verdaderamente no estuvieran ahí. Porque  siempre sabían mantener su distancia, y solo  hablaban  entre ellos, y  movían sus manotas como atizando el aire, y sus ojillos azules revoloteaban como si estuviesen buscando algo mas allá de la mirada. Una velita en la noche, acaso una esquina que los trasportara cándidamente de nuevo a las esquinas de Cornwall. Pero todo se desenvolvía tranquilamente, había una cierta pasividad; como si el descubrimiento de la tierra prometida fuese cosa del pasado. A veces se tenía la sensación que ellos siempre habían estado ahí. Como si todo fuese parte de una sola y definitiva cosa.
Los ingleses eran puros gestos de asombro, miradas escrutadoras; y de vez en cuando,  eran apenas vocecillas cautelosas. Como si hubiese un cambio de dirección, es el viento el que cambia. Pero ellos eran así. Así eran los ingleses de Cornwall. Entonces, los pobladores los llamaron los cuchichadores. Luego, fueron las incandescentes  viejas del pueblo, las que con sus miradas atentas raspaban la piel de las cosas, y que  paradas en ruedas esquineras, empezaron  a llamarlos: los rezanderos: Porque decían que los ingleses  hablaban a puros susurros, como si  estuvieran susurrándole fervorosas plegarias a Dios. Ellos eran así: silenciosos y lejanos como las nubes. Los domingos después de sus cultos metodistas; solían reunirse en la explanada, y correr  desenfrenadamente tras una pelota de cuero, gritando palabras que solo ellos entendían. Los chiquillos del pueblo empezaron a redondear pelotas, y se les veía correr tras  pelotas hechas de cueros y paños; y a imitar aquel juego de corridas alocadas, de patadas al aire y  gritos a todo pecho. Mientras tanto las mujeres inglesas, se la pasaban preparando el  té  y horneando empanadas de carne que, simplemente, llamaban  paste. Entonces, se les veía pulcramente vestidas, siempre con sus delantales blancos de espuma de mar, sus manos  diligentes; y sus  miradas tan lejanas como el cielo de Cornwall. Así eran las inglesas, tan así eran ellas, que raramente venían al pueblo, vivían refundidas apaciblemente en sus espaciosas casas, y algunas de ellas  morían sin haber puesto nunca un pie en  Real del Monte.
Entonces, por un lado los Realmontinos con su arraigó terrenal, y por el otro lado los ingleses con su mirada siempre puesta en un cielo, que también habían traído en sus alforjas desde Cornwall. Eran como dos mundos apartes que solo coincidían en  las minas de plata. Y ahí en aquellas gargantas de plata, los mineros  locales; tras extenuantes jornadas laborales, eran tratados duramente, y  un capataz ingles al cual todos le decían el terrible Percy, se había ganado el odio tremebundo de todos los mineros. Percy, el que con su voz de trueno desprendía las hojas de los árboles; se lo decían porque era una voz profunda y gruesa, decían que salía desde las entrañas de las minas; él fue  el primer paso de una secuencia impensable de sucesos que terminaría con la llegada inesperada de Robert Bell;   el ingles que con  su voz de alondra rescataría las hojas de los árboles. Pero aquella trama, aquella división, no estaba exactamente trazada, había un real juego de matices. Las combinaciones se daban así como se combinan los colores en el cielo. Todo era un progresivo encadenamiento  de pasos en el tiempo, como si fuese  una solo historia. Pequeños riachuelos que se juntan en un gran río que desemboca en un mar visto desde arriba. Una serie de hechos fueron amalgamándose imperceptiblemente, desde el dragón que echa humo, el carácter despótico de Percy el terrible, la demarcación inusitada del panteón ingles, hasta la llegada de Robert Bell. Todos eran mosaicos de un mismo y definitivo horizonte. Un primer hecho insólito ocurrió cuando el terrible Percy  murió; curiosamente, él  era el primer ingles en morir en Real del Monte.
Y cuando lo llevaron  a  enterrar en el cementerio local, se encontraron con que,  las pesadas puertas de bronce del  cementerio estaban cerradas: encadenadas, tapiadas, tachonadas; y frente a la puerta del cementerio  había varios centenares de  personas bloqueando la entrada, todos con los brazos cruzados,  todos perfectamente ordenados en filas cerradas,  y  todos en perfecto silencio. Los ingleses, sorprendidos, primero pensaron que se trataba de alguna festividad religiosa de Real del Monte. Luego, creyeron que  simplemente era un capricho, pero los alarmó la férrea mirada de los pobladores que  no respondían a sus llamados; hasta que después de un prolongado silencio un grupo de ellos,  se les  acercó.
