Ficciones breves: Alfonsina y otras miniaturas por Mario A. Membreño Cedillo. Post Plaza de las palabras




Alfonsina y otras miniaturas

Por Mario A. Membreño Cedillo

I PARTE

Alfonsina o la cosa más extraña

Fragmentos

I. EL VIAJE A ARCADIA
*
¿Por qué ella iría  —se preguntó él— el sábado y no el domingo? Ella tampoco sabía porque Alfonsina iba a ir al parque el sábado. Como siempre ellos la  habían citado para el domingo y no para el sábado. Ellos caminaban por una gran avenida pensando en llegar al Parque O’Higgins. Y por la avenida los autos pasaban veloces, y por las anchas aceras iban y venían  apresurados transeúntes de inconcretas miradas. Ellos pasaron viejos almacenes de relucientes vitrinas atiborradas de maniquís que vestían la ropa de temporada. Los colores veraniegos sugerían playas ribeteadas de blancas arenas  y aventurados  viajes. Ellos marchaban fulgurantes, encaminándose a la estación  del metro, y pasando fugazmente  anodinas  cafeterías que despedían una telaraña de  olores de café y de frituras, que rompían  soberanamente la candorosa  oleada de la frescura inmediata de la mañana. Y además ellos transitaban por la gran avenida, despreocupados y sin prestar la atención a su entorno porque ellos franqueaban pensamientos díscolos como si fuesen pensando  que caminaban regocijadamente por la blandura de una playa esponjosa e inagotable. 

II. LA COSTUMBRE INVERTEBRADA

O como si ellos estuviesen internándose dócilmente  entre la claridad de luces y el desasosiego de las sombras de un tupido bosque de pinos y abetos. They were walking by the road,  hasta que casi se pararon  instintivamente en la esquina, a esperar  pacientemente la luz verde de peatones. Cruzaron la calle junto a un grupo de jóvenes que peregrinaban envueltos en un susurro de voces que ahogaba el paso firme de sus pasos y liquidaban el paso vertiginoso de los autos, y sofocaban la ronda de bocinas de los autobuses que aullaban como lobos corriendo en círculo en una jaula de aire.  Y entre aquel tumulto  de  voces y aquella orquestación de bocinas, ellos siguieron progresando en su recorrido;  hasta que vieron a los  jóvenes  que  como un enjambre de palabras iban delante de ellos al cine Normandía. Y en ese momento ellos cambiaron miradas, y por un momento los asaltó una curiosidad  pasmosa de seguirlos y entrar con aquellos jóvenes al cine. Pero solo lo pensaron remotamente, casi sordamente como un paisaje brumoso que es inmediato pero también lejano.  ¿Por qué no quedarse plácidamente en el cine Normandía y romper de una sola vez y para siempre aquella imperecedera costumbre?

III. LAS ESTATUAS DE LA MIRADA FIJA

Pero, sin dirigirse la palabra prefirieron continuar  caminando, tal y como siempre lo habían venido haciendo  todos los domingos. Sin cambiar el itinerario siguieron impávidos, vueltos totalmente a lo suyo,  con media ciudad a cuestas, y dejando también  atrás el penacho verde del cerro Santa Lucía, rayado en escalinatas de piedra cobriza y salpicada en negras estatuas. Con el recuerdo que entre semana y por las tardes, aquel parque se llenaba de colegiales que corrían  y bajaban como un irrefrenable torrente de agitación y de risas. Pero no era entre semana, sino cada fin de semana. Las parejas se la pasaban huroneando el cielo; y ocasionalmente se veían turistas subir con una cara rebosante de curiosidad, y enfilar su vista a las estatuas que cuando les llegaba directamente la luz del sol parecía tan vivas como la gente. Y mientras ellos prolongaban su recorrido, el cerro se iba achicando y las estatuas se iban quedando como lo que son: mudas sinuosidades de mirada fija  e impasible. Pero, ¿por qué todas las estatuas son negras?

