Cuento:Postal para la ausencia de Alvaro Calix



Ariana y la Burbuja

http://www.amazon.com/Ariana-y-Burbuja-Spanish-Edition-ebook/dp/B00IL15MTE


Postal para la ausencia*

J. Alvaro Calix


Sobre las aguas achocolatadas del río, se dilata la espuma que deja el Ferry. Atrás quedan, borrados por las nubes bajas, el rimero de edificios altos y los brotes de nuevas construcciones en medio de grúas, excavadoras y cientos de peones hormigueando sobre los andamios. Los vientos de otoño empiezan a calar. No tengo frío. Desde mi asiento en el interior del buque, a través de la escotilla, veo el río, las últimas siluetas de la ciudad y, por supuesto, el perfil de Diana acodada en la barda de la cubierta, sola, mirando sin mirar la corriente. Pero ya no es mía. 


No se mueve, apenas para recogerse el cabello que remolinea con la brisa, apenas para mirar su reloj, un poco menos para intentar concentrarse más de dos líneas en el libro que aprisiona bajo el brazo. ¿Una novela de Sweig?, quizás. Yo también permanezco inmóvil, ni siquiera he reparado en la señora que viaja a mi lado y sorbe un granizado de café. Tengo más de cincuenta años, como quien no quiere la cosa. Al contemplar a Diana ˗sospecho ha de pasarle a muchos˗ me siento el mismo veinteañero que la conoció en el parquecito del barrio. Salvo que tuviera un espejo enfrente, olvido arrugas y también las vastas entradas en las sienes. Soy o me figuro un Adán que transmuta su cuerpo por las décadas, como si nada, inmune al moho de los años y a la merma de los afanes. ¿Y ella?


Deja la pose y se dirige, de seguro, a la cafetería. No deseo comprar nada pero la seguiré para encararla; a lo mejor me reconoce. Acerté, viene a la cafetería, tararea la música de fondo, un estribillo de moda, que juzgo vulgar; pide un emparedado de queso y zumo de mango. Puedo sentir ya su huraño perfume de jazmín. Parece que se ha fijado en mí, pues voltea y me ve; alza la barbilla, nos encontramos y…  no existo. Sigue de paso.


Con la tez bronceada, engreída como siempre, Diana, tan remota; pero qué distinto sería si ella viese en mí, como yo lo hago, el brillo de los años sesenta. La novela no es de Sweig, debí suponerlo antes. En su ajustada blusa color piel y la falda blanca de pliegues largos se vuelve hacia la cubierta. En el mismo sitio, se acoda en la baranda; de nuevo ve o imagina la otra orilla, que ya está a mitad de camino.


Regreso a mi asiento. La señora ahora come un emparedado, entre sorbos apurados de gaseosa; ella sí que me mira con inconfundible chispa en las pupilas. Sonrío y le pido permiso para pasar al fondo. Me dejo caer en la butaca y sigo la huella de burbujas del buque y, claro, de reojo, miro a Diana. La señora pregunta si soy norteño, niego con la cabeza; arremete luego para saber a qué me dedico, si el viaje es por asuntos de trabajo. Supongo que no le gustó el tono con el que le dije desempleado. Saca unas agujas, una madeja de lana, y comienza a distraerse con las puntadas de un gorrito o algo así.  Me reclino cuanto puedo en el asiento y como un relámpago, el primer beso a Diana, bajo el pórtico de su casa en la calle Zaldívar, justamente el día que yo cumplía 18. Primero y único, pero qué más para atolondrarme un par de años, hasta que las once horas en el almacén acabaron con los  retozos.


El río es siempre inescrutable en su anchura, como un océano interior; termina siempre empequeñeciéndonos, tragándonos en su delta, hasta que, como un espejismo, aparece la otra orilla, la de la ciudad modesta y bulliciosa. Diana se yergue cuando avista la ribera, los últimos rayos de sol se derraman sobre su cabello. No se me puede ocurrir otra cosa, coger la  cámara, y tras la ventana sacarle una foto así, espléndida, magnética, con  desdén hacia todo lo que no forme parte de su ciudad, su mundo, su barrio porteño. Ya no tengo más que hacer durante el recorrido. Me recuesto y cierro los ojos, con la imagen de Diana en el pórtico de su casa. En cinco minutos estaré bajando al muelle, tomaré el autobús y cenaré esta noche la sopa de almejas  que prometió el compadre Tano.

