Un cuento de Vladimir Nabokov: La palabra.









Vladimir Nabokov (Rusia – Estados Unidos, 1899-1977), escritor de origen ruso y nacionalidad estadounidense. Más Conocido por su polémica novela Lolita (1955). Sus primeras novelas las escribió en ruso, pero llego a escribir en un fluido ingles. Además de crítico y traductor,, principalmente de Puskhin; fue profesor de literatura en varias universidades norteamericanas. Entomólogo y gran aficionado  a los lepidópteros, conocidos como  mariposas. Nabokov decía que un escritor debía tener la precisión de un poeta y la imaginación de un científico.   

Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.
Vladimir Nabokov

LA PALABRA

Barrido del valle de la noche por el genio de un viento onírico, me encontré al borde de un camino, bajo un cielo de oro puro y claro, en una tierra montañosa de extraordinaria naturaleza. Sin necesidad de mirar, sentía el brillo, los ángulos y las múltiples facetas de aquellos inmensos mosaicos que constituían las rocas, de los precipicios deslumbrantes, y el destello de innumerables lagos que me miraban como espejos en algún lugar abajo en el valle, tras de mí. Mi alma se vio embargada por un sentido de iridiscencia celestial, de libertad, de grandiosidad: supe que estaba en el Paraíso. Y sin embargo, dentro de esta mi alma terrenal, surgió un único pensamiento mortal como una llama que me traspasara – y con qué celo, con qué tristeza lo preservé del aura de aquella gigantesca belleza que me rodeaba-. Ese único pensamiento, esa llama desnuda de sufrimiento puro, no era sino el pensamiento de mi tierra mortal. Descalzo y sin dinero, al borde de aquel camino de montaña, esperé a los amables y luminosos habitantes del cielo, mientras el viento, como la anticipación de un milagro, jugaba con mi pelo, llenaba las gargantas con un zumbido de cristal, y agitaba las sedas fabulosas de los árboles que florecían entre las rocas que bordeaban el camino. Largos filamentos de todo tipo de hierbas lamían los troncos de los árboles como si fueran lenguas de fuego; grandes flores se rompían abiertas en las ramas brillantes y, como copas volantes que rezumaran luz del sol, planeaban por el aire, exhalando en sus jadeos unos pétalos convexos y translúcidos. Su aroma dulce y húmedo me recordaba todas las cosas maravillosas que había experimentado a lo largo de mi vida.

De repente, cuando me encontraba cegado y sin aliento ante aquel resplandor, el camino se llenó de una tempestad de alas. Escapándose de las cegadoras profundidades llegaron en enjambre los ángeles que yo estaba esperando, con sus alas recogidas apuntando a las alturas. Se movían con pasos etéreos; eran como nubes de colores en movimiento, y sus rostros transparentes permanecían inmóviles a excepción de un leve temblor extasiado en sus pestañas radiantes. Unos pájaros turquesa volaban entre ellos con risas felices como de adolescentes, y unos animales color naranja deambulaban ágiles, en una fantasía de manchas negras. Las criaturas se enrollaban como ovillos en el aire, estirando sus piernas de satén en silencio para atrapar las flores volantes que circulaban y se elevaban, apretándose ante mí con ojos brillantes.

¡Alas! ¡Más alas! ¡Por todas partes, alas! ¿Cómo describir sus circunvoluciones y colores? Eran suaves y también poderosas – leonadas, violetas, azul profundo, negro aterciopelado, con un polvillo arrebolado en las puntas redondeadas de las plumas curvas. Eran como nubes escarpadas fijas en la espalda luminosa de los ángeles, suspendidas en arrogante equilibrio; de tanto en tanto, un ángel, en una especie de trance maravilloso, como si le fuera imposible contener por más tiempo su felicidad, en un efímero segundo, abría sin previo aviso esa su belleza alada y era como un estallido de sol, como una burbuja de millones de ojos.