Los ingleses perplejos y  sin saber que hacer ni a donde ir con su muerto, guardaron un hondo silencio; hasta que uno de ellos: fornido, de mirada plomiza, cuello de toro  y de bigote rojizo; se acerco a los pobladores, ofreciéndoles pagar los gastos del entierro, y hacerse cargo del mantenimiento del cementerio. Los hombres del pueblo les reiteraron secamente su negativa. Y volvieron a ponerse firmes con sus  brazos cruzados, todos  con sus  imperturbables rostros viendo hacia una lejanía indeterminada; como si viesen algo que solo ellos veían,  y todos abanicando un  perfecto silencio  Los ingleses  esperaron por largo rato creyendo que los pobladores cambiaran de parecer;  pero ante la tozudez de aquellos; los ingleses  tuvieron que marcharse junto con la carreta que llevaba el ataúd. Y terminaron enterrando a Percy el terrible en el Cerro del Judío, una colina rematada por una pequeña explanada cubierta por un bosque de hóyamelos  Los ingleses poco a poco fueron  arreglando aquel  lugar, y cuando moría un ingles era enterrado allí. Con  el correr de los años aquel campo santo fue llamado el Panteón de los Ingleses, el mismo cementerio en donde décadas después del entierro de Percy el terrible, también sería enterrado Robert Bell.
II
Cuando  Robert Bell  apareció en Real del Monte.  Fue igual que cuando décadas atrás  trajeron  el Dragón que echa humo, tampoco nadie en Real del Monte sabia exactamente cuando  habían traído la gran maquina. Pero si recordaban que Robert Bell pronto entabló contacto con los pobladores, él era un ingles distinto a los demás, hablaba con las mujeres y con los niños; Robert Bell tenía una profesión peculiar, era un payaso, un verdadero payaso, el primer payaso en llegar a México. Y en Real del Monte les costo mucho entender lo que era un payaso, hasta que   terminaron asociándolo  como un especie  de curandero. Cuando él hizo su primera presentación  en el centro de la plaza, la gente se le acercó con curiosidad y temor. El  payaso usaba una  peluca rojiza, tenía su  rostro completamente maquillado, y su nariz era tan roja como una manzana de California. Vestía una holgada camisola naranja, pantalones a rayas verdes y calzaba  botines en puntera. Movía sus manos con la agilidad de un conejo  y sus piernas parecían doblársele  como  si fueran de alambre. A veces combinaba  extrañas contorsiones de su cuerpo, con sorprendentes mímicas;  y repentinamente ante la vista de todos se sacaba las cosas más inverosímiles de los enormes bolsillos de sus bombachas. Pero su acto favorito era echar humo y fuego por la boca; y cuando  hacia esto, todos en Real del Monte  recordaban  al dragón que echaba humo.
Su carácter extravertido pronto le facilito un amplio círculo de amistades y los niños lo seguían a todas partes. Lo de su nombre, despertó una enconada pasión. Primeramente, le llamaron, el ingles que echa humo por la boca.  Con el tiempo el mismo  les dijo que su apellido Bell, significaba campana.  Y  algunos empezaron a  decirle el Señor Campana; y entonces, se escuchaba a los niños repetir  jocosamente: Señor ding dong ding.  Luego, fueron los  más acuciosos  los que sin vacilar  lo llamaron  el Señor de la Risa, y un día hasta lo bautizaron como el Señor de la Sierra.  Por las  tardes se le veía haciendo rueda con los mineros; hasta que inexplicablemente los ingleses le prohibieron que se acercara a las minas. Pero  irreverente como era, al  atardecer hacia tertulia con los mineros en la plaza o bajo las arcadas. Y a veces, por las noches se le veía cruzar solitariamente el pueblo, después de largas veladas. Con el tiempo fue un invitado permanente de las festividades del pueblo. Al payaso Bell le pareció que mientras más congeniaba con los Realmontinos, los ingleses más lo despreciaban. A ellos nunca les gusto que hubiese un payaso ingles porque creían  que él  socavaba su influencia sobre  el pueblo.  Un día hasta le ofrecieron dinero para que se regresara a Inglaterra, pero él, tajantemente,  lo rechazó.
