Critica y reseña: Mapa dibujado por un espía de Guillermo Cabrera Infante por Ernesto Calabuig

Mapa dibujado por un espía

Guillermo Cabrera Infante

Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 400 páginas. 21 euros

ERNESTO CALABUIG | Publicado el 22/11/2013 |  Ver el número en PDF

Guillermo Cabrera Infante. Foto: Domenec Umbert

Volver a escuchar la voz literaria de Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 1929 - Londres, Reino Unido, 2005), ocho años después de su fallecimiento, sólo puede ser un motivo de celebración, y más si, como este Mapa dibujado por un espía, se trata de una obra póstuma, la tercera que recupera la editorial Galaxia Gutenberg tras La ninfa inconstante (2009) y Cuerpos divinos (2011). La edición se acompaña de una esclarecedora nota preliminar de su editor, Antoni Munné, acerca de los avatares de este libro casi secreto (guardado en un sobre durante años y abierto cuando el escritor ya no vivía) y el momento y las condiciones que envolvieron su dolorosa gestación. 



Mapa dibujado por un espía narra, en una precisa crónica, los acontecimientos en los que se ve envuelto a sus 36 años el autor de Tres tristes tigres cuando, en el verano de 1965, siendo agregado cultural en la embajada de Cuba en Bruselas (labor desempeñada desde 1962), recibe el aviso de regresar a la isla por la repentina gravedad de la salud de su madre. Tendrá que realizar un complicado vuelo Bruselas-Amsterdam-Praga-La Habana, aunque ya en el aeropuerto de Amsterdam le comunican la muerte de su madre, Zoila Infante. En Bélgica se queda su esposa, Miriam Gómez, y lo que iba a ser una estancia de una semana en Cuba para el entierro y funerales, deviene una pesadilla cuando, inexplicablemente, las autoridades castristas le impiden salir de vuelta a Europa, a sólo quince minutos del embarque con sus dos hijas, de once y siete años. Se trata, pues, de un regreso imposible y hasta fantasmal a un mundo desmoronado, y uno piensa en otros regresos literarios a infiernos diversos como aquel célebre de Alberto Manguel (Bruguera, 2007), o en esa idea tan alemana y sebaldiana de la Unheimliche Heimat, la patria inquietante que ya no acoge, que se vuelve siniestra y ni siquiera puede sentirse más tiempo como propia. “Todos le parecían como agobiados por un pesar profundo (...) El miraba las calles familiares y a la vez ajenas” -escribe Cabrera Infante. 



Con la incertidumbre de si logrará arreglar su situación, y el desconocimiento absoluto de cuál es la falta que le hizo caer en desgracia, la estancia en La Habana se prolonga más de cuatro meses en los que, sin ser un contrarrevolucionario, abre los ojos a la realidad de la Revolución a través de los testimonios de sus muchos conocidos y las mil observaciones y constataciones cotidianas de la escasez, el miedo, las injusticias... Ya en el prólogo del propio autor (páginas 19 a 35) nos brinda la prehistoria de la Revolución, describiendo esa terrorífica figura del agente de seguridad Aldama y los años de hampones de diferentes facciones y siglas empeñados en eliminarse y obtener el poder, entre ellos Fidel Castro. 



Cabrera elige la crónica directa para narrar esta historia, sin la “voluntad de estilo”, los experimentos y los juegos lingüísticos que en otros libros desplegaba. Sin embargo, hay algo envolvente y delicioso en lo que cuenta y en la gracia genuina con la que desgrana su historia, rebosante de talento, ocurrencias y su especial sentido del humor, a pesar de las aciagas circunstancias. Si algo hay en este libro (en el que aparecen y juegan su papel una gran parte de los intelectuales y políticos más relevantes de aquel momento revolucionario) es el registro y la estampa precisa de los movimientos y diálogos de unos y otros, a pie de calle, en un velorio, en un restaurante o cabaret, o en las salas de los ministerios en donde el protagonista trata de solucionar su problema. 

La peripecia es kafkiana por tratarse de una larga espera en la que se sabe deudor y culpable sin que nadie le enuncie la deuda y la culpa por la que cayó en desgracia o las razones para acusarlo. Simplemente choca contra el aparato del Estado, contra la infinita burocracia y el silencio administrativo. Ni siquiera es consciente, aunque lo sospeche, de a qué nivel pudo fraguarse esta venganza que se cuenta en el libro. Mapa dibujado por un espía es un largo relato continuo, sin capítulos ni cortes, que tiene mucho de tristeza y despedida (de sus amistades, de su lugar de origen, de todo un mundo) pero también de la purificación personal de quien aligera peso al narrarlo. Y lo hace además de un modo conmovedor, lúcido, elegante, honrado en la desnudez con la que se muestra ante el lector también para relatarnos sus aventuras amorosas con unas y otras mujeres en esos meses en la isla, al tiempo que su añoranza del amor de su vida, Miriam Gómez. 

El narrador resulta cercano también en sus miedos y premoniciones (como en su temor por una otitis infecciosa que contrae su hija en un día de playa y que casi le cuesta la vida). En paralelo conocemos la peripecia de su hermano Sabá Cabrera, que también queda retenido en la isla, aunque por menos tiempo, cuando llega a La Habana desde Madrid, donde también cumplía misión diplomática.

