Cuento: La última lección de Brandel. Post Plaza de las palabras


 Mario A. Membreño Cedillo



Of This Time, Of That Place
Lionel Trilling 


2591 palabras
El profesor Brandel sabía de su pronta jubilación. No tenía alternativa, su retiro era obligatorio. Durante muchos años había temido ese día, se había imaginado ese día de mil modos. Cuando el temido día llegó, no hubo nada de sorprendente. Después de inspeccionar minuciosamente el salón, el profesor Brandel  escudriñó el rostro de sus alumnos como ya lo había hecho mentalmente antes de venir. No encontró en ellos nada que lo perturbara, seguían siendo los mismos alumnos de siempre. Él creía conocerlos mejor de lo que ellos se conocían. Los saludo sin mostrar ningún asomo de emoción. Sabía que era su última clase, y en el fondo eso lo aterraba porque los fines  siempre evidencian un límite; y que todo tenía una consumación. Y que al fin y al cabo, siempre habría un maldito final. Era como si la vida poliforme  y las películas efímeras fueron lo mismo.  No existía forma de escaparse de los extravagantes finales. Pero ese temor no se reflejaba en su rostro.  Él estaba seguro de su poderío; y está era su última clase,  y se  dispuso  a  impartirla  con la solemnidad,  la pasión y  el pragmatismo  de siempre.
Por fin el profesor Brandel tomó aire y pronunció algunas palabras: «Estamos aquí, es mi última clase, haremos una clase magistral sobre un gran tema que nos pellizque el alma. Hablaremos sobre la verdad y la belleza. Sí, reflexionaremos sobre la verdad y la belleza». Prosiguió balbuceando otras palabras, algo menciono sobre los griegos y cito a Goethe y guardo  silencio. Parecía como si una nueva idea estuviera tomando forma en su mente. Su rostro era inescrutable y sus alumnos lo contemplaban expectativos. Algo inédito absorbía los pensamientos del profesor Brandel, casi como si de repente hubiera comprendido algo que  siempre había estado al alcance de su mano y nunca  había podido desentrañar. Pero aún había algo más que le preocupaba y no sabia exactamente qué era.
Finalmente, pareció tomar conciencia de que no estaba seguro de nada.  Quería revelar  una verdad categórica; clausurar su clase con una reflexión hermosa como el cielo, y tan solida e inmutable como el silencio hermético de una roca; y sobretodo que fuese más  transparente que la palabra aire. Pero en la medida que reflexionaba, todo le era tan irreal como los sueños de una manada de bisontes escarlatas.  Los alumnos lo miraban y  comenzaban a preocuparse. El profesor parecía  tan incomodo;  y tan inútil como una fogata al lado de un faro. Entonces, se oyó: « ¡Profesor, profesor, profesor Brandel! ¿Se siente bien? », dijo Sussy con voz entrecortada, y poniéndole una mano sobre el hombro. «Sí», alcanzó a responderle él, con un susurro y casi contestándole involuntariamente;  mientras que la flaca y gótica Sussy volvía a su asiento. Pero aún había algo que  a Brandel le preocupaba y no sabia qué era.
 Por un momento estuvo a punto de reírse; y  pensó, de nuevo en salir al paso con alguna idea sencilla, pero profunda. Tan profunda como una risa sonora en una calle muda. Pero luego rechazaba tal intento teatral, quería encontrar una salida airosa, elegante, única. En fin esta era su última clase. Pero  ante esa verdad tan conclusiva, qué eran todos los conocimientos filosóficos, esa torre de babel interminable e inconclusa de teorías embodegadas en colosales anaqueles.  Pensó en alguna frase victoriosa de Leibniz, Spinoza o Keats, pero comprendió  que todo razonamiento era tan deshuesado, que todo discurso era tan enano, que toda frase era tan desnutrida; que la conversación del policía de la esquina era más trascendental y verdadera y musculosa.  Trató de recordar   aunque  sea  una sola  frase por la  cual pudiese  arriesgar  el alma,  dar lo mas sagrado de su vida; o por  lo menos,  encontrar  una  verdad  conquistadora; y  dar  un saludo  de  manos  certero  y cariñoso  y absoluto.