            A cambio ellos nunca  lo invitaron  a sus casas ni a  las   celebraciones del natalicio de la Reina Victoria. Aquella conducta de rechazo se templo enérgicamente en toda la comunidad inglesa de Real del Monte; y por las resonantes  calles, cuando los  niños ingleses  se encontraban al payaso le soltaban hirientes insultos. El payaso resentía aquel trato discriminatorio aunque nunca se quejó. Pero con el correr de los años en el corazón del payaso, fue creciendo un rencor secreto contra los ingleses que nunca terminaron por aceptarlo. Él lo sabía, bien que lo sabía, lo sabía perfectamente. Sin embargo,  en Real del Monte, se había ganado el corazón de todos. A los pocos años hablaba correctamente el español y hablaba palabras otomíes y náhuatl; por lo que frecuentemente era llamado desde  remotas poblaciones  para  animar sus celebraciones.
Entre el rumor de las acequias y la sombra de los árboles, sus palabras  fueron  conocidas por todos lados. Y con el tiempo fue formando su propio repertorio de consejos. Disfrutaba armando frases con el lenguaje. Y la gente lo escuchaba extasiada. “Por más que el conejo corra no alcanzara el arco iris”. O a veces soltaba frases aladas: “el pájaro carpintero esta labrando el corazón de la mañana” Por la noche le encantaba decir: “la punta nariguda de una estrella toca a la puerta hermética de la noche.”
Como un buen inglés, era metódico y de ingenio  agudo. Poseía  una voz entrenada y melodiosa. A veces sorprendía a sus oyentes cantando baladas inglesas,  y otras veces  recitaba, solemnemente, parlamentos de Shakespeare; y aunque sus oyentes difícilmente lo entendían; se quedaban embelesados con las nubes en la cabeza y una sonrisa tenuemente dibujada en sus rostros asombrados. Nada parecía detenerlo, y tal era su afán por desmadejar la naturaleza, que había estudiado meticulosamente  el movimiento de los animales de la zona y el  lenguaje  de los pájaros. También se había aficionado a las hierbas, a las aguas minerales; y pacientemente había aprendido, los enrevesados encantamientos de los  llamados Señores de la Sierra. En una de sus más festivas tardes,  explotó en carcajadas,  cuando le dijeron que él era el verdadero Señor de la Risa. Su popularidad había crecido  tanto, que   entre lluvia y lluvia,  se desboco el rumor que en una velada  había ablandado cortésmente  el rostro pétreo del general Profirió Díaz.
En los últimos años de su vida se lleno de extravagancias, y  no falto quien  jurara haberlo visto por las noches, emitiendo sonidos inteligibles bajo las frondosas ramas de un  ahuehuete o haberlo encontrado en el descampado convocando a las enormes figuras de basalto. Y Doña Hortensia, tan imperturbable como la mañana;  había llegado a asegurar que  ciertas noches, él  se levantaba  en la punta de la oscuridad,  y caminaba por horas buscando el nido de los pájaros o siguiendo el silbido del  viento. Otras veces desaparecía misteriosamente, y se iba, y ciertamente que se iba, y vaya que se iba, a  explorar por  semanas enteras la huasteca hidalguense, siguiendo el paso sigiloso de los coyotes o internándose  profundamente en los bosques fragantes de enebro de  Zimapan.
Cuando el Señor Bell llegó a enfermarse,   todos en Real de Minas pensaron que era un mal pasajero; de esos que ferozmente lo agarran a uno en la sierra y lo botan categóricamente  por una semana; pronto  se le dieron  infusiones de eucaliptos y lo llenaron de caldos caseros, pero la fiebre nunca  le bajo. Por un momento se pensó en  llevarlo a Pachuca, pero él se opuso rotundamente. Murió sorpresivamente, serenamente; al alba,  rodeado de sus ayudantes y curanderos  Ellos fueron sumamente escuetos, solo dijeron que él había muerto  sonriendo dulcemente. Y que antes de morir les había dado las instrucciones de su entierro. Cuando  se supo de su muerte; sucedió un fenómeno nunca  visto en Real del Monte.  De las poblaciones vecinas la gente se dejo venir, y de los linderos de la sierra huasteca bajaron correntadas de pobladores Y las viejas del pueblo  decían que hasta las Piedras Cargadas  venían al velorio. Los  ingleses se mostraron sorprendidos porque ellos nunca esperaron  aquel fervor por la muerte de un simple payaso ingles.