En el retrato de todo un mundo que se ha vuelto espectral, en el detalle de un reino del terror totalitario donde todos sospechan y desconfían de todos, describe magistralmente el autor los males que va encontrando a su paso: la precaria atención médica, la escasez de alimentos (esa especie de dieta nacional de arroz y frijoles blancos), la imposible e interminable burocracia estatal, la persecución (temibles “recogidas”) de homosexuales por parte del Departamento de “lacras sociales”, las expulsiones de estudiantes universitarios perpetradas en juicios populares sin posible defensa, el monopolio editorial, musical o cinematográfico, el deterioro de la Habana Vieja y el cierre de sus muchas librerías y comercios, los cortes de agua, la vigilancia extrema de los ciudadanos y la obsesión por detectar contrarrevolucionarios, el carácter inflexible de Fidel Castro y sus purgas de aquellos que le oponían mínimas objeciones, le decían la verdad, o sencillamente habían pertenecido en su momento a la órbita o las tesis del Ché Guevara, incluso aquellos revolucionarios que en su día habían ocupado cargos ministeriales (como fue el caso de Oltuski). 

Tiene gran protagonismo Gustavo Arcos, entre los héroes combatientes del 53 que acaban encarcelados por sus viejos camaradas. La reacción de Haydée Santamaría en la Casa de las Américas ante el asunto de los presos políticos, o la expulsión de las bibliotecarias por recomendar tiempo después una novela de Guillermo Cabrera Infante en una lista de lecturas, da cuenta del grado de control y la paranoia que se vivía entonces.

Cabrera muestra el absurdo de aquellas campañas anunciadas por megáfono para que los jóvenes cubanos viajaran a Argelia o tomaran parte en la plantación de un millón de eucaliptos en la propia Cuba (provincia de Oriente), para luego arrancarlos en beneficio de la caña de azúcar, con el único objetivo de mantener entretenida a la juventud. Mucho tiene este libro de la fascinación del premio Cervantes de 1997 por la belleza femenina, pero también, y sobre todo, de las idas y venidas con su numeroso grupo de amigos/as a lo largo y ancho de la ciudad, movimientos que dan pie a una infinita gracia conversacional que construye otro relato dentro de este gran y fascinante Mapa dibujado por un espía. 


Fuente:El Cultural http://www.elcultural.es/

Reflexion: Paris Review




“The light of the day, of the sky. Light is a perceptible unity. When there is more light around you, you are more alert to the world’s situations, to its different aspects, to the mystery of time.” Fuente :Yves Bonnefoy, from the Art of Poetry No. 69: http://tpr.ly/PQK417.


Photography credit Raphael Halin.

Los 10 libros para leer antes de los 18

Matías Néspolo, Barcelona Diario ADN, 27-09-06

Los pedagogos insisten en la naturaleza lingüística de la inteligencia. La lectura es el medio más idóneo para desarrollarla. Y los sociólogos hacen hincapié en su capacidad de fomentar el espíritu crítico. Sólo frecuentando los libros se puede formar ciudadanos. De allí la importancia del fomento de la lectura.
Pero ¿qué libros recomendar a los jóvenes? Esa es la pregunta que se hacen padres y profesores.
ADN consultó a un equipo de agentes culturales de primer orden. Del cruce entre los títulos más recomendados surgió el siguiente ranking: Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain; La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson; Peter Pan y Wendy, de J. M. Barrie; Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll; La Odisea, de Homero; Romancero gitano, de Federico García Lorca; Cuentos Completos, de Hans Christian Andersen; El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger; Cumbres borrascosas, de Emily Brontë y El extranjero, de Albert Camus.
¡Buena lectura!


1. Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach.

2. El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger.

3. El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

4. La vuelta al mundo en 80 días, de Julio Verne.

5. Mujercitas, de Louise May Alcott.

6. El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

7. Ivanhoe, de Walter Scott.

8. El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde.

9. Retrato del artista adolescente, de James Joyce.

10. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra.

www.escrituranarrativa.com

Alfonsina (Cuento experimental )

Alfonsina  (o la cosa más extraña)
 (Cuento experimental)

Primera Entrega 

Mario A. Membreño Cedillo, (Escritor Hondureño)


“The estrange thing was, he said, how they screamed every night at midnight.” On the “Quay at Smyrna”.  Ernest  Hemingway.

