La plaza de los poetas, un cuento de Álvaro Cálix. La reconstruccion de la vida a partir de la ausencia de poder. Post Plaza de las palabras





Plaza de  las palabras en el marco de la celebración del octavo año de la creación del blog Plaza de las palabras, vuelve a publicar el cuento de Álvaro Cálix: La plaza de los poetas. De su libro de cuentos del mismo nombre: La plaza de los poetas, Satyagraha Editores, 152 pp.,  2006. 



La plaza de los poetas: La reconstrucción de la vida a partir de la ausencia de poder


La plaza de los poetas es probablemente el cuento más extenso del autor, y que tiene un marcado anclaje testimonial y  de reflexión sobre la vida moderna, en que subyace una  crítica a la racionalidad y a la  falsedad del mundo postmoderno. Cuento que alberga un hálito de irreverencia ante las apariencias y la superficialidad de las cosas. Pero también denota un marcado  carácter existencial y a veces vano del hombre postmoderno por encontrar el sentido de la vida en la complejidad volátil y la prisa del mundo.  Cuento narrado en primera persona, casi como un testimonio  vivencial, por medio de una carta del protagonista narrador, dirigida a su profesor o mentor, en que paulatinamente va dando cuenta de su existencia y esgrimiendo su parecer sobre el mundo que le rodea. Se condena el mundo, que declara: “no me sentía parte de un mundo sino de pequeños mundos cargados de sinsentido”. Y que en otro tramo de la narracion le hace pensar,  “del malestar que sentía con la vida, de mi indiferencia hacia el mundo.”


El joven personaje también en un tramo de la narración afirma descreer  de la realidad: “me pregunto entonces si ese paisaje no sea acaso una ilusión proyectada… un gran holograma.  Será que los universos no son otra cosa que las coordenadas de un híper almacén, el mundo es una pantalla, o mejor dicho muchas pantallas”. Personaje que declara estar en un “exilio premeditado”.  “ser un renegado”. Y que ve la realidad de los pobres como  un “collage social”.  No  obstante no todo es pesimismo o desencanto, porque intuye que “a veces me conmuevo con la idea de que debajo de esta superficie banal, de este reino de lo instrumental, subyace un espíritu de ternura, un motivo por el cual tiene sentido esta aventura de la vida”. Por lo que también “cada vez anido la certeza de que somos viajeros, peregrinos que estamos aprendiendo algo durante el paso.”


El discurso condenatorio del personaje  hacia el mundo o la existencia, sean pasado o actuales es un punto recurrente en muchos de los textos narrativos o poéticos de la modernidad y postmodernidad. De poesía Tierra Baldía de T.S.Eliot solo para citar un ejemplo. Pero en narrativa, recordemos El hombre sin atributos (1932), monumental novela de crítica a la modernidad de principios del siglo XX. Sobre  aquel hombre sin atributos que condenaba Robert Musil o la náusea del existencialista  francés J.P.Sartre.  O el filón del absurdo en Camus y Beckett que cita el autor. Todos textos críticos a  la racionalidad del mundo y a su vez identificados con un mundo sin sentido. De ahí que   la crisis de la racionalidad moderna que también ha afectado a todo tipo de humanismo, sea del signo que sea, ha llevado al hombre a sentirse acorralado y a veces asfixiado ante las demandas del mundo moderno.  


Por eso emerge el prototipo que promulga Musil con su personaje, Ulrich, quien expone que la vida es un “círculo de problemas sin centro”. Para darle cabida a esas posibilidades , de resignación o  de conformismo ante la existencia. Hombre sin atributos que puede ser cualquier ciudadano del mundo actual. Aunque Ulrich no sea  un hombre sin atributos,  por el contrario es un lúcido matemático. Cuando Musil habla de hombres sin atributos no se refiere tanto al conocimiento o la falta de talento, sino a la inacción. Para Musil el   hombre sin atributos es alguien que aun estando consciente de las características del mundo moderno,  no toma una posición por cambiar ese mundo o sencillamente cree que cambiar ese mundo ya no es posible. El personaje de Musil es un hombre sin ideales. Una especie de antihéroe. En el fondo del discurso de Musil, hay ecos de aquella sentencia de Marx: De lo que se trata no es de interpretar al mundo sino de cambiarlo. Pero también hay ecos de aquella declaración neo testamentaria de San Pablo: renovaos por la transformación de vuestro entendimiento. Por lo tanto, Ulrich se vuelve solo un observador pasivo del mundo.  


Sin ahondar más en esto, para establecer un paralelismo del Cuento La Plaza de los poetas. Calza más un texto precursor, y de enorme influencia en la literatura del siglo XX, especialmente en la vertiente del existencialismo y en autores como Kafka, y que además sirvió de base para fundametar   obras posteriores del mismo Dostoievski: Memorias del subsuelo (1864). Novela breve en que Dostoievski planta un personaje atípico para la época. En que un personaje anónimo ex funcionario de la cosa pública, reflexiona sobre la vida y el mundo desde un postulado nihilista. Novela narrada en primera persona,  a partir de una  relación dialógica por medio de la diatriba cuando el narrador protagonista se dirige a un personaje ausente. Así, vía soliloquio o monólogo interior, el personaje de Dostoyesky descarga sus amarguras sobre la vida, discurso aparentemente dirigido al lector. En la novela el personaje de Memorias del subsuelo, es llevado a posiciones extremas de venganza y hasta de delinquir. 