A la hora de los altos vigilantes, a la hora de todos los entierros; una gran marcha fúnebre borroneo todas las esquinas  del pueblo y estremeció con un furor  definitivo las calles empedradas de Real del Monte  El día se había llenado de contrastes: las casas todas de blanco rematadas por un horizonte rojo, y los marchantes todos de negro. Las calles  de piedras grises y el  cielo perfectamente azul, las  puertas todas cerradas y las ventanas todas abiertas. Y en contraste, la casa del payaso con las puertas abiertas de par en par, y un  patio interior completamente colmado de gente. Y  afuera, más gente, multitud, muchedumbre  agolpándose  en las calles. Eso bastó  para que sus discípulos decidieran sacar el ataúd, y ponerlo directamente en la plaza. Largas y tumultuosas   filas de dolientes se  formaron espontáneamente  para darle al payaso el último adiós,  y un horizonte de cabezas  invadió la intimidad de la plaza. Entonces, cara a cara ante el féretro, la gente decía: “mira nonas si esta igualito que cuando vino”, y luego los niños repetían de esquina en  esquina: "Hasta parece que  va a despertarse” Y aquella frase se instalaba cómodamente  en cada boca “... y parece que... va a despertarse”                                                                                 
                                         III
Aquel  día los mineros unánimemente decidieron no ir  a trabajar; y  todas  las mujeres se vistieron totalmente  de negro, enrebozadas y con una flor roja en su mano derecha. Nadie se pregunto  de dónde sacaron tantas flores rojas; todo sucedía  como  si  el pueblo hubiese existido, solo exclusivamente para  esa muerte. Es como si toda la historia del pueblo se hubiese vaciado, desembocado, conectado en un solo y único día. Todo se dio naturalmente, paulatinamente, cordialmente. Nadie recuerda una lágrima, un llanto, una queja. Pareciese como que  la muerte no tuviese a su mano su azaroso dominio. Paralelamente a aquella impresión todo se organizo radiantemente solo. Sin que nadie se los dijera, todos los niños se habían pintado  la cara con colores chillones, como si ellos fueran  payasos, y todos los hombres fueron apareciendo con un pañuelo negro cubriéndoles la parte baja del rostro.
Cuando los ingleses se dieron cuenta que no enterrarían al payaso en el campo santo del pueblo, sino en el  Panteón Ingles. Ellos quisieron  impedir el entierro, pero cambiaron de parecer temiendo una revuelta. Un presentimiento había llegado a los ingleses antes que vieran nítidamente la cabeza de la marcha fúnebre. Una larga columna salió de Real del Monte. Las rezanderas iban por delante con sus rosarios en mano y sus murmullos al aire; los chamanes con sus cantos inteligibles, los niños rodeando el féretro con su silencio de niños; y  atrás los  hombres empañuelados en  marcha cerrada. El cortejo se  alargó por un camino de tierra; y sonaron pasos de piedra, y se oyó un rumor de silencio que subió vigorosamente por  las escarpadas pendientes.
Desde los altos corredores  de sus  casas, los ingleses  vieron con temor y extrañeza  avanzar  la  compacta columna. Y cuando llegaron a la ladera en que ellos  tenían sus casas,  el cortejo fúnebre inmediatamente se detuvo; y repentinamente,  todos en la columna se pusieron de frente hacia las casas de los ingleses. Decididamente todos con los brazos cruzados, todos  avasalladoramente, directamente,  vieron en perfecto silencio  a las casas limpias de los ingleses Mientras los ingleses,  desde los  impecables   zaguanes y las  cristalinas  ventanas de sus casas, los vieron  encendidos en asombro. Por un momento ellos pensaron que los pobladores de Real del Monte, irremediablemente, subirían hasta sus casas.
Pero la columna  pronto reanudo su  marcha. Y cuando llegaron  a  la explanada ante el frontispicio del panteón, se detuvieron; y desmontaron el féretro de la carreta  fúnebre. Luego, abrieron lentamente las pesadas puertas de hierro, donde se leía: Blessed are those who die in the Lord.  El entierro fue breve, brevísimo, lacónico; extremadamente puntual, y siguiendo estrictamente las instrucciones del payaso, solo lo cargaron sus discípulos. Dos  de ellos  hicieron el sortilegio del fuego y el humo; y luego  lo  enterraron  perfectamente maquillado, como un verdadero payaso. Y al contrario de las tumbas de los 900 ingleses que yacían en el Panteón de los Ingleses; con sus tumbas orientadas hacia Inglaterra; enterraron al payaso Bell en sentido contrario, como si estuviese viendo hacia Real del Monte y el corazón de la huasteca mexicana; y dándole la espalda a Inglaterra. Al regreso del cortejo fúnebre caía la noche, y todos  en la columna fúnebre,  prendieron  candelas y antorchas.  Un haz continuó de luz vulnero la totalidad de la negrura.