Pasaban en enjambres, mirando al cielo. Sus ojos eran simas jubilosas, y en sus miradas acerté a ver el vértigo del vuelo. Se acercaban con pasos deslizantes, bajo una lluvia de flores. Las flores derramaban su brillo húmedo en el vuelo; los esbeltos y elegantes animales jugaban, sin dejar de ascender en remolinos; los pájaros tañían de felicidad, remontando el vuelo para luego caer en picado. Y yo, un mendigo cegado y azogado, seguía parado al borde del camino, con un mismo y único pensamiento que apenas lograba balbucear dentro de mi alma de mendigo: Llámales, diles… oh, diles que en esa la más espléndida de las estrellas de Dios hay una tierra, mi tierra… que se muere en la más absoluta y acongojada oscuridad. Tuve la sensación de que si tan sólo hubiera podido agarrar con la mano aquel tornasol resplandeciente, hubiera podido traer a mi tierra una alegría tal que las almas de los humanos se hubieran visto iluminadas al instante y hubieran comenzado a girar alrededor…

Alcé mis manos trémulas, y esforzándome por impedir el camino de los ángeles traté de agarrar el dobladillo de sus casullas brillantes, de tocar los bordes, los extremos tórridos y ondulantes de sus alas curvadas que se deslizaban entre mis dedos como flores con pelusa. Yo corría y me precipitaba de uno a otro, implorando como en un delirio su indulgencia, pero los ángeles seguían su camino sin detenerse, ajenos a mí, con sus rostros cincelados mirando a las alturas. Era una hueste que ascendía hacia una fiesta celestial, hacia un claro de un bosque de un resplandor insoportable, donde tronaba y respiraba una divinidad en la que no me atrevía ni a pensar. Vi telarañas de fuego, manchas de colores, dibujos y diseños de carmesí gigante, rojos, alas violetas, y sobre todo y sobre mí, el suave susurro de una ola vellosa que ascendía. Los pájaros coronados con un arco iris turquesa picoteaban, las flores se desprendían de las brillantes ramas y flotaban. ¡Esperad un minuto, escuchadme!, les gritaba, tratando de abrazarme a las piernas de algún ángel vaporoso, pero sus pies, impalpables, inalcanzables, se me escurrían de las manos, y los extremos de aquellas alas grandes se limitaban a quemarme los labios a su paso. En la distancia, una tormenta incipiente amenazaba con descargar en un claro dorado abierto entre rocas vívidas, los ángeles se retiraban, los pájaros cesaron en sus agudas risas agitadas; las flores ya no volaban desde los árboles; sentí una cierta debilidad, fui enmudeciendo…

Y entonces ocurrió un milagro. Uno de los últimos ángeles se quedó rezagado, se volvió y en silencio se acercó a mí. Divisé sus ojos cavernosos de diamante fijos en mí desde el arco imponente de su ceño. En las nervaduras de sus alas extendidas relucía algo que parecía hielo. Las propias alas eran grises, un tono inefable de gris, y cada pluma acababa en una hoz de plata. Su rostro, la silueta levemente risueña de sus labios y su frente limpia y despejada me recordaron otros rasgos que conocía y había visto en la tierra. Las curvas, el destello, el encanto de todos los rostros que yo había amado en vida… parecieron fundirse en un semblante maravilloso. Todos los sonidos familiares que habían llegado discretos y nítidos a mis oídos parecían ahora fundirse en una única y perfecta melodía.

Se acercó hasta mí. Sonrió. Yo no pude devolverle la mirada. Pero observando sus piernas, noté una red de venas azules en sus pies y también una pálida marca de nacimiento. Y deduje, a partir de esas venas, de aquel lunar diminuto, que todavía no había acabado de abandonar la tierra por completo, que quizás pudiera entender mi plegaria.