Entonces Brandel decidió encarar  a sus alumnos como lo había hecho tantas veces durante el último semestre. Pero definitivamente que ahora todos poseían algo nuevo: ellos parecían  más inteligentes, más seguros de si mismos, más clarividentes.  Era como si cada uno de ellos tuviera su propia historia y su propia verdad. Una verdad más intima,  poderosa,  y sagrada que su propia  historia. Él  se estremeció, los miro detenidamente, y con sus miradas ellos parecían decirle: «Bueno profesor Brandel, aquí estamos, usted y nosotros frente al mundo, enséñenos algo que más robusto que un fin de semana, algo tan digerible como una gaseosa; y algo que nos sirva para defendernos de los rabiosos  cuchilleros de las esquinas. Al  fin  y  al  cabo,  no somos  tan ingenuos,  ni  tan torpes, como usted  siempre  ha  creído».
Mientras tanto, el  reloj casi coincidía con las 5.00 p.m. Y el profesor Brandel lo miraba  con  resignación, casi como diciéndole: «Muy bien mi fiel amigo, hoy me marcho, pero usted mi Hermano Reloj, tiene que seguir marcando los segundos y las horas, hasta la bendita eternidad. Yo me voy y usted se queda. Enhorabuena; que afortunado, para usted nunca habrá un final». Después de eso el profesor dio unos pasos hacia adelante. Y otra idea iba tomando vuelo en su mente; una ligera risita  pareció escapársele del cerco de sus dientes, pero Stop, cambió rápido de actitud, semáforo en amarillo, reflector en el cielo. Y en aquel momento, miró con seguridad a sus alumnos. Entonces  con tono pausado pero con inclinada voz exiliada, les dijo: «Bueno muchachos, permanezcan aquí, incólumes como Zeus, vuelvo enseguida». Y al salir  los alumnos,  volvieron a  ver  el reloj.  Por un rato guardaron  silencio y  ninguno de  ellos   se   atrevió a moverse de  su  asiento. Pero  pronto, se oyó un  rumor;  y  una  legión    de  simultaneas miradas  volaban  como   pájaros  que  no   hayan   donde  mirar.
Y cuando el profesor regresó, no venía solo. Peter el tendero, el de nariz respingada, venia acompañándolo; y  empujando una enorme carretilla atiborrada de comestibles  y bebidas, que  cuidadosamente  fue poniendo sobre el  escritorio, y cuando el escritorio estaba atestado como una multitud en un callejón, siguió poniéndolos en el suelo, y desde del suelo fueron emergiendo a la vista como un rascacielos invicto. Al punto todos los ojos apuntaban disciplinados sobre Brandel, y un perfil de estupefacción les encabritaba el aliento. El profesor lucía diferente, ya no parecía el temible y legendario profesor Brandel, el de la mirada imperturbable. Y  en ese momento parecía tan humano como el vendedor de helados de Harvard Square. El profesor  tomó aire y con un tono de voz que ilustraba cierta alegría exclamó: « ¡Bueno, muchachos!, ustedes son mi última clase; y como dije al principio, viviremos la verdad y la belleza. Atraparemos  lo heroico  del  instante, alzaremos nuestros brazos de acero inoxidable y tocaremos la nariz de corcho del cielo;  haremos algo  que revolucione nuestras almas y  embosque a la razón. Algo que   podamos  recordar toda  la vida,   tendremos a party,  aquí   y   ahora». Pero todavía había algo que a Brandel le preocupaba y no sabia qué era. 
Los alumnos estaban atónitos, no sabían si el profesor bromeaba. Nadie decía nada, todos permanecían inmóviles y con un kilo de perplejidad en sus rostros. El profesor permaneció a la espera y por un  momento pareció vacilar. Entonces vio a sus alumnos y exclamo  «! Lo dije claro: una fiesta, tendremos una fiesta!» Su tono era vivaz « ¡una fiesta con vino, cerveza, gaseosas y frituras!». Vio a sus alumnos y concluyó «Ya lo dije: aquí y ahora». A continuación Brandel tomó una cerveza, la abrió y se la llevó a la boca. Fue es ese instante, cuando Lauren, el que todo lo sabia, se levantó y  camino  decididamente y echo un vistazo a lo que había sobre el escritorio. Un par de veces vio las cervezas, y luego  tomó una para comprobar si estaba fría. Y después de sonreír, vio a su profesor  y  a sus compañeros. Sin preámbulos, destapó la cerveza y dio un largo trago. Y aunque afuera no llovía, una exclamación al unísono se oyó en el salón, como si  una  bofetada de lluvia  insólita  cayera   unánime  desde  un  cielo benévolo y  misterioso.   
