Nada se esconde. Cuento de Álvaro Calix. Post Plaza de las palabras


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Plaza de las palabras, presenta el cuento Nada se esconde, tomado del libro Ariana y la burbuja. Libro de cuentos  de Álvaro Cálix, publicado en duro en 2014. Álvaro Calix es hondureño, escritor, y académico. En el campo literario ha publicado dos  libros de cuentos, La plaza de los poetas, Satyagraha Editores, 152pp.,  2006 Ariana y la Burbuja, Ebook Amazon (2014),  y uno de poesía Poemas Vueltos, Ebook Amazon, 2019. Actualmente reside con su familia en Quito Ecuador.


Acerca de un cuento de Álvaro Calix: Lo que no se puede esconder


En Nada se esconde. Cuento bien narrado, ameno  y buen tema ya utilizado por otros escritores. Se me ocurre el cuento “La vida secreta de Walter Mitty” En la cultura Latinoamérica hay muchos héroes que desaparecen o mueren y luego se tejen leyendas que están vivos y cambiaron su personalidad o su identidad. (Javier Solís, Pedro Infante, Carlos Gardel). La vida de Vidal Ventura, protagonista del cuento de Álvaro Calix, esta enraizada en dos conceptos: Secretividad y transformación. Cuentos de referencia, publicado en The New Yorker, 1939:  La vida secreta de Walter Mitty de James Thurber, Wakefield de Nataniel Hawthorne. En la literatura contemporánea, un paso mas adelante, hay que hacer mención a la usurpación  de identidades, o juego de identidades, con la novela de Paul Auster: La ciudad de Cristal. O con el doble encubierto como las novelas de El valle del Terror de Sir Arthur Donan Doyle. Y desde una perspectiva bíblica, no podemos dejar de pensar en Eclesiastés 1:9 o Hebreos 4:13. 


Sobre los cuentos de Álvaro Calix, se mueven algunas consideraciones, que ya habíamos señalado en este blog, al respecto de la reseña crítica de Ariana y la Burbuja (2014). También publicada en este blog. Al tenor, “Búsqueda de las conclusiones finales Álvaro Calix, se mueve entre tres tensiones, que se advierten al leer sus cuentos. Primera tensión: Búsqueda del equilibrio entre lenguaje y temática (minimalista) Segunda tensión: Búsqueda del equilibrio entre personajes y atmosferas (Chejov-Mansfied). Tercera tensión: Búsqueda del equilibrio entre la preocupación ética del individuo y la colectividad. (Chejov-Cortázar).”


3417 palabras 

  Nada se esconde… 

Álvaro Calix

Se acuerdan de Vidal Ventura, el famoso cantante de los años cincuenta que vivía en los Altos de Beltrán, pues sepan que no murió en el accidente del 15 de noviembre de 1959. Desde entonces ha pasado más de medio siglo. No soy más que un pobre diablo, pero es tiempo de hablar.

En 1970 fui asignado para cubrir el caso del gobernador Urrutia en Chilmapa. El diario me autorizó una gira de seis días a la capital provincial. Lo de Urrutia carece de relevancia, otro prevaricato sin esclarecer. Quisiera enfocarme en la otra historia, la que comenzó a tejerse cuando a mitad de la gira dispuse de una tarde para visitar el centro histórico de la ciudad, y así tomar respiro del abotagado caso del gobernador. Cansado de caminar sin ton ni son, fui a sentarme a la mesa de un cafetín, de esos que estaban al aire libre en la avenida Goicochea. 

Pasé al salón techado. No quería acatarrarme con la brisa de enero. Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero de la entrada. Me senté junto a una ventana con vista a la calle. Tomé el periódico local y comencé a hojearlo. Las imágenes de una avioneta desplomada en las afueras de la ciudad dominaban la portada. En la mesa contigua, un hombre terminaba su café, parecía un hombre contento, dejó unas monedas de propina y se largó. Le calculé unos cincuenta años, no muy alto, de barba entrecana y mal rasurada, grueso pero no gordo, nada en especial, excepto que había dejado la billetera en la mesa. Salté de la silla y le grité. No me escuchó. En las mesas cercanas no había nadie. La recogí e intenté seguirlo, pero lo perdí de vista en el mar de gente que paseaba por el centro. 