Cuando los ingleses vieron la columna iluminada regresar, volvieron a sentir temor; e indiscutiblemente, apagaron todas las luces de sus casas. Entonces, las luces de la columna quedaron solitariamente encendidas; como si fuera una larga serpiente fosforescente moviéndose lentamente en un fondo oscuro; hasta que llegaron a la entrada del camino que daba acceso a  las casas de los ingleses. Y allí  los del cortejo apagaron sus velas y apagaron sus antorchas. Los ingleses que observaban atentamente, dejaron pasar el tiempo, hasta que  creyeron que los de la columna  ya se habían marchado. Y volvieron nuevamente a encender las luces de sus casas. Pero, incrédulos, al prender los ingleses las luces de sus casas; vieron inmediatamente, súbitamente, luminosamente encenderse millares de luces en el camino porque los de la columna todavía seguían ahí. Entonces, los ingleses  apagaron nuevamente  las luces de sus casas. Aunque ellos  continuaron vigilando desconfiadamente desde los altos corredores, siempre con sus armas a mano;  y  resguardado  a sus  niños y a sus mujeres  en los sótanos de sus  casas. Pero nada  sucedió. absolutamente nada paso. No paso nada.
Posteriormente, los ingleses vieron como las luces de la columna empezaban a  moverse  de arriba abajo, en círculo, de izquierda a derecha. Y una sinfonía de trenzados murmullos subía desde el camino  hasta los oídos de los ingleses. Y un rumor de viento levantaba un lejano y apacible canto, y abanderaba la noche; y se colaba fervorosamente entre las sombras, que vistas desde lejos parecían como concretos árboles que se movían como un completo bosque en movimiento. Y sobre el las sombras de los pájaros volaban como veloces cometas. Por un momento los ingleses creyeron que la columna subiría hasta sus casas. Y bruscamente  un silencio profundo los conmovió;  como si  a su alrededor,  en un solo instante  el tiempo se hubiese detenido; como si todo el silencio del mundo se hubiese pegado a las paredes intactas de sus casas, como si una gran muralla compacta de sombras tercamente los hubiese rodeado.
 Y una vez más los ingleses pensaron que los de la columna estaban a punto de subir, violentamente, hasta sus casas. Entonces, ellos estaban listos con sus armas cargadas y continuaban con sus miradas pegadas al movimiento de las sombras y al destello de las luces. Por casi una  hora aquellas luces permanecieron allí; hasta  que el juego de  luces se terminó. Y la columna volvió, sincronizadamente, a ponerse en movimiento como si fuese una  compacta sombra solamente guiada por la luz de la luna.
Entonces, desde los altos corredores, los ingleses tuvieron la impresión  de que   un colosal ejercito de sigilosas sombras se había puesto en total movimiento;  como si un  gran ejercito de guerreros aztecas estuviera a punto de iniciar las guerras  floridas. O  como seguramente avanzaban de noche, entre ramas y sombras, las columnas metálicas de Hernán Cortés en su camino a Tenochtitlán. Los realmontinos  pasaban con el paso numérico de una ordenada  legión romana desfilando implacablemente  por la Vía Apia. Todo asemejaba el movimiento  masivo de una falange de cartagineses, transportados  bajo el ala de la noche por las áridas explanadas del sur de  España. Así  pasaban aquella columna de sombras y luz, ante los ojos inéditos de los ingleses. Así habrán de pasar  por  la noche, entre  selvas tropicales y solidas montañas;  las huestes  eternas, inclaudicables, híperrealísticas, del absoluto libertador.