Todo el entramado se ejecuto milimétricamente como si alguien hubiese tocado una señal secreta, como una trompeta que anuncia la aurora, como un semáforo que da la luz verde en un túnel largo y deslumbrante. Todos se levantaron de sus asientos y se acercaron a Lauren. Mary sacó de su cartera un pequeño radio a transistores y lo encendió a todo volumen.




Era la carga de caballería ligera que venia al rescate, apertura de Jazz. Irrumpió sin permiso la  gangosa e inconfundible voz de Louis Armstrong: A what wonderful world; y una cadena cadenciosa de melodías se dejo oír en todo el reino de la improvisación. Luego  le siguió con sus ondulaciones tonales y estridencias arteras, el  más progresista  rock. Sí, We are the Champion, de los Quenns, y el fiel Michel, el de la luminosidad, reveló su rostro radiante, sus ojos brillantes y  sus  mejillas   sonrojadas; y    empezó  a  perseguir  vehementemente  la  música  y  a  cantar: We are the champions my friend /And we'll keep on fighting till the end/ We are the champions /We are the champions/No time for losers /'Cause we are the champions of the world /.  Sus movimientos rítmicos y su revolucionaria voz, convocaron  todas las miradas y pronto se formo un coro; y parecía que todos sabían cantar y que todos conocían la letra: We are the champions. Y Brandel, pasmado,  feliz y maravillado, pensaba verdaderamente en la verdad y en la belleza; mientras descorchaba una botella de vino, y los alumnos tomaban   cerveza  y  gaseosas,  y  locuaces inconmovibles hablaban  hasta  con  la  mirada:  We  are  the  champions.
El salón  se transformó en un vocerío, en la algarabía rebosante de un nuevo esqueleto imaginativo, en el colorido asimétrico del mundo, en el movimiento enigmático de las galaxias plásticas. Luego fue Michel, quien empezó a mover sus brazo al unisonó de la música y todos lo coreaban. Las voces borraron aquel silencio de papel cebolla que olía a solemnidad y archivos. Y décadas de gestos académicos y de tizas blancas  huyeron como cien pájaros de cristal por una ventana inagotable.   Mientras afuera, pasaba revista una ligera brizna de viento;  y el cielo azul exhibía su potencia verbal  y el sol irradiaba su imperio de risas amarillas. Entonces Brandel se asomó a la ventana y vio aquel Wonderful World; y volvió a pensar en la verdad y la belleza. Y encaro a sus alumnos, los vio dispersos en delirante movimiento y los vio a los ojos; a esos ojos que tantas veces lo habían visto a él. A esos ojos que tantas veces había visto sin ver. Y comprendió algo que jamás se le había ocurrido. Vio en ellos, un brillo ensordecedor, un paisaje musical, unas palabras piadosas y conmovedoras como el silencio.  Vio en esos ojos aventureros pero fieles, la felicidad del mundo, un filamento de la verdad del mundo, un espejo de las inesperadas realidades milagrosas del mundo. Y su mirada huyente, se pobló de la húmeda del mundo, del escalofrió de lo inédito, del golpe seco de la iluminación. Pero aún había algo que le preocupaba y no sabía qué era.  
Y mientras tanto la música cambiaba de ritmo, y algunos;  los más atrevidos, habían empezado  a bailar y el  resto a seguir la música con una vanguardia  unánime de aplausos. Mientras  que él,  pensativo y lejano,  ahora  departía democráticamente  con Susan, la rubia cavernosa  y con Dick, el bohemio de pelo laberíntico.  Y de nuevo acometía  una carga de  trompetas que enfilaba un ritmo apocalíptico; al principio de una descarga desobediente,  y luego desperdigando furibundos truenos sistemáticos. Después de eso,  un solitario saxofón se había echado al hombro el equipaje del mundo entero. Ahora Brandel estaba locuaz y exuberante como una calle multitudinaria,  pero todavía persistía algo que le preocupaba y no lograba recordar qué era.