Y entonces, inclinando la cabeza, tapándome los ojos medio ciegos con las palmas de las manos, sucias de barro, comencé a enumerar mis penas. Quería explicarle lo maravillosa que era mi tierra, y lo terrible de su síncope negro, pero no encontré las palabras que necesitaba. A borbotones, repitiéndome, balbuceé una serie de trivialidades, le hablé de una casa quemada en la que hubo un tiempo en el que el brillo que el sol dejaba en el parqué se reflejaba en un espejo inclinado. Parloteé de viejos libros y tilos viejos, de pequeñeces, de mis primeros poemas escritos en un cuaderno escolar color cobalto, de un gran peñasco gris, cubierto de frambuesas salvajes en medio de un campo lleno de mariposas y escabiosas… pero no pude, no acerté a expresar lo más importante. Me confundía, me trastabillaba, me quedaba callado, comenzaba de nuevo, una y otra vez, en un hablar confuso que no llevaba a ninguna parte, y le hablé de habitaciones en una casa de campo fría y llena de ecos, le hablé de tilos, de mi primer amor, de abejorros durmiendo entre las escabiosas. Me parecía que en cualquier momento, en cualquier momento, me vendrían las palabras para decir aquello que quería, lo más importante, que llegaría a poder contarle todo el dolor de mi tierra. Pero por alguna extraña razón sólo me acordaba de minucias, de pequeñeces y detalles mundanos que no acertaban a decir ni a llorar aquellas lágrimas corpulentas de fuego que yo quería contar sin acertar a hacerlo…

Me quedé callado y alcé la cabeza. El ángel esbozó una sonrisa atenta, silenciosa, contemplándome con celo desde sus ojos alargados de diamante. Y supe entonces que me entendía.

-Perdóname –exclamé y besé con humildad aquel pálido pie con su marca de nacimiento-. Disculpa que no sepa hablar sino de lo efímero, de trivialidades. Y sin embargo, tú, mi ángel gris, de corazón amable, me entiendes. Contéstame, ayúdame, dime, dime, ¿qué es lo que puede salvar a mi tierra?

Me tomó por los hombros un instante en un abrazo de sus alas de paloma y pronunció una sola palabra, y en su voz reconocí todas aquellas voces silenciadas y adoradas. La palabra que pronunció era tan maravillosa que, con un suspiro, cerré los ojos e incliné aún más la cabeza. La fragancia y la melodía de la voz se extendieron por mis venas, y se alzaron como el sol en mi mente: las innumerables cavidades que habitaban mi conciencia se prendieron en ella y repitieron aquella canción edénica y brillante. Estaba lleno de ella. Con la tensión de un nudo bien lazado, me golpeaba en las sienes, su humedad temblaba en mis pestañas, su dulce hielo abanicaba mis cabellos, y era una lluvia de calor celeste sobre mi corazón.

La grité, me deleité en cada una de sus sílabas, alcé mis ojos con violencia, rebosantes de arcos iris radiante de lágrimas de alegría…
Dios mío… el amanecer de invierno brilla verdoso ya en la ventana y no consigo recordar aquella palabra de mi grito.




Créditos
 Blog Narrativa Breve, con base a Rul´, 7.1.1923 (Revista del exilio ruso en Berlín)
Cuentos completos, trad. María Lozano. Madrid, 2009, págs. 760-763

Ilustración
Dibujo Plaza de las palabras

Foto Nabokov in Switzerland (1960/70) (photograph by Horst Tappe, via Nabokov Museum) 

Página 10. Las Puertas de El Paraíso de Jerzy Andrzejewski por Rebeca Becerra. (Ensayo). Post Plaza de las palabras.





Plaza de las palabras  en su sección dedicada al ensayo, Página 10, presenta un ensayo de la escritora hondureña REBECA ETHEL BECERRA LANZA (1), sobre la obra del escritor polaco JERZY ANDRZEJEWSKI, Las puertas del paraíso (1959), obra centrada en narrar el viaje de miles de niños en tiempo de las cruzadas, cuyo finalidad era llegar a Jerusalén y liberar el Santo Sepulcro de los infieles. Ésta obra también tiene otra versión La cruzada de los niños (1896) del escritor francés Marcel Schwob. Pero la obra de ANDRZEJEWSKIES, es más contemporánea.

Afirma la autora:

 “Un gran aporte de los autores del siglo XX a la narrativa universal fue el hecho de crear y concretar a través de sus obras modernas formas narrativas. La obra de Andrzejewski se encuentra inmersa dentro de estas grandes obras innovadoras y perdurables a través del tiempo”.