En sentido contrario en el cuento Plaza de los poetas, pese a su discurso condenatorio y a veces irreverente su personaje no llega a posiciones extremas,  sino que su crítica la hace desde un sentido idealista. El personaje anónimo, posiblemente un estudiante joven, que parte de una visión idealizada del mundo y con una alta dosis de integridad,  aun a sabiendas de la gran crisis espiritual que abate el mundo moderno. Por lo que en un momento de la narración, como si fuese un poeta de la vida,  le hace pensar que “un poeta es un pez de agua dulce, lanzado arbitrariamente al mar”.  El personaje anónimo, quien se dirige por medio de una carta en que explaya su discurso a su profesor o mentor, y vía indirecta al lector.  Sin embargo, aun en su aparente desencanto e incredulidad, el personaje en  el cuento de Álvaro Cálix, no se queda en brumas o en un horizonte oscuro y vacío,  sino que encuentra un asidero en un hilo de la realidad. 


Este convencimiento o ascesis va desarrollándose poco a poco. En  ese contexto en otro tramo de la narración, en una especie de transición  el personaje se acerca a vidas modélicas o puntos referenciales y menciona entre otros “en ese tenor, pienso que me falta el temple del kaji de kobayashi para luchar al filo de la navaja. Es demoledor el destino de kaji,”  o el “meursault barruntado por Camus”, o “cómo vaciarnos del sinsentido para no quedar esperando para siempre al Godot de Beckett.  O “¡qué incluso el camino del Siddhartha de Hesse me hela, al tiempo que elogio su búsqueda, su autenticidad, su vaciamiento interior para poder escuchar la voz del río”. También afirma: “me veo tan lejano a la metamorfosis del padre José en el poder y la gloria de Greene, me identifico,  cómo no, con el padre Sergio de Tolstoi, un buen trazo, incluso llegando hasta los confines de la siberia”. 


De esta introspección el narrador protagonista  va trasponiendo hilos para ir construyendo una salida que si bien se presenta circunstancial, está dentro de su ámbito. Nada de búsquedas lejanas o viajes a oriente. Lo tiene todo a la mano. Construir la esperanza o reconstruir la vida a partir de la “ausencia de poder” en el sentido   del teólogo  Karl Rhaner o sencillamente atrapar la dignidad de la vida en el oficio o trabajo que nos ha tocado desempeñar como proclamaba Alfonso Guillen Zelaya en su poema filosófico Lo esencial. Desde lo más sencillo, desde lo cotidiano, desde las personas a manos, se puede reconstruir “el mundo de la vida”  para usar un término de Habermas. Por eso el personaje, paulatinamente va ampliando ese horizonte, que al principio era lejano y brumoso, convirtiendolo en un horizonte más  cercano, nítido  y luminoso. 


El joven personaje emprende  en un parque un experimento social, a partir de la lectura de la poesía. Llega a la   modulación final, al decir  “me siento poeta... aun sin escribir versos”. También dice al final: “creo que al fin he encontrado un punto de partida.” De ahí que el cuento a pesar de su tono pesimista inicial,  termina, si bien no en un total final feliz,  sí  en una apuesta por la acción, por encontrar el sentido entre los sinsentidos.  Es decir hablando poéticamente, logra la armonía entre los opuestos, en el sentido  del poeta  Keats. Pero sobretodo, y esto es fundamental, lo que nos enseña el personaje anónimo y joven del cuento, es que la transformación empieza por uno mismo. Y está  no se puede hacer desde la soledad, sino que una vez hecha la introspección,  celebrar la vida con el encuentro del prójimo. En una  verdadera Celebración por la Vida y todo ocurre en la Plaza de los Poetas. 



   

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La plaza de los poetas


Álvaro Calix 

    La soledad significa sentirse solo no de un modo agradable sino de un modo que atemoriza y vacía, a tal punto que significa exiliarse de uno mismo  (Thomas Merton).

Recordado profesor. Sospecho que de inmediato va a pensar que algo anda mal conmigo. Sí, ya sé… que solo lo busco cuando tengo problemas. Discúlpeme, no tengo a quien más contarle. Espero que vayan bien sus asuntos, y que su hija Emilia esté bien. ¡Cómo pasa el tiempo!… Hace casi dos años que salí del país. Creo que para navidad voy a estarme unas semanas en casa. Ya ve, apenas faltan unos meses para reunirme otra vez con la familia y, por supuesto, hacerle una visita a usted. Una buena noticia: ya le conseguí el libro de Emil Cioran que me encargó. ¿Y adivine?, también le voy a llevar una copia de Dersu Uzala, no la novela de Arséniev pero sí la película de Kurosawa. Los estudios en la universidad van bien. 

¿Qué es lo que me pasa ahora? Estará usted intrigado. La vida universitaria en sí misma es fascinante, quizás más todavía en su faceta extracurricular; sin embargo, afuera del Campus me siento cada vez más extranjero; sobre todo, al olfatear el miasma de la gente que vive aquí. La ciudad me parece, cada vez más, una fría y gran altiplanicie con guetos de pobreza y de riqueza cosidos por hilos: desde amplias autopistas hasta maltrechas calles en las barriadas. Los parques se colman de locos y mendigos; pero también de jóvenes y viejos sin empleo, que en tropel van de aquí para allá, matan las horas y asumen poses y discursos, inventan posibilidades, maldicen gobiernos y luchan contra el desaire. Los parques parecen cementerios de almas empotradas en cuerpos que transpiran. Los crímenes están a la orden del día, si supiera usted. Cuerpos sin cabeza aparecen de repente sobre cunetas de calles solitarias o bien desmembrados dentro de costales tirados en barrancos o a orilla de los ríos. Luego llegan los chacales, limpiándose todavía las hilachas de comida entre los dientes tras el desayuno, esos que están solo para cazar la nota roja, sacando fotos en primer plano y tomando videos en la escena, como afortunados filmando una película de terror que no distingue ficción de realidad. Los difuntos, sepa usted, casi nunca pasan de los treinta años, los llevan a la morgue, pasa el tiempo y a muchos nadie los reclama. Este es un país que se desangra, los vampiros viven en su edén. Ya la gente casi no sale apenas se mete el sol, o lo hace como si se aprestase a ir a un campo de batalla. Entonces, por arte de magia, aparecen señores de pronto convertidos en expertos que recomiendan más guardias y más armas. Más carbón a la hoguera.  