En sonrisa y agradecimiento, de uno en uno, de dos en dos y de tres en tres; todos se fueron marchando. Fue Amy, la pelirroja pecosa y de lentes de carey, gruesos y graciosos, la ultima en irse; quien con una voz fina y acaramelada, le dijo: « Estuvo fantástico, Profesor Brandel.  Nunca pensé que usted era un genio. Nunca olvidaremos éste día». Y después  de darle un abrazo, ella recogió sus libros y se marchó. Y  Brandel  repitió tres veces « Nunca olvidaremos éste día».  Y esas palabras sonaron  más demoledoras que todas las verdades del mundo. Y aquella voz cremosa de Amy  la pecosa, perduraría para siempre en su memoria  Entonces Brandel se acercó a la ventana, y desde ahí vio como Amy  caminaba irredenta  como Juana de Arco por el sendero aburrido de baldosas, hasta desaparecer tras dar la vuelta al  soñoliento muro de  piedras  que separaba el campus de la festiva calle.
  Y antes de irse del salón el profesor cerró  las ventanas; y luego se  fue a sentar a su sillón. Y ahí,   por un rato permaneció en completo silencio. Y después de  levantarse,  dio una última mirada al salón. Y vio al gran reloj circular, el de la mirada eterna. Y le dijo: «Adiós mi Viejo Amigo Tiempo, ya no volveremos a conversar». Entonces se dirigió a la puerta y apagó las luces. Pero aún había algo que le preocupaba y que no lograba recordar qué era.  Entonces, él estuvo a punto de recordarlo; en la mera punta del techo de  la memoria. No se precipito, y nuevamente camino como siempre caminaba por aquel pasillo; cuando de súbito, casi instintivamente, comenzó a tararear una canción, que a medida que la tarareaba había anunciado su absoluta presencia, era una que había olvidado por completo, y que siempre le había fascinado. Y  su rostro  se ilumino, porque era una  música que solo él conocía, que nadie más había escuchado, por fin lo había recordado. Su mente se pobló de  bienaventuradas   imágenes. Y pensó en todo lo que significaba aquella música cuya invasión súbita lo estremecía. Y   que venia   desde una ensoñación de mirada abnegada,  de una mano cálida y de la voz de la mujer que lo arrullo antes de que él tuviera un rostro. Sonrió, iba feliz.  Había recuperado una imagen del mundo, había encontrado una pizca de la verdad, había recobrado un átomo de su alma.  
Algo tembloroso y revelador que había estado sepultado por millones de palabras, por los mil  añicos borrosos de la memoria, por las cuatrocientas imágenes huérfanas  que se multiplicaban infinitamente; y que sigilosamente se reproducían enmascaradas por el millón de rostros del tiempo.  Y aquel recuerdo que siempre se había resistido a emerger, irrumpía como un conquistador redentor que tocaba la canción de una puerta inmemorial, hogareña  e inmediata. ¡I am ready! exclamo Brandel casi como alguien que se apresta a correr una carrera de 100 metros en menos de diez segundos,  la carrera definitiva, el sprint final. Y  mientras  tanto seguía  caminando  por  el  largo pasillo,  cada vez más largo y más largo y más largo. Alejándose por aquel camino que cada vez era menos un pasillo y más un túnel. Y  que parecía perseguirlo, pero que en realidad era él quien lo perseguía. Era él quien marchaba invicto, y continuaba caminando totalmente; cada vez más seguro, más imperturbable y más feliz. Siempre hacia adelante, siempre guiado por la música de su alma, y que avanzaba por aquel túnel que a cada paso se abría más; y que a cada instante, se volvía  más transparente. Pero cuyo final -tan  familiar, tan nítido y tan iluminado- , era como el subway de Boston.


Fuente: Del libro Cuentos profanos, D.R. 2004 Ilustraciones en orden de aparición: El rostro del tiempo, Collage musical (con base a Google imágenes e imágenes de Plaza de las palabras), Estación Subway.  Crédito Plaza de las palabras (2016).