“The woods are lovely, dark end deep, /But I have promise to keep, /and miles to go before I sleep;/… “. “New Hampshire”. Robet Frost.
                                                                        
Il s´agit de savoir  si quelque  chose meurt  de cette soirée ou si quelque chose  y commence, dit –elle doucement. «Le Défi».  P. Sollers


Selecciones 
I. EL VIAJE A ARCADIA
¿Por qué ella irá –se preguntó él- el sábado y no el domingo? Ella tampoco sabía porque Alfonsina iba a ir al parque el sábado. Como siempre ellos la  habían citado para el domingo y no para el sábado. Ellos caminaban por la avenida Libertadores pensando en llegar al Parque O’Higgins. Por la avenida los autos pasaban veloces, y por las anchas aceras iban y venían  apresurados transeúntes de inconcretas miradas. Ellos pasaron viejos almacenes de relucientes vitrinas,  atiborradas de maniquís que vestían la ropa de temporada. Los colores veraniegos que sugerían playas ribeteadas de blancas arenas  y aventurados  viajes. Ellos marchaban fulgurantes, encaminándose a la estación  del metro, y pasando fugazmente  anodinos  cafeterías que despedían una telaraña de  olores de café y de frituras, que rompían  soberanamente la candorosa  oleada de la frescura inmediata de la mañana. Por la Libertadores, ellos transitaban despreocupados, sin prestar la atención a lo que los rodeaba, franqueando pensamientos díscolos como si fuesen pensando  que caminaban regocijadamente por la blandura de una playa irreducible.  O  ellos estuviesen internándose dócilmente  entre la claridad de luces y el desasosiego de las sombras de un tupido bosque de pinos y abetos. They were walking by the road,  hasta que casi instintivamente se pararon en la esquina, esperando  pacientemente la luz verde de peatones. Cruzaron la calle junto a un grupo de jóvenes,  que peregrinaban envueltos en un susurro de voces, que ahogaba el paso firme de sus pasos y liquidaban el paso vertiginoso de los autos y sofocaban la ronda de bocinas de los autobuses, que aullaban como lobos corriendo en círculo en una jaula de aire.  Y entre aquel tumulto  de  voces y aquella orquestación de bocinas ellos siguieron progresando en su recorrido, hasta que vieron a los  jóvenes  que  entraban como un enjambre de palabras al cine Normandía. Ellos cambiaron miradas, y por un momento los asalto una curiosidad  pasmosa, de querer  entrar con aquellos jóvenes al cine. Pero solo lo pensaron, lo pensaron remotamente, casi sordamente como un paisaje brumoso. ¿Por qué no quedarse plácidamente en el Normandía y romper de una sola vez y para siempre aquella imperecedera costumbre? Pero, sin dirigirse la palabra prefirieron continuar  caminando, tal y como siempre lo habían venido haciendo  todos los domingos. Sin cambiar el itinerario, y después de dejar a sus espaldas el Normandía,  siguieron impávidos, vueltos totalmente a lo suyo,  con media ciudad a cuestas, y dejando también  atrás el penacho verde del cerro Santa Lucía, rayado en escalinatas de turbia piedra cobriza y salpicado en negras estatuas. Con el recuerdo que entre semana por las tardes, aquel parque se llenaba de colegiales corriendo y bajando como torrente de risas. Pero no era entre semana sino fin de semana. Las parejas se la pasaban huroneando el cielo; y ocasionalmente se veían turistas subir con una cara de curiosidad enfilando sus vistas a las estatuas que cuando les llegaba directamente la luz del sol  parecía mas vivas que la gente. Y mientras ellos prolongaban su recorrido, el cerro se iba achicando y las estatuas se iban quedando como lo que son: mudas sinuosidades de mirada fija  e impasible. Pero, ¿por qué todas las estatuas son negras?

II. En el subway

Después de llegar a la boca de la estación, bajaron las anchas gradas salvando una corriente de gente que subía afanosamente a la superficie; y casi empujados por otro torbellino que bajaba presurosamente a los andenes. Puestos ahí, después de comprar los boletos, sin siquiera mirar al que los vendía, solo un trueque de manos como el relámpago de un saludo anónimo, y ya con los boletos  que los trasportaría  al  parque. Se dispusieron a esperar el metro. Pero ahí estaban, they were here, rodeados de otra nube de voces que apenas eran murmullos y una espera que no era infinita porque, aunque todavía no se veía el metro, se anunciaba con el movimiento nervioso de los que lo esperaban. Y que lentamente empezaba a moverse como un solo cuerpo dispuestos a asaltar los vagones o saltar a una trinchera abierta como una herida en un pasaje inhóspito. Eso era todo. Ya se oía en la embocadura del túnel, el zumbido, y antes de verlo volvieron a oír su inconfundible marcha.