Abrí la billetera, en busca de alguna dirección o un número de teléfono. Solo hallé unos cuantos pesos, la cédula de identidad y un par de fotos. La cédula pertenecía a Braulio Sevilla. Las fotos amarillentas retrataban a Vidal Ventura, fue fácil reconocerlo, cómo no sí por culpa de mi padre llegó a ser uno de mis artistas favoritos, pese a que yo apenas balbuceaba la “r” cuando ocurrió el accidente automovilístico. Sin querer jactarme, años más tarde mi padre me regaló una tapa del primer LP del cantante, autografiada por el mismísimo “VV”; ¡ah!, y conviene decir que poseí durante muchos años copia de cada uno de sus discos. No ocultaré tampoco que devoré todas sus películas, filmadas, como se sabe, durante el boom del cine nacional.   

Sin pista del tal Braulio, decidí dejar la billetera con la encargada del café, previendo que él regresara. Si el dueño no la reclamaba, pues ni modo, al menos yo cumplía con mi regla de no quedarme con prendas ajenas.

Cuando terminé mi asignación en la provincia, antes de partir, tomé la última tarde para volver al centro histórico, quedaba por visitar el Museo de Oro y el Convento Dominico. Bajé del autobús en la estación que daba a la Plaza de los Caídos, de ahí a unas seis cuadras, hacia el este, quedaba el museo. A lo largo de la avenida, decenas de artistas exponían pinturas en la calle; algunos de ellos pintaban lienzos a plena luz de la tarde. En los cuadros predominaban paisajes del Volcán, patios laterales de las viejas casas de la ciudad, arboledas en la plaza y bodegones. A la sombra de un liquidámbar, un hombre con una incipiente barba ceniza y vestido con una gabardina crema y  pantalones de mezclilla, comenzaba a enrollar sus pinturas. Me detuve frente a él y lo quedé viendo pues me resultaba familiar, quizás se parecía al hombre del café que había olvidado la billetera. A decir verdad, sus ojos me hacían recordar a otra persona, sin saber con certeza a quién. Me acerqué y sin más le pregunté si la había reclamado en el cafetín, la billetera quiero decir. Dijo que sí; le comenté que fui yo el que la devolvió. Se quitó la boina y sonrió, dejando ver lo que a mi juicio era una dentadura postiza. 

Al notar mi acento, preguntó si yo vivía en la capital. Asentí, le dije que nomás andaba de visita. Observé sus cuadros, con interés más bien fingido. Sugirió que nos tomáramos una copa de vino. Él invitaba. Dijo que pasáramos antes por su apartamento dejando las pinturas. Acepté, disponía tiempo de sobra, al menos hasta el día siguiente. 

Me puse la chaqueta, comenzaba a entumecerme. Caminamos. Llegamos a una rotonda, en medio había una estatua ecuestre; seguimos por un callejón de piedra, bajo la luz de faroles forjados, dejando atrás fachadas de casas con aire colonial. Abrió una valla alta de hierro y, bordeados por matas de petunias, avanzamos por un grupo de pequeños apartamentos de ladrillo rojizo. Casi en el fondo, quedaba el suyo. Un portoncito de madera daba a un pasillo flanqueado por arbustos. Entramos a la casa. El piso era de nogal, pienso que auténtico, y una pequeña chimenea sobresalía en la sala. Las paredes lucían repletas de pinturas y varios bocetos se sostenían en caballetes de madera. Lindo rinconcito el suyo, le dije. Sonrió de nuevo. 

Apenas cerró la puerta, sentimos olor a humedad. Volteamos y vimos un alargado charco de agua que venía de uno de los cuartitos interiores. Braulio no parecía sorprendido. Abrió la puerta del baño; gritó que se había vuelto a picar el tubo del sanitario. Me acerqué. Él se agachó para cerrar la válvula. Sin quejarse, comenzó a sacar agua con la escoba. Después se puso a secar el piso con el trapeador y luego con unas toallas. Le ayudé a mover el juego de sillas del comedor, los caballetes y los dos sofás. Se había empapado la camisa, se la quitó y fue a su cuarto a buscar otra.  Fue entonces que vi el lunar en el omóplato, el derecho, un lunar marrón en forma de riñón. En seguida recordé el famoso lunar marrón de Vidal Ventura, en el omóplato derecho, por supuesto. Las fotos de la billetera… y ahora el lunar. ¿Qué pensar?

Supuse que tenía enfrente a un pariente de Vidal, tal vez un primo. Cierto es que no se parecían, quizá un aire lejano, pero el lunar no era cualquier casualidad. No quise preguntarle de sopetón. Preferí sacarle información sobre los apellidos. De ambos me dio respuestas vagas, parcas, ladeando el rostro. 

Creí estar ante un caso del que podría sacar rédito. A la semana siguiente, eché mano de mis contactos en el Registro Civil. Había cinco José Braulio Sevilla Hernández, uno de ellos con domicilio en Chilmapa. Los funcionarios dijeron que esa inscripción presentaba inconsistencias, aunque recalcaron que las adulteraciones eran moneda de curso en la provincia. 

