La orientación de la mirada


ISBN:978-99926-95-06-5 1.-CUENTO
Diseño y dibujos de portada Mario A. Membreño Cedillo
Impresión: Imprenta OIME
Impreso y hecho en Honduras
Junio 2012

Dedicatoria
A la memoria de mi Padre
MARIO MEMBREÑO REYES (Q.D.D.G)

A mi madre
MARÍA CONCEPCIÓN CEDILLO DE LA PEÑA. Vda. de MEMBREÑO


«El ojo que ves no es
Ojo porque tú lo veas,
es ojo porque te ve.»
Antonio Machado

«…Se mira en la temblorosa claridad a sus pies, pero se diría que sólo alcanza a ver su memoria enamorada la inalcanzable imagen de una mujer perdida en remota contemplación.»
Julio Cortazar

«…Of all the mighty World of eye…».
William Wordsworth





ÍNDICE
1. El fin del Círculo..............................……..... 7
2. La orientación de la mirada..................….. 24
3. La casa de los espejos.......................…....   39
4. El descubrimiento del tiempo..................... 50
5. La Provenza en la pampa……................... 61









El fin del Círculo

That, deaf and silent, read’st the eternal deep, Haunted for ever by the eternal mind. Intimations of Immortality from recollections of early childhood. William Wordsworth.

Para nosotros resulta inútil querer discernir una trama que se confunde en un círculo, en que el inicio también puede ser un final, y el final se puede convertir en un inicio. Más laberíntico resulta trazar la frontera entre dos orientaciones, que al final terminan siendo una sola, en que la realidad se ve nublada y el sueño adquiere un viso de certeza. Para nosotros no había fronteras, ni líneas divisorias. El mundo, decíamos no­sotros, es una totalidad en que hay un principio y un fin. Pero que se va alargando en múltiples ramificacio­nes conectadas todas a la observación de una Mirada Original. En fin, para nosotros el mundo era concreto y era transparente, era poderoso y era mágico. Pero tam­bién era misterioso y era simbólico. Por eso había que tener la mirada atenta para ver destellos de esa Mirada Original. Entonces era impostergable partir a buscarla, era necesario jugar a las miradas. Ver más allá de las miradas y más allá de las palabras. Había que mirar las palabras: Nosotros, la palabra «mirada». Por que exis­tía un fin del círculo más allá del círculo, más allá de las palabras y más allá de la mirada. ¿Pero que habrá más allá de la mirada? Nos preguntábamos nosotros. Mien­tras nos mirábamos y manteníamos cerrado el círculo en silencio. Entonces, sonaba el teléfono, y tocaban a la puerta, y se oían pasos en el pasillo. Pero nosotros no contestábamos el teléfono, ni abríamos la puerta. Ni sabíamos quien se alejaba por el largo pasillo. Nosotros éramos los vigilantes del Fuerte Apache. Los últimos Vigilantes del Crepúsculo de la Primera Mirada. De­claración de Fe del Circulo de Fuerte Apache, 1965.

I
Desde la ventana se contemplaba el gran redondel de edi­ficios, como si fuesen una caravana estacionada en círculo para protegerse del ataque de los sioux. Y mientras, el ca­pitán Maravilla esperaba pacientemente el asalto confiado en su astuto plan defensivo, la princesa de Thule perma­necía bien resguardada; y el flaco López estaba ocupado disponiendo correctamente los últimos detalles en los pun­tos más vulnerables del fuerte. La resistencia, al principio complicada, al final resultó heroica. El Fuerte Apache no cayó, pero los sioux lograron llevarse a la hermosísima princesa de Thule. Escena uno: Inicio del círculo.

En ese entonces nosotros no conocíamos a López, porque López no estudiaba en la misma escuela. Lo llegaríamos a conocer poco después, en una pequeña celebración de cumpleaños en la cual nunca supimos a quién festejaban. Casi enseguida vino lo de la incorpo­ración de López al Fuerte Apache; y casi inmediatamen­te después de eso, se cruzó lo del Lolo. Aquel suceso fue inesperado y fulminante. Todavía no terminamos de creérnoslo y pareciese que él todavía vaga por ahí; aún aferrado a las miradas, y negándose a disolver­se en la profundidad de un solo recuerdo inconcluso.
Pero, por supuesto, estaba lo del homenaje pós­tumo al Lolo. Todos nosotros recordábamos bien esa tarde; primero, llegó López y con aire de misterio nos llamó y nos condujo a un pequeño cuarto; no sin antes pasar por la puerta trasera de una cocina que olía a sopa de papas y ajo, bajar unas gradas metálicas que a cada paso sonaban a trueno, y después de caminar casi de punti­llas por un patio cubierto de geranios, cruzar bajo un temblor de pies un pequeño traspatio de sába­nas colgantes, que uno iba apartando como si fuesen ramas. El cuarto tenía una gran ventana del tipo co­rredizo; la cual parecía abrir la entrada a otro mundo; y dar cabida en su fondo a la cresta de las montañas, montadas en una tonalidad traviesa de tonos rojos y grises, y al cielo completamente enfundado de nubes, bañadas por una luminosidad perfectamente equili­brada, que convocaba un aire de irrealidad y potencia

II
Entonces después de habérsela enseñado a todos, se la lle­vó a la boca poniéndola cuidadosamente entre los labios. Y luego, con la otra mano López saco del bolsillo de su pan­talón una cajita de fósforos; entonces la abrió y tomó un palillo y encendió un fósforo. Lo mantuvo a la altura de su mirada para asegurar que la llamita estaba viva y robusta. Y todos sintieron que la llamita danzaba y los miraba, y Ló­pez acercó la llamita a la tiza blanca que le temblaba en la boca. Pero lo que todos creyeron que era una tiza, comenzó a tomar por uno de sus extremos el color rojizo de un dimi­nuto carbón encendido; y aunque por nada del mundo se imaginarían a López arriesgarse tanto, ellos pensaron que aquello fuese lo que fuese, le explotaría en la cara. Escena dos: el circulo del fuego.

