Cuentos hispanoamericanas. La Casa en Mango Street por Sandra Cisneros. Post plaza de las palabras



Plaza de las palabras en su sección cuentos hispanoamericanos presenta fragmentos de la novela La Casa en Mango Street de Sandra Cisneros.  (Chicago, Illinois; 20 de diciembre de 1954) es una escritora, novelista y poeta estadounidense. Es más conocida por sus novelas La Casa en Mango Street y Caramelo, esta última publicada en 2002 por Knopf. Su herencia mexicana tiene una influencia importante en su obra (1)

«Nació en la ciudad de Chicago, Illinois, en el año de 1954. Inmersa en el seno de la compleja cultura hispanomexicana, Sandra Cisneros se ha convertido en relativamente poco tiempo en una de sus voces literarias más fuertes, más sólidas de las últimas décadas. Su vocación intelectual y literaria le ha merecido múltiples distinciones en el ámbito académico. Doctora honoraria en Letras por la Universidad de Nueva York, ha recibido, entre otros, los siguientes reconocimientos: Premio de la Novela Corta Chicana en 1986, que le otorgó la Universidad de Arizona; Premio Precocolombino Americano en 1985 y, en 1983, la Beca de la Fundación Michael Karoyi, en Francia. Entre sus obras más destacadas se encuentran Woman Hollering Creek, y My Wiched Days. Dotada de una extraordinaria sensibilidad, desde sus primeros escritos logró condensar toda la dualidad, la paradoja de una cultura hispanomexicana que convive y se enfrenta cotidianamente al mundo del sueño americano, en la búsqueda de caminos alternativos de convivencia y asimilación con la cultura americana, sin perder la esencia de su identidad y la fuerza de sus más legítimas manifestaciones en lo social, lo político y lo artístico. Para Sandra Cisneros, esta búsqueda se plasma a través de una propuesta narrativa en donde los personajes exploran con curiosidad, con cautela, un mundo cotidiano que no les es enteramente propio. Los personajes de Sandra Cisneros recorren todos los rincones de su cultura, sus formas de convivencia, sus rituales, su lucha por sobrevivir y no logran adueñarse del espacio físico y social que les corresponde en la sociedad americana; divididos entre lo que sueñan ser y las profundas raíces que los unen a México, una tierra que tampoco les es propia, hombres y mujeres crean un universo en cuyo centro, pese a todo, pervive la esperanza. En La casa en Mango Street, una niña adolescente, llamada justamente Esperanza, va descubriéndose a sí misma y al mundo de su familia, de su comunidad, sin complacencias, pero a la vez con sensibilidad e incluso ternura. La protagonista presenta en su relato singulares estampas familiares que van armando a lo largo de una trama en apariencia simple, los  intrincados hilos de una red de imágenes, emociones y 4formas de convivencia que son la esencia de la identidad del hispano mexicano que habita en los Estados Unidos. Dentro de este sutil entramado, Sandra Cisneros logra reivindicar la lucha por la libertad personal, por la solidaridad cotidiana y, al final de cuentas, por la esperanza. Periolibros presenta La casa en Mango Street como un reconocimiento a la interesante  trayectoria de esta joven escritora, y a la solidez y relevancia que la tradición literaria hispanoamericana ha logrado consolidar.» (2)

Aprovechando la presentación de Periolibros que selecciona fragmentos titulados de la novela, seleccionamos algunos y remitimos al final al enlace con la selección completa de Periolibros. La traducción del ingles al español es de Elena Poniatowska y Juan Antonio Ascencio, y las ilustraciones en la separata original de Rafael Castro López.   







La Casa en Mango Street

No siempre hemos vivido en Mango Street. Antes vivimos en el tercer piso de Loomis, y antes de allí vivimos en Keeler. Antes de Keeler fue en Paulina y de más antes ni me acuerdo, pero de lo que sí me acuerdo es de un montón de mudanzas. Y de que en cada una éramos uno más. Ya para cuando llegamos a Mango Street éramos seis: Mamá, Papá, Carlos, Kiki, mi hermana Nenny y yo. La casa de Mango Street es nuestra y no tenemos que pagarle renta a nadie, ni compartir el patio con los de abajo, ni cuidarnos de hacer mucho ruido, y no hay propietario que golpee el techo con una escoba. Pero aún así no es la casa que hubiéramos querido.