 Además de la calidad de la obra  de Andrzejewskies,   el ensayo permite aproximar y cotejar  parcelas de la  versión de Schwob, y desprender un análisis comparativo de este episodio histórico, convertido en fina literatura. En que a partir de una  leyenda oral,  aproxima lo  histórico y lo ficcional. El ensayo de REBECA BECERRA, introduce con maestría,  al lector en una aventura suspendida en los sueños  y en el tiempo. Viaje iniciático por una geografía humana hostil,  flanqueados, por los peligros del hambre, la guerra y los filtros del poder. Peregrinaje   solo guiado por el candor infantil de una  marcha impulsada por la fe, que al final es insuficiente e inconclusa.  Pero que en las voces libertarias de los niños y de otros personajes, narran una historia irredenta entre los excesos de la fe, la fragilidad de la condición humana,  y las trampas de la razón. Relatos hilvanados  desde sus  recuerdos infantiles y sus lacerantes confesiones, por medio de la simultaneidad de los monólogos. Aún hoy, resuenan como una plegaria entre la expiación y la salvación: voces vivas y proféticas. 


Las Puertas de El Paraíso de Jerzy Andrzejewski


REBECA BECERRA


Dos son los autores que han llevado a la literatura la leyenda sobre la expedición de cruzadas infantiles del año de 1212,  Marcel Schwob (Chaville, 1867-París, 1905) con su libro La cruzada de los niños (1896), el cual “constituye una joya de la literatura universal. Mediante una polifonía de voces (ocho monólogos) se describirá la aciaga suerte de dos columnas de niños que, alentados por las fogosas prédicas de monjes goliardos, partieron en el siglo XIII de Flandes, el norte de Alemania y Francia hacia Jerusalén para liberar el Santo Sepulcro. Su fe e inocencia eran sus únicas armas. Una de las columnas zarparía desde Génova, perdiéndose los barcos en una tempestad. La otra saldría de Marsella para arribar a Alejandría, donde los niños serán asesinados, vendidos como esclavos o destinados a harenes y burdeles. Esta disposición narrativa —una suerte de anticipo de las técnicas de la denominada historia oral— tenía su antecedente en el poema narrativo The Ring and the Book (1868) de Robert Browning”[1]. Según Borges en el prólogo a La Cruzada de los Niños de Schwob, éste “aplicó a la tarea el método analítico de Robert Browning, cuyo largo poema narrativo nos revela a través de doce monólogos la intrincada historia de un crimen, desde el punto de vista del asesino, de su víctima, de los testigos, del abogado defensor, del fiscal, del juez, del mismo Robert Browning”[2]. “La primera traducción al castellano de La cruzada de los niños —utilizada en la edición de Tusquets de 1971— fue efectuada en 1917 por Rafael Cabrera, miembro del célebre grupo mexicano de los Contemporáneos. Igualmente, Jorge Luís Borges prologará la edición argentina de 1949, reconociendo su deuda literaria con Schwob”[3]. Otro es el autor polaco Jerzy Andrzejewski con su libro Las Puertas de El Paraíso.

Las cruzadas dieron comienzo en 1095 y eran expediciones militares realizadas por cristianos de Europa occidental y por petición del Papa Urbano II, cuyo objetivo era liberar a Jerusalén y el Santo Sepulcro, además de otros lugares santos que se encontraban en manos de los musulmanes. Pero también fueron motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente. Se llevaron a cabo cuatro cruzadas desde el 12 de noviembre de 1095 hasta 1119 cuando se efectuó la cuarta, aunque los historiadores no se ponen de acuerdo respecto a su finalización, y han propuesto fechas que van desde 1270 hasta incluso 1798.

Entre las cruzadas infantiles se mencionan: La expedición de cruzados infantiles de Borgoña y la cruzada infantil de Alemania. Se cree que quienes incitaron a los niños a las cruzadas fueron frailes capuchinos para que continuasen la obra que, había caído en la desconfianza hacia los cruzados mayores y que solamente un espíritu sano y limpio podría llevar a cabo tal empresa divina: los niños.

Los niños “creían poder atravesar a pie enjuto los mares. ¿No los autorizaban y protegían las palabras del Evangelio Dejad que los niños vengan a mí, y no los impidáis (Lucas 18:16); no había declarado el Señor que basta la fe para mover una montaña (Mateo 17:20)? Esperanzados, ignorantes, felices, se encaminaron a los puertos del Sur. El previsto milagro no aconteció. Dios permitió que la columna francesa fuera secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto; la alemana se perdió y desapareció, devorada por una bárbara geografía y (se conjetura) por pestilencias”[4].