Hubo noches en las que no pude cerrar los ojos, pensando en el caso. Dos meses después, un fin de semana de marzo, Regresé a Chilmapa. Busqué al pintor. Allí estaba, al pie del liquidámbar. Mostré interés por sus pinturas. Le compré cuatro. No le insinué mis sospechas; dediqué tiempo a indagar lo que otros sabían de él. Averigüé que venía de Medella, no se le conocía esposa ni hijos, que hacía tres años había aparecido en la avenida pintando cuadros. Logré contratar un fotógrafo para tomarle, de incognito, algunas fotos. 

Yo sabía del rumor, me refiero a la sospecha de que Vidal Ventura no hubiese muerto en el accidente de la costanera. Se corrió una historia subterránea que decía que había salido maltrecho, pero vivo, que luego huyó al extranjero hastiado de la fama, de la presión por los conciertos, deudas millonarias, amoríos peligrosos y juicios de paternidad, en fin, de los apremios de un artista de su calaña. Por supuesto, esa es una historia que se inventó de muchos, desde tangueros hasta boleristas y rocanroleros. Nunca tomé en serio tales rumores, aunque confieso que leía cuanto caía en mis manos, con ese morbo que despiertan los artistas de la farándula. Pero los últimos hechos comenzaban a moverme el piso. 

De vuelta en casa destapé los cuadros. El más logrado de los cuatro evocaba una aldea de pescadores contigua a una ensenada, en el extremo aparecía un acantilado. De nuevo las coincidencias: Vidal murió en la costanera, cerca de un acantilado. El corazón me saltaba. No era para menos. Lo primero que pensé es en la fortuna que atesoraba si Vidal Ventura fuese el pintor de los cuatro cuadros. 

Semanas después recorrí en coche la vieja carretera del litoral, donde Vidal se había accidentado once años atrás. Antes glamorosa, ya en 1970 la vía apenas se podía transitar por los socavones y la falta de señales. En el mapa de la zona ubiqué dos pequeñas aldeas, a un par de millas del sitio en el que se despeñó el Lincoln Capri modelo 1957. Me interné en las aldeas. En la más cercana al acantilado, Itzacualpa, nadie quiso hablarme del accidente. Más de alguno me sugirió que saliese del poblado, porque de noche los fuereños se rifaban la vida. Me largué a las pocas horas, con el sol todavía clavado en el horizonte. En la otra aldea, Las Cruces, un poco más grande y poblada, visité la placita y sus cantinas. Pregunté a los más viejos si entre noviembre y diciembre de 1959 había ocurrido algún hecho extraordinario, la aparición quizás de un extraño. Al igual que en Itzacualpa, nadie soltaba prenda, repetían que si bien por esas fechas ocurrió el accidente del cantante, el siniestro fue en los riscos, no en la ensenada. 

Sin suerte, me aprestaba a dejar también Las Cruces. Oscurecía y no quería pasar la noche ahí. En la calle, cuando intenté arrancar el coche, al lado de mi ventana se paró una mujer morena, mucho mayor que yo, con un pañuelo amarillo en la cabeza. Ya que usted pregunta, susurró, estoy segura de que los Ortiz metieron a un fuereño en su casa… Casi los descubro, por poco, pero lo escondieron cuando vieron que yo espiaba. ¿Quién podría haber sido?, le pregunté. ¡Por el alma de mi abuela!, juro que no lo sé, tal vez un su pariente fugado del presidio. ¿Hasta cuándo lo escondieron?, insistí. No sé, lo raro es que a principios de 1960 se fueron del pueblo… Pero hace dos años el viejo Ortiz volvió con un su nieto, repararon la casa, consiguieron un bote y ahí se la llevan pescando. 

Mis planes cambiaron. Decidí pasar la noche en la aldea; encontré comida en el merendero, pescado y rodajas de plátano frito, claro está. Deambulé por la plaza, hasta que se fue la última pareja de tórtolos. Me quedé durmiendo dentro del auto, bajo la farola de la posta policial.  

Busqué a don Ignacio Ortiz a primera hora. Vivía en las afueras, en una casita verde de madera, a espaldas del mar. Tuve que esperarlo a que viniera de la ensenada. Negó todo. Me aconsejó que no le hiciese caso a la gente de Las Cruces, que para inventar se pintaban solos. El viejo pescador dijo, apretando los dientes, que hasta donde él sabía no tenía parentela con criminales, que nadie estuvo escondido en su casa por aquellos tiempos. ¿Y por qué se marcharon en 1960?, le pregunté, jugándome la última carta. Asuntos personales, dijo, y sin despedirse se metió en su casa.  

Quedaban cabos sueltos, pero poseía buenos indicios para soñar con mi “gran historia”. Un pintor, coleccionista de fotos de Vidal, con irregularidades en su registro civil; poseía además el mismo lunar del cantante y, por si fuera poco, pintó un cuadro en el que aparecía un acantilado y un pueblo pesquero, coordenadas similares a las del lugar donde se despeñó el cantante. 

A nadie le había hablado de mis pesquisas, ni siquiera a mi Teresa. Pensé más de una vez contarle la historia al jefe. Pero no lo hice, ¿por qué?, por miedo a que se burlara o, quizás, en el fondo, temía a que me robase los créditos. 

En abril otros asuntos me apremiaban; a ratos sentía que perdía el tiempo, incluso llegué a pensar que en verdad estaba perdiendo la chaveta.  Pero en seguida me picaba el gusanito y persistía en develar el misterio de Braulio. Si pegaba en el blanco, mis bonos se elevarían en el medio periodístico. Las leyendas urbanas siempre se han vendido bien. De paso, alegraría también a los incontables admiradores del barítono. 

Volví a Chilmapa, era mi tercer viaje en menos de tres meses. Teresa echaba rayos, pero ni modo. Encontré a Braulio en la avenida de los pintores. Se sorprendió al verme otra vez. Le dije que necesitaba hablar con él, en privado. Fuimos al mismo cafetín donde dejó olvidada la billetera. Sin esperar a que nos sirvieran, le dije que ya lo sabía todo, que él era Vidal Ventura; le conté que había descubierto la adulteración de su cédula, que había visto su lunar, y por si fuera poco, le dije que en Las Cruces Nacho Ortiz confesó todo, a cambio de unos pesos. El mesero puso las tazas de café sobre la mesa. Las dos mujeres de la mesa contigua se carcajeaban. Braulio me miró, sus ojos parecían un espejo, encogió los hombros y se llevó las manos a la frente.  No objetó mis argumentos. Y aunque es cierto que vi a un hombre asustado por perder su anonimato, me parece que vi también a un hombre urgido de contar su historia. De nuevo, mi persistencia me hacía obtener la presa, pero confieso que no me sentí un cazador, ni siquiera diría que me alegré. Ya no tuve ninguna duda de que estaba frente a frente con Vidal Ventura. Sorprende cómo de la noche a la mañana un divo podía convertirse en un pobre diablo, ni siquiera me molesté en pedirle un autógrafo. 

Pensé que me iba a soltar su rollo de una vez. Pero se levantó de la mesa sin probar el café. Dijo que ese día no tenía tiempo. Que mañana, con detalle, hablaría. Me citó en su apartamento a las ocho de la mañana. Salió sin decirme adiós. Terminé mi taza, las dos mujeres por fin se callaron, ahora una de ellas lloraba, casi en silencio, pero lloraba. Pagué la cuenta, incluso por el café desperdiciado. Se preguntarán ustedes si sentí miedo de que escapase, claro que tuve miedo, pero algo me decía que podía confiar en él. Acepté jugármela.

En el medio en el que uno se desenvuelve no se puede ser tan porfiado. Llegué a su casa antes del amanecer. Salté el tapial que escudaba el lote de apartamentos. Una ráfaga de ladridos cortó el silencio; me agazapé entre las matas de petunias, el perro latía desde adentro de alguno de los apartamentos. Dejé pasar los minutos, hasta que el animal se calló. Me descalcé y avancé de puntillas, la luz lejana de un farol me ayudaba a orientarme entre las sombras. Me detuve enfrente de la casa del pintor. Vi la puerta entreabierta y la luz de la sala encendida. El portón no tenía candado; corrí el pasador y crucé el pasillo. Me puse los zapatos y entré al apartamento. Aunque esa noche no hacía frío, Braulio había encendido la chimenea. Dos trozos de roble ardían, calentando la estancia principal. Lo llamé varias veces, pero no salía de la habitación. Olía a comida recién hecha, miré entonces en la mesa del comedor el plato de huevos revueltos con salsa ranchera y lascas de queso blanco, intacto, con los cubiertos envueltos en una servilleta de tela. Al lado del plato estaba una máquina de escribir Olivetti Lettera verde aqua, con una hoja sujeta al prensador. De la cocina se dejaba venir aroma de café.  Era muy temprano para desayunar, pero como hay de costumbres a costumbres. Avancé hasta el dormitorio, los rastros de su loción flotaban en el cuarto. Encendí la luz. Abrí la puerta del armario: ropa colgada y mantas ordenadas. Escuché un ruido en el pasillo, como un rumor leve. Salí para ver qué era, el sonido provenía del cuarto de baño. Entré. El cristal de las paredes de la ducha estaba empañado, de la regadera salía un chorro de agua. No parecía que alguien estuviese bañándose pues el agua caía directamente al piso. Jalé la puerta y cerré la llave de la ducha. Regresé a la sala, me tiré de bruces en el sofá. Había dejado escapar la historia de mi vida.  

