Cuento: Las casas eran blancas y de madera. De cuentos Iluminados. Mario A. Membreño Cedillo



La verdad  es que Ben no era  tan viejo. Sus ojos vivaces eran las olas del mar, sus brazos largos eran los de un beisbolista; aunque él nunca hubiera lanzado una pelota de béisbol;  su espalda ancha era la de un marinero, su tez era del color negro de la noche cuando no tiene estrellas, y su pelo crespo y ondulante le dejaba ver un rayo blanco de respetabilidad. El era un garinagu. A Ben, todos lo llamaban el viejo Ben; aunque nadie sabía sí  ese Ben a secas, era su verdadero nombre. Ben vivía en una casa del morenal que olía a mar y a nostalgia.  Y cerca de allí, también tenía  instalado un negocio de venta de golosinas y refrescos, que se llamaba La Encantada. Era ahí donde  solía contar sus historias y sostener sus charlas con los parroquianos. Pero Ben no era locuaz en sus historias. Él no se las contaba a cualquiera, sabía escoger sus oyentes y elegir el momento más oportuno para contarlas.
II
Ben desde muy joven había emigrado a Nueva Orleans, y ahí se había quedado por casi tres años trabajando en  lo que fuera, desde  cargador en el puerto hasta colocarse en un Pub situado en la calle Liberty y Perdido, en donde se tocaba jazz, y según decían el propio Armstrong había aprendido a tocar. Era el propio Ben, quien juraba que había conocido a Louis Armstrong y que había tenido en sus manos su primera trompeta. Cuando hablaba de Armstrong, Ben se emocionaba, y un brillo invadía sus ojos. Y todo enervado, pasaba a imitar, como si tuviera en sus manos una trompeta, los gestos de Armstrong. Aquella escena divertía a la gente que se congregaba a su alrededor. Ben gesticulaba con sus manos los movimientos de la trompeta, al tiempo que se contorsionaba, y de su boca salían unos gemidos, que alargaba y a veces acortaba imitando aquel fulgurante  sonido que produce una trompeta. Al final, Ben terminaba contando acerca de Nueva  Orleans, que siempre había sido una ciudad  peligrosa, sobre todo por la noche. En storyville, a  cada hora ocurrían actos de  gansterismo y  reyertas entre pandillas.  
En Perdido y Liberty, fue que vi mi primer muerto y cuando lo vi, me dije eso de morirse es algo tremendo. El tipo había estado poco antes bailando cual si fuera un trompo, era gracioso ver aquel parlanchín contornearse al ritmo de una música sabrosa.   Bailaba con una mujer que vestía un traje en lino suelto y se levantaba vertical sobre unos  tacones de charol; y el vestido estrujado  lleno de flores; parecía girar,  y les juro, que bajo el efecto de la luz;  que era opaca, producía una increíble sensación. La melodía que tocaban era pegajosa, y evocaba un temblor escala 7.00 de Richter; y los bailarines que se desbocaban como un huracán, bailaban hasta el cansancio. Sinceramente, no sé lo que pasó, sólo se oyó un palabreo, luego le siguió un jaleo. Cuando menos lo pensé, un grupo de gente se desprendió de la pista de baile, se escuchó un alboroto mayor; y salí  a ver qué pasaba porque esa era mi trabajo. Tenía que estar pendiente,  quien entraba y quien se iba, por aquello que la gente se iba sin pagar. El tipo estaba tirado, la mitad del cuerpo sobre la acera, la parte baja sobre la calle, estaba tan muerto que parecía un hielo, y sus ojos saltados parecían dos bolas de golf. Un hilillo oscuro de sangre le salía  del labio inferior, había quedado boca arriba viendo a las hermosas estrellas. Algunos parroquianos del salón habían salido y lo miraban como se contempla una constelación de estrellas o un paisaje boscoso en perspectiva.  Nadie parecía hablar, y desde adentro del local salía una música que la orquesta tocaba, era una canción muy conocida  de Gleen Miller, Stardust.
III
Al finalizar de contar sus historias, el rostro de Ben cambiaba, y se volvía a erguir, llevándose, tímidamente,  las manos a los bolsillos y con una sonrisa en su boca decía “Thank you, no fue nada”. Para Ben  aquello de contar historias era todo  un rito. Pero un día decidió no volver a contar más historias; después de haber tenido un palabreo con un joven del morenal que le increpó porqué se pasaba la vida contando historias que a nadie le importaban. Ben le replicó que había conocido a Satchmo, pero el joven le respondió que le creía, pero “¿quién diablos es Satchmo?” Aquella lapidaria pregunta,  lo entristeció, poco después comprobó  que en el morenal nadie sabía “quién diablos era Satchmo”. Poco a poco dejó de contar aquella historia y a ejecutar sus contorsiones trompeteras. Al paso del tiempo todos en el morenal parecían evitarlo  y sólo los niños ardían por conocer sus relatos. Pero cuando los espíritus se apoderaban de su alma y una vez que Ben comenzaba a relatar sus historias, todos callaban; hasta los que no le creían una íngrima palabra. Pero había una historia que lo ensimismaba y lo turbaba más que todas; y que casi nunca la contaba; y cuando lo hacía, sus ojos cambiaban en una profunda tristeza, y sus palabras salían en temblor. Y  los que lo escuchaban se quedaban en una especie de gris, entre atónitos e incrédulos.
IV
Por la tarde de ese mismo día un grupo de chicos se habían reunido en La Encantada, ellos estaban sentados en el corredor, y charlaban de viajes a tierras lejanas y tierras adentro y tierras misteriosas. De vez en cuando el viejo Ben pasaba limpiando las mesas y retirando las botellas vacías de bebidas. El escuchaba lo que decían los chicos y a él no le gustaba lo que escuchaba, y menos que ellos se fueran del morenal. Porque cuando ellos se iban no volvían, y cuando regresaban  ellos nunca volvían a ser los mismos. Entonces el pensó que él también se había ido de joven, pero aquellos eran otros tiempos. Él se había ido con la aprobación del buyei, él  nunca se había contaminado. Ben lo había decidido y no le había costado mucho tomar la decisión, tuvo la naturalidad de una fugaz mirada al mar. El día que él anunció que contaría de nuevo su historia,  nadie lo esperaba. Hacía años que no la había contado. Pero Ben había sentido el buyei, y  como aquella vez la visión se le presentaba tan clara, no tenia la más mínima duda de que el buyei era quien  le hablaba.