Las historias de Schwob y principalmente Andrzejewski están basadas en las cruzadas que se emprendieron en los territorios de Francia. La de Andrzejewski es una versión más contemporánea sobre esta ingenua leyenda. Las Puertas de El Paraíso fue publicada en 1959, y significó un desafío en su momento ya que rechazaba por completo la estética oficial de Polonia.

Las Puertas de El Paraíso se aleja completamente del estilo simbolista y teosófico de Marcel Schwob, Andrzejewski “logró crear con ese antiguo tema un monólogo de extrema tensión lingüística cuyo núcleo es aún más insondable que el del relato de Schwob”[5]

La única traducción al español de esta maravillosa novela fue realizada por Sergio Pitol, escritor mexicano, que vivió y conoció a Andrzejewski en su país natal Polonia, durante los años de 1963 a 1966. Para Pitol la novela se compone de dos frases únicas, la primera que consta de ciento cincuenta páginas y la segunda que consta de cinco palabras. En la primera se entretejen las confesiones de los cinco adolescentes de Cloyes; es una parte tormentosa y oscura, un rosario de confesiones complejas que van asombrando al lector a medida que avanza en ese picado mar de palabras. Y la segunda es una sola frase que cierra la novela con la esperanza y la desesperanza de llegar a las puertas de Jerusalén “Y caminaron toda la noche”[6].

Un gran aporte de los autores del siglo XX a la narrativa universal fue el hecho de crear y concretar a través de sus obras modernas formas narrativas. La obra de Andrzejewski se encuentra inmersa dentro de estas grandes obras innovadoras y perdurables a través del tiempo. “Su hálito poético ha resistido perfectamente al tiempo, y su sentido, a pesar de lo explícitas que parecen las confesiones, parecen ahora aún más enigmáticas”[7]

Esa primera parte a la que se refiere Sergio Pitol, se entreteje a través de un ejercicio reiterativo, es común la repetición del objetivo que se persigue con la cruzada como una obsesión, liberar a Jerusalén de los turcos infieles, atravesar sus muros y rescatar al Santo Sepulcro; además de la repetición de otros párrafos u oraciones claves dentro de la novela.  Este carácter de elementos reiterativos, sumado a otros como las palabras iniciales que introducen los monólogos o las voces de los personajes: dijo, pensó.... nos remiten a las características de la literatura de carácter oral. Y es que esta leyenda ha sido transmitida a través de este vehículo.

Hay dos caras dentro de esta historia primera, parecieran dos objetivos completamente diferentes; el centro de la novela se mueve de un lado a otro sin encontrar valga la redundancia su propio centro: Uno es la procesión hacia los muros de Jerusalén y otro son las historias amorosas que cada uno de los adolescentes van expulsando de sus cuerpos como demonios para que el Padre los absuelva y poder continuar en la cruzada. Esta primera parte está presentada como un rosario de palabras donde Andrzejewski no hace concesiones al lector debido a que no hay pausas mayores, me refiero a puntos. Solamente hay pausas pequeñas o comas, esta intención estructural también pareciera ser el móvil de la novela; entonces encontramos tres centros que buscan su centro y no logramos al final de la lectura definirlo. Las pausas cortas a través de comas marcan un ritmo y atrapan al lector al que solamente le queda continuar leyendo la historia hasta que se acabe la novela y encontrar ese punto y aparte tan deseado.  Andrzejewski crea a través de su técnica una tensión lingüística extraordinaria que escruta nuestros limitados conocimientos técnicos narrativos.