Camiones y tanquetas, repletas de bisoños soldados, pintan de verde olivo vastas áreas de la ciudad. Hay que andarse con cuidado. El miedo se respira palmo a palmo y la desconfianza se nota harto en los semblantes. ¡Qué contraste!... con la sonrisa retocada de los rostros que exhiben los afiches proselitistas, que por doquier, irrumpen el espacio de la urbe. Esperpentos maquillados que antes del día E dicen sí a todo como disco rayado, que abrazan ancianas y niños para sumar dianas en su juego de dardos. Poco hay de esa farsa que no quede atrapada en la trama Díaz-Fuentes-Vieira urdida en el Dorado de Rocha. Me refiero a Terra em Trance, usted ya la vio si mal no recuerdo. Después del circo de carpa que montan, la espuma se desvanece y la gente vuelve a su redil, vuelve el miedo… y el rechinar de dientes. Lejos de exagerar, el pánico sólo se matiza los domingos al son de los carnavales fáunicos que terminan en la resaca y el aliento acre del lunes, o cuando se llenan los estadios de fútbol… ahí, cuando estalla el hincha y se adormece −embriaga− el hombre-esclavo

Desde que apuré mis primeras vueltas por las zonas del comercio, me sorprendió la gran cantidad de tiendas resguardadas por guardias de compañías privadas… “La paz de los fusiles”, como dice un amigo poeta. No acaba ahí el asunto… Si uno por casualidad anda de visita por alguna zona residencial y, exhausto por el reflejo del sol en el pavimento, se detiene un segundo para tomar aire a la sombra de una arboleda, desde ese momento se le quedan viendo a uno y, tras bastidores, los aparatos de seguridad comienzan a bregar, por si las dudas. No digamos si toca hacer alguna diligencia en las villas privadas. Son territorios sitiados, y andando uno a pie le ponen una de trabas, interrogatorio cuasi policial de por medio, antes de obtener –si se camina con suerte− el permiso para entrar a esas áreas palaciegas. Parece que en la ciudad sólo está permitido ver los escaparates de las tiendas, prerrogativa incluso asequible para los habitantes de las barriadas, que faltos de espacios, ¡figúrese usted!, visitan por centenares los megacentros, en un ir y venir jubiloso por los pasillos, para ver, tras los cristales, las impagables mercancías.  

Es siempre la misma historia de las cuentas de vidrio trocadas por oro. Lo advierto por ejemplo cuando veo a ese gentío afanado por las mercancías del viernes negro, filas y filas a las que no se les mira el rabo. Dele y dele pasando la tarjeta de crédito por la maquinita, y mañana… ¡Jesús, María!  Solo me acuerdo de los pueblitos del interior de nuestro país, pegados con chicle en cerros de laderas prominentes, donde entra a las cansadas uno que otro camión. Y hasta en esos lugares apartados ve uno como las familias desperdician en los solares las naranjas y los mangos que se caen y pudren en el suelo, como si de estiércol se tratara, a falta de manos que los acopien; o bien malvenden sus menguadas cosechas de maíz y frijol para irse a comprar a la pulpería una botella de dos litros de esos refrescos carbonatados que son más veneno que otra cosa. Cuentas de vidrio por oro, la maldición de la ignorancia. Pues así me parece con los lunáticos viernes negros en esta ciudad que se las da de moderna.  

Si uno se toma el tiempo para recorrer la urbe de extremo a extremo, se da cuenta que es como estar en varias épocas y en diversos países al mismo tiempo. Allá en nuestra “aldea”, profesor, es algo distinto, porque es todo tan angosto que no se puede ocultar la pobreza desde ningún ángulo; parece un mosaico, o quizás mejor valga decir un collage social. En cambio aquí… uno se siente tan pequeño, insignificante, como si la metrópoli nos engullera de un bocado. 

No en vano le relato esto. Tal vez no les suceda a todos, a mí es que me da una fiebre, siento un desgarramiento, un virus que acaba con las defensas. La vastedad de estos lares alienta en mí un vacío, un desasosiego que asfixia. Sin duda, profesor, vivo en un exilio premeditado. 

Dicen que soy un renegado, y a lo mejor llevan razón. Se acuerda que lo mismo decían allá. Sé, como usted insistía, que puede ser de otra manera, pero este sol quema y a veces tardo en hallar la sombra. Quiero vomitar cada vez que se me restriega en la cara que la vida no es más que un mercado. Ya nos venden la tierra, el fuego, el agua, solo falta que nos transen el aire. Qué hay que no se compre, qué hay que no se venda. Y la verdad, creo que no tengo ganas de vender nada.  Podría buscar mi papel en esta tragicomedia y parte sin novedad. Taparme los ojos y vivir mi rollo; sí, podría hacerlo y no tengo nada en contra de los que optan por esa vereda.  Pero este desierto me persigue y me calcina y no quepo debajo de las piedras. Sé qué hay un mar tras las dunas, he soñado con su brisa y su azul y aunque sea a rastras iré tras él. Si por eso soy un renegado, lo soy y qué. Buscaré sitio en los bosques de Walden. 