Una vez dentro del cuarto, todos nos pusimos en círculo. López se puso en el centro, con su aire de misterio y de silencio interminable. La curiosidad ha­bía aumentado a la par de nuestra impaciencia. Por fin, López abrió su mano, la cual había tenido cerra­da desde que nos llamó y nos llevó a aquel cuarto a prueba de ataques de los sioux. Nosotros éramos sólo miradas y un silencio de constelaciones tardías. En algún momento nos figuremos que toda la ceremonia se reduciría a comentar lo del rumor de la rubia del A22; pero el asunto no era con ella, ni tampoco con el capitán Maravilla y mucho menos con la escultu­ral princesa de Thule. López prosiguió con su ritual extraterrestre, extendiendo la palma de su mano y poniéndola casi en nuestra cara. Siempre a la altura de nuestra mirada. Todos lo mirábamos esperando al menos una explicación, hasta que lacónicamente dijo:
—Es un cigarro, se lo robé a mi tío Car­los. Ése fue el primer cigarrillo que vimos en nuestra vida. Es por el Lolo —agregó Ló­pez justificándose—, una bocanada por el Lolo.
Nos pusimos de acuerdo de que todo era por el Lolo y así después de encenderlo, nos fue pasando el cigarrillo a cada uno y todos empezamos, entre tosi­dos y tosidos, a humear como locos. Así empezó el juego, fue Ramírez el que casi en son de broma dijo:
— ¿Vieron al Lolo? —Al señalarlo pensamos en una voluta de humo que iba ascendiendo lentamen­te— luego lo recalcó más seriamente, ¿vieron al Lolo? Nos quedamos impávidos, creímos que todo era una especie de remate del ritual. López afirmó que sí y después todos dijimos, entre serios y vacilantes, que sí habíamos visto al Lolo. Pero, por supuesto, por qué no podría estar el Lolo aquí, si aquí estábamos todos y se­guro que; entre humo y humo, entre el ring del teléfono y el toquido de la puerta, el Lolo también estaba aquí.

III
Peralta quiso decir algo y se arrepintió; pero luego dijo, sabes que yo lo vi la semana pasada en la parada de auto­buses. No se los había querido decir, váyanse de espaldas, que a pesar que él me miró, pasó de paso sin saludarme. Yo me quedé con el «quiubo» en la boca y el siguió cami­nando muy campantemente, como si nada. No se imaginan el coraje que me dio. Pero si ya sabes que él es así, muy típico del Lolo, nunca cambia. Pero ¿cómo va cambiar? Si todo es una continuidad. Saben el dicho, «como es arriba es abajo». Quieres decir que allá es igualito que aquí. Más o menos, solo que allá las cosas son más transparentes. Escena tres: el circulo de la transparencia.

Después de aquella reunión de cuando en cuando, nos reuníamos en Fuerte Apache. Nos la pasábamos departiendo sin preocuparnos de lo que conversába­mos. Aún sin decirlo, era como si lo que dijésemos no tuviese importancia alguna, casi como si adivi­násemos que las palabras no tuviesen peso y que una sola mirada valiese más que mil palabras. Era en esas ocasiones que a veces Ramírez, casi entre mirada y mirada, nos decía que había visto al Lolo:
—No me creerán que hasta me saludó. Me lo encontré en el zaguán de los Valdivia, igualito que siem­pre, usando esa gabardina negra, como si no tuviese otra.
—Eso no es así. ¡Miren! Esa gabardina era su preferida, la llevaba como cosida al cuerpo, entiendan, se la dio Padre. Ustedes saben cuanto respetaba a Padre. Dijo Constantino mientras se levantaba y nos miraba.
Poco a poco lo del Lolo se había convertido en un tabú, aunque ni a López ni a Ramírez parecía preocu­parles mucho. Ellos habían aceptado aquello sin re­sistencia, sin quejarse y casi en silencio. Pero, ¿quién puede quejarse de algo así? ¿Y quién puede preguntar sobre esa materia? Una mirada es una mirada. Como si toda queja fuese inútil y toda pregunta vana. Sin embargo, lo único cierto era que todos estábamos seguros de que eso de transparentarse era algo serio. En realidad, casi nos habíamos acostumbrado a nom­brar al Lolo tan frecuentemente, que uno nunca du­daría que el Lolo no se encontrase aquí con nosotros.
Aquel rito de mencionarlo, de afirmar su presencia omnímoda en todas partes: en el cine, en las reuniones de Fuerte Apache, en una partida de ajedrez. Siempre el Lolo diciendo: «presente». Es como si su mirada estuviera siempre observándonos. En la escuela aque­llo comenzó a convertirse en un despreocupado hábito.
Pero sin dejar de lado los momentos placente­ros, lo del capitán Maravilla y la provocativa princesa de Thule, había algo extraño en todo lo de la presen­cia del Lolo y quizá intuíamos que aquello, casi se había convertido en una adicción. No sé por qué lo se­guíamos haciendo, tal vez era porque muy en el
fondo todavía nos resistíamos a aceptar lo de la partida del Lolo. Comprendíamos el testimonio de su última mirada. Pero aquél hecho había cambiado todo el equilibrio de las cosas; desde entonces lo importan­te ya no éramos nosotros y el Fuerte Apache, ni si­quiera el capitán Maravilla, ni tampoco la escultural princesa de Thule, sino que cada vez más lo único im­portante era el Lolo. Era como si él nos fuese arras­trando contra la corriente y todavía quisiera ser el gran jefe, para continuar con su mirada eternamente.
Aún cuando lo importante no era lo que veía­mos aquí, sino algo que se ocultaba más allá del al­cance de nuestras miradas, y que aún no llegaba a preocuparnos. Algo que nos acechaba más que los visigodos y los sioux o los bucaneros de Chapinero.

