Cuentos hondureños: Proyecto Amante de Rebeca Becerra





Me enviarán al correo alrededor de las 10:00 a.m., seguramente no habrá correspondencia. Antes de llegar al apartado 870 asignado a Proyecto Amante probaré la llave en el número 50, sé que algún día he de terminar y encontrar algo que me sosiegue. Para no perder tiempo entraré por la puerta trasera del edificio y cuando termine saldré por la puerta principal para observar a las recepcionistas acariciando las estampillas. Ojalá me enviaran a depositar alguna carta, el viaje sería más interesante, tendría más sentido esta vida: pegar sellos postales delicada y cuidadosamente sin lastimarlos para que lleguen intactos a manos de personas que ni siquiera conozco, no lo hace cualquiera. Me gusta mucho la recepcionista número cinco, no es que sea hermosa, al contrario, solamente a alguien como yo podría encantarle y tal vez a sus nietos, si los tiene, o quizás viva sola en una absurda colonia marginal de la capital, de esas que les nombran 15 de Junio, 17 de Marzo, 20 de Noviembre, qué sé yo, para no complicarse la vida pensando un poco en buscar un nombre decente.

A mí no me gusta llenar las estampillas de saliva, es obsceno pasarles la lengua, cuidadosamente las lleno de pegamento y luego dejo deslizar la carta por la abertura de la pared, ¿interior o exterior? depende, después se escucha un roce, cae sobre otros cientos de cartas que desearía abrir en este momento. Me quedo un rato de pie frente a la pared esperando escuchar alguna voz, un murmullo, algo que me llame del interior, pero nunca sucede.

Ahora recojo esta basura, el jefe debe de estar por llegar, como siempre lo primero que ve es el piso, si brilla como a él le gusta me saluda amablemente, si está opaco ni siquiera me vuelve a ver y sube las gradas, tratando de hacerme sentir insignificante; cuando llega al escritorio llama a Sandra, la secretaria, y le pide que apunte en una libreta que el día de hoy el piso lo encontró opaco, Sandra me llama con esa voz chillona y coqueta que tiene y me da una copia de lo apuntado, luego sonríe y me dice «el jefe es el jefe» y se marcha moviendo el trasero como pata y graznando con los tacones de sus zapatos. Ahora llevo la escoba y el trapeador al baño del segundo piso, siempre deben de estar detrás de la puerta, en la oscuridad para que nadie los vea, eso es lo que me repite todos los días María Luisa, la administradora; hoy no ha venido, no ha de tardar, siempre es la última en llegar y yo soy el primero, a las seis de la mañana estoy aquí, para que a las ocho cuando todos vengan puedan poner sus traseros en unas sillas olorosas. Las cosas limpias y relucientes a veces me hablan, yo las he escuchado. Por la tarde cuando salgo de trabajar quedan llorando llenas de huellas honestas y deshonestas, por eso me quieren y me cuentan sus secretos, se pegan a mis manos y algunas se marchan conmigo a casa; lo único que hago es salvarlas de la gente y la rutina. Ahí viene el jefe.

—¡Buenos días, Aníbal!, hoy metió gol.

Su estruendosa voz se escuchó en todo el edificio.
—¡Buenos días!

Pasa a mi lado y vuelve a sonreír, sube las gradas con ese caminado amanerado que tiene. Sigo al imbécil con la mirada. «Hoy metió gol», que frase tan linda irá diciendo, si supiera que no me gusta el fútbol.

Está gritando la pata, debería de subir corriendo, pero voy a esperar, que venga a llamarme, que traiga el dinero aquí, que baje las gradas y me diga «por favor, Aníbal, vaya cómpreme lo mismo de siempre»: «un pan con frijoles y un jugo de naranja», yo sonreiré, tomaré el dinero y saldré a la calle con la cara apretada de la cólera, al regreso tocaré la puerta, fingiré que dejé olvidada la llave, ella aparecerá por el balcón, «aquí van las mías», dirá. También fingiré que no puedo abrir la puerta, entonces bajará, me abrirá, le daré el encargo y las llaves, dirá gracias hipócritamente, dará la vuelta y se marchará graznando hacia su escritorio.