VI. UNA VISIÓN CORRE VELOZ

En esa escenografía en que todos eran tristemente iguales;  mientras sus manos potentes se aferraban a los pasamanos y sus miradas disimuladas se perdían en el trajín de un vagón repleto de cuerpos que anuncian una somnolencia que lejanamente esperaba transformarse en una corriente inusitada de vitalidad y anhelo por salir a flote. Entonces entre gente y sueños, entre las nueve de la mañana y aquella aglomeración de peregrinos, el metro volvía sigilosamente a poner su maquinaria  invulnerable en expedito movimiento. Y volvía a dejar  atrás estaciones iluminadas y seres que esperarían otros  vagones para ir a bajarse a otras tantas estaciones alumbradas, en que otra partida de viajeros subiría con las mismas posibilidades. Mientras, el vagón completamente iluminado y limpio atravesaba túneles uniformemente despejados. Entonces uno pensaba que todo era suave y hermoso. Y que aquel era el preámbulo a un sueño perenne, igual a un viaje que avanzaba hacia un horizonte imperecedero de luz:

They walked along the path, towards the white sand and the still sea. Everything was like a postcard. However, there was nothing. It was just an effortless dream. Maybe it was just an apparition, a date, a still vision.

XV. MOBY DICK APARECE

Ellos siguieron caminando a la vera de un camino aplastado por las sombras de frondosos árboles. Y los senderos adoquinados del parque estaban llenos de paseantes que cuando se impacientaban  se iban a campo traviesa. Hasta que desperdigándose como lengüetazos de agua decidían  internarse hacia parajes más alejados de aquel mar humano que parecían espumosas olas en constante flujo y reflujo, y que invadían el parque;  hasta que cualquier pedacito olvidado e insignificante podía convertirse en la  dorada playa llena de caracolas de una paradisíaca isla en que uno sé podrían encontrar a Robinsón Crusoe bebiendo una gaseosa. O convertirse en un mar: profundo, vasto y total; en el que uno podría de golpe, imaginarse sobre la  procelosa  perspectiva aparecer   un inmenso  chorro de agua partiendo el horizonte en dos; y  luego, ver emerger entre el agua azul la  silueta  blanca del lomo ondulado de Moby Dick, y enseguida su blanca cola retando la unanimidad del aire, y tras ella, ver  asomar la quilla del Pequod, y arriba en la cabina de mando distinguir la mirada fiera del capitán Ahab. Entonces, el chorro de la fuente y el chorro de Moby Dick, el lomo ondulante blanco de la ballena y una mano limpia que dibuja una ballena blanca en un papel en blanco. Entonces desde lejos, sobre las copas de los árboles se divisa  un chorro inmenso de agua, pero no es una ballena, aunque se asemeja al chorro de una ballena. Es una fuente que eleva al aire el chorro de una ballena. Entonces el capitán Ahab ve el chorro y desde el parque los paseantes también ven el chorro. Y el parque duplica  un océano de gente, pero no es un océano es solamente un parque que parece un océano en que un chorro vertical de agua rompe  en dos el horizonte, entonces uno piensa irrevocablemente en Moby Dick.

XXI. EL TIEMPO ENMASCARADO

Desde detrás de los árboles apareció inadvertidamente una sombra, que luego pareció una mancha amarillenta borrosa envuelta en lluvia. No era una sombra ni era una mancha amarilla, era un policía con un capote amarillo. Aquella presencia inesperada les aturdió. Ella se había asustado no por  el policía ni por el capote, ni por la lluvia, sino porque sencillamente no lo esperaba. Ella inmediatamente se cubrió con sus brazos. El policía era fornido y de tez clara, lucía un uniforme impecable y llevaba puesta sobre su cabeza una gorra parda. Él se acercó un poco más a ellos  y les reprendió. Pero sus palabras eran más para ella que para él.
—«Señorita, usted no  puede desvestirse en un parque público» —dijo tajantemente el policía. «Eso la ley lo prohíbe porque es un acto inmoral.»
Ella verdaderamente estaba asustada, quería decir algo, pero por unos instantes parecía  haberse quedado petrificada como las estatuas blancas y grises de Pompeya, o como el condenado que espera un veredicto.  Pero sus palabras ya estaban en vuelo, casi a punto de salir, algo quiso decir, algo balbuceo, entonces tomó aliento, y sin inmutarse ella le miró audazmente a los ojos, y como si fuese la diosa Minerva, en un tono de solemne y de riguroso acento romano, le dijo:
—Señor Carabinero, yo  no volveré a quitarme la blusa en un parque público, aunque esté lloviendo a toneladas, se haya desbordado el Mapocho y tenga la blusa hecha un mar de pena negra.
El policía la escuchó sin pestañear y  sin añadir ni una sola palabra más. Y después de que ella se puso la blusa, el policía desapareció por el mismo lugar por donde había aparecido. Por algún momento, la súbita aparición los hizo olvidar  todo pensamiento, como si solo ese hecho hubiera ocupado la totalidad del día, y se les hubiera revelado algo que yacía en lo más profundo. Y en seguida ellos  tuvieron la rara sensación de haber estado en otro lugar. Es como si el tiempo se hubiera encogido;  o quizá, se hubiera alargado. Y cuando dejó de llover; aunque todavía llevaban las ropas empapadas, ellos se  dirigieron a la estación, subieron al metro, y se sentaron en asientos diferentes. Mientras todas las miradas de los pasajeros los miraban como si ellos se hubieran sentado juntos y siempre hubiesen sido una sola y definitiva cosa.  