Los ingleses aunque no veían nada, sintieron aquel movimiento colosal. Y  por tercera vez creyeron que la columna estaba a punto de irrumpir enérgicamente  en sus casas.  Los ingleses nunca entendieron nada y nunca supieron nada. Nadie de ellos, preguntó nada  acerca de  aquella noche, y los pobladores de Real de Monte tampoco les  dijeron absolutamente nada. Poco tiempo después de la muerte del payaso Bell; los ingleses abandonaron las minas, se declararon en bancarrota  y la mayoría de ellos  volvieron a Inglaterra. Pero por años persistió el rumor que el payaso Bell no había muerto, y que a quien habían enterrado era a uno de sus discípulos, y Bell había pasado a ser un verdadero Señor de la Sierra. Otras historias lo ponen vivo en 1905 o que fue enterrado en Nueva York. Y también corrió la conjetura,   sombra incierta, de que el payaso Bell hubiese muerto poco antes de la partida de los ingleses, y que sus colaboradores;  secretamente;   hubiesen  decidido ocultar su muerte, y sustituirlo por  uno de sus  cercanos discípulos. 
Todas  son ramas de un mismo árbol, todas son variantes de una sola historia. La empezaron  sin saberlo los ingleses de Cornwall, que fatigosamente subieron en 1824 a una altitud de 2700 metros, 1500 toneladas de materiales mineros a las minas de Real del Monte. La continúo insospechadamente el terrible Percy, la acentúo el dragón que echa humo. En Real del Monte establecieron la distancia entre la claridad del día y la penumbra de la noche. Quizá la historia de Robert Bell, no solamente  sea la historia de un payaso o de la proporcionalidad y asimetría de un panteón; sino la historia  encubierta de un pueblo minero: Y el afecto entrañable por una forma, un gesto, el reflejo de una realidad subyacente que brota airosamente: la captura de un instante, la fotografía de una larga marcha que se repite incesantemente en el tiempo: un ejercito avanzando como sombras al amparo invisible de la noche.
O quizá no solamente sea  la historia de Real del Monte, sino también la historia del cielo nítido de Cornwall; conjugándose con  la expresión de la historia milenaria de los Señores de la Sierra, y el lenguaje inteligible; que hay en el temblor  fugaz de una sombra de pájaro en pleno vuelo o en el brillo titilante de los ojos de un jaguar en cautiverio. Porque quizá la historia esté por encima de todos como un portentoso cielo invisible. Y todo se resume en que, Robert Bell, que posiblemente  algo intuyó. Solo haya sido el  instrumento certero,  el símbolo perenne, la  mascara visible de una historia: más seminal, más secreta, más luminosa, más  elástica, más definitiva.  Finalmente, cualquiera que haya sido el comienzo y cualquiera que en un futuro llegase a ser  su inmaculado  final: Todo transcurrió como un tácito acuerdo de filas cerradas, todo se hizo totalmente en meticuloso orden; y todo se guardo, impecablemente, en perfecto silencio.