La calle Lempira desciende hacia la ciudad así es que caminar hacia abajo es relajante. El edificio donde trabajo está ubicado en su cima, ahí entre varias casas de estilo colonial emerge un rótulo que dice «Proyecto Amante: la solución a sus problemas sexuales» Bien podría aparecer cualquier otro rótulo que no hiciera pensar a la gente en sexo. Pienso que si me fuera volando en línea recta hacia la izquierda, de espaldas al norte, llegaría más rápido y descendería justo en el portón trasero del edificio de correos, trataría de ser extremadamente persuasivo para que nadie me viera y se asustara, además me sentiría muy bien si lo hiciera. Cada vez que vuelo me siento liviano, limpio, sin embargo, no puedo hacerlo porque desde el balcón del jefe se divisan todas las calles que llevan al correo, y me vigila con sus binoculares; por el contrario, podría ir rugiéndole a la gente indiscreta que me desnuda con la mirada cuando camino, nadie espera un rugido tremendo que los lance al suelo, mucho menos de un simple y miserable hombre como yo. Está lloviznando, el jefe no podrá ver bien desde el balcón, seguramente enojado ha guardado sus binoculares. En este instante se acerca donde Sandra haciéndose el machito, le guiña un ojo, Sandra piensa que esta vez será la definitiva, que esta vez sí se lo dará. Ella no cabe en el asiento, comienza a elevarse, su cabeza topa con el techo, hasta que ya no soporta más la presión que la atora entonces ríe, llora, dice mamá, papá, palabras, pujidos, quejidos, otros muchos sonidos difíciles de comprender. El jefe le pide una taza de café, Sandra comienza a descender como avión en picada cuando cae al suelo, se levanta bruscamente, hace graznar sus tacones alrededor del escritorio desesperadamente y comienza a preparar el enemigo que se interpone entre ella y su jefe: la taza de café.

Camino con un paso extremadamente largo y apresurado, siempre lo he hecho así, me gusta mucho la rapidez, para escribir una carta, rapidez para preparar un pastel, rapidez para comer, rapidez para ser paciente, rapidez para hacer el amor, rapidez para todo, especialmente para cosas tan importantes como estas. La gente me observa, me observa con lástima, con curiosidad, con desconfianza. Por eso les rujo, siempre trato de hacerlo lo más discretamente posible para no llamar la atención. Desde aquí puedo ver el edificio del correo, está lleno de capitalinos, turistas, vendedores. Bordearé su base y entraré por la puerta trasera, los pasillos parecen estar un poco despejados, eso es bueno porque actúo con mayor soltura y seguridad al insertar la llave, todo será fácil este día, primero en una casilla, luego en otra y en otra hasta que haya pasado el tiempo suficiente para regresar al trabajo y que nadie sospeche nada. Por último, revisaré el apartado postal de Proyecto Amante, total, casi nunca llega algo importante que venza mis ganas de saber qué es lo que dicen, qué es lo que encierran esas cartas.

Subo las gradas de madera, acaricio su textura, nadie se detiene a observarlas, solamente las pisan de subida y de bajada. Al fondo del pasillo de madera está la sección de apartados postales, casillas con puertecillas de metal dan la apariencia de seguridad, individualidad, pero es falso, todo es un orden ficticio para engañar a las personas y que se sientan importantes de decir «mi apartado postal es el 248», «el mío es 456»; para ser dueños del delirio numérico pagan alquiler que solamente yo disfruto, es como si todo este enjambre de números fuera mío. Detrás de esta ilusión de ordenamiento matemático solamente hay huecos expuestos a las manos de los trabajadores: muchas manos tocan la correspondencia, la huelen, la sopesan y la violan. Dentro no hay seguridad, es doloroso, las cartas están expuestas a enfermedades, vocabularios obscenos, restos de comida, malos olores, perfumes baratos, gases, eructos, mal aliento e innumerables y deleznables cosas que solo yo sé.

Cruzo el pasillo, una mujer se aproxima, viene en dirección contraria a la mía, o va, no lo sé, viene y va es lo mismo, llega a mi lado, se para y me mira como a las demás personas, ¿esto es común?, me mira, me mira, qué mirada tan interrogativa. Soy un simple conserje-aseador y vivo en el barrio La Plazuela del centro de Tegucigalpa, casa 205, no tengo teléfono, soltero, esquizofrénico, maníaco-depresivo. ¡Uuuuf! ¡Cuántas cosas me saca esa mirada, esos ojos de tigre de bengala! Parece que me quitara la ropa, ¡qué vergüenza!: me ha desnudado. Ahora está a punto de tocarme, me ha tocado el hombro.