La luz del día se va esfumando y se trueca con los primeros destellos de los faroles en el muelle. El agua refleja los mástiles de los botes que salpican el puerto. Me cuelgo la mochila de los hombros y busco la salida; ya he perdido el rastro de Diana. En la puerta de la terminal, ir y venir de gente braceando contra lo que queda del día. Resiento el empellón de un muchacho y luego recojo el peluche que se le cayó a una beba de chongos celestes, se lo entrego a los padres y avanzó hasta una de las puertas, sin volver a ver, sin afanarme con una nueva estampa de Diana. ¿No basta acaso una?
Una mano alzada me saluda, ante mi sorpresa, pues no espero a nadie. Es Braulio, viejo amigo, de esos que las prisas más que las distancias nos van alejando. Noto que anda medio achispado, propio en él los domingos. Abrazo, como se debe, con palmada doble. Pero se distrae, espera algo y enseguida toma por el talle a una mujer joven, dice que es su hija, y tiene edad para serlo; bella, fuera de toda duda, con una blusa color piel y un libro desconocido bajo el brazo.




Fuente: Ariana y la burbuja (2014) http://www.amazon.com/Ariana-y-Burbuja-Spanish-Edition-ebook/dp/B00IL15MTE

Un cuento de Juan José Arreola El guardagujas.






El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor…
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.


Fuente :Zona literaturahttp://zonaliteratura.com/

http://zonaliteratura.com/index.php/2014/04/25/el-guardagujas-cuento-de-juan-jose-arreola/

 http://zonaliteratura.com/index.php/2014/04/25/el-guardagujas-cuento-de-juan-jose-arreola/

Lenguaje

“The Periodic Table of Storytelling” Reveals the Elements of Telling a Good Story

periodic table storytelling
Dmitri Mendeleev might have designed the original periodic table – a graphic representation of all the basic building blocks of the universe – but artist James Harris has done something way cool with that template — the Periodic Table of Storytelling.
That’s right. Harris has taken all the tropes, archetypes and clichés found in movies (not to mention TV, comic books, literature, video and even professional wrestling) and synthesized them into an elegantly realized chart. Instead of grouping the elements by noble gases or metals, Harris has organized them by story elements — structure, plot devices, hero archetypes. Each element is linked to a vast wiki that gives definitions and examples. For instance, if you click on the element Chk, you’ll go to a page explaining the trope of Chekhov’s Gun. And if you click on Neo, you’ll go to the page for, of course, the Chosen One.
Below the chart, Harris has even created story molecules for a few specific movies. Ghostbusters, for example, is the combination of an atom consisting of 5ma (Five Man Band) and Mad (Mad Scientist) and one consisting of Iac (Sealed Evil in a Can) and Hil (Hilarity Ensues).
So if you’re in film school or if you have a copy of Robert McKee’s Story on your bookshelf or if you’re one of the roughly three dozen people in the Los Angeles coffee shop where I’m writing this article who are banging out screenplays, you need to check this table out. But be warned: it will suck away a good chunk of your day.
Related Content:
Jonathan Crow is a Los Angeles-based writer and filmmaker whose work has appeared in Yahoo!, The Hollywood Reporter, and other publications. You can follow him at @jonccrow.

Make knowledge free & open. Share our posts with friends on Facebook, Twitter and other social media platforms:
Share on TwitterShare via emailShare on LinkedInShare on TumblrSubmit to StumbleUponDigg ThisSubmit to reddit
by  | Permalink | Comments (3) |
Fuente Open culture http://www.openculture.com/

http://www.openculture.com/2014/04/the-periodic-table-of-storytelling-reveals-the-elements-of-telling-a-good-story.html