IV
Ya te lo digo vale más una mirada que un chisme de mil palabras. Lo que si es cierto es que en la escuela ya todos saben lo del Lolo. Ayer hasta el profesor Eustaquio me lla­mó y me preguntó. Y le dije, la purita verdad, que veíamos al Lolo todos los viernes en Fuerte Apache. Ni te figuras la cara que puso. En todo momento él me miró sin bajar la vista y sin desenvolver una sólo palabra; y luego se mar­chó acompañado de su acostumbrado traje negro acuestas, hasta perderse en el fondo negro del corredor de la Capi­tanía General. Y se los juro que desde donde yo estaba pa­recía que el fondo negro del corredor se lo había tragado. Escena cuatro: el circulo de la mirada.

Poco después de lo de la Jesusita que salió con que lo miraba por todos lados. López le había dicho a Ramí­rez lo fastidiado que estaba de que todos, vieran al Lolo en todos los ángulos de la mirada. Pero también enten­díamos que no podíamos detener las miradas. Pero él sólo era asunto de nosotros. ¡Miren! Todos saben bien que nosotros siempre lo hemos respetado, el Lolo es el Lolo, una mirada es una mirada. Lo de Jesusita pasa como una nube que pasa sin que a veces miremos que pasa. Más para nada me cuadra la mirada que toda la escuela ande al Lolo en todos los ángulos de la mirada.
Dondequiera que vamos nos reciben con que el Lolo ya estuvo ahí. Tienen razón, a ninguno de no­sotros nos gusta que todos tengan en la boca al Lolo. La mirada del Lolo se merece más respeto. Nosotros somos nosotros, lo que no soportamos es esas mi­radas que ni siquiera conocieron bien al Lolo y que ahora andén viéndolo por todas partes. ¡Miren!, que todo esto ya se convirtió en una epidemia, ya no es solamente que anda de boca en boca, sino, míren­lo bien y atrápenlo con la mano, que ahora el Lolo anda de mirada en mirada. Y pónganse de rodillas, lo que dijo la Martita del A1, que se había encontrado al Lolo en el ascensor del B2 y que el Lolo olía lin­dísimo; y por supuesto también estaba lo de Jesusita. Mira que todos los días veía al Lolo cuando el cielo empieza a sonrojarse en colores violetas y naranjas.

V
A poco así, si podemos soñar con el Lolo. Mejor soñemos con la rubia del A22, averigüe por ahí; y te aseguro que luego lo confirmé por allá, que los visigodos se la llevaron, toda una noche para ellos solos. Y ya saben entre luna y luna, punta de estrella. Con todos esos en la pesca, el asun­to ya esta mas allá de la geometría, y solo al alcance del capitán Maravilla y la mirada tangente de la princesa de Thule.Escena cinco: el circulo del sueño.

Luego vino lo de Gallo, al principio no se lo creímos, nos lo dijo una tarde del viernes, después de Educación Física:
—Ayer por al noche vi al Lolo. Dijo Gallo casi con pena y rencor.
— ¿Si? ¿Y te habló? Preguntó Constantino.
— Te lo digo en serio, lo vi, pero no aquí, lo soñé. Y no me gustó para nada el sueño. Esta vez, Gallo lo dijo con un tono de resignación.
Todos le prestamos atención a Gallo, porque él no era de los que escupían balas de salva, su mira­da era poderosa, era la cabeza pensante en las cosas delicadas. Nadie había soñado nunca con el Lolo. Eso de soñar al Lolo era nuevo. Era una evolución de la mirada. Y a López tampoco pareció gustar­le para nada que Gallo soñara al Lolo, porque esa era otra cosa, una cosa totalmente otra cosa. Tan di­ferente como soñar con un bola fulminante de fue­go en lugar de una pelota inmaculada de béisbol.
Al oírlo, nosotros sólo mirábamos a Gallo y; sin decirle nada, todos mirábamos lo mismo. Entonces Gallo nos miró como nunca nos había mirado, casi con la mirada del capitán Maravilla. Como esperando algu­na palabra en las miradas, pero qué podríamos decirle nosotros. Entonces el se termino yendo, y se fue con su mirada cabizbaja, también sin mirar palabra. Al final todo solamente había sido un encuentro de miradas.
Luego le siguió nuevamente lo de la Jesusita, con su dale y dale y dale. Pero, párenle con la Jes­usita, lo que en verdad se me ocurre es que Gallo algo se trae entre manos. Acuérdense de que él nun­ca terminó de aceptar al Lolo como jefe, y que cuan­do hicimos la primera reunión en casa del Lolo, Ga­llo fue el único que después que elegimos al Lolo, salió con la cara destemplada. A todos nos pareció que Gallo nos quería dar vuelta con el tal sueño. Por qué no se lo preguntamos al mismo Lolo. En un caso así puede atreverse a hablarnos. Como decía el Lolo: «Cuando las cosas urgen, las razones miran».