Seguramente ella  estará esperándonos en el parque”, pensó él. Al tiempo que, el metro pasaba, dejando atrás y atrás y atrás, estaciones iluminadas en que solo se veían, momentáneamente, vistosos carteles adosados a las paredes de las iluminadas estaciones, promoviendo maravillosos viajes a la Isla de Pascua; y exhibiendo hermosas mujeres, que con manos impecables y nítidas, descorchaban y cataban vinos de gran solera. Y sus rostros eran tan nítidos que parecían reales, tan reales parecían que cualquiera pensaría que estaban a punto de hablar. Y sus cuerpos definitivos eran tan compactos que uno creería que aquellas provocativas mujeres, de piel perfectamente matizada y de labios rojos encendidos en brillos delicados; en cualquier momento, saltarían de los carteles, caminarían sólidamente por el relumbrante anden; y entre delicadas sonrisas y miradas sorprendidas, subirían  al metro. Y algunas de ellas, completamente inequívocas y rodeadas de un encanto natural, se sentaría concluyentemente al lado de uno. Entonces, cabalmente se podría pensar que uno estaba cómodamente sentado, haciendo un fabuloso  recorrido en el metro, con la rara impresión de llevar un pájaro batiendo las alas silenciosamente dentro de la cabeza; y a su vez,  ir perfectamente acompañado de  una hermosísima mujer de puro papel. No había más que eso, eso era todo lo que había, no podría haber más que un túnel de sombras y estaciones luminosas, llenas con carteles de mujeres que parecían casi reales. Mientras tanto, el metro todo iluminado, seguía avanzando  por el apocado  túnel, y  cada vez que se detenía en una estación, en un en un santiamén se abrían las puertas de par en par, y se levantaban mecánicamente los pasajeros, formando una corriente de cabezas que se estrechaba en las puertas magnéticas y se desparramaban en colores por los andenes. Ellos  salían y entraban anónimamente hasta que al cerrarse las puertas, y atestarse de efímeros pasajeros con rostros que uno no volvería a ver; enmarañados en  siluetas y perfiles que abordaban el metro cargados  de una leve y secreta vehemencia por llegar  felizmente a algún lugar cálido, o quedarse eternamente sentados en aquel mundo subterráneo y móvil. En que todos eran tristemente iguales;  mientras sus manos potentes se aferraban a los pasamanos y sus miradas disimuladas se perdían en el trajín de un vagón repleto de cuerpos, que anunciaban una somnolencia que lejanamente esperaba transformarse en una corriente inusitada de vitalidad y anhelo por salir a flote. Entonces entre gente y sueños, entre las nueve de la mañana y aquel cúmulo de peregrinos, el metro volvía sigilosamente a poner su maquinaria  en expedito movimiento. Dejando atrás estaciones iluminadas y seres que esperarían otros  vagones para ir a bajarse a otras tantas estaciones alumbradas, en que otros tantos puñados de gente subiría con las mismas posibilidades. Mientras, el vagón completamente iluminado y limpio atravesaba túneles uniformemente despejados. Entonces uno pensaba que todo era suave y hermoso. Que aquel era el preámbulo a un sueño perenne, un viaje avanzando hacia un horizonte imperecedero de luz. They were walking by the road, toward the white sand, and the sea very still like a postcard. However, there was nothing. Only was a dream, a effortless dream...was a forest, one face, un rendezvous, a still vision.


XII. EL CÓNDOR PASA
-Que raro- prorrumpió ella- Ese hombre si es extraño.
-No tiene nada de raro, escuchamos que alguien decía a nuestras espaldas. Era la voz de un viejo de cara ovalada, barba luenga, abundante y canosa. Nosotros los vimos estupefactos. Al principio pensamos que la cosa no era con nosotros, y como no era con nosotros, nos dispusimos a marcharnos. Pero  el viejo, que vestía un traje negro y usaba una camisa abotonada sin cuello; mirándome directamente a los ojos,  dijo:

-Ese hombre dijo señalando hacia la arbolado por donde se había perdido el clarinetista. No tiene nada de raro, pero yo si se cosas vertiginosamente extrañas. Nos quedamos en silencio por un instante, hasta que ella, sin vacilar se adelanta  unos pasos y encarando  al viejo, exclamó:
-Si -dijo ella- con un aire de curiosidad en su rostro, y luego preguntó ¿Y  cuáles son esas cosas? Yo me quedé callado, viendo al locuaz anciano que en  su semblante parecía tener visos de loquera. Por lo que estuve a punto de marcharme. Pero el viejo, como si hubiera adivinado mis intenciones cambió su  rostro temerario y con voz serena narró:

-Si, yo si he visto cosas extrañas. Sucedió en París, siempre que salía  solía, oh chaminer pour  les Champ Elysees, hasta que un día vi a un hombre sentado sobre la grama, tocaba una canción con su flauta, los transeúntes solían escucharlo un rato y lanzarle un franco en su sombrero de fieltro. Vi esa escena muchas veces, el hombre siempre tocaba la misma tonadita. Yo la conocía, vaya, que la conocía, era la canción “El cóndor pasa”. Por varias semanas lo vi tocarla, hasta que un día involuntariamente me le acerqué más de lo que solía hacerlo, y ya ahí francamente le pregunté: “¿Por qué siempre toca la misma canción?” El hombre de cara aindiada, posiblemente peruano o boliviano, levantó su cabeza, y una mirada aquilina amaneció en su rostro, y sin ambages me contestó: “Porque esa es la única canción que yo  conozco y porque esa es la única música  que me llega al alma”.  Pronunció aquellas palabras con tal vehemencia en su rostro  y con tal convicción en su voz, que por un momento no supe que hacer, ni que decir, ni que pensar. Acto seguido aquel hombre,  resolutivamente se paro, levantó sus brazos ligeramente arriba de la altura de los hombros, abriéndolos como dos poderosas alas transparentes, echó un vistazo a su alrededor, enseguida me vio eficazmente a los ojos; distinguí que en sus ojos revoloteaba un brillo de vehemencia, y frente a mí, se transformó en cóndor y voló inmaculadamente por los festivos cielos de París.