Descargas:I0 stories Gabriel Garcia Marqués



in Literature | April 18th, 2014 Leave a Comment





“Our independence from Spanish domination did not put us beyond the reach of madness,” said Gabriel García Márquez in his 1982 Nobel Prize acceptance speech. García Márquez, who died yesterday at the age of 87, refers of course to all of Spain’s former colonies in Latin America and the Caribbean, from his own Columbia to Cuba, the island nation whose artistic struggle to come to terms with its history contributed so much to that art form generally known as “magical realism,” a syncretism of European modernism and indigenous art and folklore, Catholicism and the remnants of Amerindian and African religions.
While the term has perhaps been overused to the point of banality in critical and popular appraisals of Latin-American writers (some prefer Cuban novelist Alejo Carpentier’s lo real maravilloso, “the marvelous real”), in Marquez’s case, it’s hard to think of a better way to describe the dense interweaving of fact and fiction in his life’s work as a writer of both fantastic stories and unflinching journalistic accounts, both of which grappled with the gross horrors of colonial plunder and exploitation and the subsequent rule of bloodthirsty dictators, incompetent patriarchs, venal oligarchs, and corporate gangsters in much of the Southern Hemisphere.
Nevertheless, it’s a description that sometimes seems to obscure García Marquez’s great purpose, marginalizing his literary vision as trendy exotica or a “postcolonial hangover.” Once asked in a Paris Review interview the year before his Nobel win about the difference between the novel and journalism, García Márquez replied, “Nothing. I don’t think there is any difference. The sources are the same, the material is the same, the resources and the language are the same.”
In journalism just one fact that is false prejudices the entire work. In contrast, in fiction one single fact that is true gives legitimacy to the entire work. That’s the only difference, and it lies in the commitment of the writer. A novelist can do anything he wants so long as he makes people believe in it.
García Márquez made us believe. One would be hard-pressed to find a 20th century writer more committed to the truth, whether expressed in dense mythology and baroque metaphor or in the dry rationalist discourse of the Western episteme. For its multitude of incredible elements, the 1967 novel for which García Márquez is best known—One Hundred Years of Solitude—captures the almost unbelievable human history of the region with more emotional and moral fidelity than any strictly factual account: “However bizarre or grotesque some particulars may be,” wrote New York Times reviewer in 1970, “Macondo is no never-never land.” In fact, García Márquez’s novel helped dismantle the very real and brutal South American empire of banana company United Fruit, a “great irony,” writes Rich Cohen, of one mythology laying bare another: “In college, they call it ‘magical realism,’ but, if you know history, you understand it’s less magical than just plain real, the stuff of newspapers returned as lived experience.”
Edith Grossman, translator of several of García Márquez’s works—including Love in the Time of Cholera and his 2004 autobiography Living to Tell the Tale (Vivir para Cotarla)—agrees. “He doesn’t use that term at all, as far as I know,” she said in a 2005 interview with Guernica‘s Joel Whitney: “It’s always struck me as an easy, empty kind of remark.” Instead, García Márquez’s style, says Grossman, “seemed like a way of writing about the exceptionalness of so much of Latin America.”
Today, in honor and with tremendous gratitude for that indefatigable chronicler of exceptional lived experience, we offer several online texts of Gabriel García Márquez’s short works at the links below.
HarperCollins’ online preview of García Marquez’s Collected Storiesincludes the full text of “The Third Resignation,” “The Other Side of Death,” “Eva Is Inside Her Cat,” “Bitterness for Three Sleepwalkers,” and “Dialogue with the Mirror,” all from the author’s 1972 collection Eyes of a Blue Dog (Ojos de perro azul).
At The New Yorker, you can read García Marquez’s stories “The Autumn of the Patriarch” (1976) and his 2003 autobiographical essay “The Challenge.”
Follow the links below for more of García Marquez’s short fiction from various university websites:
Visit The Modern Word for an excellent biographical sketch of the author.
Finally, see The New York Times for “A Talk with Gabriel Garcia Marquez” in the year of his Nobel win, an essay in which he recounts his 1957 meeting with Ernest Hemingway, and many more reviews and essays.
As we say farewell to one of the world’s greatest writers, we can remember him not only as a writer of “magical realism,” whatever that phrase may mean, but as a teller of complicated, wondrous, and sometimes painful truths, in whatever form he happened to find them.
Related Content:
Josh Jones is a writer and musician based in Durham, NC. Follow him at @jdmagness


Make knowledge free & open. Share our posts with friends on Facebook, Twitter and other social media platforms:
Share on TwitterShare via emailShare on LinkedInShare on TumblrSubmit to StumbleUponDigg ThisSubmit to reddit
by Josh Jones | Permalink | Comments (0) |
Fuente:Open Culture http://www.openculture.com/
 http://www.openculture.com/2014/04/10-short-stories-by-gabriel-garcia-marquez.html