Tuvimos que salir volados del departamento de Loomis. Los tubos de agua se rompían y el casero no los reparaba porque la casa era muy vieja. Salimos corriendo. Teníamos que usar el baño del vecino y acarrear agua en botes lecheros de un galón. Por eso Mamá y Papá buscaron una casa, y por eso nos cambiamos a la de Mango Street, muy lejos, del otro lado de la ciudad. Siempre decían que algún día nos mudaríamos a una casa, una casa de verdad, que fuera nuestra para siempre, de la que no tuviéramos que salir cada año, y nuestra casa tendría agua corriente y tubos que sirvieran. Y escaleras interiores propias, como las casas de la tele. Y tendríamos un sótano, y por lo menos tres baños para no tener que avisarle a todo mundo cada vez que nos bañáramos. Nuestra casa sería blanca, rodeada de árboles, un jardín enorme y el pasto creciendo sin cerca. Ésa es la casa de la que hablaba Papá cuando tenía un billete de lotería y ésa es la casa que Mamá soñaba en los cuentos que nos contaba antes de dormir. Pero la casa de Mango Street no es de ningún modo como ellos la contaron. Es pequeña y roja, con escalones apretados al frente y unas ventanitas tan chicas que parecen guardar su respiración, los ladrillos se hacen pedazos en algunas partes y la puerta del frente se ha hinchado tanto que uno tiene que empujar fuerte para entrar. No hay jardín al frente sino cuatro olmos chiquitos que la ciudad plantó en la banqueta. Afuera, atrás hay un garaje chiquito para el carro que no tenemos todavía, y que luce todavía más chiquito entre los edificios de los lados. Nuestra casa tiene escaleras pero son ordinarias, de pasillo y tiene solamente un baño. Todos compartimos recámaras, Mamá y Papá, Carlos y Kiki, yo y Nenny. Una vez, cuando vivíamos en Loomis, pasó una monja de la escuela y me vio jugando enfrente. La lavandería del piso bajo había sido cerrada con tablas arriba por un robo dos días antes, y el dueño había pintado en la madera SÍ, ESTÁ ABIERTO, para no perder clientela. ¿Dónde vives?, preguntó. Allí, dije señalando arriba al tercer piso. ¿Vives allí? Allí. Tuve que mirar a donde ella señalaba. El tercer piso, la pintura descarapelada, los barrotes de Papá clavados en las ventanas para que no nos cayéramos. ¿Vives allí? El modito en que lo dijo me hizo sentirme una nada. Allí. Yo vivo allí. Moví la cabeza asintiendo. Desde ese momento supe que debía tener una casa. Una que pudiera señalar. Pero no esta casa. La casa de Mango Street no. Por mientras dice Mamá. Es temporario, dice Papá. Pero yo sé cómo son estas
cosas.

Pelos
Cada uno en la familia tiene pelo diferente. El de mi papá se para en el aire como escoba. Y yo, el mío es flojo. Nunca hace caso de broches o diademas. El pelo de Carlos es grueso y derechito, no necesita  peinárselo. El de Nenny es resbaloso, se escurre de tu mano, y Kiki, que es el menor, tiene pelo de peluche.
Pero el pelo de mi madre, el pelo de mi madre, es de rositas en botón, como rueditas de caramelo todo rizado y bonito porque se hizo anchoas todo el día, fragante para meter en él la nariz cuando ella está abrazándote y te sientes segura, es el olor cálido del pan antes de hornearlo, es el olor de cuando ella te hace un campito en su cama aún tibia de su piel, y una duerme a su lado, cae la lluvia afuera y Papá ronca. El ronquido, la lluvia, y el pelo de Mamá oloroso a pan.

Niños y niñas
Los niños y las niñas viven en mundos separados. Los niños en su universo y nosotras en el nuestro. Por ejemplo mis hermanos, adentro de la casa tienen mucho que decirnos a mí y a Nenny. Pero afuera nadie debe verlos hablar a las niñas. Carlos y Kiki son los mejores amigos, nuestros no.
Nenny es demasiado chica para ser mi amiga. Es sólo mi hermana y eso no es culpa mía. Una no escoge a sus hermanas: te tocan y a veces salen como Nenny.

Ella no puede jugar con esos chamaquitos Vargas o va a acabar como ellos. Y como es la que sigue de mí, es mi responsabilidad. Algún día tendré una mejor amiga para mí solita. Una a la que también pueda decirle mis secretos. Una que va a comprender mis chistes sin que yo tenga que explicárselos. Hasta entonces, soy un globo rojo, un globo atado a un ancla.