*Publicado originalmente con el titulo, El panteón de los ingleses, en Caxa Real, Revista literaria UNAH. Honduras, No 25, diciembre de 2004, paginas 4 y 5. Las ilustraciones son actuales, se ha cambiado el titulo a El panteón de los ingleses:la historia secreta de un payaso. Crédito de ilustraciones: Plaza de las palabras. 

Un poema de Blanca Sandino- España





DE ÁNGELES Y TIEMPO


DE ÁNGELES Y TIEMPO

Dedicado 


Reconozco esa voz que habla del mar: 
me llega desde donde la luz, lejanísima ya, duplica la estatura de mi sombra. 
Reconozco esa voz que me reclama 
para mostrarme en el ácimo espejo de las olas 
la cruz con la que un ángel libró de todo mal mi nombre, 
antes de que el granito pregonara ufano su dureza; 
y antes, mucho antes, de que se doblegara al tesón del tiempo, y de las gotas. 

(Hablo de un tiempo tan remoto, como la edad sin tiempo del insecto.) 

Oigo tu voz. Sé que me llama, me apresuro. Y desde allí 
-tú pléroma, yo arjé-, desde el hambre más honda, 
puedo invocar tus manos, el secreto del fuego, la fuerza de los vientos, la pericia del agua, 
y el asperón redondo y fino de la tierra que habito. 

(Me abrasa la sed sin compasión de las salinas 
y padezco la ceguera de quien año tras año espera que germine la semilla: mas reconozco tu voz. 
Puedo. Es más de lo que quise, mucho más). 

Por eso, nada ofrezco que el corazón no sepa contener: 
yo intuyo el mar cuando aún es imposible sentirlo, 
y tú... cuántas y cuántas veces invento que me quieres, 
y que podrías hallar, si los buscaras, trocitos de pizarra entre mis dedos.


Blanca Sandino- España




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BLANCA SANDINO

Nació el 14 de enero de 1946 en Oviedo.

Falleció en Cádiz el 23 de mayo de 2009.

Poeta excepcional que vale la pena recordar... 

Sexto aniversario de su muerte...

Os dejo el link de una entrevista que le hizo Alonso de Molina:

FUENTE:  http://www.poesiademujeres.com/





Un cuento de John Cheever, El nadador.






Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan:
―Anoche bebí demasiado. –Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
―Bebí demasiado ―dijo Donald Westerhazy.
―Todos bebimos demasiado ―dijo Lucinda Merrill.
―Seguramente fue el vino ―dijo Helen Westerhazy―. Bebí demasiado clarete.





Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad ―vistos desde la proa de un barco que se acercaba― que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto ―parecía tener la especial esbeltez de la juventud― y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban a tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.
Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.
Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto ―nunca usaba la escalerilla― y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.
Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.
Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.
―Caramba, Neddy ―dijo la señora Graham―, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa. ―Comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.
El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:
¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría. ―Se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino, con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.
Habría tormenta. El grupo de cúmulos ―esa ciudad― se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible del agua que caí de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?
Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.
La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.
Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde de la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista ―latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas― expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto ―había estado en sus mapas―, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.
Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.
El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse ―perjudicar su propio bienestar y su encanto― nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:
―¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!
Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.
Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.
La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.
―Estoy nadando a través del condado ―dijo Ned.
―Vaya, no sabía que era posible ―exclamó la señora Halloran.
―Bien, vengo de la casa de los Westerhazy ―afirmó Ned―. Unos seis kilómetros.
Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:
―Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.
―¿Mis desgracias? ―preguntó Ned―. No sé de qué habla.
―Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…
―No recuerdo haber vendido la casa ―dijo Ned―, y las niñas están allí.
―Sí ―suspiró la señora Halloran―. Sí… ―Su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad―. Gracias por permitirme nadar.
―Bien, que tenga un buen viaje ―dijo la señora Halloran.
Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?
Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.
―Oh, Neddy ―exclamó Helen―. ¿Almorzaste en casa de mamá?
―En realidad, no ―dijo Ned―. Pero en efecto vi a tus padres. ―Le pareció que la explicación bastaba―. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.
―Bien, me encantaría ―dijo Helen―, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?
―Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger ―dijo Helen―. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!
Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.
―Bien, me mojaré ―dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro―. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos ―dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger―. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.
Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.
―Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo ―dijo en voz alta― y también los intrusos.
Ella no podía perjudicarlo socialmente… eso era indudable, y él no se impresionó.
―En mi carácter de intruso ―preguntó cortésmente―, ¿puedo pedir una copa?
―Como guste ― dijo ella―. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.
Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:
―Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan. ―Y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… ―Esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo―. Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.
La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor ―en realidad, el combate sexual― era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un asunto la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, que era quien prevalecía, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?
―¿Qué deseas? ―preguntó.
―Estoy nadando a través del condado.
―Santo Dios. ¿Jamás crecerás?
―¿Qué pasa?
―Si viniste a buscar dinero ―dijo―, no te daré un centavo más.
―Podrías ofrecerme una bebida.
―Podría, pero no lo haré. No estoy sola.
―Bien, ya me voy.
Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas ―una tenaz fragancia otoñal― en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.
Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tambaleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.
El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.
Fuente:zonaliteratura.com