Tal vez la gota que derramó el vaso, lo que me hizo asumir que estaba mutando hacia no sé qué condición, ocurrió en los primeros días de junio. Discutía con mis compañeros en la sala de estudios un texto de fenomenología crítica; poco a poco, las voces de mis compañeros se fueron apagando. Solo podía mirar sus gestos. Observaba risas, muecas y reproches, mientras yo quedaba petrificado con la mano izquierda deteniendo la sien. 

Entretanto, mi conciencia se posó en lo alto de la sala y con la mirada fui ampliando el panorama: la salita, el pasillo, estudiantes que iban y venían, catedráticos errabundos, y supuse que afuera: tráfico, sol, ciudad-prisión. Quería estar en todas partes y no en algún sitio en particular; no me sentía parte de un mundo sino de pequeños mundos cargados de sinsentido. Me aterró tener conciencia de mi finitud. Como un rompecabezas con piezas trastocadas, me vi fragmentado en pequeñas partes que no lograban concordar. Al volver en mí noté, a juzgar por la ausencia de extrañeza en mis compañeros, que nadie había advertido la fuga. Volvieron las voces, la agitación en los pasillos y el espeso aire del mediodía. Pero también escuché otro sonido en medio del avispero, filas de pentagramas desfilaban y se balanceaban en el aire, y yo sentía que venían hacía mí. Sin dar explicaciones, dejé el asiento y me marché.  

Como arrastrado por un oleaje, fui siguiendo el hilo de música de violín que, tenue, provenía de las aulas del edificio de enfrente. Subí hasta el cuarto piso. Cuando logré dar con el lugar del que brotaba la música, me quedé afuera del aula, escuchando la sonata, como quien oye en una playa el murmullo de las gaviotas. Sentado en el suelo y con la espalda contra la pared, sucumbí a la duermevela, con la mente en órbita hacia un viaje interior que, descombrando viejas resistencias, me llevaba dentro en una luz envolvente, cuyo reflejo permitía ver el yo de las sombras. Escuchaba todavía con nitidez la música del aula, como si las notas traspasaran la piel y los tejidos. Y ahí estaba ese yo, agazapado, cautivo entre paredes enmohecidas, con los ojos alelados por la luz, gimiendo sin consuelo. Días más tarde pensé que durante ese viaje pude hacerme uno con mi yo arcano, aspirando efluvios de las entrañas para llevarlos conmigo a la superficie. 

Le cuento que en medio de esa segunda fuga había perdido la sensación corporal, no era consciente de mi densidad, podría decir que flotaba en un espacio sin tiempo, hasta que una joven de pelo corto tocó mis hombros, para despertarme, y luego preguntó si me sentía bien. Muy bien, le dije, largando un suspiro de alivio, como si aquella frugal siesta me hubiese quitado un peso de encima. Al menos eso pensé yo.     A partir de entonces, las cosas han cambiado; en cierta forma, estuve a pocos segundos de enfrentar mi soledad. O quizás la enfrenté, solo que de una manera que no alcanzo recordar.  Tal vez sean los primeros estertores del camino que lleva a despertar. Pero las secuelas no han dejado de ser dolorosas. 

A veces me dejó arrastrar hasta el fondo del foso, y, créame, es el infierno… la tierra del sin-deseo, ni siquiera asoma la rutina, es la desidia pura, que no se anda con rodeos. En verdad, hay momentos en que me agobia un tedio inescrutable. No quiero ver a nadie, ni siquiera el reflejo de mi cara en el espejo. Y si me descuido, después, aflora una agresividad inusual, un repentino afán por lanzar objetos contra la pared y maldecir mi hora. Hasta he pensado en atarme con una cuerda, literalmente, para no ir a liarme a golpes con el primero que me lance una mala mirada. 

Mis peores momentos suelen transcurrir después de la jornada en la facultad. Como usted sabe, vivo en el cuarto piso de un modesto edificio de apartamentos, algo retirado de la universidad. Tengo que coger dos autobuses y atravesar el segundo anillo de circunvalación. Al llegar al edificio, sin fuerzas por la jornada de estudio, también por el largo viaje en autobús, siento como si estuviese a punto de ingresar a un foso de concreto, chato y húmedo. 

Cuando abro el portón, creo dejar atrás, no la universidad, sino un mundo de rostros cetrinos que dando manotazos finalizan el día. Y luego de avanzar por un pasaje de gradas, que se abre paso como gusano, entro a mi pieza con la sensación de estar sepultándome. Le cierro la puerta al mundo, y al mundo no le importa, no tiene tiempo para mí, es más, no sabe quién soy yo. Me siento un bagazo. 

En los días pico del malestar, me enervo tanto que enciendo la televisión y me echo en un mullido y destartalado sofá; tiro los cuadernos a la mesa que hace las veces de comedor y, como loco, hago desfilar los canales en busca de algo que me aturda y ayude a olvidar el paso de las horas. A veces, sigo los noticieros un rato para tomarle el pulso a las crónicas del día, o peor, como espectador cómplice, disculpe usted, de ese teatro con juegos pirotécnicos que nos exhiben para disfrazar la guerra en Medio Oriente. Muy pronto me harto o me dan ganas de vomitar y busco videos musicales para terminar después embobado con alguna película. Si no concilió el sueño, se complica más el asunto, tampoco me apetece leer. Apuro algún bocado para medio cenar y tomo asiento para aguardar los regaños de la señora del cuarto de junto, que reprende a su hijo porque volvió a venir tarde de la calle. 