XXII. EL SUEÑO DE GAUGUIN SE MATERIALIZA

Él iba distraído cuando se recordó de las hermosas mujeres de papel de las estaciones del metro, sin saber por qué termino pensando en Gauguin que a campo traviesa pintaba  mujeres semidesnudas en Tahití. Al principio fue una curva descolgándose de los senos, que parecían caerse como el fruto de un árbol de mangos,  en seguida le cayó la voluptuosidad de los colores cafés, y del  costado vinieron esos brazos zurdos siempre apoyadas en la tierra, el desenfado  de la pincelada certera, los rostros que olían a hierba mojada y a la inmortalidad de los caracoles. Esa tierra amarilla, «Nafea faa ipoipo, bur», when will you marry? Las miradas que nunca miran de frente, siempre miradas que buscan  algo que solo ellas ven: «Fatata te Miti».

A la vista del fuerte colorido de los rojos y amarillos y aquella sensualidad disfrazada de inmediatez provocativa, ese  porte sereno de madona florentina y tahitiana, «La orana maria»,  con ese mutismo de labios cerrados que amenaza gritar y de ojos abiertos navegando, naturalmente, sin  velas y sin viento y sin remos. Siempre el navegar entre miradas ajenas y despertares de un sueño irredento. La simpleza sin enojo: «No te aha oe riri?» Luego aquella teosofía de colores de las formas: «Nevermore o Taiti»Pero, White Do De Come From? What Are We? Where Are We Going? (D´ou venons-nous? Que sommes –nous?, Ou allons-nous?). Entonces él dejo de pensar en los cuadros de Gauguin, y la vio a ella que resplandecía tan callada,  tan intacta y tan vaporosa  como eran las mujeres que acostumbraba pintar Monet. Ella iba desembarazadamente sentada, viendo las ráfagas de pedazos que desde la ventana pasaban veloces. Pero ella no estaba en ese vértigo de colores deformes y abstractos que imprime la velocidad., sino que pensaba inexplicablemente en Juana de Arco,  y en aquella escena cuando la Doncella de Orleans, como la llamó Schiller, entraba  victoriosa en la catedral de Orleáns. Pero, ¿por qué no ir mejor al cine Normandía y ver a Scarleth O’Hara (o sería Vivian Leigh) en Lo que El viento se Llevo?

II PARTE

LA MUJER QUE CONFUNDÍA  A LAS PERSONAS CON LAS  COSAS

La mujer  había llamado a sus pequeños hijos, al instante alargó sus cojines y dijo: «aquí están, bien que sabía que vendrían pronto». Acarició los cojines; y luego llamó a su esposo, entonces se levantó un poco del sillón y tomó un sombrero negro, y dijo « aquí estás también». Falta la cesta y la comida para el paseo campestre; entonces tomaba un par de periódicos doblados. Y decía, «estamos listos». Ponía todo sobre la cama,  recorría la colcha, ponía los cojines cerca, uno a cada lado de ella. Luego el sombrero y después los periódicos. Entonces se recostaba y se tapaba con la colcha. Estaba lista y preparada como todas las noches, pero antes de apagar la luz de la lámpara, como todas las noches, decía casi como orando: «aquí estamos todos de nuevo, ahí vamos, al paseo campestre». Entonces inmensamente feliz, ella se dormía como todas las noches.
De II. Miniaturas

LA PALABRA PRECISA

Apenas asomaba  su silueta contra la oscuridad. Sus movimientos eran agiles como los de un gato. Después supe que no era un gato. Pero ni yo ni nadie puede develar su nombre. Es una criatura innominada. Pertenece a la oscuridad del mundo. Aunque a veces se le otorga permiso de salir a la claridad de la luz. Aun en los diccionarios  no existe la palabra precisa que lo imagine.  