“Vengan mañana por la noche” les dijo Ben con una voz tan ronca como la del viejo Satchmo, “les contaré la historia. Vengan bien comidos y bien peinados y bien bañados; y dejen intactas en sus casas, las majaderías. No traigan dudas en sus bolsillos y no aparezcan con los ojos cansinos. Quiero en sus ojos el brillo de las estrellas y en su mente la agitación del mar. Yo seré el capitán de ese barco, seré el capitán Ahab, no dejaremos que la ballena blanca nos devore, la cazaremos igual que se caza un King Fish”. En ese momento el viejo Ben  veía  las caras sorprendidas de los chicos  y se reía como si él, también fuera un chico más. Listos y reunidos en La Encantada, más de 15 chicos, todos con los ojos saltones de curiosidad y con rostros circunspectos como una montaña de pura piedra. Los ojos de Ben lucían esquivos, eran  dos pececillos, y  lucia irritable, tanto que parecía alguien a cada momento, dispuesto a saltar desde un trampolín, al mar. Ben seguía caminando nerviosamente por  el corredor, y ahora los chicos lucían  tan quietos como el mar en una tarjeta postal. Las nubes se habían ido en estampida, dejando un cielo tan abierto en estrellas que parecía  que las estrellas mismas en su infinita quietud, estaban a punto de moverse. Los chicos lo miraban con los ojos atentos  con que se ve por vez primera algo anhelado y desconocido. Pero había una santa reverencia en sus rostros: Ben tenía la aprobación del Buyey.
V
“Un buyey, siempre  debe guardarse sin contaminación”, dijo Ben de repente y con un tono de voz desconocido. Hizo pausa y entonces  tomó una profunda respiración y habló: Fue en...fue en Alabama, fue en Alabama”, repitió Ben esta  vez con un tono de voz resuelto. Trabajaba yo para la Wood Culver Company, en ese entonces tenía veintitantos años,  era un chico inquieto, pero disciplinado. No bebía y no fumaba. Había otro chico creo que era de Ceiba, se llamaba Leoncio y ya de su apellido no me acuerdo, pero todos le decían Leoncio el Zarco.  Él se fue pronto porque no se acostumbró a la comida, que no era tan mala que recuerde yo, pero la verdad yo me acostumbraba a todo. Nunca le di importancia a eso; pero muchos se fueron de la compañía porque decían que las habas y el arroz no eran suficientes para mantener parado a un hombre; a veces nos daban pan y los domingos nos daban unas frituras que nunca logramos saber de qué eran; porque el cocinero cada vez que le preguntábamos, se reía con el cinismo de un condenado, aquello nos aterrorizó; y llegamos a odiar más al cocinero que a la comida. Luego supimos  que las frituras eran arroz con papas y espinacas, todo bien cocido y en un revoltijo que parecía comida china. Me pasé cuatro años en los cortes de madera y luego ayudé de cargador, era un trabajo pesado, cargábamos los hornos entre varios, hasta ponerlos sobre tarimas improvisadas; hasta ahí llegaban unos camiones Ford negros, que les decían “los negreros”, porque todos los chóferes eran negros provenientes del South Deep. Caían de Misisipi y Misouri,  y un día, desde bien alto, hasta cayó un canadiense. Venían porque aquí se les pagaba más, pero sobre todo, porque los fines de mes, podían hacer viajes a Nueva Orleans. Yo casi nunca iba a Nueva Orleans, porque no quería gastar mi dinero en mujeres ni en alcohol, pero sobre todo porque el viaje siempre era peligroso, y la ciudad más. Un día nos dijeron que teníamos que ir a una zona no muy lejana que llamaban Great Canyon, en realidad no era un cañón y por ningún lado parecía haber vertederos, aunque la región era húmeda y la vegetación abundante, porque las capas freáticas no eran muy profundas. Luego supimos que lo de Canyon, era porque en la Guerra Civil un regimiento del Norte había llevado allí un cañón, pero por supuesto nadie de nosotros vio por allí ningún cañón, en realidad todo eran puras habladurías de los pobladores. Por la noche y bajo las estrellas de Alabama; mirábamos y mirábamos y mirábamos a la lejanía, porque  en verdad,  no había mucho que hacer por las noches.
Muy cerca del campamento había una pequeña planicie cubierta de maleza,  que no crecía mucho, y que contrastaba con una zona selvática, que resaltaba al fondo de  la planicie. Llevábamos varios meses en esa  la zona. Hacia uno de los extremos de la planicie se levantaba una ladera que cortaba parte de la zona selvática. Al pie de la ladera la vegetación era tupida, y un poco más adelante crecían árboles tan frondosos, que secuestraban el cielo. Pero la zona era tan inhóspita que casi nadie iba por ahí. Un día descubrí una vereda, en realidad no era una vereda, pero si un tramo por el que uno se podía adentrar sin necesidad de ir cortando la maleza. Terminaba  en uno de los bordes de la ladera en la que bajo un árbol cuyas raíces salían a la superficie, había un claro de cielo que se colaba entre el ramaje, dejando que la luz entrara; y habilitando un recodo en que uno podía, sentado sobre las raíces del árbol, descansar. A veces iba ahí, siempre después de almorzar. Los otros en el campamento se quedaban conversando, tomaban café o una infusión de tés con hojas verdosas que cortaban del pie de los árboles. A esa hora el calor y la humedad era insoportable, nadie trabajaba; ellos se la pasaban jugando a las cartas y cantando canciones sureñas, todavía recuerdo una que empezaba:
Mi dulce Nelly. Mi  dulce Nelly.
Voy en tu busca. Voy tras tu sombra.
Voy en tu busca para recostarme en tu pecho.
No huyas de mí porque yo soy tu sombra.
No te escondas de mí porque yo soy la noche.