Como no tengo ni quiero tener teléfono, no le puedo hablar a nadie. Por lo que, ya hastiado del televisor o de la radio, me acuesto en la cama, boca arriba, y comienzo a revolver la maraña de hilos que son mis pensamientos, o mejor dicho, comienzo a enfrentarme a mí mismo, contra ese yo relegado pero punzante que me aguarda cuando alejo la última mediación. Antes, cuando estaba en el país, podía recurrir a usted e invitarlo a caminar linterna en mano por las orillas de la ciudad. ¿Recuerda que varias veces nos sorprendió el amanecer?, mientras conversábamos hora tras hora sin apercibirnos del tiempo. Bueno, no tengo con quien hacer algo así por estos rumbos, y caminar solo, durante la noche, es arriesgado, por decir lo menos. 

En la mañana, despierto y el sopor del mundo sobrepesa mis párpados. Solo el deber cotidiano logra ponerme en pie. Abro las cortinas y observo el amanecer. Un amanecer a medias por la gruesa cortina de esmog. La ciudad aún calla, parece inmóvil, sorprendida por los primeros rayos de luz. Pero, incluso dentro de esa quietud, temprano se ve a hombres y mujeres que, como hormigas, preparan el ritual del nuevo día, esa repetición autómata de un mundo que raya en lo absurdo, digo, la recreación de “un mundo para casi todos jodido”. Sé que el esfuerzo humano es una de las caras más nobles de este paso por la tierra. Ese no es el problema. Mi rollo es aceptar así por así que esa densidad de faenas abone para tan poco, o peor, que sirva para hacernos tanto daño, para dividirnos y embrutecernos, en fin, para construir el pedestal sobre el que unos pocos cogen el garrote y la zanahoria con los que se señorean en este mundo. A veces pienso que entre más nos afanamos más rápido topamos con un callejón sin salida. ¿Y entonces qué, dar un paso atrás?... Sí, de nuevo reconozco que usted tiene razón cuando dice que puede ser diferente, pero el peso de este imperio aplasta sin clemencia. Hasta aplanarnos. ¿Cómo despertar? El aliento de la Hidra, mortífero, penetra cada rescoldo de este mundo. Sé que más allá de donde mis ojos alcanzan a ver, un monstruo de cien cabezas en la sombra echa andar esta fábrica de actos cotidianos que sin aparente sentido consuman nuestra gran celda. Una gran jaula ubicua, profesor. 

Más de alguna vez, subo a la azotea del edificio, veo entonces los reflejos del amanecer en una panorámica de trescientos sesenta grados. Cemento, asfalto, cemento y solo muy lejos, asoman las montañas y un manchón de tierra sin hormigón. No se inquiete, no pienso ni se me ocurre lanzarme al vacío, a menos que supiera volar. Me pregunto entonces si ese paisaje no sea acaso una ilusión proyectada… un gran holograma.  Será que los universos no son otra cosa que las coordenadas de un híper almacén cósmico. La pregunta que me acucia es para qué se ha creado esta compleja máquina que es la vida percibida. Si uno se pone a pensar… ¿No son nuestros recuerdos y sueños un holograma que proyecta muestro cerebro?, ¿cómo un cerebro tan diminuto puede imaginar vastos mundos sin espacio y tiempo continuos?  Quizás tengan razón los que dicen que en cada una de las partículas de la vida se codifica el todo, y todo está conectado por las mismas vibraciones en un vasto –y a la vez minúsculo− océano cuántico. Un gran cerebro. El mundo es una pantalla, o mejor dicho muchas pantallas.  Sea o no sea así, siempre termino pensando que lo que no puedo cambiar, lo que al final es lo que cuenta como real, es lo que siento frente a esa fracción de mundo que captan mis sentidos. Ese soy yo.  

Los pensamientos en la soledad son una vorágine, mareas que van de aquí para allá, al influjo de una gravedad indescifrable. Y en el fondo, en la más basta oscuridad de los tiempos, no sé cómo explicarlo, sí, ya sé que a usted no le gusta que le hable de esto, pero cómo sosegar esa intuición de qué, más allá de mis elucubraciones,  el mundo responde a una mente maestra, a una gran fuerza creadora que excede mi entendimiento. Sin embargo, al final termino siendo vencido por mis juicios racionales y cedo a la idea de que no hay tal misterio y que todo se debe a una cadena de eventos físicos y químicos. Negar lo trascendente es, creo, una autoimposición de mi orgullo para no abdicar de mis premisas. A veces me conmuevo con la idea de que debajo de esta superficie banal, de este reino de lo instrumental, subyace un espíritu de ternura, un motivo por el cual tiene sentido esta aventura de la vida. Pero es una ecuación muy compleja para las neuronas de mi cerebro, entre más la quiero comprender más lejos me arroja el viento de alguna tierra firme. Como sea, al final, aunque me cueste aceptarlo, cada vez anido la certeza de que somos viajeros, peregrinos que estamos aprendiendo algo durante el paso de nuestros días, un acervo esencial para un nuevo viaje. Usted podrá decir que mi devaneo es nada más una falsa esperanza,  esas eran sus palabras, ¿no es cierto? Así me lo ha dicho cuando nos internábamos en las preguntas de algún modo incontestables. No sé, creo que es una esperanza, no necesariamente falsa, pero también, como le digo, es una intuición que me viene desde muy adentro. 