XV.  CAMPO IMPRESIONISTA
El campo,  que quedó vacío como una plaza a media noche bajo una luna escondida detrás de una cordillera de  nubes. que se va trasformando misteriosamente en una arquitectura de cosas transparentes. Era como ver una de esas calles baldías  a las tres de la tarde, a las tres en punto de la tarde de un sórdido domingo, en que uno nunca cree  que sean las tres en punto de la tarde hasta que son las cinco de la tarde. Entonces o ve el reloj y descubre que son las cinco de la tarde pero sigue pensando que  son las tres  de la tarde, aunque sean las cinco de la tarde. Pronto nos percatamos de un ligero movimiento entre la lluvia. Algo se movía entre la lluvia, alguien corría, vimos a alguien correr, era un hombrecito que vestía de negro, dando menudos saltos; y luego grandes zancadas. Detrás de él corría, lo que parecía ser un perro. Y si era un perro porque empezó a ladrar. Entonces, el hombrecito de negro se detenía, parecía tomar aire, y ahí parado taba los brazos horizontalmente a la altura de sus hombros, luego los bajaba, y continuaba corriendo. Todo le hacia con tal parsimonia como si no se hubiese dado cuenta que estaba lloviendo; Y mientras tanto, el perro también  se detenía; y al momento que el hombrecito empezaba nuevamente a correr, el perro volvía a  perseguirlo siempre endiabladamente  ladrando como si persiguiera una sombra inalcanzable. Esta vez no había un “horizonte de perros, ladrando cerca del rió” Era solamente un solo perro, que ladraba tanto como si fuese un horizonte de ladridos. Además, no había ningún rió cerca. Pero, quizá en el Mapocho, si había un horizonte de perros ladrando cerca del rió. El acto se repitió varias veces a campo abierto, hasta que antes de llegar al término del campo, el hombrecito de negro vio el reloj de su muñeca y comprobó absolutamente  que eran las tres de la tarde, aunque  de lejos parecía que fuesen las cinco de la tarde. Entonces,  el hombrecito giró bruscamente hacia la fuente, la cual apenas se distinguía entre la borrosa cortina de tono grisáceo que amontonaba el agua del chorro vertical de la fuente  y la lluvia  que caía a torrentes. A lo lejos el hombre de negro, apenas era una silueta negra, y la fuente  sólo era un contorno y una masa difusa de luces y sombras. Entonces, el hombrecito empezó a dar vueltas a la fuente, y tras él, también el perro emprendió su persecución   hasta que frente a la fuente, súbitamente, el perro se detuvo, alzó su cabeza, tenso sus patas, erizo su pelo, pausadamente  inclino ligeramente su cuerpo hacia delante. Luego, vio fijamente la colosal fuente y empezó a ladrarle al vigoroso chorro de agua que caía en miles  de gotas, sobre la superficie plana de la fuente. Entonces, y vaya a saber por qué, cómo y desde dónde  alguien se le ocurrió to take a picture, todo quedo fotografiado: la escena del hombrecito, el perro negro tan empapado que parecía blanco aunque fuese definitivamente negro como una noche negra en  un día sin color. De ahí para delante  fuente circular de piedra y chorro vertical que sube, y aguacero horizontal que se desploma como  se desploman los techos en un feroz aguacero. Todo amablemente fotografiado menos, las  tres en punto de la tarde en algún reloj de muñeca que marca las tres en punto de la tarde. Aunque pareciese que no son las tres en punto de la tarde sino que  en un señorial reloj de pared de una antañona  casa con un zaguán morado de violetas,  acaban de dar inquebrantablemente las cinco en punto de la tarde, mientras cerca de ahí un horizonte de niños juega a las estatuas de marfil. Y a lo lejos un horizonte de perros ladra alrededor de la Moneda.


XX. LAS NUBES EN EL ESPEJO

ÉL
Fue hasta el domingo siguiente que ellos volvieron al parque por las gaseosas que la esposa del heladero no les había dado el domingo pasado; cuando ellos supieron que definitivamente Alfonsina ya no vendría nunca más al parque. El aún recordaba el encadenamiento  de los hechos. Lo de la lluvia había sido el domingo anterior. Fue el domingo en que ellos se empaparon como si fuesen  árboles en la explanada. Él recordó que luego vieron al vagabundo que marchaba por la calle tocando su clarinete; y tras él,  le seguía un tropel de gentes enervada  por la música. Eso fue cuando la lluvia ya había pasado, y las nubes, ordenadamente, se desplazaban disciplinadamente en silente caravana.  Al día siguiente él la llamó a su casa. Recordó que ella se sorprendió por  la llamada, porque él nunca le había llamado por teléfono a su casa. Algo dijo ella de ir a unas clases de piano a la Corporación Arrau, o acompañar a las tías a  Providencia, algo más dijo acerca  de preparar la cena, él recordó  que ella sugirió  algo sobre el tiempo: “hace frío”. Después, cansadamente,  murmuró “es tarde”,  al final casi susurrando dijo  “quizá mañana”. Ella nunca le dijo nada de lo ocurrido aquel domingo y él  nunca supo si las  tías de ella lo supieron. Al final él recordó que ella le dijo,  casi balbuciendo”: He pescado un gran resfriado”.

XXI. EL PODER DE LAS PALABRAS
ELLA
Si, recuerdo bien aquella noche. Él me llamó, nunca me había hecho una llamada por la noche. Recuerdo que me puse nerviosa porque en la salita verde estaba una de mis tías sentada justamente frente a mí. Yo había pasado una tarde algo confusa. Él me invitó a salir, no recuerdo bien a dónde, creo que nunca me lo dijo. Yo lo pensé. Algo le dije del mal tiempo, algo más de que “quizá otro día”. Recuerdo que mientras hablaba con él  mi tía no me quitaba los ojos de encima. Algo más le hubiera podido decir pero no podía hablar tan abiertamente. Al fin, ante sus ruegos se me ocurrió decirle que había “pescado un gran resfriado”. Todo se me ocurrió de la manera más simple,  lo pensé apresuradamente  porque la mesa estaba servida; esa noche cenábamos pescado,  como solíamos hacerlo todos los lunes, era pescado fresco, recién pescado por la mañana, nos lo traían expresamente desde Viña del Mar. Había empezado a llover, llovía, llovió toda esa tarde así que me resultó fácil decirlo. La verdad que yo nunca pesqué un gran resfriado, pero cuando lo dije, nunca pensé que con el tiempo, llegaría a ser una verdad tan  determinante, ni tan impecablemente elegante.


XXII. LAS RAICES INEDITAS DE LA MEMORIA


ALFONSINA
Si, yo fui al parque aquél domingo, ellos no me vieron. Estuve a punto de ir a su encuentro, pero los vi tan felices que desistí de hacerlo. Esa misma tarde me fui para Valparaíso. Todo lo había venido pensando desde hace un par de meses. Sabía perfectamente bien que ellos jamás tomarían la decisión que tomaron, si yo hubiese estado allí. Mucho tiempo después, los volví a ver, iban caminando tranquilamente por Vitacura, se veían saludables. Ellos no me vieron. A ella, creo haberla reconocido una vez más, entre un grupo de personas, entrando a una casa opaca en San Diego. Creo haberlos visto una última vez, pero sinceramente no estoy segura; fue pocos días antes del golpe militar de septiembre. Los vi por una calle terrosa por Apoquindo me extraño verlos ahí; si eran ellos  iban con otras personas y  caminaban rápido y sin ver hacia atrás. Pero no estoy tan segura que fuesen ellos. Nunca más los volví a ver. ¿Cómo no recordarme de aquel domingo? Sí que los vi, ellos no me vieron; pero yo si que los vi, ahora ellos ya no pueden verme. Pensándolo bien, creo que jamás en su vida me vieron; y hasta he pensado que si ellos estuvieran aquí, tampoco podrían verme. ¿Cómo podrían verme? Si, seguramente, que ellos no podrían verme. ¿Cómo podrían verme?  Si ellos están irremediablemente  allá y yo estoy felizmente aquí. Pero también podría ser al revés; ellos están allá, tan plácidamente como si fuesen sentados en un vagón del metro y yo estoy aquí en este horizonte de agua.  Pero ¿por qué no se fueron  mejor  al Normandía?

*Escrito en octubre de 2002. Cuento experimental e inédito con los  22 capítulos  programáticos  (a manera de la música programática), que tiene la versión  original.


Entrevista a William Faulkner

ENTREVISTA A WILLIAM FAULKNER por Jean Stein (The PARIS REVIEW-The Art of Fiction No. 12, 1956)



William Faulkner (1947) por Henri Cartier-Bresson

(Extracto de entrevista)
-¿Existe alguna fórmula que sea posible seguir para ser un buen novelista? 
-99% de talento... 99% de disciplina... 99% de trabajo. El novelista nunca debe sentirse satisfecho con lo que hace. Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar. No preocuparse por ser mejor que sus contemporáneos o sus predecesores. Tratar de ser mejor que uno mismo. Un artista es una criatura impulsada por demonios. No sabe por qué ellos lo escogen y generalmente está demasiado ocupado para preguntárselo. Es completamente amoral en el sentido de que será capaz de robar, tomar prestado, mendigar o despojar a cualquiera y a todo el mundo con tal de realizarlaobra.

-Entonces, ¿cuál sería el mejor ambiente para un escritor? -El arte tampoco tiene nada que ver con el ambiente; no le importa dónde está. Si usted se refiere a mí, el mejor empleo que jamás me ofrecieron fue el de administrador de un burdel. En mi opinión, ese es el mejor ambiente en que un artista puede trabajar. Goza de una perfecta libertad económica, está libre del temor y del hambre, dispone de un techo sobre su cabeza y no tiene nada qué hacer excepto llevar unas pocas cuentas sencillas e ir a pagarle una vez al mes a la policía local. El lugar está tranquilo durante la mañana, que es la mejor parte del día para trabajar. En las noches hay la suficiente actividad social como para que el artista no se aburra, si no le importa participar en ella; el trabajo da cierta posición social; no tiene nada qué hacer porque la encargada lleva los libros; todas las empleadas de la casa son mujeres, que lo tratarán con respeto y le dirán "señor". Todos los contrabandistas de licores de la localidad también le dirán "señor". Y él podrá tutearse con los policías. De modo, pues, que el único ambiente que el artista necesita es toda la paz, toda la soledad y todo el placer que pueda obtener a un precio que no sea demasiado elevado. Un mal ambiente sólo le hará subir la presión sanguínea, al hacerle pasar más tiempo sintiéndose frustrado o indignado. Mi propia experiencia me ha enseñado que los instrumentos que necesito para mi oficio son papel, tabaco, comida y un poco de whisky.