VI
Al día siguiente Gallo volvió a salir con lo del sueño: les aseguro que yo soy el que más quiere dejar de soñar con el Lolo. No es por nada, a mí la mirada del Lolo me sentaba bien, pero esto del sueño no me encaja en la mirada. Es siempre el mismo sueño, él frente a mí, con su mirada fija, a puro flotar en el aire; y haciéndome señales con los bra­zos cruzados al pecho. Para nada me gusta eso. No quiero agujerearles el fin de semana, pero ese juego de miradas no me gusta. Escena seis: el círculo de las señales.

— ¡Miren! No me gusta esa vuelta de hoja, pero lo volví a soñar. Y no me hablaba por más que yo quería que me hablase. Sólo me miraba, fijamente, a los ojos como si su mirada quisiese hablar, hacía señas moviendo sus brazos y cruzándolos frente a su cara, como quien quiere dar vía en un cruce de mira­das; luego, bajaba su cabeza contra el pecho, escon­diendo su mirada. Dijo Gallo.
— Y miren que puede ser señal de algún peligro, Agrego Sandoval. Tal vez los visigodos estén pla­neando asaltar el Fuerte Apache.
—No, ellos no harían eso. Lo de ellos es sola­mente cuestión de conquistar miradas en las calles, nunca le han entendido a la táctica de la mirada fija. Dijo López con absoluta serenidad.
—Yo creo que puede ser más bien un ataque de los sioux, los condenados han estado muy quiteci­tos. Afirmo Constantino
—Tienen razón, yo también los he visto muy apagados, cuando andan así es que algo se traen entre miradas. Dijo Peralta casi al vuelo.
—Ayer en el recreo, vi al gordo Sanhueza hablando con el fósil de Sánchez. Eso me dio mala espina, ya que cuando los vi, ambos dejaron de hablar y como si fuesen pies asustados, se fueron corriendo por diferentes niveles de la mirada. Observo Sandoval
— ¡Miren! Al tal fósil no le crean, seguro de que lo único que persigue es preocuparnos con su mi­rada y, además, ustedes saben bien cuánto detestaba el Lolo a los sioux. Volvió opinar Sandoval.
— ¡Miren! A mí los visigodos no me inquie­tan, desde que el tal Hilario les renunció ya no son la misma mirada. Dijo Peralta
—La mirada afortunada para todos es que Hilario se fue para Perú. En fin, dejemos de mirarnos, ahora sí, vayámonos al Cádiz. Dijo Ramírez.
— ¿Y con qué? si estoy desahuciado, casi transparente, miren que ya desdoblé todas las gavetas y agote todas las miradas y nada. Yo podría conseguir algo, reunámonos mañana a las cinco en el Cádiz, ahí nos miramos las caras y vemos cuánto andamos. Dijo Peralta mientras todos se ponían la manos en los bolsillos.
—Y no se asusten, que de peso en peso, se construye la mirada de la catedral. Sentencio López

VII
Al día siguiente lo que sucedió es que no fueron al Cádiz. Decidieron esperar a López. Ayer avisó que traería buenas miradas. Quizá ya se entendió con el Lolo y desenredó el asunto. Pero López no se había comunicado con el Lolo. Lo que si había conseguido era una invitación para irse el fin de semana de miradas. Escena siete: el círculo dela iniciación.

Nos caerá bien, necesitamos un descanso. Mira apenas son tres días, y lo bueno es que no necesita­mos ir a ningún hotel, ahí está la casa de montaña de tío Horacio, cerca de Girardot. Mira hasta podemos invitar al Lolo, sé que la idea le encantara. Ya saben cuánto le gustaba eso de ira oscurecerse en el Cá­diz, y eso de salir afuera de la ciudad, y vaya suer­te renca que nunca pudimos ir más allá de Zipaquirá.
La verdad, hasta podríamos decirle a la Jesusita que nos acompañe. Aunque sinceramente no creo que venga. Mira, eso no, éste viaje sólo será cosa de noso­tros. Si llevamos a Jesusita nos lo ahueca todo. Ade­más ya conocemos lo habladora que es, uno nunca está seguro de lo que está mirando, hasta que ya la tienes encima haciendo lo que pensaba. Mira, además ni creo que ella venga, no es tan sonsa, bien que se las imagi­nará que si se descuelga con nosotros, le echaremos la mancuerna. Al menos podríamos intentar invitar a la rubia del A22. Mira, esto es para relajarnos. No po­demos llevar a nadie más, además nadie de nosotros conoce a la rubia del A22. ¿Y dónde queda lo de Gallo? ¿lo llevamos o no? Por las dudas, pongámoslo en cua­rentena para medirlo, me late que no anda en buenas miradas. Desde hace ratos lo veo medio raro, además nos va a desfondar el viaje con lo del sueño del Lolo.