Aquella tonadita era de las más populares. Y un buen día, tarareándola me encaminé a la planicie, pasando por los arbustos hasta quedar de frente a un claro. Me quedé helado como si de golpe me hubieran caído ciento siete cubetas de agua fría. La planicie no estaba. Quise caminar pero no pude, quede petrificado. La planicie estaba cubierta de casas,  todas en fila, parecía un villorrio. Las casas eran de madera y todas estaban pintadas de blanco. Eran tan blancas como el blanco de las nubes. Los tejados eran de lámina del color de las tejas.  No había gente, toda aquella desolación me impresionó más, pero también me tranquilizó. Mis ojos estaban deslumbrados, eran docenas de casas que habían aparecido de la nada. Pasaron unos minutos, no se cuántos, pero aquello me pareció como si el tiempo se hubiera detenido, como si aquellas casas vinieran  a saber de dónde,  a saber  de qué tiempo, a saber para qué.
Avancé, con dificultad logré dar un par de pasos, pero a medida   que avanzaba tímidamente,  las casas iban desapareciendo. Era como si a ciencia cierta,  no me moviera, era seguir el arco iris y nunca alcanzarlo, era sacar la cartera del bolsillo y no tener un maldito billete.  Pronto estuve de vuelta en el campamento, regresé por el mismo camino, dejando atrás la planicie,  los arbustos, y  las casas. Un inmediato escalofrío recorrió mi cuerpo, pero mis pasos no vacilaron. Yo me  esforcé en avanzar; y en tanto: y eso nunca me había ocurrido, dos rebosantes lágrimas cayeron de mis ojos, y abrían un camino milagroso en mi rostro sudoroso, las lágrimas fueron a dar a mis labios abiertos, y su gusto amargo, me dio ese impulso que me impelía a no temer, fuera lo que fuera. Por mi cruzó la idea   de que si volvía a ver esa visión, quedaría petrificado como Lot; y que aquellas casas eran una ciudadela en que a saber que designios misteriosos se cumplirían. Aquella zozobra, convertida en prisa me sacó de la planicie. Y ya cuando los pensamientos serenos reposaban, pensé que me había  desviado del camino, y que había ido a dar a un villorio cerca de Camden. Pero no, no cabía  tal posibilidad. Así que una vez en el campamento, cansado y sudado, me acerqué al barril de agua; me incline  y hundí la mitad de mi cuerpo en él, hasta que unas fuertes manos, abruptamente, me sacaron y escuché  una voz enérgica: “Es agua para beber, no para bañarse.
Al día siguiente volví a ir a la planicie, siguiendo exactamente el mismo camino, aparté los mismos arbustos, pasé por los mismos encinos, y una vez en el claro: la misma visión se alzó ante mi, impertérrita, inamovible, casi tan real como mis manos. Un escalofrío volvió a recorrer mi cuerpo Las  casas continuaban allí, como si siempre hubieran estado allí, y ellas hubieran crecido con la potencia de los árboles que rodeaban la planicie. Era un paisaje espectral, no me atreví a seguir avanzando, pensé en regresar, pero no pude. Era como si de repente hubiera echado todas las cargas de mi vida, y me hubiera convertido en una montaña. Pero no, una a otra toqué mis manos, toqué mi pecho; era yo de carne y hueso. La tercera vez que fui, fue la que más cerca llegué a estar de las casas,  esa vez alcance a escuchar un murmullo de voces, pero nunca logré distinguir  a ninguna persona. No volví a ir, ni jamás le conté lo ocurrido a nadie. No quería que mis compañeros y mucho menos Jack el Francés se burlara de mí. La vida en el campamento transcurría con la normalidad de las órdenes y los cantos y el zumbido de las sierras. Así es la vida; pero no, yo sabía que había visto aquellas casas, y por la noche temía cerrar los ojos y que aparecieran aquellas casas blancas y de madera.
VI
Por aquellos  días decidí marcharme de Alabama. Aproveché un cambio de turno y un traslado. Llegué a la central de la compañía, permanecí allí cerca de un mes,  y luego  me fui en tren para Nueva Orleans. Y después de unos cuantos meses de trabajar en un bar pude pagar  el pasaje de regreso en barco. Me embarqué, y arribé de nuevo a Ceiba, a principios de la década de los 50s, tenía en ese entonces 33 años y aún era fuerte. Casi había olvidado aquella visión de ese pueblo fantasmal.
Al terminar de contar su historia, el viejo Ben tenía un aspecto cansado. Miraba a los  chicos que lo miraban absortos y en silencio. Nadie pronunció palabra alguna. Nadie pareció mover los labios. La noche se desplegaba imperturbable sobre San Juan y sólo en una que otra casa había luz. El viejo Ben se levantó, y se retiro sin decir una sola palabra. Los chicos vieron a Ben  bajar las gradas de La Encantada y atravesar la yarda sembrada de las sombras de las palmeras, hasta llegar a su casa. Subir las gradas, abrir la puerta, entrar y luego cerrarla.  Y desde dentro de la casa, encender  la luz. Los chicos no lo habían perdido de vista, hasta que éste entró a su casa. Todos permanecieron en silencio, sus rostros expresivos y sus labios a punto de soltar algunas palabras. Pero como si se hubieran puesto de acuerdo, nadie habló. Aunque todos los chicos se percataron de que la casa de Ben era blanca y de madera, ellos nunca se lo habrían dicho. Entonces Ben apagó la luz.