De IV. La conspiración de las palabras

LA FUERZA DE LAS PALABRAS

Una « mayúscula y dos « minúsculas jugaban en el Parque de las Letras.  Cansadas de jugar decidieron partir cada una para su hogar. Pero una fuerza inexplicable y poderosa se los impidió. En algún lugar de Kentucky acababa de nacer una hermosa niña de nombre «Ann»

De IV. La conspiración de las palabras  

IDENTIDAD EN PROCESO

Una «ñ» solitaria y estrambótica  se encontró con una  elegante y altivas «U», y después con una humilde y popular «a.  Todas se hicieron amigas  y conversaron hasta el cansancio. Sobre la Plaza Roja, de Paris, Frank Sinatra y Marilyn Monroe,  y hasta de los Dodgers y Carlos Santana, y todas ellas concordaron que alguna vez irían al Carnaval de Rio. Al fin cuando  se dispusieron a partir cada una por su lado, se dieron las despedidas y apretones de manos. Pero por más que lo  intentaban, no  podían separarse. Pensaron que algo extraño e incomprensible les  había pasado. Consultaron con las Letras Mayores, y nadie les daba una respuesta satisfactoria. Les costo un par de años comprender lo que el gran Sacerdote de las Palabras lea había dicho hace ya un par de años, que consultaran el diccionario: ahora ellas eran una Uña.

De IV. La conspiración de las palabras

EL SUEÑO DE TLALOC

La india agonizaba. Sus ojos eran  como una noche sin luna y sin estrellas. Llovía, y al ritmo de la lluvia ella se fue desvaneciendo como si fuese un sueño líquido. Entonces Tlaloc se despertó y se dio cuenta que estaba empapado y por sus oídos se desparramaban las nubes.    

De V. Teoremas del sueño

THEY

Ellos ya estaban en el salón  cuando la  señora Parker entró con una bandeja de té y un par de  muffins. Al sentirla el señor Robson alzó la vista del libro que estudiaba  y esperó a que la señora Parker pusiera la bandeja en la mesita al lado del escritorio, no sin antes echarles una furtiva mirada a ellos.  Al verlos la señora Parker les dijo: «pórtense bien y no molesten al señor Robson. En un rato les traeré unos bocadillos». Ellos parecían haber asentido con sus cabezas. Luego ella se dirigió  al señor Robson y le dijo: «Sabe, Señor Robson, y perdone que se lo diga, pero  creo que le dedica mucho tiempo a esos libros marinos». El señor Robson le vio indiferente y luego le contestó: « ¡Ah! señora Parker, siempre cuidándome,  pero ellos son mi pasión». «Si» digo ella, cándidamente, y luego subió la voz: «Sinceramente, nunca entenderé  como lo hace». Mientras ellos sin moverse observaban con curiosidad al señor Parker y a la  señora  Robson. Y cuando la señora Parker se retiró ellos le siguieron con la mirada, y luego sin moverse cambiaron la orientación de la mirada  al señor Robson que para ese entonces ya se había sentado;  y mientras este probaba gustosamente su té les regalo un atenta  mirada a ellos. Y les dijo: «Les  invitaría  pero aun  no es su hora de merienda». Y también agregó: «además, el té y los muffins no son nada bueno para ustedes.» Ellos no le contestaron pero parecía que lo observaban con cierta frustración. Entonces, una vez terminada su merienda, el Señor Robson se levantó y abandonó su estudio. No sin antes recomendarles a ellos que se portasen bien. Ellos con una mirada curiosa lo vieron irse, pero no lo siguieron, en cambio velozmente se subieron al escritorio y vieron el libro abierto del Señor Robson,  y después de lamerlos cómodamente, entre los abruptos chapoteos de agua, comenzaron implacablemente a comérselos.     
De VI. Inquisiciones




UCCELLO, EL PINTOR DE LA OTREDAD

Se llamaba Paolo di Dono, pero le llamaban Uccello, es decir, él era irrebatiblemente «El pajarero». Era pintor y matemático y buscaba en aquellas líneas del estudio de la perspectiva la cuadratura del círculo, quizá la curvatura de las inconstantes sombras; o no menos probable, la armonía pitagórica del universo. Él era receloso de su oficio y, salvo muy raros amigos no permitía que nadie entrase a su casa, uno de ellos era el escultor Donatello; quien un día al ver en las paredes de la casa del pintor los dibujos en espirales enfundados por líneas de todos los tamaños y ángulos. Le reclamó a Uccello diciéndole que estaba perdiendo el tiempo. A lo que Uccello solo le devolvió una sonrisa. Fue hasta que un día sin dar explicaciones, Uccello empezó a pintar sorprendentemente sobre las líneas  y espirales: pájaros de toda clase, formas y colores. Encandilado con eso, fue llenado pacientemente de dibujos casi todas las paredes y superficies planas de la casa. Después de los pájaros Uccello tuvo la extravagancia de empezar a pintar animales de toda calaña: fieros y mansos, de frente o  de perfil, y eventualmente hasta  en escorzo. Y en una de sus visitas, al verlos Donatello le dijo a Uccello: «tus creaciones son tan hermosas y tan reales que parece que todo este animalario está a punto de desprenderse de las paredes, descolgarse de los techos, ascender desde los pisos, y salir en voraz huida montados en el lomo del viento, directamente, a estremecer  las estrellas.»

Pero además de elogiarlo,  Donatello  también le reclamaba a Uccello que sus obras ya deberían estar adornando las galerías de la casa de los Medici o la de los Strozzi. O deberían estar poblando el Palacio de los Uffizi, o conquistando  alguno de los relieves vacíos del Palacio Vecchio; y no en las paredes grises e irregulares de su casa. A lo que Uccello le contestaba: «jamás me desprenderé de mis dibujos ni de mis  pinturas, ellas son mi única compañía,  hermosas criaturas de Dios, que algún día volaran a la par de los ángeles.» Y en cuanto a sus dibujos de perspectiva Ucello siempre le decía a Donatello: «estos no son más que el engranaje que conserva  intacto la estructura del universo.» Fue entonces, ya desde el umbral de la puerta que, Donatello le dijo a Uccello en tono admonitorio: «Vamos Paolo, cambias lo cierto por lo incierto. Buscas en la línea borrosa y trivial dela perspectiva un fundamento del omnipotente y secreto universo». A lo que  Uccello solo le contestaba con una silenciosa  y concluyente sonrisa.

Cuando Uccello dejo de salir de su casa, sus vecinos comenzaron a alarmarse, y una partida de ellos pronto estuvieron tocando a su puerta. Dentro de la casa todo era silencio y no hubo respuesta. Entonces los vecinos empezaron a atisbar por las ventanas y le gritaban: ¡Paolo! ¡Paolo!  Y a cada gritó más vecinos y curiosos se fueron agregando. El alboroto llegó a oídos de Donatello que inmediatamente llegó al lugar. Y conocedor de los excesos de Uccello, exhortó urgentemente a los vecinos a forzar la puerta. Pronto, no sin cierto esfuerzo, lograron abrirla; y abruptamente una torbellino  de animales y aves salieron en estampida, botando violentamente a los hombres al suelo. Pasada la asonada pero todavía aterrados, uno a uno de los hombres se fue levantando; y acercándose cuidadosamente entraron a la casa; entre ellos Donatello que en seguida se dirigió apresuradamente al aposento de Uccello y lo encontró tendido en su cama, boca arriba todavía con una fresca sonrisa, pero ya perfectamente alineado con la perspectiva de la muerte.

Donatello advirtió de que algo faltaba y antes de  retirarse del aposento de Uccello,  decidió recorrer y revisar toda la casa. Y después de inspeccionarlo todo, y ya cansino y con su semblante totalmente abatido, se paró por un momento y tomó una profunda bocanada de aire.  Mientras que el tropel de hombres que no se le despegaba,  y fijamente le seguían observando parecían todos desconcertados. Pero ninguno de ellos se atrevió a preguntarle  nada.  Por fin Donatello salió de la casa y cerró amablemente la puerta. Los hombres le persiguieron pero él no les dirigió la mirada ni  tampoco pronunció palabra alguna.  Él jamás le dijo a  nadie que todos los dibujos y las pinturas de la casa habían desaparecido. Pero esa no era su preocupación, sino que el recordar aquel instante en que por primera vez vio en las paredes los esbozos de la perspectiva de Uccello: líneas, volutas y espirales. Y que estos todavía seguían ahí, pegados a las paredes, borrosos pero inclaudicables y certeros.  Los bosquejos alineaban meticulosamente la configuración del cosmos y salvaguardaba las formaciones y armonía intocable de los cuerpos celestes. Y ahora, Donatello al verlos  nuevamente se había percatado de que estos habían empezado inexorablemente a moverse...

De VI. Inquisiciones

Créditos

Textos y ficciones de Alfonsina y otras miniaturas ©Mario A Membreño Cedillo

Ilustraciones

Escultura leyendo, escultura, Cerro  Santa Lucia, Santiago de Chile, foto © Plaza de las palabras.  

EL pájaro, el nido y la luna, dibujo. © Thiara Larissa Lozano Membreño, artista juvenil hondureña, 2017