VIII
Y la chavala seguía imperturbable como si fuera el único pasajero del bus, la ultima mujer del planeta, la única he­roína de un comic. Ella se peinaba la mata de pelo con rit­mo y esmero, delicada muñeca, que a cada cepillada movía las estrellas. Entonces al bajar el vidrio de la ventana, el aire entró en estampida, descomponiéndole el cabello que rebelde y desbocado, huía hacia atrás. Y allá arriba algu­nos planetas temblaban en sus orbitas. Entonces la chavala para deshacerse de la tiranía de su cabellera, se paro y vol­vió a cerrar la ventana, y los planetas volvieron a su ruta milenaria de eternos aspirantes a carteros. Escena Ocho: el circulo de la revelación.


A la mañana siguiente todos estaban dentro del autobús, menos Gallo, a quien no le habíamos partici­pado del viaje.
— ¡Miren! Aquí va el Lolo, había señalado Lo
pez hacia un asiento vacío.
—Lo que se va a divertir, dijo Ramírez desde el asiento delantero.
—Mira la chavala sentada adelante. Señaló Constantino a López que aún no la había visto.
Entonces López la vio y casi jura que era la prin­cesa de Thule, pero luego se desdigo. Mientras tanto, el autobús había aumentado de velocidad en una recta y desde el retrovisor del camión iban desertando de la mirada, atrás los amarillos del pasto y los verdes de la montaña. Sin perder tiempo el capitán Maravilla volaba de página en página para rescatar a la prince­sa de Thule. Vuelta de página y López que leía que todavía el capitán Maravilla no había podido rescatar a la princesa de Thule. « ¡Miren! Esto del capitán Ma­ravilla no es lo mío, mi mirada va en otra dirección» decía López, mientras la carretera curveaba y el au­tobús domesticaba las curvas marcando con rencor las llantas. Y vaya a saber en qué momento las llantas del autobús dejaron de tocar el pavimento, y quedaron suspendidas en el aire, y el paisaje empezó a ladearse.
Quizás fue cuando la chavala de bucles de oro apabulló su mano de cristal contra su cabellera dorada; y de pronto un coro de gritos salió despedido por las ventanas. El chofer se estremeció y sus manos finas siguieron caprichosamente en otra dirección a la de la mirada. Pronto se produjo una andanada de frenazos, y después también se oyó un fuerte «crash» que apabulló todas las miradas. Y las cosas que giraban y pasaban en aluvión de velocidad y miradas. Y la chavala bucle de oro que iba adelante, salió disparada por el vidrio delantero con la levedad metafísica de un gorrión; se­guida de otros cuerpos que volaban y caían rotundos en una alfombra de piedras espartanas, acompañados de pedazos de metal que pasaban cortando el fino aire, y pedazos de vidrios salpicaban la periferia de la mirada. Mientras, el bus desenfrenado se restregaba con furia de titanes, de vuelta en vuelta rodaba por la ladera ali­sada; y dos mulas que pasaban saltaron como cabras.

IX
Y desde el fondo del barranco volaron cinco pájaros ne­gros. Y el capitán Maravilla descendía por el aire envuelto en acrobacias formidables y una legión de miradas. Pero, ¿Dónde cielos esta la princesa de Thule? Escena Nueve: el fin del circulo.

En la escuela la conmoción fue general y nadie ter­minaba de creérselo. ¡Miren no más!, que únicamente el Lolo se salvó porque fue el único que se reclinó y bajó la cabeza con los brazos cruzados al pecho como recomiendan en los aviones. Y también Gallo quedó fijo, ya que no fue porque su mirada no fue convocada.


Y ahora miren a la Jesusita echa un llanto de paño azul, todavía no termina de creerse que el Lolo fue el único que había salido con su cuerpo entero, su mirada invicta y sus facultades intactas. ¡Miren! Nada más al Lolo, ahora anda pura pena negra. Me­jor que él también se hubiera ido a fundar el Fuerte Apache en otro reino de la mirada. ¡Vaya clavo y mi­rada negra!, lo dejaron aquí, arruinado y solito, con los bucaneros de Chapinero, acortándole la pista, y con los sioux y los visigodos ahuecándole la mirada.
Luego siguió la costumbre pertinaz del Lolo, que ya se volvía borrosa de andar de mirada en mirada; y que al salir de la escuela había visto a Constanti­no en la calle de las Esquinas Verdes y que Pereira andaba preguntado por López en la calle de las Va­lencia. Todos pensaron que al Lolo pronto se le pa­saría, y que pronto volvería a ser la misma mirada.
Pero, miren que ya ratos de eso, y hasta la Jesusita trató  que él entrase en la mirada de la razón, sin lo­grar nada a cambio. Siempre al fin de clases los viernes por la tarde; « ¡miren!, que ahora mismo voy a verlos al Fuerte Apache. ¡Miren!, que nos quedamos de ver en el Cádiz con Peralta. Y miren que el domingo nos va­mos todos a la quinta de Bolívar. Y cuánto nos vamos a divertir cuando nos vayamos a la playa, hasta vamos a llevarnos en la mirada a la rubia del A22. Y miren cómo al caminar el Lolo iba con los brazos pegados al pecho; y luego los abría a todo lo ancho, recibiendo a plenitud la mirada del imperio de Cristo Crucificado.