Y vista desde lejos, al tiempo de la noche  en que todas las cosas duermen y callan y sueñan; y la bruma y la neblina y las sombras del mar, el cielo  y la tierra se desparraman;  y cercan y secuestran  paisajes y cosas  y sueños; desde alta mar parecía que todas las casas del morenal, eran blancas y de madera.

Fuente: Del libro Cuentos Iluminados (inédito), Mario A. Membreño Cedillo, 2002.








Libros : Los mejores libros de la periferia. Centroamérica http://literofilia.com/

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1 de febrero 2016
Por redacción. Hemos visto como todos los años, cuando se elaboran listas sobre los libros más importantes de América Latina, los grandes medios hispanos obvian a Centroamérica y el Caribe (salvo Cuba)  porque los mercados editoriales han dibujado en el mapa un mar desde México hasta Colombia que borra toda América Central ístmica e insular.
Por lo tanto, este año Literofilia.com se ha dado a la tarea de rastrear los libros más importantes de narrativa elaborando una lista que, además de ser un muestrario de calidad, también es una invitación para que los lectores de esta pequeña y olvidada región centroamericana y caribeña conozcan a sus escritores.

La periferia, como hemos querido llamar a esta parte de América Latina, cuenta no solo con autores de mucho calibre, sino también con eventos literarios de renombre como el Festival de La Palabra en Puerto Rico, Centroamérica cuenta y elFestival de Poesía de Granada en Nicaragua, así como las Ferias del Libro de Costa Rica y Guatemala.
En Literofilia.com creímos necesario complementar  esos enormes esfuerzos que escritores como Sergio Ramírez, Mayra Santos-Febres y los gobiernos de Costa Rica y Guatemala a través de sus respectivos Ministerios de Cultura, realizan año tras año para mostrar que en esta región también se lee y el libro importa.
En nuestra lista aparecen escritores de renombre y autores emergentes, que empiezan a forjar una obra importante en sus países y la región, porque de nada nos valdría levantar un listado sino damos a conocer a esos nuevos pinos de las letras regionales. Sin más, queridos lectores de Literofilia.com, estos son los libros que hemos escogido y que creemos que valen la pena ser leídos.
En la cumbre de su maestría narrativa, tras 50 años de oficio literario, Ramírez mezcla erotismo, humor, ironía y la historia de los pueblos semíticos para confrontar a un Yahveh –el Mago, en la novela- rencoroso y temperamental con el nacimiento de la mujer moderna, a la vez que pone en cuestionamiento el estatuto del narrador –que interfiere siempre que quiere en la acción-, permitiéndose la inserción del lenguaje popular en el contexto bíblico y la autorreferencia ficcional. Los capítulos dedicados al fuego vengativo y purificador están entre los mejores de la narrativa iberoamericana reciente.


Mayra Santos-Febres, Editorial Planeta. (Puerto Rico) Por Perla Suez

El amante de Gardel Aunque nada en su título nos permita sospecharlo, La amante de Gardel es una novela atravesada por la muerte. La muerte moviliza a los personajes para entender la vida, para luchar y sanarse, para recordar las amistades perdidas, para hablar también de las víctimas de la época. Una época que se debate entre las antiguas reglas, las normas de la tradición y el despertar estridente del Nuevo Mundo. Se trata del arribo de una modernidad que no es cualquiera: la modernidad latinoamericana del Siglo XX.
En este contexto, la protagonista es parte de una familia de mujeres curanderas y es la única heredera de ese saber ancestral, al mismo tiempo que estudia enfermería en la Escuela de Medicina Tropical de Puerto Rico. Una mujer de piel negra que quiere convertirse en médica, en medio de una sociedad difícil y un mundo espinoso. Pero en el camino del progreso siempre hay algo que se pierde: Micaela deberá confesarle a su protectora (la doctora que financia sus estudios) una receta herbolaria que proviene de la sabiduría ancestral de sus antepasados. Esta otra trama, oculta, va reapareciendo en su memoria, hilvanada a la reminiscencia de las palabras de Gardel.