Mi nombre
En inglés mi nombre quiere decir esperanza. En español tiene muchas letras. Quiere decir tristeza, decir espera. Es como el número nueve, como un color lodoso. Es los discos mexicanos que toca mi padre los domingos en la mañana cuando se rasura, canciones como sollozos. Era el nombre de mi bisabuela y ahora es mío. Una mujer caballo nacida como yo en el año chino del caballo —que se supone es de mala suerte si naces mujer— pero creo que ésa es una mentira china, porque a los chinos, como a los mexicanos, no les gusta que sus mujeres sean fuertes. Mi bisabuela. Me habría gustado conocerla, un caballo salvaje de mujer, tan salvaje que no se casó sino hasta que mi bisabuelo la echó de cabeza a un costal y así se la llevó nomás, como si fuera un candelabro elegante, así lo hizo. Dice la historia que ella jamás lo perdonó. Toda su vida miró por la ventana hacia afuera, del mismo modo en que muchas mujeres apoyan su tristeza en su codo. Yo me pregunto si ella hizo lo mejor que pudo con lo que le tocó, o si estaba arrepentida porque no fue todas las cosas que quiso ser. Esperanza. Heredé su nombre, pero no quiero heredar su lugar junto a la ventana. En la escuela pronuncian raro mi nombre, como si las sílabas estuvieran hechas de hojalata y lastimaran el techo de la boca. Pero en español mi nombre está hecho de algo más suave, como la plata, no tan grueso como el de mi hermanita —Magdalena— que es más feo que el mío. Magdalena, que por lo menos puede llegar a casa y hacerse Nenny. Pero yo soy siempre Esperanza. Me gustaría bautizarme yo misma con un nombre nuevo, un nombre más parecido a mí, a la de a de veras, a la que nadie ve. Esperanza como Lisandra o Maritza o Zezé la X. Sí, algo así como Zezé la X estaría bien.

Cathy, reina de gatos
Ella dice: yo soy la tatatatataraprima de la reina de Francia. Vive arriba, allá junto a la puerta de Joe el mañoso. No te acerques a él, dice ella. Es el peligro en dos patas. Benny y Blanca son los dueños de la esquina. Se portan okay mientras no te recargues en el mostrador de los dulces. Dos mocosas cochinas viven enfrente. Ni las quieres conocer. Edna es la dueña del edificio de al lado. Antes tenía un edificio grande como una ballena, pero su hermano lo vendió. Su madre dijo no, no, nunca lo vendas. No lo haré. Y luego ella cerró los ojos y en un parpadeo él lo vendió. Alicia se cree la divina garza desde que fue a college1. Antes yo le caía bien pero ya no. Cathy, reina de gatos, tiene gatos y gatos y gatos. Gatitos, gatotes, gatos flacos, gatos enfermos, gatos dormidos como donas chiquitas. Gatos encima del refrigerador. Gatos que van a dar la vuelta en la mesa del comedor. Su casa es el cielo de los gatos. Tú quieres una amiga, dice ella. Okay, yo seré tu amiga, pero nada más hasta el martes. Ese día nos vamos. Tenemos que. Entonces, como si ella hubiera olvidado que acabo de mudarme, dice que el barrio se está poniendo de lo peor. Un día el papá de Cathy tendrá que volar a Francia a encontrar a la tatatatataraprima por parte de padre, y heredar la casa familiar. ¿Cómo lo sé? Ella me lo dijo. Entre tanto tienen que mudarse un poquito más al norte de Mango Street, más lejos cada vez que gente como nosotros siga llegando.

Nuestro día bueno
Si me das cinco dólares voy a ser tu amiga para siempre. Eso es lo que me dice la chiquita. Cinco dólares es barato, porque no tengo ninguna amiga, nomás la Cathy que es mi amiga sólo hasta el martes. Cinco dólares, cinco dólares. Anda buscando alguien que ponga dinero, para comprar una bicicleta del escuincle ése llamado Tito. Ya tienen diez dólares y todo lo que les falta son cinco más. Nomás cinco dólares, dice ella. No hables con ellos, dice Cathy. ¿No te das cuenta de que huelen a escoba? Pero me caen bien. Usan ropa vieja, chueca y arrugada. Traen zapatos brillantes de domingo aunque sin calcetines. Eso les pone rojos los tobillos desnudos, pero me caen bien. Especialmente la grande, que se ríe con todos sus dientes. Ella me gusta aunque deje que la chiquita haga toda la plática. Cinco dólares, dice la chiquita, nomás cinco.
Cathy me jala del brazo y sé que haga yo lo que haga, se va a enojar conmigo para siempre.
Espérame tantito, le digo y corro adentro por los cinco dólares. Tengo tres ahorrados y voy a sacar dos de Nenny. Nenny no está en la casa, pero estoy segura de que le dará gusto cuando sepa que tenemos una bicicleta. Cuando regreso, Cathy se ha ido, como pensé que lo haría, pero no me importa. Tengo dos nuevas amigas y también una bicicleta. Yo me llamo Lucy, dice la mayor. Ésta es Rachel, mi hermana. Yo soy su hermana, dice Rachel. ¿Tú, quién eres? ¡Qué daría yo por llamarme Casandra o Alexis o Maritza —lo que sea, menos Esperanza— pero cuando les digo mi nombre no se ríen! Vinimos de Texas, dice Lucy y sonríe de oreja a oreja. Ella nació aquí, pero mí soy de Texas. Querrás decir yo, corrijo. No, mí soy de Texas, y no meentiende. La bicicleta nos toca a las tres, dice Rachel, que ya está pensando a futuro. Hoy es mía, mañana de Lucy, y tuya al tercer día. Pero todas queremos andar en bicicleta hoy porque es nueva, así que decidimos no tomar turnos hasta pasado mañana, hoy nos pertenece a todas. Todavía no les digo nada de Nenny. Es mucho relajo. Sobre todo porque Rachel casi le saca un ojo a Lucy por quién va a subir primero, pero al fin decidimos subirnos todas juntas. ¿Por qué no? Como Lucy tiene piernas largas, pedalea. Yo me monto en el asiento trasero y Rachel es bastante flaca para treparse en los manubrios, lo que pone a la bicicleta a tambalearse con ruedas de espagueti, pero después de un ratito nos acostumbramos. Rodamos rápido y más rápido. Pasamos mi casa, triste y roja y desmoronada en algunas partes, pasamos el abarrote de Mr. Benny en la esquina, y hacia abajo por la avenida que es peligrosa. Lavandería, tienda de usado, farmacia, ventanas y carros y más carros, y vuelta a la manzana de regreso a Mango.La gente del autobús nos saluda. Una señora muy gorda que cruza la calle nos dice: vaya que andan pesadas. La pesada será usté, señora, grita Rachel, que es bien grosera. Abajo, abajo, abajo Mango Street, Rachel, Lucy y yo. Nuestra bicicleta nueva. Y enchuecamos el camino a carcajadas.

Risa
Nenny y yo no parecemos hermanas... no a primera vista. No como Rachel y Lucy que tienen los mismos labios gruesos de chupón como todos los de su familia. Pero yo y Nenny, somos más parecidas de lo que tú crees. Nuestra risa, por ejemplo, no es la tímida risita tonta de campanitas de carrito paletero de la familia de Rachel y Lucy, sino brusca y sorpresiva como de un altero de platos quebrándose. Y otras cosas que no puedo explicar. Un día íbamos pasando una casa que se parecía, en mi mente, a las casas que he visto en México, no sé por qué. Nada en la casa se parecía exactamente a las casas que yo recordaba. Ni siquiera estoy segura de por qué pensé eso, pero sentí que estaba bien. Miren esa casa, dije, parece México.
Rachel y Lucy me miran como si estuviera loca, pero antes de que puedan soltar la risa, Nenny dice: sí, es México. Es exactamente lo que yo estaba pensando.

Gil. Compraventa de muebles
El dueño de la tienda de usado es un viejo. Una vez le compramos un refrigerador usado y Carlos le vendió una caja de revistas por un dólar. La tienda es chica, sólo tiene una ventana sucia para la luz. Él no enciende la luz a menos que traigas dinero para comprarle, así que Nenny y yo vemos toda clase de cachivaches en la oscuridad. Mesas con las patas para arriba, y filas y filas de refrigeradores con esquinas redondas, y sillones que hacen girar el polvo en el aire cuando les pegas y cien televisores que tal vez no sirven. Todo está encimado, así que toda la tienda es de pasillitos muy angostos para caminarla y puedes perderte bien fácil.

El dueño, él es un negro que no habla mucho y si no conoces bien puedes estar allí mucho tiempo antes de que tus ojos descubran unos anteojos de oro flotando en la oscuridad. Nenny, que se cree muy lista y platica con cualquier viejo, le hace montones de preguntas. Yo a él nunca le dije nada, nada más cuando le compré la Estatua de la Libertad por un dime2. Pero a Nenny la oigo preguntarle qué es esto, y el hombre dice: esto, esto es una caja de música, y yo me volteo rápido pensando que él quiere decir una preciosa caja que tiene flores pintadas y una bailarina adentro. Pero no hay nada de eso en lo que el viejo señala; sólo una caja de madera que es vieja y tiene un enorme disco de latón con agujeros. Entonces él la echa a andar y 0empiezan a suceder muchas cosas, como si de repente soltara un millón de polillas sobre los muebles polvosos y en las sombras de cuello de cisne y en nuestros huesos. Es como gotas de agua. O como marimbas, pero con un curioso sonidito punteado, como si recorrieras tus dedos sobre los dientes de un peine metálico. Y entonces no sé por qué, tengo que voltearme y fingir que la caja no me importa para que Nenny no pueda ver qué estúpida soy. Pero Nenny, que es más estúpida, ya está preguntando cuánto vale y veo sus dedos buscando las monedas en los bolsillos de los pantalones. Esto, dice el viejo cerrando la tapa, esto no se vende.

Meme Ortiz
Meme Ortiz se mudó a la casa de Cathy cuando su familia se cambió. Ni se llama realmente Meme. Su nombre es Juan. Pero cuando le preguntamos cómo se llamaba dijo que Meme, y así es como le dicen todos menos su mamá. Meme tiene un perro de ojos grises, un pastor con dos nombres, uno en inglés y uno en español. El perro es grande, como un hombre vestido con traje de perro, y corre del mismo modo que su dueño, torpe y loco y con los brazos y piernas sueltos como zapatos desabrochados. El padre de Cathy construyó la casa a la que se mudó Meme. Es de madera. Adentro los pisos están inclinados. Algunos cuartos van de subida, otros de bajada. Y no hay closets. En el frente hay veintiún escalones, todos ladeados y salientes como dientes chuecos (están así adrede, dijo Cathy, para que la lluvia resbale hacia afuera), y cuando la mamá de Meme lo llama desde la puerta, Meme trepa gateando los 2 Moneda de diez centavos de dólar. veintiún escalones de madera con el perro de los dos nombres tras él.En la parte de atrás hay un patio, casi todo tierra, y un montón de tablas grasosas que alguna vez fueron garage. Lo que más recuerdas es el árbol, enorme, con ramas gordas y poderosas familias de ardillas en las ramas más altas. Todo alrededor, la vecindad de techos enchapopotados de dos aguas, y en sus desagües, las pelotas que jamás regresaron a la tierra. Abajo en el tronco del árbol, el perro de dos nombres ladra al aire vacío, y allá al final de la cuadra, más pequeña aún, nuestra casa sentada sobre patas dobladas como un gato. Éste es el árbol que escogimos para el Primer Concurso Anual de Saltos de Tarzán. Meme ganó. Y se rompió los dos brazos.


Los que no
Los que no saben llegan a nuestro barrio asustados. Creen que somos  peligrosos. Piensan que los vamos a asaltar con navajas brilladoras. Son tontos que se han perdido y caen aquí por equivocación. Pero no tenemos miedo. Conocemos al muchacho con el ojo chueco; es el hermano de Davey the Baby, y el altote junto a él con sombrero panameño es el Eddie V. de Rosa, y el grandote que parece un viejo zonzo es el Fat Boy,4 aunque ya no esté gordo ni sea niño. Todo moreno por todos lados, estamos seguros. Pero en un
barrio de otro color nuestras rodillas comienzan a temblar traca traca y subimos las ventanillas de nuestros carros hasta arriba y nuestros ojos miran al frente. Sí. Así es.

Había una viejita que tenía tantos niños que no sabía qué hacer
Los escuincles de Rosa Vargas son demasiado y demasiados. No es su culpa, sabes, sino que es la madre y una sola contra tantos. Son malos esos Vargas, y cómo van a ponerle remedio con sólo una madre que está siempre cansada de abotonar, y embotellar, y chiquear, y que llora todos los días por el hombre que se largó sin dejarles ni un dólar para el jamón o una notita diciéndoles por qué. Los niños doblan árboles y rebotan entre los carros y se cuelgan de las rodillas arriba y abajo y casi se rompen como vasijas de museo que no se pueden reponer. Les parece chistoso. No tienen respeto por cosa viviente alguna incluyéndose a sí mismos. A la larga se aburre una de andar preocupándose por niños que ni son de uno. Un día están jugando «atrévete» en el techo de Mr. Benny. Mr. Benny dice: hei, escuincles, ¿no se les ocurre algo menos peligroso que treparse allá arriba? Bájensen. Se me bajan orita mesmo pero ya. Y ellos sólo escupen. Ven. Eso es lo que quiero decir. Con razón todos se dan por vencidos. Nomás se descuidaron un segundo cuando Efrencito se rompió los dientes de chivo en el parquímetro, y ni siquiera evitamos que a Refugia se le quedara atorada la cabeza entre dos barrotes en la reja de atrás, y nadie levantó la vista hacia el cielo el día que Ángel Vargas aprendió a volar y cayó del cielo como dona de azúcar, igualito que estrella fugaz, y explotó en el suelo sin ni siquiera un «Ay».

Alicia que ve ratones
Cierra los ojos y verás que se van, le dice su padre, o tú nomás imaginas. Además, la obligación de la mujer es dormir para que pueda levantarse temprano con la estrella de la tortilla, la que sale justo al tiempo que te levantas y en el rincón de tus ojos alcanzas a ver unas patitas traseras que se ocultan detrás del fregadero, debajo de la bañera de cuatro garras, bajo las duelas hinchadas que nadie compone. Alicia, huérfana de madre, lamenta que no haya alguien mayor que se levante a hacer las tortillas para el lonche. Alicia, que de su madre heredó el rodillo de amasar y lo dormilona, es joven y lista y estudia por primera vez en la universidad. Toma dos trenes y un autobús, porque no quiere pasar su vida en una fábrica o tras un rodillo de amasar. Es una buena chica, mi amiga, estudia toda la noche y ve ratones, los que su padre dice que no existen. No le tiene miedo a nada, excepto a esas pielecitas de cuatro patas. Y a los papás.

Darius y las nubes
Nunca acabas de llenarte de cielo. Puedes dormirte y amanecer borracho de cielo, y el cielo puede cuidarte cuando andas triste. Aquí hay demasiada tristeza y no bastante cielo. También hay poquitas mariposas, flores y casi todas las cosas que son bellas. A pesar de eso, hacemos lo mejor con lo que tenemos.
Darius, al que no le gusta la escuela, el que es estúpido a veces y casi siempre un bufón, hoy dijo algo sabio, aunque los más de los días se queda callado. Darius, el que persigue a las niñas con cuetes o con un palo
que tocó una rata y se cree malvado, hoy señaló hacia arriba porque el mundo estaba lleno de nubes, de las que parecen almohadas. ¿Ven todos esa nube, la gorda ésa?, dijo Darius, ¿ven eso? ¿Dónde? La que está al lado de la que parece palomita de maíz. Ésa mera. Mírenla. Es Dios, dijo Darius. ¿Dios?, preguntó alguien chiquito. Dios, dijo él, y lo hizo fácil.

Y algunas más
Digo que los esquimales tienen treinta nombres distintos para la nieve.  Lo leí en un libro. Tengo una prima, dice Rachel, que tiene tres nombres diferentes. Cómo va a haber treinta clases de nieve diferentes, dice Lucy. Hay dos: la limpia y la sucia. Sólo dos. Hay millonsísimos, dice Nenny, no hay dos que sean igualitas. Lo único es, ¿cómo sabes cuál es cuál? Ella tiene tres apellidos y, déjame ver, dos nombres. Uno en inglés y otro en español... Y las nubes tienen por lo menos diez nombres diferentes, digo yo. ¿Nombres para las nubes?, pregunta Nenny, ¿nombres como tú y como yo? Ésa de allí arriba, ésa es cúmulus, y todos miran hacia arriba.
Las cúmulus son bien monas, dice Rachel. Tenía que decir algo así. ¿Qué es ésa de allá?, pregunta Nenny apuntando con el dedo. También es cúmulus. Hoy todas son cúmulus. Cúmulus, cúmulus, cúmulus.
No, dice ella. Ésa de allí es Nancy, conocida también como Ojo de Puerco. Y más allá su prima Mildred, y Joe y el chiquito, Marco, Nereida y Sue. Hay toda clase de nubes. ¿Cuántas clases diferentes de nubes crees que hay? Bueno, para empezar hay ésas que parecen crema de rasurar. ¿Y las que parecen que les peinaste el pelo? Sí, ésas también son nubes. Phillis, Ted, Alfredo y Julie...Hay muchas nubes que parecen campos grandísimos de borreguitos, dice Rachel. Son mis preferidas. Y no olviden las nubes nimbus de lluvia, digo yo, eso sí que es algo. José y Dagoberto, Alicia, Raúl, Edna, Alma y Rickey... Y luego está esa nube ancha algodonosa que parece tu cara cuando despiertas después de haberte dormido con tu ropa puesta. Reynaldo, Angelo, Albert, Armando, Mario... Mi cara no. Se parece a tu gorda cara, gorda. Rita, Margie, Ernie... ¿Cara gorda de quién? La carota gorda de Esperanza, esa mera. Se parece a la cara fea de Esperanza cuando llega a la escuela en la mañana. Anita, Stella, Dennis y Lolo... ¿A quién le dices fea, fea?Richie, Yolanda, Héctor, Stevie, Vicente... A ti no, a tu madre. Esa mera. ¿Mi madre? No se te ocurra ni decir su nombre, Lucy Guerrero. Más te vale no hablar de ese modo... o puedes irte despidiendo para siempre de ser mi amiga. Digo que tu madre es fea como... hmmm... ¡Como pies descalzos en septiembre!
¡Basta! Sáquense las dos de mi patio antes de que llame a mis hermanos. Ay, si nomás estamos jugando.
Se me ocurren treinta palabras esquimales para ti, Rachel. Treinta palabras que dicen lo que eres. ¿Ah sí? Bueno, yo puedo pensar en algunas más. Vaya, vaya, Nenny, mejor te traes la escoba. Hoy hay demasiada basura en nuestro patio. Frankie, Licha, María, Pee Wee...



Créditos
Sandra Cisneros, La casa en Mango Street, Periolibros. Traductores Elena Poniatovska y Juan Antonio Ascencio.   Edición electrónica por: Freddy Alb. M. L., Sinuhé. Neiva, Colombia, Febrero de 2005 - Febrero de 2008.



Ilustraciones del post
Sandra Cisneros, dibujo de Rafael Castro López portada de Periolibros
Dibujo de Casa en Mango Street, Plaza de las palabras

Sandra Cisneros,  foto wikipedia  

Cuentos hispanoamericanos: Los gallinazos sin plumas por Julio Ramón Ribeyro. Post plaza de las palabras



Plaza de las palabras en su sección cuentos hispanoamericanos, presenta el cuento Los gallinazos sin plumas de Julio Ramón Ribeyro Zúñiga (Lima,  31 de agosto de 1929-Ib., 4 de  Diciembre de 1994). Escritor peruano, cuentista, novelista, ensayista y dramaturgo, «considerado uno de los mejores cuentistas de la literatura latinoamericana. Es una figura destacada de la Generación del 50 de su país, a la que también pertenecen narradores como Mario Vargas Llosa, Enrique Congrains Martin y Carlos Eduardo Zavaleta. Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, holandés y polaco. Aunque el mayor volumen de su obra lo constituye su cuentistica, también destacó en otros géneros: novela, ensayo, teatro, diario y aforismo. En el año de 1994 (antes de su defunción) ganó el reconocido Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo(1)

«La narrativa de Ribeyro nos presenta la riqueza de una inmensa gama de registros, que oscilan éntre el realismo y la fantasía. Sus personajes, en medio de su cotineidad, se enfrentan a situaciones limites que los llevan a definirse, a tomar una postura » (2) 

«La fina producción narrativa de Ribeyro se ha extendido alrededor de cuatro décadas. La lectura de cualquier página de su obra revela de inmediato  la fuerza y la elegancia  de su escritura. En el contexto del desarrollo  literario hispanoamericano iniciado en la década de los cincuenta con nuevos rumbos, la prosa de Ribeyro representa una aportación sin precedentes en lo que respecta a sectores marginales y de las repercusiones sicosociales  de desplazamiento, en medio de un trasfondo urbano» (3)

 El  cuento seleccionado Los gallinazos sin plumas, puede parecer al inicio un cuento regionalista, no obstante al adentrarse en su lectura, estamos ante un cuento realista en un medio netamente urbano. El cuento es un fiel representante de la calidad literaria inicial  de Ribeyro,   narración sobria y vivaz, ejecutada con maestría y escrito a la edad tempranera de 25 años.  Con el trascurso del tiempo Ribeyro ira tomando un cariz más cosmopolita, fruto de sus viajes y estadías en Europa,  experiencias vivenciales  que tradujo y se filtran  en el universo de sus creaciones literarias.

De su producción posterior son notables ejemplos de ese ambiente europeo y de realismo ficcional los cuentos largos La juventud en la otra rivera  y Solo para fumadores, desarrollados en Europa,  y Silvio en el Rosedal, ambientado en el valle de Tarma, Perú. Ejemplos patentes de la maestría narrativa de Ribeyro y de su enorme capacidad imaginativa felizmente armada y concluida.      




Los gallinazos sin plumas

Julio Ramón Ribeyro

A las seis de la mañana la ciudad se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos, macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro, armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:
– ¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique! ¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre los desperdicios.
¡Todavía te falta un poco, marrano! Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que desemboca en el malecón.
Ellos no son los únicos. En otros corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesa los restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con avidez.
Después de una rigurosa selección regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín. Pero, con más frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada está perdida. Cuando el sol asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a su nido.

Don Santos los esperaba con el café preparado.

–A ver, ¿qué cosa me han traído?
Husmeaba entre las latas y si la provisión estaba buena hacía  siempre el mismo comentario:
– Pascual tendrá banquete hoy día.
Pero la mayoría de las veces estallaba:
– ¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día? ¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se
morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado, con las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos le aventaba la comida.
– ¡Mi pobre Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!


Al comenzar el invierno el cerdo estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba al borde del mar.

– Allí encontrarán más cosas. Será más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros que rodaban hacía el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos llenos.

– ¡Bravo! – exclamó don Santos –. Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el
muladar. Pronto formaron parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos,
acostumbrados a su presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con
sus picos amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del
pie. Un vidrio e había causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero Don Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.

– Dentro de veinte o treinta días vendré por acá – decía el hombre –. Para esa fecha
creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba fuego por los ojos.
– ¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín
no se pudo levantar.
– Tiene una herida en el pie – explicó Enrique –. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su nieto. La infección había comenzado.
– ¡Esas son patrañas! Que se lave el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
– ¡Pero si le duele! – intervino Enrique –. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
– y ¿a mí? – preguntó dándose un palmazo en la pierna de palo –. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!

Efraín salió a la calle con su lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora
después regresaron con los cubos casi vacíos.
– ¡No podía más! – dijo Enrique al abuelo –. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a sus dos nietos como si meditara una sentencia.
– Bien, bien – dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó
hacia el cuarto –. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás la tarea
de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!

Cerca de mediodía Enrique regresó con los cubos repletos. Lo seguía un extraño
visitante: un perro escuálido y medio sarnoso.
– Lo encontré en el muladar – explicó Enrique – y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.
– ¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su pecho y huyó hacia la puerta.
– ¡No le hagas nada, abuelito! Le daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su pierna de palo en el lodo.
– ¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la calle.
– Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique aprovechó para insistir:
– No come casi nada..., mira lo flaco que está. Además, desde que Efraín está
enfermo, me ayudará. Conoce bien el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la .vara, cogió los cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
– ¡Pascual, Pascual... Pascualito! – cantaba el abuelo.
– Tú te llamarás Pedro – dijo Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó
donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el
colchón. Tenía el pie hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos
habían perdido casi su forma.
– Te he traído este regalo, mira – dijo mostrando al perro –. Se llama Pedro, es para ti,
para que te acompañe... Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo
el día. Le enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
¿Y el abuelo? – preguntó Efraín extendiendo su mano hacia el animal.
– El abuelo no dice nada – suspiró Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La garúa había empezado a caer. La voz del abuelo
llegaba:
– ¡Pascual, Pascual... Pascualito!

Esa misma noche salió luna llena. Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto, echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.
– ¡Mugre, nada más que mugre! – repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique
enfermaba, ¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su gordura.
Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de Nemesio, que
vivía a una cuadra, se habían venido a quejar. Al segundo día sucedió lo inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
– y Tú también? – preguntó el abuelo.
Enrique señaló su pecho, que roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco
minutos después regresó.
– ¡Está muy mal engañarme de esta manera! – plañía –. Abusan de mí porque no
puedo caminar. Saben bien que soy viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al
diablo y me ocuparía yo solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y Enrique comenzó a toser.
– ¡Pero no importa! Yo me encargaré de él. ¡Ustedes son basura, nada más que
basura! ¡Unos pobres gallinazos sin plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está
fuerte todavía. ¡Pero eso sí, hoy día no habrá, comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta
que no puedan levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora
después regresó aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había
ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo
había perdido la costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que
daba era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó desplomado en
su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
–¡Si se muere de hambre – gritaba – será por culpa de ustedes!

Desde entonces empezaron unos días angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto, sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se
revolcaba sin tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por
el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda, con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba, cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir. A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces
del chiquero a la huerta, levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera hacerlos responsables del hambre de Pascual.

La última noche de luna llena nadie pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los
hombres. El abuelo permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al
corralón ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta. Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:

¡Arriba, arriba, arriba! – los golpes comenzaron a llover –. ¡A levantarse haraganes!
¿Hasta cuándo vamos a estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...
Efraín se echó a llorar, Enrique se levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del
abuelo parecían fascinarlo hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y
abatirse sobre su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
– ¡A Efraín no! ¡El no tiene la culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante. Tardó mucho en recuperar el aliento.
– Ahora mismo... al muladar... lleva los dos cubos, cuatro cubos...
Enrique se apartó, cogió los cubos y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la
convalecencia lo hacían trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso
seguirlo.
– Tú no. Quédate aquí cuidando a Efraín.

Y se lanzó a la calle respirando a pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos, todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique, devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.

– ¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió
intrigado hasta el cuarto. Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
– Pedro... Pedro...
– ¿Qué pasa?
– Pedro ha mordido al abuelo... el abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar.

Enrique salió del cuarto.
– ¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás, Pedro?

Nadie le respondió. El abuelo seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo
un mal presentimiento. De un salto se acercó al viejo.
– ¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero. Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún
quedaban las piernas y el rabo del perro.
– ¡No! – gritó Enrique tapándose los ojos –. ¡No, no! – y a través de las lágrimas buscó
la mirada del abuelo. Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique
comenzó a danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando,
tratando de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
– ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?

El abuelo no respondía. Por último, impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.

– ¡Voltea! – gritó – ¡Voltea!
Cuando don Santos se volvió, divisó la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra
su pómulo.
– ¡Toma! – chilló Enrique y levantó nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi
arrepentido. El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó tierra
húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al chiquero. Enrique retrocedió unos pasos. Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo. Enrique se fue retirando, con el mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
¡ A mí, Enrique, a mí!...
– ¡Pronto! – exclamó Enrique, precipitándose sobre su hermano –¡Pronto, Efraín! ¡El
viejo se ha caído al chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
– ¿Adónde? – preguntó Efraín.
– ¿Adonde sea, al muladar, donde podamos comer algo, donde los gallinazos!
– ¡No me puedo parar!
Enrique cogió a su hermano con ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor de una batalla.



Notas bibliográficas
1. Wikipedia
2. PERIOLIBROS, UNESCO y EFE.  CUENTOS Julio Ramón Ribeyro, ilustraciones Carlos Revilla, Separata, La PRENSA, Honduras, Nov.1994, 30 p.
3. Burgos, Fernando, Antología del cuanto hispanoamericano. Porrúa, No. 606, 1991, p.452 

Créditos
Texto Julio Ramón Ribeyro 11 cuentos 

Enlace

Ilustración

Foto en Julio Ramón Ribeyro 11 cuentos 
Dibujo Gallinazos sin pluma, Plaza de las palabras