Y cinco pájaros negros volaron desde el fondo del barranco, mientras en el Fuerte Apache la ban­dera ondeaba a media asta y alguien lejanamente to­caba la trompeta llamando a filas. Eran las cinco en punto de la tarde y cinco pájaros negros surcaron el cielo azul en perfecta formación geométrica. Ma­ñana, al mediodía irremediablemente, atacarán los sioux y el astuto capitán Maravilla por fin rescata­rá la mirada de la hermosísima princesa de Thule.







La casa de los espejos

«Le tigre marche ases humainemetn sur ses deux pates de derrière; il est costume en dandy d’une élégancé raffiné, et ce costume est si parfaitement coupé qu’il est difficile de distinguer…le corps de l’animal». Le tigre mondain, Jean Ferry

«Pero, ¿por qué son así las cosas? ¿Y por qué no son transparentes como la sonrisa cándida y los ojos claros de la güera Almanza?», piensa el Ñeco. Todo comenzó con una espera, como si toda espera fuese solo hacia un futuro lejano, y no hubiese la posibilidad de la espera de un pasado distante. Como si todas las esperas no fuesen al fin y al cabo una fraternidad de la misma espera. Pero también hay algo de metafísico en cualquier espera. Y la güera Almanza que te esperaba en el café...pero no era la güera la que te afligía, sino las calles de Oriente. «Pero, ¿por qué?», piensa el Ñeco. En fin, tirar la vida por la borda, dejar el «Te espero en el café» de la güera por un rato, nada más por un rato. Y al caminar por las calles de Oriente, mientras con la mirada despiertas el recuerdo de las cosas, porque sabes que los objetos no son otra cosa más que pura memoria.
¿Por qué había sido tan difícil volver?, piensa otra vez el Ñeco. Para luego comprobar lo que ya te habían dicho, que la casa de las Valencia había sido demolida. Y, enseguida observas que la calle princi­pal sembrada de encantos todavía conservaba su aire antiguo de humedad de árboles y de casas con bardas de ladrillo rojizo. Todo tan inmemorial y todo tan níti­damente en su lugar; acaso con un poco más de polvo, con algunos colores desfallecidos; y eso sí, pobladas con un aire de taciturno abandono. Y después sigues caminando hasta distinguir a la distancia aquella fuen­te a cuatro chorros, que brotaban de cuatro bocas de peces con los ojos desorbitados, enfrente de la casa de la Mendujanos, la de trenzas largas y ojos de luna.  

II
Y continúas caminando por las calles de Oriente, recordando cada cosa, como si con solo mirar brota­ran a la vida los objetos. Y, sin embargo, encuentras algo que no recordabas haber visto nunca. En el rótu­lo apenas se leía: La casa de los espejos. Entonces, te detienes frente a ella, la ves no sin cierta perplejidad, y con esa calibrada mirada de auscultar algo que no estaba instalado en la ancha memoria; no obstante sos­pechas que aquello te ronda como un satélite omnipo­tente, o quizá como un mosquito lunático. La Casa de los Espejos, ¿Pero qué es esto? se pregunta el Ñeco. Porque la casa más que ancho tenia la profundidad de una larga cuchillada de un pandillero del Bronx; y su techo no era realmente un techo, sino que parecía la cubierta de una galera normanda. La edificación en su conjunto daba la impresión de que empezó con los cimientos de una casa; y remato con otras inespera­das configuraciones, como si su constructor al cons­truirla hubiese cambiado la dirección de la mirada.
Entonces, diste unos pasos al frente, y antes de que pudieses decir una sola palabra, oyes la voz grave de un hombre alto, cuello de luchador y vestido todo de negro.
— ¡Vale la pena1¡ —dijo el hombre.
—Sólo curioseaba… pasaba por aquí —res­pondió el Ñeco.
—Lo sé, lo sé... siempre es igual, todos solo pasan por aquí.
—Viví por aquí —dijo el Ñeco, casi discul­pándose.
—Lo sé, casi todos los que vienen son de por aquí. Dijo el hombre.
—Sí…
—Él recorrido por la casa apenas toma unos minutos.
—Lo pensaré —dijo el Ñeco.

III
|Lo del circo América y la enorme expectación que había causado en aquella época, prácticamente nadie de la escuela se había quedado sin asistir al circo. A pe­sar de que un día antes fue la escandalosa escapada del cuate Elizondo y la revuelta de media ciudad; seguidos de aquel arrebato de gritos en un artefacto que giraba despiadadamente, encadenado a una pala mecánica que a cada movimiento parecía que se desprendía; y que terminó con los gritos apabullantes de Meches echa una completa náusea. Razón por la cual después nadie quiso entrar a La casa de los espejos, salvo el Ñeco
Y desde aquel tiempo nunca más habías tenido el ánimo de volver a entrar en una, pero está vez un de­seo casi infantil y ocioso te condujo adentro. Entonces, entraste y después de pasar un pequeño vestíbulo azul, totalmente vacío, pasaste a un salón amplio y circular, cubierto por un mural pintado de espejos que llena­ba todas las paredes a lo ancho y alto. El mural había sido planeado con el más pavoroso realismo. En cada parte del espejo sobresalía a primera vista, un tigre con el brazo cercenado de un hombre en sus fauces, dos hilillos de sangre se descolgaba de sus fauces y formaban en el piso dos pequeñas manchas rojizas. A su lado yacía sobre el piso el cuerpo de un hombre que por su vestimenta; sin duda era el domador, que estaba tendido bocabajo con el muñón ensangrentado.
En cada recuadro del mural se repetía el mismo tema reflejado que simulaban múltiple espejos. El efec­to de este mural te asombro y pronto un cierto horror empezó a ganarte. ¡Horror¡, ¡Horror¡ No supiste si era el desenlace del recorrido o si aquel cuadro llevado al paroxismo, era sencillamente intimidante. La represen­tación no sugeriría la muerte; sino la de un hombre, el domador: indefenso, moribundo y desangrándose soli­tariamente ante la impasibilidad del espectador del cua­dro. Entonces viste de nuevo al tigre, lo viste a los ojos.

IV
La escena volvió de nuevo, como la mirada del tigre, viéndote directamente a los ojos, como el blanco que cubre la nada. Todo comenzó con apenas una tibia sensación, una masa borrosa de imágenes inconcretas, casi como un film cortado al que hay que ir volvien­do armar. Al principio las imágenes surgían confusas, venían desde lejos: el circo, la escuela, la vieja casa de zaguán azul, la mirada penetrante de Padre, la voz melosa de Madre, la Mendujano y sus trenzas largas y sus ojos de luna.
Las escapadas los viernes al circo América, el « ¿Por qué llegas tan tarde Ñeco?» Por un momento creíste que era una ilusión; la Casa de los Espejos, el pasillo alargándose en la mirada, y una te­nue luz al final del túnel. Pero luego oíste que alguien gritaba:« ¡el tigre!, ¡el tigre!». Una ráfaga de luces par­padeantes había invadido el salón, y casi al instante se había quedado en penumbras. Entre sombras sentiste un movimiento veloz en los espejos, y se oyeron unos pasos lejanos perdiéndose en el fondo del pasillo. Des­pués, a tu espalda, te estremeció un rugido salido de la nada, y la percepción inmediata que a tu lado derecho algo se movía felinamente. Una fuerza inespe­rada te lanzo abruptamente al piso, habías creído dis­tinguir la forma difusa de algo, sentiste el aire de una sombra que había abanicado tu mejilla derecha; y entre sombras, vislumbraste un brazo que no era el tuyo. Te percataste de que se libraba una lucha feroz y, estabas convencido de que alguien se revolcaba a tu lado, pre­feriste no moverte. Oíste la irrupción violenta de más hombres que habían entrado gritando al salón. Viste sus sombras que luchaban contra algo que se había movido entre las sombras. Te aferraste como pudiste al piso, sobre una blanda alfombra. Después te levantaste y corriste frenéticamente por el pasillo, en la huida vis­te o creíste ver rostros aterrados; y oíste a tus espaldas a alguien que vociferaba palabras ininteligibles que se perdieron en el pasillo, que terminaba en el fondo con una puerta entreabierta; la cual dejaba ver las lu­ces del alumbrado eléctrico y de los autos que pasaban veloces. La noche era estrellas y alumbrado eléctrico.

V
Y justamente seguiste caminando, por una larga calle flanqueada por dos largas hileras de árboles, por dos finas líneas de postes de luz, y por dos sólidas filas de casas idénticas de dos pisos; que en la penumbra asomaban la simetría de un espejo. Aquella impresión te hizo fantasear, graciosamente, que toda la ciudad era la imagen reflejada de un grande y único espejo. Fue en ese instante que súbitamente volviste a recordar, que el fin de semana pasado habías dejado a la güera Almanza, plantada en el Café de las Arcadas. Como si todo, al fin y al cabo, terminase en los ojos cielo de la güera Almanza. Te imaginas lo histérica que se habrá puesto. Dulcemente persistes en pensar en ella, y sigue caminando sin rumbo y sin quitarte a la güera de la cabeza. Como si tu cabeza y la cabeza de la güera fuesen una misma cabeza. Y piensas en la güera como si pensases en la última mujer del mundo y piensas en el tigre como el último tigre del mundo. «Te espero en el café a las tres». Como si el «Te espero, Ñeco» fuese una invitación eterna. Pero casi escuchas a la güera decirte: «Pero por qué tanta bronca por un pinche café, mejor alarguemos la cita y nos vemos en tres años a las tres en punto en un parque de Madrid o de New York» Así no más, llevando la tensión al extremo. Te ríes. Ella te mira, «pero apúrate pues, que no queremos que nos deje el tren. Mira que en Sabinas me sobran las mi­radas». Pero el Ñeco desiste. Entonces «Te espero toda la vida a las tres en punto en Sabinas». Pero la güera, sigue fiel al café y no aborda el tren a Sabinas. «Te es­pero a las tres en el café». Te la imaginas como si todo fuese una sola y definitiva continuidad, como si la pri­mera mujer fuese siempre la misma mujer. Con su fal­da tableteada con sus trenzas largas y sus ojos de luna.
¡La güera¡ Sí, debiste venir, debiste verla esperar­te, verla como pasaban los minutos y nerviosamente se pasaba su mano blanca por sus cabellos sedoso, si por su cabello sedoso porque no eran trenzas lar­gas y definitivas. La güera siempre acompañada de su rotunda ingenuidad, pero siempre fiel a ese café de las tres en punto. Y luego dejarla sola, absoluta­mente sola con su mirada. Y el tigre que la acecha, y el tigre que la busca y el tren a Sabinas que se va. Pero sabes que la güera no va en el tren, porque ella te espera en el Café a las tres en punto. Y la ves ca­minar solitaria y fantaseando por aquellas aceras ro­jizas; y el tigre que la va siguiendo. Y la ves llegar al Café y ahí ella te espera toda la tarde. Y tú no llegas.
Oscurece, noche sin estrellas y de viento fuerte y viento verde. Creíste verla nuevamente entre sombras y luz, entre el silbido del viento y el verde oscuro de los árboles de la alameda. La viste correr casi como una niña de trenzas largas y ojos de luna. Y detrás de ella el tigre al acecho. Pero ¿qué hace la güera cami­nando por aquí como una niña de trenzas y ojos de luna? Pensaste, mientras aligerabas el paso para lle­gar a casa. Entonces la dejas ahí a merced del tigre. Apuras el paso y llegas a casa, abres la puerta y subes rápido a la habitación mientras escuchas aquella voz a tus espaldas. « ¿Por que llegas tan tarde Ñeco?» Pero no contestas, porque sabías que era inútil contestar.
El tigre te había arañado, un hilillo de sangre te corría por el brazo. Pasara, pasara, solo es un rasgu­ño; te dices casi con esa tranquilidad del primer res­piro, al salir a flote después de haberte hundido bajo el agua. Todo se resuelve con un poco de alcohol clí­nico, quizás Agua de Florida y el ardor desaparecerá. Y después un tranquilo sueño por la noche, y estarás como nuevo, recién salido a la vida, devuelto de un espejo, de uno de los tantos espejos. Y así te ves, casi en un monologo sordo confesándote: revelas tu peca­do, haberte escapado de la escuela. Pero aquello ha­bía quedado atrás, en un espejo ancho y azul. Y aho­ra quieres huir de la mirada del tigre, del espejo del


tigre. Y en el hondo pasado: la imagen de la niña de trenzas largas y lisas con ojos de luna, que la luna se llevo. Pero ahora has dejado a la güera esperándote. «Mira que no quiero que el tren a Sabinas me deje». 
La ves en la estación, con su boina gris, su blu­sa blanca, su falda tableteada y su maleta en la mano. Cuanto estuvo esperándote en el café, hasta que se canso, con esos ojos melancólicos de niña triste y ebria de amor. Niña de trenzas largas y definitivas, y de ojos de luna. Nada te dijeron días después cuando llegas­te al café, acerca de lo que le había pasado a la güe­ra Almanza. Nadie supo con certeza si lo sabias o no lo sabías, pero a nadie se le ocurrió decírtelo. Porque todos estaban bajo la mirada del tigre. Y nunca mas volviste a verla; poco a poco dejaste de preguntar por la güera. Por algún tiempo seguiste llegando al Café de las Arcadas, y entrabas como siempre lo habías he­cho, perfectamente vestido, con tu traje azul marino, corbata de rombos plateados, con tu cabello untado de brillantina; y dejando ver esa raya que te dividía el cabello en dos mechones. Luego, te sentabas en la barra, frente al gran espejo que cubría toda la pared; y ahí te veías reflejado, pero no era a ti a quien veías, ni tampoco a la güera con ojos de luna, sino que veías al tigre. Entonces, con toda la tranquilidad sonreías, que­riendo escapar de aquella mirada de temblor y miedo, pero en el reflejo, el tigre también parecía sonreírte.
Entonces llegaste al punto, en que la mirada se tornaba borrosa y poco a poco los sueños de espejos y tigres, seguramente, te fueron abandonando, hasta olvidarte del Café de las Arcadas. Luego, dejarlo todo en el fondo, en el fondo blanco de una pared. Don­de la mirada se detiene y uno se pregunta qué habrá después del blanco, qué habrá detrás de la pared, qué habrá detrás de la mirada. Y se abre un vació como si el tigre te hubiese cercenado los sueños. Pero te re­velas, encuentras los últimos filamentos de una espe­ranza tardía. Le das vuelta a la continuidad de la obra, siguiendo las pistas del tigre. Para luego, fijar un plan infinito, idear una táctica permanente, emprender una acción reivindicadora. Reír, soñar, salvar la ternura y la piedad de la memoria o hundirse en ese pozo sin memoria en las garras del tigre. Lo viste, viste su mi­rada fría como la de un maniquí que no tiene vida. Entonces emprendiste la caza de esa mirada que se llevo a la niña de ojos de luna, y dejaste al Ñeco salir todas los fines de semana a recorrer las calles de Orien­te; y es cierto, salías, pero no ibas a visitar la Casa de los Espejos, ni a buscar por algún lado el cielo claro de la güera Almanza, sino que salías por las calles de Oriente, exclusivamente, a cazar la mirada del tigre…