Eduardo Halfon, Signor Hoffman, Libros del asteroide. (Guatemala) Por Alexandra Ortiz Wallner
Signor Hoffmann
En esta nueva entrega de seis relatos se confirma que la obra hasta hoy publicada del guatemalteco Eduardo Halfon, especialmente a partir de El boxeador polaco (2008), gira en torno a, al menos, dos ejes: las posibilidades y límites de la creación artística y del artista como creador, y otro, que se asemeja más a un gran laberinto de identidades vinculado a los orígenes (judío, árabe, polaco, guatemalteco) de su recurrente narrador-protagonista, muchas veces identificado como Eduardo Halfon, Dudú, Halfon, simplemente Eduardo o, como ahora, gracias a un equívoco narrado en el primer cuento, Hoffman. Recurriendo nuevamente al gesto autoficcional que cruza su universo literario, Halfon ofrece en Signor Hoffman otras facetas y otros viajes de su alter ego en un juego de espejos que ya se decanta en la portada del libro. En ella, el autor y esta nueva faceta del personaje central, Hoffman, comparten un mismo espacio, acentuado por la imagen de Roman Vishniac en la que aparecen unas figuras (¿son acaso la misma?) y sus sombras, cruzando diversos umbrales. Este espacio compartido se amplía con el epígrafe de Harry Dean Stanton que abre el libro: “Play myself, and let the wardrobe do the character.”  Así, los lectores entramos de lleno a esta casa halfoniana de los espejos compuesta por seis habitaciones.
El relato que abre la puerta a la primera estancia, “Signor Hoffman”, y el relato que es la última estancia, “Oh gueto mi amor”, se complementan también especularmente. En ambos, son dos campos de concentración -el de Ferramonti di Tarsia en Italia y el de Auschwitz en Polonia- los que enmarcan las andanzas del narrador-protagonista. Uno, el italiano, convertido en una especie de parque temático propio de las guías turísticas que monumentalizan el horror de la Europa del siglo XX frente al otro, ese que lanzó la pregunta inevitable por si es posible escribir literatura después de Auschwitz. Pero el libro de Halfon no es una respuesta más a la pregunta que continúa siendo respondida por sobrevivientes y descendientes, por propios y ajenos, por víctimas y victimarios. En él, la pregunta que nos sigue y que pone a andar la búsqueda es una por la herencia.
En “Oh gueto mi amor” la herencia transmitida por el abuelo al nieto toma la forma de un papel amarillo que contiene la dirección completa de la casa familiar en ?ódz, la que fue forzado a abandonar antes de ser trasladado al destino de los campos que cambió para siempre los cimientos de Europa: “Un último papel amarillo. Unos últimos garabatos, en su temblorosa letra de anciano. Un último legado a un nieto, quien lo recibe de la mano misma de su abuelo, como si en ese momento, durante esa última cena, estuviese recibiendo la totalidad de su herencia.” Apenas unas cuantas líneas con las coordenadas exactas de una casa situada en una ciudad lejana condensarán, hacia el final del libro, memoria familiar y destino individual. Memoria y destino que, a su vez, permiten que en el espacio de la literatura las herencias ocupen un lugar narrativo. Son estas dos narraciones que se ven a sí mismas en tensión, se reflejan la una a la otra en un espejo quebrado poniendo sobre la mesa la cuestión de si acaso no es la herencia precisamente aquello de lo que no es posible apropiarse y que precisamente por eso es necesario que surja la escritura literaria.
Sin duda, ambos relatos componen la fuerza estructural del libro y sostienen los otros cuatro cuentos (”Bambú”, “Han vuelto las aves”, “Arena blanca, piedra negra” y “Sobrevivir los domingos”) que ya habían sido publicados de manera independiente en revistas como Letras Libres y Granta. El gran relato de un legado con el que se carga es así intervenido y reescrito, a veces con nostalgia, a veces con humor, y no pocas veces por medio del absurdo y lo cómico. En cada cuarto de espejos que es Signor Hoffman se van colocando estos otros reflejos que son los viajes que el protagonista realiza a la costa del Pacífico y a la zona cafetalera guatemaltecos, a la frontera con Belice, a un barrio neoyorkino. Viajes menores, tal vez, pero no por ello menos significativos como elementos implicados en todo un proceso de transmisión de una memoria que necesita de la narración literaria irreverente de un pasado para poder ser y tener una voz en el presente.

Salvapantallas, Luis Chaves, Seix Barral. (Costa Rica) Por Fernando Chaves Espinach