En la sala permanecían los cuadros que vi la primera vez; los caballetes, doblados detrás de la puerta. ¿Adónde buscarlo? ¿Se habría ido de Chilmapa?, preguntas, preguntas, pero ya no me quedaban arrestos para seguirlo. Me levanté para ir por café a la cocina. Reparé en un bulto de papeles en el borde de la chimenea.  Una pila de hojas sin engrapar. Me acerqué. Incluso una leve brisa que hubiese entrado por la puerta abierta –como la había encontrado minutos antes– podría haber arrojado, una a una, las hojas al fuego. En la primera página vi un título mecanografiado en letra mayúscula. Comencé a leer el texto de seguido hasta que dieron las nueve de la mañana. Tuve que vencer mis escrúpulos, por las excesivas incorrecciones idiomáticas. Fue así que me enteré del porqué Vidal Ventura no quiso, tras el accidente de 1959, regresar a la farándula. Por momentos, la historia cobraba los relieves de un culebrón, cuando narraba cómo había perdido la memoria durante semanas, de cómo unos pescadores, por supuesto, los Ortiz, lo rescataron del acantilado, de cómo en él fue encendiéndose el anhelo de vivir una vida propia. Luego las cirugías plásticas en el extranjero, los pleitos familiares por la herencia, el regreso al país años después, cantar en un barcito de la frontera, usando otro nombre, todavía no el de Braulio. A veces acarició la idea de revelar su identidad, pero siempre se echaba para atrás. De cómo se fue enamorando de la imagen de su propio mito, pues si ya antes era famoso, tras su desaparición se convirtió en la voz más afamada del país, aparte de un gran negocio para la casa disquera. ¿Cómo entonces volver? Luego el texto medraba en explicaciones, de cómo los escarceos infantiles en la pintura a mano de un tío paterno le dieron un sentido y una razón para vivir esa vida paralela, consciente de que no era más que un pintor de plaza, un pintor que con modestia se sumaba al incontable grupo de admiradores de Vidal Ventura.

La historia, de seguro la había escrito desde hace algún tiempo, quizá años a juzgar por el tono amarillento del papel, pero la historia estaba incompleta, según entendí. Me dirigí a la mesa del comedor,  observé la hoja prensada en la máquina de escribir. La retiré, solo había escrito media cuartilla, un único párrafo. Era sin duda la última página, ahí aparecía yo; él no me culpaba, ¿no es extraño?, asumía mi intromisión como un hecho que tarde o temprano vendría. El texto de la página quedó a medio renglón, sin ningún signo de cierre. 

Sabía que el destino del pobre diablo de Braulio estaba en mis manos, pero lo que más me intrigaba era saber que ese pintor de garabatos se confesaba más dichoso que el encumbrado Vidal Ventura, el de la lujosa quinta en los Altos de Beltrán.

Me quedé hasta las diez en el apartamento, y no se tomé a mal, acepté el desayuno de cortesía; el autobús hacia la capital salía a las doce. Tomé el manuscrito y me fui al hotel a terminar de hacer la maleta. Durante el largo viaje en autobús, dándole vueltas y vueltas, decidí no divulgar la historia de Vidal Ventura. ¿Para qué alumbrar la sombra de un fantasma? Solo utilicé sus memorias como basa para escribir mi única novela, Entre cielo y tierra, con datos alterados, que jamás hiciesen pensar que se trababa de Vidal.  

Hoy, desde la ventana de la habitación en la que me tienen hace un mes, veo caer con la tarde las últimas hojas del liquidámbar que alarga sus ramas hasta este pabellón. Cuarenta años después de aquellos meses, los más rutilantes de mi vida, me quedan pocos días por estas tierras del Señor, y no lo digo para complacer a mis médicos. Tampoco es probable que Vidal siga vivo, por eso juzgo conveniente contar su historia, con el único propósito de confesarme y divulgar un hecho que, a estas alturas, no creo que vaya a perjudicar a nadie.