 -Usted mencionó la libertad económica. ¿La necesita el escritor? 
-No. El escritor no necesita libertad económica. Todo lo que necesita es un lápiz y un poco de papel. Que yo sepa nunca se ha escrito nada bueno como consecuencia de aceptar dinero regalado. El buen escritor nunca recurre a una fundación. Está demasiado ocupado escribiendo algo. Si no es bueno de veras, se engaña diciéndose que carece de tiempo o de libertad económica. El buen arte puede ser producido por ladrones, contrabandistas de licores o cuatreros. La gente realmente teme descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza es capaz de soportar. Y a todos les asusta descubrir cuán duros pueden ser. Nada puede destruir al buen escritor. Lo único que puede alterar al buen escritor es la muerte. Los que son buenos no se preocupan por tener éxito o por hacerse ricos.


-¿Qué técnica utiliza para cumplir su norma? 
-Si el escritor está interesado en la técnica, más le vale dedicarse a la cirugía o a colocar ladrillos. Para escribir una obra no hay ningún recurso mecánico, ningún atajo. El escritor joven que siga una teoría es un tonto. Uno tiene que enseñarse por medio de sus propios errores; la gente sólo aprende a través del error. El buen artista cree que nadie sabe lo bastante para darle consejos, tiene una vanidad suprema. No importa cuánto admire al escritor viejo, quiere superarlo.


-Entonces, ¿usted niega la validez de la técnica? 
-De ninguna manera. Algunas veces la técnica arremete y se apodera del sueño antes de que el propio escritor pueda aprehenderlo. Eso es tour de force y la obra terminada es simplemente cuestión de juntar bien los ladrillos, puesto que el escritor probablemente conoce cada una de las palabras que va a usar hasta el fin de la obra antes de escribir la primera. Eso sucedió con Mientras agonizo. No fue fácil. Ningún trabajo honrado lo es. Fue sencillo en cuanto que todo el material estaba ya a la mano. La composición de la obra me llevó sólo unas seis semanas en el tiempo libre que me dejaba un empleo de doce horas al día haciendo trabajo manual. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a las catástrofes naturales universales, que son la inundación y el fuego, con una motivación natural simple que le diera dirección a su desarrollo. Pero cuando la técnica no interviene, escribir es también más fácil en otro sentido. Porque en mi caso siempre hay un punto en el libro en el que los propios personajes se levantan y toman el mando y completan el trabajo. Eso sucede, digamos, alrededor de la página 275. Claro está que yo no sé lo que sucedería si terminara el libro en la página 274. La cualidad que un artista debe poseer es la objetividad al juzgar su obra, más la honradez y el valor de no engañarse al respecto. Puesto que ninguna de mis obras ha satisfecho mis propias normas, debo juzgarlas sobre la base de aquélla que me causó la mayor aflicción y angustia del mismo modo que la madre ama al hijo que se convirtió en ladrón o asesino más que al que se convirtió en sacerdote. 

-¿Qué obra es ésa? 
-El Sonido y la Furia. La escribí cinco veces distintas, tratando de contar la historia para librarme del sueño que seguiría angustiándome mientras no la contara. Es una tragedia de dos mujeres perdidas: Caddy y su hija. Dilsey es uno de mis personajes favoritos porque es valiente, generosa, dulce y honrada. Es mucho más valiente, honrada y generosa que yo.


-¿Qué porción de sus obras se basan en la experiencia personal?
-No sabría decirlo. Nunca he hecho la cuenta, porque la "porción" no tiene importancia. Un escritor necesita tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Cualesquiera dos de ellas, y a veces una puede suplir la falta de las otras dos. En mi caso, una historia generalmente comienza con una sola idea, un solo recuerdo o una sola imagen mental. La composición de la historia es simplemente cuestión de trabajar hasta el momento de explicar por qué ocurrió la historia o qué otras cosas hizo ocurrir a continuación. Un escritor trata de crear personas creíbles en situaciones conmovedoras creíbles de la manera más conmovedora que pueda. Obviamente, debe utilizar, como uno de sus instrumentos, el ambiente que conoce. Yo diría que la música es el medio más fácil de expresarse, puesto que fue el primero que se produjo en la experiencia y en la historia del hombre. Pero puesto que mi talento reside en las palabras, debo tratar de expresar torpemente en palabras lo que la música pura habría expresado mejor. Es decir, que la música lo expresaría mejor y más simplemente, pero yo prefiero usar palabras, del mismo modo que prefiero leer a escuchar. Prefiero el silencio al sonido, y la imagen producida por las palabras ocurre en el silencio. Es decir, que el trueno y la música de la prosa tienen lugar en el silencio.


-¿Puede usted decir cómo empezó su carrera de escritor? 
-Yo vivía en Nueva Orleáns, trabajando en lo que fuera necesario para ganar un poco de dinero de vez en cuando. Conocí a Sherwood Anderson. Por las tardes solíamos caminar por la ciudad y hablar con la gente. Por las noches volvíamos a reunirnos y nos tomábamos una o dos botellas mientras él hablaba y yo escuchaba. Antes del mediodía nunca lo veía. Él estaba encerrado, escribiendo. Al día siguiente volvíamos a hacer lo mismo. Yo decidí que si esa era la vida de un escritor, entonces eso era lo mío y me puse a escribir mi primer libro. En seguida descubrí que escribir era una ocupación divertida. Incluso me olvidé de que no había visto al señor Anderson durante tres semanas, hasta que él tocó a mi puerta -era la primera vez que venía a verme- y me preguntó: "¿Qué sucede? ¿Está usted enojado conmigo?". Le dije que estaba escribiendo un libro. Él dijo: "Dios mío", y se fue. Cuando terminé el libro, La paga de los soldados, me encontré con la señora Anderson en la calle. Me preguntó cómo iba el libro y le dije que ya lo había terminado. Ella me dijo: "Sherwood dice que está dispuesto a hacer un trato con usted. Si usted no le pide que lea los originales, él le dirá a su editor que acepte el libro". Yo le dije "trato hecho", y así fue como me hice escritor.


-Usted debe sentirse en deuda con Sherwood Anderson, pero, ¿qué juicio le merece como escritor? 
-Él fue el padre de mi generación de escritores norteamericanos y de la tradición literaria norteamericana que nuestros sucesores llevarán adelante. Anderson nunca ha sido valorado como se merece. Dreiser es su hermano mayor y Mark Twain el padrede ambos.
-Y, ¿en cuanto a los escritores europeos de ese período?
-Los dos grandes hombres de mi tiempo fueron Mann y Joyce. Uno debe acercarse al Ulysses de Joyce como el bautista analfabeto al Antiguo Testamento: con fe.


-¿Lee usted a sus contemporáneos?
-No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tantas veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos.


-Y, ¿en cuanto a la función de los críticos?
-El artista no tiene tiempo para escuchar a los críticos. Los que quieren ser escritores leen las críticas, los que quieren escribir no tienen tiempo para leerlas. El crítico también está tratando de decir: "Yo pasé por aquí". La finalidad de su función no es el artista mismo. El artista está un peldaño por encima del crítico, porque el artista escribe algo que moverá al crítico. El crítico escribe algo que moverá a todo el mundo menos al artista.



Fuente: Como convertirse en escritor Blog de Patricia Turnes http://comoconvertirseenescritor.blogspot.com/

Imagen


Honduras is Great 



No son retoques en la foto, es el fenómeno de la bioluminscencia/


¿Te gustaría ver un espectáculo como ese? 
En la isla de Guanaja existe una bahía bioluminiscente donde escenas como la de la foto pueden ser admiradas; este fenómeno se debe a que el micro plancton y algunas pequeñas especies marinas producen luz azul de forma autónoma, su actividad se hace visible con el movimiento y con con solo agitar el agua ellos "se encienden"; las aguas claras de la bahía así como la escasa luz del lugar permiten disfrutar de esta maravilla de la naturaleza que solo es posible ver en 6 lugares del mundo, si bien es cierto que el micro plancton existe en todos los mares, no todos los lugares tienen las condiciones optimas para ver esta belleza de la naturaleza





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Foto de National Geopgraphic/ Doug Perrine
Los 25 mejores cuentos latinoamericanos





La literatura latinoamericanatiene gran cantidad de maravillosos cuentos, lo que hace difícil seleccionar sólo 25. Sin embargo, nos hemos propuesto a proponer esta lista con 25 de los mejores cuentos latinoamericanos en la que seguro podrían entrar otros muchos cuentos, así que los invitamos a comentar sobre otros cuentos que merecerían estar en la lista. Así mismo, el orden de este listado no es estricto.

¿Qué otro cuento latinoamericano recomendarían que merezca estar en la lista?
1.            El guardagujas - Juan José Arreola
2.            Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges
3.            Axolotl - Julio Cortázar
4.            Mr. Taylor - Augusto Monteroso
5.            El banquete - Julio Ramón Ribeyro
6.            Paseo Nocturno - Rubem Fonseca
7.            No oyes ladrar los perros - Juan Rulfo
8.            Sensini - Roberto Bolaño
9.            Sólo vine a hablar por teléfono - Gabriel García Márquez
10.          El almohadón de plumas - Horacio Quiroga
11.          La autopista del sur - Julio Cortázar
12.          La primera nevada - Julio Ramón Ribeyro
13.          ¡Diles que no me maten! - Juan Rulfo
14.          Parábola del trueque - Juan José Arreola
15.          Muchacha Punk - Rodolfo Fogwill
16.          En memoria de Paulina - Adolfo Bioy Casares
17.          El Aleph - Jorge Luis Borges
18.          A la deriva - Horacio Quiroga
19.          Mejor que arder - Clarice Lispector
20.          El jorobadito - Roberto Arlt
21.          En este pueblo no hay ladrones - Gabriel García Márquez
22.          Nos han dado la tierra - Juan Rulfo
23.          A la deriva - Horacio Quiroga
24.          El cocodrilo - Felisberto Hernández
25.          La carne - Virgilio Piñera