Salvapantallas Luis Chaves¿Qué es Salvapantallas? Transparente en su honda emoción, resulta curiosamente opaco en su definición como género. Para los lectores, por supuesto, este es el mayor placer. Cuento, crónica, diario, autobiografía, poema en prosa: imposible hacer clic solo en una porción sin abrir una cascada de ventanas a otras partes. Es como si cada persona que lo lea tuviese acceso a otro Chaves, según su ánimo, más íntimo, más divertido, más cercano.
Como colección de imágenes aleatorias, deambula entre sentimientos y recuerdos con una facilidad que Chaves ha exhibido constantemente en sus poemarios, pero que en el cuerpo de una “novela” o novela vibran con nueva energía. Leer Salvapantallas ha sido redescubrir a Chaves o toparse a otro nuevo. Es por ello que el libro destaca: por la propia fuerza de lo que contiene (muy tierna) y por la promesa de lo que vendrá.
Un rencor puro y perfecto, Maurice Echeverría, Alas de barrilete. (Guatemala)Por Jessie Álvarez
Un rencor puro y perfecto
La historia guatemalteca, llena de baches que no han permitido un desarrollo equitativo en sus actores, es el caldo de cultivo ideal para producir una sociedad en la que el rencor está siempre ahí, latente, cercano a todos. Es en este contexto en el que Maurice Echeverría (Guatemala, 1976) publica Un rencor puro y perfecto(Alas de Barrilete, 2015), una novela que reflexiona acerca del poder en un edificio viejo, feo y sucio, que no es más que una metáfora del país. ¿Quién es Maurice Echeverría? Ha sido incluido, aun contra su voluntad, como parte de la llamada “Generación X” de la literatura guatemalteca, un grupo de narradores que publicaron sus primeros libros a finales del siglo XX con la contracultural Editorial X. Además, ha obtenido varios premios, como el Monteforte Toledo de novela con Diccionario esotérico (Norma, 2006) y el Premio de Novela Corta de la Editorial Magna Tierra por su novela Labios (2003).
En 2012, obtuvo el Premio Centroamericano Carátula de Cuento Breve 2012 por Pura sangre dieciochera. Un rencor puro y perfecto se organiza en tres capítulos, cada uno es una guna (las cualidades que, según el hinduismo, conforman el universo): tamas, sattua y rajas, ignorancia, bondad y pasión, respectivamente, estados por los que transita el protagonista. La historia es, en gran parte, focalizada a través de un sofá, que se convierte en la tribuna desde la cual se analizan los eventos que llevan al protagonista a pasar de la espera por la pérdida de su pareja y su empleo a la inercia de llevar una vida automática, en la primera parte; a convertirse, por una serie de casualidades, en el inteligente y proactivo administrador del edificio donde viva, en la segunda parte; a ser un tirano sádico, en la última. La novela es también un ejercicio narrativo magistral: el cinismo y el sentido del humor, la crudeza y la ironía habitan en cada uno de sus pasajes. Esta novela de Maurice Echeverría es, además de una novela, un tratado acerca del poder y las relaciones sociales: ¿cómo detentar el poder en medio de una sociedad convulsa, fragmentada y disociada? Así, Un rencor puro y perfecto se presenta como una de las mejores novelas guatemaltecas publicadas en 2015.


El asesino melancólico, Jacinta Escudos, Alfaguara (El Salvador) Por Élmer Menjívar

El asesino melancólicoLa escritora salvadoreña Jacinta Escudos publicó en 2015 El asesino melancólico, bajo el sello de la Editorial Alfaguara. Se trata de un texto que se extiende por 95 páginas y que luce la categoría de novela. La primera tentación crítica es meterse a elucubrar sobre su género dada su extensión ¿novela corta? ¿cuento largo? ¿aún importa clasificar en estos géneros a la narrativa literaria? ¿por qué? ¿para qué? Dicho esto me apresuro a aclarar que para mí no existe tal cosa como la supremacía de géneros –en literatura tampoco– y que me parece ocioso buscar, por ejemplo, en qué consiste la superioridad de La región más transparente, una novela de Carlos Fuentes, sobre El perseguidor, un cuento de Julio Cortázar. La segunda tentación es sentenciar: es un cuento largo por su economía de texto, de personajes y de ambientes, y, sobre todo, por mantener la voz narrativa en un solo tono (¿melancólico?). La tercera tentación es pasar de largo el tema del tamaño y del género y entrar de una vez a comentar algunos valores narrativos de El asesino melancólico sin aludir taxativamente a su identidad textual. En esta última tentación me dejo caer.
Lo mejor de El asesino melancólico en tanto obra de narrativa literaria es el desarrollo de sus personajes, desde su presentación hasta su cumbre. Escudos escoge fórmulas puntuales para soltarnos a sus protagonista. Con 32 palabras Blake Sorrow se hace contundente: «El día en que Blake Sorrow cumplió 50 años, emprendió el único acto de valentía del que sería capaz en toda su vida: se admitió a sí mismo que era un fracasado». Con la coprotagonista, Rolanda Hester, el procedimiento es igual: directo y preciso. La diferencia, quizá sutil, es que a Sorrow lo presenta la voz del narrador (omnisciente), y Hester se presenta ella misma en la primera línea de diálogo de la narración. Estas decisiones narrativas marcan el carácter y el ritmo del texto que va creciendo como un diálogo en el que la voz de la comunicación explícita la aporta ella, mientras que lo que sabemos de él nos lo cuenta el narrador. Ambos personajes son poderosos –quizá quiero decir memorables–, bastante clásicos –muy noir– que ubicados en un contexto referencial –una suerte no where– logran desarrollar una historia que se cierra –sin candados– en sí misma.
El asesino melancólico se lee rápido –un viaje de ida a Guatemala en autobús– y con ganas porque contiene esos motores de lectura que no fallan: contiene intriga y suspenso, sexo y romance –it’s complicated–, episodios tremendamente empáticos –volví a comer sardinas con galletas saladas– y consigue un tono reflexivo que no aspira a dar lecciones de vida. A pesar de su brevedad, luce recursos ágilmente dosificados como elflashback, capítulos epistolares y poéticos que aportan esa extensión narrativa que no implica sumar más palabras que las necesarias.