La fábula trata de cuatro adolescentes de la aldea de Cloyes que marchan hacia los muros de Jerusalén a liberar al Santo Sepulcro de los turcos infieles, después de que uno de ellos Santiago, el hallado, mejor conocido por sus dotes naturales como Santiago, el bello, tiene una visión en su cabaña donde vive solitario debido a su orfandad. Todos son adolescentes entre 14 y 16 años. Los otros son Maud, la hija del herrero, Roberto el hijo del molinero, Blanca la hija del carpintero y Santiago, que es pastor. Los acompañan Alesio Melisseno, griego de Bizancio, Conde de Chartres y de Bliois. Es importante destacar que los niños de la leyenda de las cruzadas eran menores de 12 años, por lo tanto criaturas inocentes lanzados a una empresa sumamente descabellada. Andrzejewski hace su propia versión en esta novela que aunque nos remita a un hecho posiblemente real nos interna también en la ficción. El verdadero pastor que tuvo la visión o la revelación fue de nombre Esteban quien abandonó el rebaño, corrió al lugar y reunió a todos los niños. Pero no solamente los niños le escucharon, sino también los mayores. En Las Puertas de El Paraíso, Santiago baja a la plaza del pueblo donde suspende una fiesta, el casamiento de la hermana de Maud, y anuncia:

“Dios todopoderoso me ha revelado que frente a la insensible ceguera de los reyes, príncipes y caballeros es necesario que los niños cristianos hagan gracia y caridad a la cuidad de Jerusalén en manos de los turcos infieles, porque por encima de todas las potencias de la tierra y el mar sólo la fe ferviente y la inocencia de los niños puede realizar la más grandes empresas, tener piedad de la Tierra Santa y del Sepulcro solitario de Jesús...”

En esta historia los mayores no están de acuerdo por lo que no se les unen a la cruzada como se supone que sucedió en realidad. Solamente marcha con ellos a la cabeza un fraile menor quien en un sueño se le reveló que dicha empresa iba a ser un fracaso; en el sueño escucha una voz que le muestra los muros de Jerusalén que no son más que un desierto inanimado y calcinado por el sol. En el sueño se le aparecen dos jóvenes que avanzan solos a través de este desierto, uno de ellos muere, el otro continua la marcha; en el sueño el padre descubre que ese joven es Santiago, el hallado; el fraile comprende que todos los demás han muerto en la travesía, por lo que decide a través de la confesión saber el origen de todo lo que está sucediendo para comprender el significado y por qué el Señor no lo tomó en cuenta para emprender tal empresa, realiza una confesión general, ausculta el espíritu de los adolescentes para saber si en alguna de ellas se esconde un grave pecado y absolverlo.

“Schwob en La Cruzada de los Niños presenta de modo sucesivo los monólogos infantiles, y los de algunos personajes que participaron, aunque sea casualmente en aquella empresa inaudita. Andrzejewski, por el contrario, intenta la simultaneidad”[8]. Esta simultaneidad nos permite conocer los pensamientos y acciones ocultas de los cuatro adolescentes, dicha simultaneidad se lleva a cabo a través del ejercicio de la confesión; sin embargo dentro de ésta se van dar paralelamente otras confesiones como la autoconfesión del fraile menor, y aun más intrincado dentro de las confesiones de los personajes de los cuatro jóvenes se van a confesar otros personajes por boca de los primeros, como la del padre adoptivo de Alesio Melisseno, el Conde Ludovico de Vendome, quien se confiesa a través de su hijastro y posteriormente a través de Santiago, el bello.

Pero qué es lo que encierran esas confesiones: pues que el móvil de la cruzada son las pasiones ocultas, el deseo del cuerpo y no la fe, una cuestión de moral. Cada una de las confesiones pasa a formar parte de la anterior, es decir se van entrelazando de una manera que una esclarece o amplía la otra. A medida que avanzan el escritor va dando nuevos elementos que poco a poco se van integrando en un todo complejo. Es una fábula fragmentada pero donde al mismo tiempo se integran el punto de vista del narrador y las voces de los personajes.

El tercer día de las confesiones ha llegado y toca confesar a los cuatro jóvenes: Maud, Blanca, Roberto y Santiago. El fraile percibe grandes pecados detrás de la empresa pero “su larga vida de confesor le ha enseñado que de los sufrimientos, de los infortunios y de la perdición pueden nacer también el deseo de la fe, y que las mismas fuentes envenenadas son capaces de generar un milagro. Y ese milagro no puede ser sino el rescate del Sepulcro de Cristo. Él estará presente en el momento supremo. Siente que su muerte está próxima, pero esa muerte alcanzará una grandeza que su vida jamás ha conocido”[9]. Está dispuesto a absolverlos a todos, pero a medida que avanzan las confesiones su espíritu entra en una disputa moral que lo hace reflexionar sobre la fe y razón.  Para Pitol esta “contienda moral constituye la más sólida columna de la novela; sin esta reflexión ética la novela sería de cualquier manera asombrosa, pero correría el riesgo de que la aquejara una situación decorativa y arqueológica”[10].