De sobra está decir que cuando alumbro esos pensamientos me invade un temor innombrable, es el miedo a la zozobra, a perder las certezas de mis juicios, es como si me abandonara a un desierto donde todo lo que uno atesora −por supuesto en mi caso eso alude al conocimiento, no a las posesiones materiales− pierde sentido, es carga pesada para el andar. Así como en alta mar se pierde de vista la franja de la costa, así en este desierto no se ve por momentos más que arena y sol, y cuando aparece el espejismo de un oasis el alma vuelve a afanarse por unos instantes hasta que descubre que el desierto sigue imponente, y uno se pregunta si hay algo más que esta tierra yerma. Aparece de pronto en la línea del horizonte un paisaje verde, tupido, y esta vez uno está seguro de que no es otro espejismo, pero el paisaje no deja de ser esquivo, está más lejos de lo que parece a simple vista; aun así, sentimos el aroma de la vida fecunda, y esos breves indicios nos hacen tolerar la marcha en la aridez. Quizás rehúyo a transitar mi propio desierto, pero intuyo que tarde o temprano lo tendré que asumir, no creo que por la fuerza del destino sino por un llamado de mi interior. Es más, a lo mejor ya estoy atravesándolo, es solo que no me doy cuenta todavía porque mis ojos trocan la aridez por un variopinto paisaje de figuras, colores, rostros, reflectores, tramas, un decorado alternativo para huir de lo insondable. Quién sabe. 

Perdone en verdad mi desvarío. No puede imaginar usted, a menos que le haya sucedido, cuánto cuesta hallar sentido a este abandono que hacemos de nosotros mismos, a ese refugio maniático en la idiotez, en los fatuos carnavales que nos montan en cada tarima de pueblo. Nos volvemos locos estirando los momentos cuanto podemos, sólo para terminar viéndolos estallar e inundarnos de agonía. Confieso que en esa tesitura, cuando pierdo hasta la mínima certeza y se aleja todo propósito, la impotencia me seca…  Dejo de ser peregrino, me convierto en hombre-ausente, y mi aliento sabe agrio, como la propia rutina que condeno. 

No es que quiera hacer alarde de las decenas de películas y libros que puedo paladear en esta universidad, que conste, sin pagar un centavo. Es solo que es difícil prescindir de ellos para explicar mis búsquedas. En ese tenor, pienso que me falta el temple del Kaji de Kobayashi para luchar al filo de la navaja. Es demoledor el destino de Kaji, de la lucha por la bondad al instinto de sobrevivir, sobrevivir para volver a tener una vida sencilla sin órdenes superiores. Hay que estar bien loco para aventurarse a ir siempre contracorriente. Comparto su rebeldía al tinglado belicista aunque no quisiera morir en medio de la nada, como un desecho tirado en la tundra. Pero de una u otra manera todos morimos así, ¿no es cierto? A veces quisiera más bien un remanso, ni aguas abajo ni ir contra su flujo, tal vez un poco al compás del Meursault barruntado por Camus, un hombre que deseaba un poco de aire fresco y naufraga sin resistirse, pero entonces cómo salirnos del absurdo sin caer para siempre en la arena movediza del despropósito. Cómo vaciarnos del sinsentido para no quedar esperando para siempre al Godot de Beckett.  ¡Qué trampa!, ¿no es así? No lo sé, incluso el camino del Siddhartha de Hesse me hela, al tiempo que elogio su búsqueda, su autenticidad, su vaciamiento interior para poder escuchar la voz del río. Me veo tan lejano a la metamorfosis del Padre José en el Poder y la gloria de Greene, pero quién puede negar que al final asumió su hora, aunque esta le marcara el patíbulo. Me identifico,  cómo no, con el Padre Sergio de Tolstoi, un buen trazo, incluso llegando hasta los confines de la Siberia, para entender las mil caras del orgullo y la banalidad de nuestros sueños y, sin embargo, tenemos derecho a soñar. 

¡Literatura y cine!, cuánto nos ayudan a comprender este mosaico. El problema es que a lo mejor necesito mi propio rodaje, con el talego de los que ya cruzaron la vía, para no caer en lo plano. Mi abuela decía el vivo a señas y el tonto a palos. No se menosprecie la experiencia de otros. Pero cada cual debe procurarse su propia andadura, experiencias de carne y hueso para encontrar la ruta. Curtirse. Aunque primero debería contestarme si debemos de seguir una ruta en particular. Las trayectorias de la vida son como una curva que siempre tiende a caer sobre su eje horizontal, tarde o temprano el curso de los días nos lleva a soltar toda pertenencia, queramos o no, renaciendo en esta vida o al momento de morir sin ningún atavío, pues no podemos llevarnos nada. 

Quizás, a mi favor, soy de los que en la adversidad trato de buscar la luz al final del túnel. No sé cómo ni dónde buscar, pero trato de moverme a tientas, siguiendo algún reflejo, o mi propio instinto. Puede sonarle baladí, pero una noche, varios meses atrás, realicé un intento que tiene algo de embrionario, de huella para trazar una senda más larga, un puente con lo cotidiano. Fui al cine, a la penúltima función; al finalizar la película, todavía no tenía ganas de irme al apartamento. Pensé que si me metía a la otra sala del cinema, así pasaría el tiempo. Como no me atrajo el filme, sospeché que sería un bostezo quedarme. Fue entonces que por pura maña me acerque a la taquillera. Parecía de mi edad. Ya la conocía, habíamos cruzado algunas palabras un par de veces, suficientes para enterarnos de que vivíamos en la misma zona.  

El pasillo que da a la ventana donde venden los boletos estaba desolado; así que, luché contra mi usual retraimiento, e intenté abrirle plática para después invitarla a caminar, porque ya iba a concluir su turno de trabajo. Le ofrecí una barra de chocolate, en realidad era la mitad que me había quedado de una que compré el día anterior. Con frío cálculo, supuse que era poco probable que aceptase ir conmigo; por eso la abordé sin muchas expectativas. No tengo por qué mentirle… ¡Aceptó! Afuera, el viento soplaba suave pero frío. Le presté mi suéter y nos internamos en la avenida.   

Cuando los faroles de la calle comenzaban a verse a cuentagotas, me preguntó si era buena idea caminar. Dijo que era mejor tomar el autobús, todavía corrían a esa hora. Estaba asustada porque cerca de aquí asaltaron a una señora días atrás, al parecer antes de las ocho de la noche.  No les bastó robarle la cartera, también le hundieron dos puñaladas. Quedó viva de milagro. Le dije que no se preocupara, que yo conocía bien el trayecto. Se encogió de hombros y seguimos andando. Muy pronto me vi envuelto en su perfume, suave y con olor a vainilla. Cuesta imaginar cómo con los sueldos de hambre la gente se puede comprar esos perfumes importados. O será que son buenas imitaciones. Sin andar con rodeos, le fui hablando de mi ánimo, del malestar que sentía con la vida, de mi indiferencia hacia el mundo. Por más que me esforzaba en parecer suave y marcar los énfasis, ella parecía ausente, sin ganas de hablar, como si estuviera a mi lado en una cápsula. Me miraba por compromiso, quizás, porque le prometí llevarla a su casa.  

Pronto me cansé del monólogo y se me ocurrió preguntarle si le pasaba algo. Metiéndose las manos en el suéter, y haciendo más lento el paso, me contó que su madre estaba enferma y que necesitaba con urgencia una operación, entiéndase que muy delicada. Dijo además, que en el hospital no tenían cupo para operarla sino dentro de cuatro meses. Perdí el hilo de lo que me decía cuando pasamos por un tramo de calles llenas de basura, hecha un reguero en el suelo. Los pepenadores abrían las bolsas en busca de latas, botellas y otras gracias y las dejaban así. Los perros se encargaban del resto. Nos tapamos la nariz y redoblamos el paso para salir de esa hediondez. Las luces de los pocos autos que pasaban en dirección contraria a nuestra marcha, alumbraban por momentos su cara, así que pude advertir rastros de dolor en su expresión, a la vez que se esfumaba, sin retorno, la sonrisa que en ella, mientras atendía la taquilla, parecía inextinguible. Contrariado, decidí no hablar más. Ella tampoco lo hizo. Avanzamos varias cuadras en silencio, con el piloto automático, hasta que la despedí enfrente de su casa, muy cerca de mi apartamento.  Quise darle un beso en la mejilla, pero sentí el frio de la cápsula y mejor se lo lancé con la mano. Sospecho que el beso se deshizo en mil pedazos en el aire. No podría ser de otra manera. Le dejé el suéter. 

Supongo que en apariencia la taquillera y yo fuimos descorteses esa noche; ninguno mostró empatía hacia el otro. Quizás los dos nos sentimos como tontos luego de nuestras actitudes. Aun así, en el fondo creo que ambos nos desahogamos, aunque fuese un momento; desafiamos el silencio de nuestra anónima presencia en la ciudad. Pero bien… uno va intentado aquí y allá, con tal de buscarle salida al letargo, unas veces resulta, otras no.  

Todo lo que hasta ahora le he contado no tendría sentido si omito lo que resta. ¡Profesor!, frente a esa extrañeza que siento de mí mismo, frente a la idea de que la vida no es más que un accidente, encontré algo que me hace lidiar con la monotonía. ¡Vea!, este quehacer, al que me voy a referir, ha sido reconfortante; sé que no es gran cosa, pero ha venido muy bien, a estas alturas de mi fiebre. Confieso que… por la pena, me sería difícil hacer esto en mi país; pero aquí, como nadie me conoce, no hay problema. Bien, me pongo unas alpargatas viejas y me voy a una pequeña plaza los sábados en la tarde, llevo libros de poesía, sin olvidar a mis favoritos: Machado, León Felipe y Vallejo, y por supuesto Baudelaire, no se vaya usted a resentir. Cuando considero que es el momento, comienzo a leer con en voz templada. Allí va juntándose la gente, en ocasiones de seis a ocho personas; no miento si digo que alguna vez he contado diecinueve. Leo por intervalos de quince minutos. A veces, en la pausa, aprovecho para tomar una taza del café que vende al aire libre una señora de largas trenzas negras, después reanudo la lectura. 

A uno que otro lo he visto asistir más de algún sábado… ya llevo cerca de dos meses. Siempre me preguntan si soy extranjero, porque me notan acento. Y preguntan si soy poeta, si tengo poemas propios. Me da tristeza desilusionarnos, les digo que lo mío es leer, no escribirlos. A algunos les gusta la idea. Hay una jovencita, estudia historia en la misma universidad a la que asisto, que me acompaña durante la jornada, e incluso una vez aceptó mi petición de que ella misma hiciese la lectura. Fue así que comenzó leyendo una de mis favoritas: Alturas, de León Felipe… Se recuerda profesor… “Yo no distingo ya/ desde un piso cuarto/ un cetro de oro/ de un bordón de palo…” 

Empero, lo que más me asombró de la estudiante de historia fue que, al cuarto sábado, me preguntó si podía ensayar en público un monólogo, escrito de su puño y letra. Por supuesto que no me molesta, le dije, y la animé a hacerlo. Llamé a los que estaban cerca y les anuncié el acto. Me pidió una pequeña colaboración: que acurrucara el cuerpo, sin moverlo, y me dejara poner encima una manta gris. En una suerte de exordio, dijo que yo, es decir, el cuerpo que cubría la tela, era “la verdad”, cincelada en bronce, pero oculta bajo ese trapo decolorado. Sus metáforas apuntaban a decir que la verdad era la búsqueda permanente de sentido, que la verdad no está en los constructos, que se le encuentra más allá del abismo de nuestra falsa conciencia. De la manta, apuntilló, semejaba las taras de la humanidad, de una humanidad vencida por las falsas convenciones. Agregó que había que quemar la tela y, con su fuego, cauterizar los cuellos decapitados de la Hidra, solo así se podía evitar que los muñones se bifurcasen en nuevos cráneos. Entonces, dijo, podía enfilarse toda la fuerza para enfrentar a la cabeza de las cabezas, el nervio toral que mueve la trama. 

No dejó de parecerme muy abstracta y comencé a preocuparme, pensé que iba a aburrir a los parroquianos. Pero eso jamás sucedió, la verdad que no.  Aunque no vi su gesticulación, noté la consistencia que adquirió su voz, y el silencio del público me hizo suponer rostros entre expectantes y conmocionados. Si bien yo sentía un poco de malestar en las piernas, entumecidas por la posición, esa circunstancia no impidió que se me grabaran las últimas palabras. Profesor, tras una brevísima pausa de suspenso, cuando ella hubo lanzado sus frases frenéticas, a manera de epílogo y con el tono de voz más sosegado, dijo: “Un poeta es un pez de agua dulce, lanzado arbitrariamente al mar”.  

Después, se desplomó. Solo unos momentos más tarde comprendí que aquel suceso no había sido fingido. Al parecer, exhausta, se quedó sin aliento. Escuché el rumor de la gente, confundida, supongo, dudando si aquello era parte del acto o no. Me quité la sábana y vi a un par de mujeres ayudándola. Me acerqué. Ella tenía los ojos abiertos, resplandecientes, en tanto pulso y respiración eran normales. En cambio, su expresión distante y la sonrisa congelada, la hacían ver como si fuese un ser de otro reino, imbuida del paroxismo de una sinfonía. Apuesto que pudo ver el mar tras las dunas. Desde aquel incidente, la plaza adquirió para mí un aura peculiar, reverdecida por el soplo de una prodigiosa espontaneidad. 

No puedo asegurarlo, pero creo que ella experimentó algo parecido a lo que yo viví, el día que la conocí en un pasillo universitario, cuando al quedarme adormilado al influjo de la música del violín, ella, que pasaba por ahí, me despertó para saber si estaba bien. Por discreción, me abstuve de preguntarle qué había sentido una vez concluido el monólogo. Se lo preguntaré otro día, claro que sí, ya habrá tiempo para eso. 

Sabe, he animado a varios compañeros de la facultad, para que se den una pasada los sábados, todavía no ha llegado ninguno. También invité a la taquillera del cine, a la vecina que regaña al adolescente, y al adolescente bocazas también. No me lo va a creer… ellos ya fueron a la plaza, aunque sea para saludarme y a devolverme un suéter. No sé cuánto tiempo voy a continuar con las lecturas; por ahora, confieso que me siento tan comprometido como satisfecho. 

El sábado pasado llegó un par de músicos, sin pensárselo se ofrecieron para acompañar las poesías a ritmo de charango y quena. Poco a poco, fueron acudiendo varios amigos de los músicos y el ambiente se puso bueno. No sólo estaban ya mis libros, sino también otros que los muchachos iban sacando, y mejor aún, hubo tiempo para leer poemas inéditos. No míos, claro está. Por turnos, fuimos leyendo embelesados hasta que el policía que cuida la plaza se asustó de ver a tanto joven con el pelo largo, camisas de manta y sandalias. Le aclaramos que no ocupábamos “polvo” para extasiarnos, que se tranquilizara, nadie de nosotros iba a armar bronca. Le compartimos café con pan mientras se sentó un rato a escucharnos.  

Estoy consciente, reitero, de que esta inquietud a la que he dado alas, no es gran cosa. Cualquiera podría decir: ¿qué significan diez o veinte personas convocadas por el verso?  De acuerdo, no es algo descomunal, pero es un hálito que mantiene mi ilusión por la vida, una esperanza para que la ausencia no me despoje. Aun así tengo que luchar contra un gusanillo que me escarba las ideas, que me hace recordar aquel poema de Vallejo en el que dice, entre otras dagas, que un albañil muere al caer del techo y ya no almuerza, y se pregunta entonces por el sentido de innovar, de abstraerse en el tropo, en la metáfora…  

No tengo respuestas a esa inquietud, pero la intuición me dice que la poesía es más que un alarde. Creo que es antes que nada pasión, y sé que hay de pasiones a pasiones. El verso para mí es pulsión, sangre caliente que me arroja a la vida y me salva del hielo. Es una vertiente, como podrán sin duda existir otras, que me hace palpar los amaneceres y los crepúsculos, la congoja y el júbilo de la gente, que me induce a juntar mis manos y mi voz con otras manos y otras voces. Es por eso que me siento poeta... aun sin escribir versos. 

Con franqueza, no puedo negarle que en este quehacer he encontrado sentido a mis horas bajas, es por ahora mi lienzo para garabatear trazos que rompan los moldes más ruines de la existencia… mi aporte para sabotear los pilares de esta mal llamada realidad. Y le cuento, en confianza, que me siento tentado a leer poemas breves durante el recorrido del autobús, para ver si se levanta un poquito el ánimo de los pasajeros. Bueno, voy tomando valor, en medio de la vorágine. Algunos dirán que las hago de tonto, mientras la mole que rechazo sigue ahí campante, intacta. Acepto la crítica a medias. Nada más digo que en la milla de mi camino la ingenuidad o el asombro tras el desencanto es una primera estación. Es la primera avistada al mar desde el Sertão. Creo que al fin he encontrado un punto de partida.



Créditos

Cuento La Plaza  de los oetas del libro de cuentos del mismo nombre: La plaza de los poetas,Satyagraha Editores, (2006) de Álvaro Calix.


Ilustración

Foto de portada del libro La plaza de los poetas por Jorge Luis López