Rita Indiana, La mucama de Omicunlé, Periférica. (República Dominicana)  Por Alejandro Alvarez-Nieves
rita indiana la mucama de omincule.cdrCon un ritmo narrativo arrollador, Rita Indiana nos presenta una magistral novela en la que combina una serie de saberes antiguos, propios del Caribe, con problemas que surgen del pensamiento contemporáneo. Así, nos presenta, por un lado, aspectos importantes de las religiones caribeñas que no provienen de occidente (el sincretismo yoruba, los ritos taínos) con reflexiones sobre el arte contemporáneo, el problema ecológico y la forma particular en la que se crea y forma la política en el Caribe hispano. La trama principal tiene que ver con una joven prostituta, Alcide Figueroa,  a quien Esther Escudero, Ominculé, una santera servidora de Yemayá y asesora del presidente de la república, rescata como mucama para hacerla su heredera en las artes religiosas afroantillanas, ayudada por Eric Vitier. Es una historia de encarnaciones y reencarnaciones que rompe las líneas divisorias del presente, pasado y futuro, así como las fronteras del género sexual y la identidad racial.
En una apuesta arriesgada, como suele ser la narrativa de esta autora, el lector se remonta a los tiempos de la Quisqueya colonial y el tiempo de los bucaneros, para pasar al presente y el debate de cómo se crea y difunde el arte en nuestros días desde el Caribe, no sin dejar de proponernos cómo la política del futuro será la continuidad de los terrores de hoy. Se trata de un texto que plantea fisuras importantes desde una sinergia tenaz de diferentes tiempos y tradiciones no convencionales. La mucama de Ominculé es una novela intrépida y original, que supone el asentamiento de Rita Indiana como una de las voces femeninas caribeñas más importantes de  la narrativa actual.


Las impuras, Carlos Oriel Winter Melo, Planeta. (Panamá)/ Por  Dimitrios Gianareas


Las impuras Carlos Winter Melo
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A pesar de la cercanía, tanto histórica como geográfica, que separa a los escritores panameños de la invasión de los Estados Unidos, el abordaje literario apropiado del tema es mucho más complicado de lo que pudiera parecer. Quizás sea esa misma proximidad –un público lector que también fue testigo de los acontecimientos con sus propios juicios y prejuicios- el principal escollo a vencer al utilizar la ficción para hacer una aproximación de la misma. La gran novela de la Invasión de 1989 aún no ha sido escrita. ¿O sí?
¿Es posible escribir una historia acerca de un tema con tanto con tanta carga política como la invasión de los Estados Unidos a Panamá sin caer en el relato panfletario?
Carlos Wynter Melo intenta con su novela Las Impuras mostrarnos una cara de la invasión. Y lo hace desde la intimidad de personajes muy bien construidos, a pesar de la brevedad de la narración. La vida de los personajes, dos mujeres de las que solo conoceremos su historia por medio de fugaces pasajes, parece transcurrir en dos planos. Además de sus vivencias personales, cada una de ellas es una metáfora, una representación de facetas de la historia de Panamá durante una buena parte del siglo veinte.
Las impuras es una de esas obras exigentes, condensadísimas hasta lo esencial, donde el lector recibe solo pinceladas y es desafiado a completar el lienzo. Uno de esos libros que hay que leer más de una vez para comprender y al que, como los buenos libros, querrá volver muchas veces.


Denise Phe-Funchal, Ana Sonríe, FyG Editores. (Guatemala) Por Héctor Hernández Gómez
Ana Sonríe Denise Phe-FunchalLa literatura no tiene ninguna obligación con nuestro día a día, ella en cierta medida se mueve con bastante autonomía. De hecho, se dice por ahí que la mala literatura se parece a la vida. No obstante, cuando un texto se construye con técnica, aquello que se mueve como ficción empieza a borrar los límites de lo real y a parecerse, paradójicamente, a nuestra propia realidad. No porque imite a la vida diaria, sino porque con artimañas nos ensancha e incluso pone en duda aquello que llamamos realidad. La buena literatura abre zanjas en la realidad a base de mentiras suspicaces.
El mérito que veo en una novela como Ana sonríe de Denise Phé-Funchal, es la precisión de su narración, formalmente es un trabajo bien cuidado. La forma es contenido y por ello, la realidad del personaje ficcional se encarna en nuestra propia realidad. A mí, como lector masculino, me movió fibras, me introdujo en el pellejo de una mujer que vive un día a día macabro, trágico; la violencia de genero marca mi cuerpo y me hace terminar deseando el final que el texto me va prometiendo. Eso no lo logra la historia sino la perspectiva narrativa y la técnica misma de su narración.




Daniel Quirós, Mazunte, Editorial Costa Rica. (Costa Rica)/Por Anacristina Rossi
Mazunte, daniel QuirósMazunte, la última novela del escritor costarricense Daniel Quirós, publicada por la Editorial Costa Rica en 2015, es una novela que impacta. Está muy bien escrita, en un español casi impecable. La trama, aparentemente simple, lleva al lector por un recorrido que parece ser geográfico y psicológico: el geográfico es el de Mazunte en la costa Pacífica de México intercalado con el de San José, Costa Rica. El psicológico es la vida interior de los personajes, en especial de los dos hermanos que son los personajes principales.
Sin embargo, y el lector debe estar atento pues en un momento del recorrido geográfico y psicológico hay un quiebre, una desgarradura por la que se llega a un mundo aparentemente fantástico, onírico. Es un pasaje a una cuarta dimensión, un Pedro Páramo costarricense. El lector se ve a la vez fascinado y desconcertado por un mundo casi intolerable de presenciar y que sin embargo sabemos que existe. Y al final, justamente al final, tenemos la clave. No se trata de ningún realismo mágico. Sí, tiene que ver con la muerte pero desde el punto de vista científico, médico. Y entonces cerramos la novela completamente perturbados, sabiendo que, a pesar de la belleza o la atrocidad de sus imágenes, hemos leído una novela realista del siglo XXI.