Son confesados desde los pecados más simples hasta los más complejos moralmente como la relación sexual del Conde Ludovico con su hijastro Alesio Melisseno. A través de las confesiones nos vamos dando cuenta de la vida de cada personaje y como se entrelazan unas vidas con otras.  “El final es terrible, el último confesante, Santiago de Cloyes, el iluminado por la gracia de Dios, no puede ser absuelto. Lo que el niño cree ser una iluminación no lo es. El confesor comprende que debe detener esa marcha de la locura, de la inocencia, de las pasiones y la mentira”[11].  Comprende que su sueño solamente fue una premonición y no una señal que lo llevaría ser testigo de una gloriosa empresa. En el fraile simboliza la razón, pero esa razón será aplastada por lo onírico, la pasión, el deseo y lo irracional de la adolescencia que marchará sobre su cuerpo que ha sido derribado por el brazo de una enorme cruz.

Finalmente aunque el texto no lo anuncie, se vislumbra un final funesto como supuestamente sucedió en la realidad. “Y caminaron toda la noche”  nos dice la segunda parte de esta novela, frase única y avasalladora que nos muestra la pérdida total en las tinieblas humanas de estas almas adolescentes, quienes engañadas marcharon hacia las puertas de un paraíso ilusorio.


[2] Prólogo de Jorge Luis Borges a la versión en español de Las Cruzadas de los Niños de Marcel Schwob. Buenos Aires, Argentina. 1949


[4] Prólogo de Jorge Luis Borges  Op.Cit

[5] Pitol, Sergio. Prólogo. Las Puertas del Paraíso. 2da. Ed. Veracruz, México. 1996. P. 22

[6] Andrzejewski, Jerzy. Las Puertas del Paraíso. 2da. Ed. Veracruz, México. 1996. P. 144.

[7] Pitol, Sergio. Op.Cit. P. 24

[8] Pitol, Sergio. Prólogo. Op. Cit. P. 25

[9] Pitol, Sergio. Prólogo. Op. Cit. P. 27

[10] Pitol, Sergio. Prólogo. Op. Cit. P. 28

[11] Pitol, Sergio. Prólogo. Op. Cit. P. 29




1. Rebeca Becerra, (1970), escritora hondureña, poeta, ensayista, narradora, graduada en letras con especialidad en literatura de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). También ha incursionado en la investigación  oral de las culturas indígenas y en la cuentistica. Ha publicado varios libros de poesía:   Sobre las mismas piedras (2004), Las palabras del aire (2006),  Persuasión de las cosas (2017), Camila (2017)

 En el año de 1992 recibió el Premio Único de Poesía Centroamericana “Hugo Lindo” en la ciudad de San Salvador, El Salvador. Su obra aparece en múltiples antologías de Estados Unidos, México, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica. Dirigió la Revista Ixbalam, de estudios culturales y literatura, y también dirigió la Dirección General del Libro, Secretaria de Cultura, Artes y Deportes (SCAD, Honduras)

Ha sido incluida en varias antologías: Antología Hondureña de Poesía Escrita por Mujeres “Honduras Mujer y Poesía”, Poetry by Contemporary Honduras Women, “LA HORA SIGUIENTE: poesía emergente de Honduras” (1988-2004), Memoria/Antología Jornadas para las Mujeres. Memoria/Antología del I Festival de Poesía de Granada, Nicaragua. “Literatura Hondureña”. Helen Umaña. Sus trabajos literarios (poesía, cuento y ensayo) han sido publicados en revistas nacionales y extranjeras.



Créditos de las ilustraciónes

Las puertas del paraíso, (1425-1452), Baptisterio de Catedral de Santa María del Fiore Florencia,  de  Lorenzo Ghiberti, escultor renacentista italiano

La cruzada de los niños, grabado de, Paul Gustave Doré (1832- 883), pintor, ilustrador y grabador francés.