—¡Buenos días!, ¿no cree que hace un día hermoso hoy?

¿Un día hermoso? ¡claro!, ¡claro!, ¡claro!, pensé que solamente a mí me gustaban estos días detestables, tristes, desesperantes, brumosos, asquerosos, pegajosos. Me he quedado estático, completamente desnudo, con un rugido en mi pecho que quiere estallar. Ahora se aleja tranquilamente, ¡qué espléndido! ¡qué bello! ¡qué formidable!, no hace graznar sus tacones como Sandra, su cuerpo es ligero, parece que no existiera. Mi mirada la sigue y se va tras ella; quedó ciego, completamente ciego. Sin querer mis labios se despliegan hacia los lados, es una sonrisa enorme y profunda, seguramente me veo como un ángel. El pasillo se distorsiona, su materia se retuerce como intestinos sufriendo un cólico, varias personas al fondo se estiran, se encogen, explotan, desaparecen. Las casillas se abren y se cierran locamente dejando salir de su fondo lo que yo he querido ver: la palabra, la palabra que ahora puedo leer en el aire. La palabra ha escapado, como un poema: el último deseo de un suicida se adhiere al techo para lanzarse. Declaraciones de amor, palabras de amores lejanos, palabras de amantes locos, insultos inesperados, recuerdos de jardines, de playas, de besos, de madres, de hijos. ¡Cuántas cosas se dicen los hombres y las mujeres!, ¡cuánta cosa escondida ha volado!, ¡cuánta cosa inesperada!, es como si hubiera leído todos los libros del mundo. El techo se ha llenado de palabras, mi vida se ha llenado de palabras. Nadie lo sabe, solamente yo, yo, un maldito conserje-aseador que quizás ha podido leer el corazón del mundo.

Subo cobardemente apoderado de un paso atontado que no es digno de mí, de mi corazón, de mis pulmones o de mis piernas. Es un paso cansado propio de otro hombre, o de una mujer que no conozco; de otro corazón que quiere latir sin compromiso. Me dirijo hacia allá, hacia Proyecto Amante, pero ¿qué saben ellos de amor si no conocen la palabra, si nunca la han visto volar por los aires, penetrar por la nariz y los oídos, sentirla explotar en las venas y en el corazón? ¿Adónde voy entonces con mis espinas dolorosas?, ¿quién querrá darle trabajo a un hombre convertido en vocal? Camino lleno de significados, las cartas vuelan en mi memoria, coletean como tiburones, sus esquinas se asoman a mi frente, la palabra me chorrea por los poros: es un hilo continuo de pensamientos ajenos pero míos, míos ahora como mis hijos. Aquí voy, seguramente son las tres de la tarde, el jefe debe de estar enojado, ¿qué decirle de la correspondencia que esperaba? si toda voló hacia mi interior, podría recitarla, narrarla fácilmente, pero pensará que estoy completamente loco y no es así, soy un hombre serio, trabajador. Las tres de la tarde, ya estaré despedido sin duda, ¿qué me queda? ¿volar como las palabras?, ¿qué dirán mañana las cosas?, ¿quién las limpiará para que pongan sobre ellas sus sucios traseros?, ¿quién?, ¿quién?


Rebeca Becerra (Tegucigalpa, 1969). Estudió Letras con especialidad en Literatura en la UNAH. Es poeta, narradora y ensayista. En el año de 1992 recibió el Premio Único de Poesía Centroamericana “Hugo Lindo” en la ciudad de San Salvador, El Salvador. Su obra aparece en múltiples antologías de Estados Unidos, México, Nicaragua, El Salvador y Costa Rica. Dirigió la Revista Ixbalam, de estudios culturales y literatura. Hasta la fecha solo había publicado poesía y ensayos y hoy hace su debut en narrativa con este magnífico relato.




Créditos 


Tomado de La Tribuna Cultural. Diario La Tribuna,19 marzo de 2017. 


Los amantes,1928,  Rene Magritte, pintor surrealista belga. 


 Pygmalion and Galatea (version II )1890, Jean-Léon Gérôme, pintor francés clasicista.