 Sergio Gutiérrez Negrón, Dicen los dormidos (Puerto Rico) Por Mayra Santos-Febres
Dicen que los dormidosUn joven es tiroteado por accidente en una intersección de la suburbia en Puerto Rico. Cae en coma. Su hermano menor le narra su vida suspendida y los trabajos que encara para intentar re-insertarse en el mundo. Un extraño nexo se ha creado entre ellos, o quizás, ha despertado. Siempre estuvo ahí. Los hermanos comparten un mismo sueño. El sueño, muchos barcos a la deriva cruzan un mar. Poco a poco , uno tras otro, a los barcos se los va comiendo la polilla. A los sobrevivientes también. Entre el despertar de una coma y ese sueño de los barcos a la deriva, aparece la historia de la violencia transpolitica en el Caribe. Novela de la revelación puertorriqueña, Sergio Gutiérrez. Ganador del Premio Nuevas Voces del Festival de la Palabra 2015.





Un rojo aullido en el bosque, Anamá ediciones, José Adiak Montoya (Nicaragua) Por Holbein Sandino
Un aullido rojoAl término de la edad de la inocencia es cuando comienza verdaderamente el peligro. Es el momento en que atacan los lobos feroces y los machos cabríos modernos. José Adiak Montoya (Managua 1987) lo advierte al retomar los moldes de un mito clásico para hilvanar una historia rapaz, pero de aspecto hermoso.

Un rojo aullido en el bosque  (1ª. Edición: Managua, Anamá Ediciones, 2015) es la fabulación del engaño en clave reciente. Es la representación de una realidad de caperucitas que no atraviesan bosques ni cargan cestas con bocadillos; sino que van por ciudades marginales sin percatarse de que los lobos ahora son depredadores urbanos: malvados traficantes de la piel y del pudor.
Con un lenguaje introspectivo y dos puntos de vista precisos, la segunda novela de José Adiak Montoya está para leerse de una sola sentada.
 Fuente: http://literofilia.com/

Los mejores libros de la periferia



Descargas: Arte: 1000 Libros sobre Teoría e Historia del Arte para descargar

1000 Libros sobre Teoría e Historia del Arte para descargar

Hoy en Laberintos del Tiempo, les traigo una colección de más de 1000 libros sobre Teoría e Historia
 del Arte. 
Gracias al usuario Nicolás Horacio Ávila de San Telmo, Argentina por el link a tan vasta obra sobre el 
Arte y la Cultura en General. La historia del arte es una disciplina de las ciencias sociales que
 estudia la evolución del arte a través del tiempo.

Entendido como cualquier actividad o producto realizado por el ser humano con finalidad estética o
 comunicativa,a través del que expresa ideas, emociones o, en general, una visión del mundo, 
el arte emplea diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros o mixtos. La historia 
del arte, como disciplina académica y entorno institucional (museos, mercado del arte,
 departamentos universitarios, producciones editoriales) se suele restringir a las denominadas 
artes visuales o plásticas (esencialmente a pintura, escultura y arquitectura), 
mientras que otras artes son más específicamente objeto de estudio de otras disciplinas claramente 
delimitadas, como la historia de la literatura o la historia de la música, siendo todas ellas objeto 
de atención por la denominada historia de la cultura o historia cultural, junto con las historias 
Sectoriales enfocadas a otras manifestaciones del pensamiento, como la historia de la ciencia, 
la historia de la filosofía o la historia de las religiones. Algunos campos 
de conocimiento estrechamente relacionados con la historia del arte son la estética y la teoría
 del arte.  


A lo largo del tiempo el arte se ha clasificado de muy diversa manera, desde la distinción medieval 
entre artes liberales y artes vulgares (o «mecánicas»), pasando por la moderna distinción 
entre bellas artes y artes menores o aplicadas, hasta la multiplicidad contemporánea, 
que entiende como arte casi cualquier manifestación de la creatividad del ser humano.
 La sucesiva ampliación del listado de las «artes principales» llegó en el siglo XX hasta el 
número de nueve: la arquitectura, la danza, la escultura, la música, la pintura, 
la poesía —entendida de forma amplia como literatura con intención estética, que incluye
los distintos géneros del teatro y la narrativa—, la cinematografía, la fotografía y la historieta
 (o cómic). Al solapamiento conceptual de términos entre artes plásticas y artes visuales 
se añadieron los de diseño y artes gráficas.


La historia del arte es una ciencia multidisciplinar, procurando un examen objetivo del arte a 
través de la historia, clasificando culturas, estableciendo periodizaciones y observando sus 
características distintivas e influencias. El estudio de la historia del Arte se desarrolló 
inicialmente en el Renacimiento, con su objeto limitado a la producción artística de la 
civilización occidental. No obstante, con el tiempo se ha impuesto una visión más amplia 
de la historia artística, intentando una descripción global del arte de todas las civilizaciones 
y el análisis de sus producciones artísticas en términos de sus propios valores culturales 
(relativismo cultural), y no sólo de los de la historia del arte occidental.

Aquí les dejo el link de la descarga: