Miniaturas. Mario A. Membreño Cedillo. Post Plaza de las palabras






Horror metafísico

Vivía en Oklahoma, era la última sobreviviente del planeta. Y había subsistido alimentándose de  conservas   y bebiendo agua de los manantiales. Ella solía pasarse la tarde sentada en una mecedora de su casa. Entretenida y gozosa con tan solo  mirar fotos de sus nietos y tararear  canciones. Esa tarde había dispuesto continuar un hermoso chal que llevaba años tejiendo. Y  recordó que alguna vez había  entonado  plegarias, sin saber porqué le rodaron lágrimas por sus mejillas. No recordaba cuando fue la última vez que había llorado. Una profunda tristeza la abatió. Y decidió  implorar al Dios desconocido que aquel destierro terminara, todavía imploraba cuando de repente sonó el celular.

El especialista

Le habían informado que en ese callejón nadie salía con vida. Pero el hombre que era arrojado, listo, y especialista en salir vivo de cualquier callejón, se atrevió a ir. Cuando llegó, comprobó que era un callejón como cualquier otro. La sombra de un gato no lo asusto, el movimiento de las ratas en los basureros tampoco lo asquearon. Las luces que producían sombras no lo conmovieron. Más le llamaron la atención los  carteles de propaganda pegados en  las paredes. Él los repasó: anuncios de colas, un afiche de un concierto de rock gótico, un desplegado de beneficencia para ayudar a pacientes con sida. Y ya para irse vio una hoja pegada que anunciaba una película en un cine. Y con esa imagen del cartel en la mente el tipo se marchó.
En fin el hombre había salido  ileso y por ninguna parte vio los monstruos que le habían dicho que había en ese callejón. Salió, más que feliz, frustrado. Un callejón más en su currículo, sin que pasara nada.  Siguió caminando varias cuadras, hasta  que volvió a ver el volante pegado que ya había visto en el callejón. El que anunciaba  una película, su instinto de sabueso se activo, pensó que no seria mala idea entrar y relajarse. El cine estaba a solo dos cuadras y las camino  con total parsimonia, como si fuera la ultima caminata de su vida. Una vez en el cine, compro el boleto y una bolsa de pop corn. Entró a la sala, que estaba a medio cupo, las luces se apagaron y empezó la película.
El tipo ya la había visto la película pero no le pareció una mala selección. Al poco rato, el hombre que tenia a su lado derecho le dijo:
 — ¿Cómo se le ocurrió venir aquí? —El hombre se extraño con la pregunta del desconocido. A quien ni siquiera podía verle la cara.
    —Simplemente se me ocurrió.  —Le contestó—. Nada más pasó por un buen rato.

 Eso fue todo, hasta que el hombre que estaba a su derecha, le volvió a decir:

  —Sabe,  en realidad esto  no es un cine.
— ¿Y qué se supone que sea?  —le dijo él.  —Pero el hombre a su  derecha no le contestó.

Al rato le dijo:

— Es un comedero.
 —Sí, — replicó el hombre en un tono incrédulo, pero calculado.  — ¿Y qué se supone que se come aquí?
—Pues, mire  —Contestó el hombre de la derecha, —Seré amable y directo. Aquí todos somos tiburones. Pero eso si, se lo diré para su alivio, soy un tiburón educado. Usted quizás no lo sabe, pero hay diferentes clases de tiburones. Unos rapaces, de mirada fría, sin modales, profundamente arcaicos. Yo soy un tiburón urbano. Me lo comeré con una entrada, pero antes de hacerlo me gustaría probar algo de sus  pop corn. Le agradeceré mucho me de unos cuantos.

El hombre se quedo pensativo. Pero aún no preocupado. Poco después el hombre de la derecha le volvió a decir:
—Sabe, estoy tratando de ser atento, ya le dije soy un tiburón educado. Usted no conoce  nuestro modus  operandi,  ponemos esos anuncios del cine en callejones insignificantes, para que los asistentes sean anodinos. Así nos evitamos preguntas y situaciones complejas. Y no sabe cuanta carne tierna y jugosa ha venido por esos volantes.  Ya le dije este no es un cine, es un comedero exclusivo de tiburones. 
El hombre, que está vez sí,  había empezado a preocuparse, trató de hilvanar una respuesta.
En fin él era arrojado y listo. Lo que se llama un ancestral lobo marino.
—Sabe, soy un fiel devoto de mi  obra. Y lo disfruto. No se imagina cuantos tiburones he cazado. Soy un especialista milenario. Pero no se preocupe. Se lo  aseguro. Yo también soy un cazador educado. Tengo mis principios muy arraigados. Pero no se preocupe lo hare  sin dramatismos.    
— ¿Hará sin dramatismos qué? — repostó el hombre de la derecha.
—Lo que vine a hacer. —dijo tranquilamente el cazador—.  Desde que vi ese llamativo cartelón en el callejón. Lo reconozco, es una trampa muy original. Nunca se me hubiera ocurrido. Pero no se preocupe soy especialista. Siempre hago bien mi trabajo: frio, rápido, y definitivo. Nunca dejo huellas. Y a propósito,  aquí tiene unos cuantos pop corns.


Una Jirafa surrealista en la gaveta

Por algún lado había oído que había una jirafa en la gaveta. Enseguida se dirigió al escritorio, abrió el cajón pero no había ninguna jirafa. A los  toquidos en la puerta,  se encaminó  hacia ella y la abrió: pero tampoco era una jirafa. Lo que estaba frente a él, era un tipo robusto de bigote terminado en punta, que  de inmediato lo tomó del cuello. Entró arrastrándolo hasta el escritorio. Y mientras  abría la gaveta, le dijo: «Te dije que no te salieras de la gaveta. »

El cazador de sombras

Arthur era reconocido como el gran cazador de sombras, sus proezas iban desde aquella gran captura  de la sombra de un alfiler, con el primer plano de un pajar con las montañas grises al fondo, y en la perspectiva el cielo azul tapizado de   nubes. Esa captura lo había lanzado a la fama. En seguida  siguieron otros atrevimientos, como las captura de la sombra de una abeja en pleno vuelo cuando se acercaba a una hermosa orquídea; mientras  pasaba un flamante Boeing 747, devastando la fragilidad de las nubes. En el reino acuático, había abierto el umbral al reino de las sombras. La captura de una aleta de tiburón, cuando el sol brillaba en todo su poderío. De paisajes urbanos, su obra muy  reconocida y altamente creativa, había acaparado todas las miradas y portadas de revistas. Como aquella de tres jóvenes norcoreanos pasando  por un puente en Praga y capturado sus sombras sobre la superficie plana del agua.
Pero su especialidad era su captura de  sombras de mujeres, la que había consolidado su prestigio, logrado las capturas más mediáticas y convincentes. Pero Arthur pensaba que con todo, todavía había algo que le hacia falta, la captura de sombras  ya no lo conmovía. Con ese animo en los hombros, fue cuando la vio, la joven le pareció hermosa, caminaba con el ingenio de Francia; y su mirada era fulmínate como un rayo de Cupido; y despedía de su cuerpo los neutrones del amor. ¿Quién es esta muchacha que pasa atrapando las miradas de todos los ángulos? Se preguntó Arthur, definitivamente,  decidido  a cazarla. La solo idea lo revitalizo. Al mediodía, la siguió por una larga calle, pero pronto la perdió entre los transeúntes y los escaparates.   Un par de semanas después, una noche  la reconoció de espaldas, pero cuando  la luz del farol de la calle la ilumino, se percato  de que no proyectaba la sombra de ella.  Sabía que había hecho el descubrimiento de su vida: una muchacha sin sombra. Pero en el fondo había algo que lo inquietaba, algo que nunca había sentido por nadie. Arthur llegó a pensar: que amaba a aquella muchacha. Creyó que ese era su destino final. Y como un  disciplinado cazador de sombras, lo afrontó.
Por terceras vez, salió de cacería, solo había visto su rostro la primera vez. La siguió hasta verla doblar en una esquina. Apuro su paso, esquivando transeúntes. Y  en el  preciso momento, en que creyó tenerla al alcance. Arthur  sintió el peso de una  mano  sobre su hombro derecho. Solo alcanzo a oír: «Te atrape, ahora serás mi sombra».  Arthur ni siquiera  vio por segunda vez, el rostro de la hermosa muchacha que lo había cazado, porque en el gran Reino de los Cazadores de Sombras. Está prohibido, absolutamente prohibido, que un cazador vea por segunda vez, el rostro de la mujer que ama.


La doble imagen

Ella era la última sobreviviente del  planeta; había vagado por años, recorriendo caminos desolados, dejando atrás pueblos deshabitados, y entrando  en numerosas  casas sin un alma.  Llegó al fin a un pueblo sin nombre y recorrió sin rumbo calles anodinas. Hasta  que por fatiga o añoranza, decidió entrar a una casa. La  vivienda le pareció graciosa y acogedora. Pero  estaba polvorienta y olía a humedad. Extenuada subió al segundo piso, buscando una cama en la cual reposar. Entró a una habitación amplia, vio  una cama. Se encamino para recostarse,  pero le  llamó atención una pared sobre la cual había una especie de cortina que parecía ocultar algo. Se acercó a la pared. Retiro la cortina cenicienta que la cubría,  y se sorprendió: había una persona detrás de la cortina.
Ella se  quedo impávida, temerosa. Pero pronto la alegría le volvió, porque  al fin había encontrado a alguien más.  Aquel hallazgo la había hecho feliz. La vio, la mujer no era muy joven, lucia  respetable. De su cabello le caían mechones de canas, y sus ojos brillaban. Ella pensó que aquella mujer era  simpática, y hasta le pareció que era inteligente y hermosa.  Pensó que por fin  tendría una interlocutora. Y que  ella, al fin y al cabo; no era la última sobreviviente del planeta. Ella quiso tocarla, quiso abrazarla, quiso decirle lo feliz que se sentía. Pero   antes se le derramaron unas lágrimas de los ojos. Estaba exageradamente  feliz. Se llevó, las manos a su cara, y después  alargo sus brazos, temblorosa y emocionada, hasta tocar la superficie plana del espejo. 
La revelación

Yo sé bien que se llamaba Paula porque Alina me lo había asegurado en el café de la calle Alves. Cuando desde la ventana  vimos pasar a Paula, y Alina casi sin mirarme, señalando figuradamente con su dedo exclamó: ¡Vaya esa es Paula! ¿Qué diablos hará aquí, y a estas horas? Lo juro que me sorprende verla aquí porque se muy bien que ella no debería estar aquí y menos a estas horas. Después de eso, Alina me miro casi sin mirarme, como si ella no estuviese aquí conmigo.
Y mientras se tomaba su café sin pronunciar palabra;  yo pensé que algo había pasado. Porque algo me había pasado. Yo desde entonces ya no he podido quitarme a Paula de la cabeza. Para mí el paso de Paula había sido una revelación. Desde entonces ella es para mí, una especie de musa. Pero eso solo yo lo sé. Nunca se lo dije a ella y nunca más la volví a ver. Solo la he visto en sueños. Cuando la veo pasar frente al café, la estoy soñando, y cuando paso frente al café y ella ésta adentro mirando desde el café, es  ella quien está soñándome. Entonces me doy cuenta de que detrás de la fachada de los sueños,  a nosotros solo nos separa un cristal, una calle y una mirada.

La visita de la musa

Bertoldo, músico de profesión,  había tenido un arrebato de inspiración. Componía una melodía, llevaba varios días trabajado hasta bien entrada la noche. Ensimismado, casi sin comer, apenas agua. En un estado casi febril,  y de total  concentración, había probado todas las combinaciones posibles de la notación musical. Hasta que encontró una línea musical que lo arrebato. Sin detenerse, temiendo que si interrumpía su obra, el estado de  gracia en que se encontraba, lo abandonaría. Casi lo había logrado, de sus ojos brotaban lágrimas, sus manos temblaban. Había adelantado la mayor parte de la composición. Faltaban solo las notas finales que todavía volaban hurañas por su mente, hasta que   ya las gozaba casi a su alcance.
Cuando escuchó, primero unos pasos y luego un par de  toquidos  en  la puerta. Enseguida, se detuvo. Las notas musicales habían huido despavoridas de su mente. Quiso atraparlas de nuevo, intento recordar la tonada, pero todo fue en vano. Abatido oyó de nuevo los insistentes toquidos en la puerta. Se maldijo y maldijo al inoportuno visitante. Furioso se levantó de su silla, y se dirigió tembloroso  hacia la puerta. Con ira  la abrió: y un torrente musical inundo la habitación.

El tigre en el espejo

Aristóteles  piensa que todo la formula se reduce a verse al espejo después de muchos años de no hacerlo. Al primer intento no encuentra nada. Al día siguiente cambia la dirección de la investigación y emprende otra búsqueda en las breves policiales de todo el mes de mayo, y encuentra una escueta nota con el encabezado: «tigre ataca a transeúnte». No hay nombres, ni se mencionaba ningún lugar. La  noticia apenas indicaba que el hombre había sido trasladado inconsciente, desde un barrio en los ferrocarriles hasta un hospital. Aristóteles se sintió satisfecho del hallazgo, no le importaba cómo terminaría el asunto Lo único que lo obsesionaba era volver a recorrer de nuevo sus pasos. Saberse con los hilos en las garras, creer que podría cambiar el conjuro.

Variaciones bibliotecarias

*
La cena
— ¿Hay vampiros en está biblioteca?  —Preguntó el joven.
—Acaso ha visto alguno por ahí. —Repreguntó la bibliotecaria.
— ¡No!, —dijo el joven—, pero he escuchado que aquí han visto vampiros.
— ¡Si!, —exclamo la mujer concierta sorpresa—. Los jóvenes de ahora ya no hayan que inventar. Los valores morales se han ido perdiendo. Vampiros, ese rumor lo vengo oyendo desde hace cuatrocientos años.
— ¡Vaya, vaya!, Cuatrocientos años. Usted no se ve tan vieja.
—Se cuidarme, jovencito. Sigo una dieta rigurosa. ¿Y qué libro viene a buscar?    
— Sinceramente, no sé. Prefiero que usted me recomiende uno…
—Perfecto, pero eso será hasta después de la cena…   

**
Romance azul  de la luna 

La bibliotecaria  sin voltear a verlo,  seguía  concentrada escribiendo  a saber qué en una libreta tan nueva que se respiraba el olor del papel  que impregnaba el aire. Ella  por fin le había concedido una fugaz mirada sin parecer captar el asunto o fingía  no captar el asunto,   con la astucia de una linda gatita a la cual le empezaba  a gustar la luna. Fue en ese momento  qué pensé  que  él estaba flirteando con ella y que eso era lo que la tenia más molesta. A pesar de que las palabras de él  eran tan solemnes, que uno jamás se figuraría  que se estaba dirigiendo a la bibliotecaria, sino más bien a una bandada de ruiseñores azules reflejados en un estanque transparente. Y la bibliotecaria no era alguien dispuesta a oírlo a él, sino  alguien acostumbrada a sólo escuchar  Claro de luna, bajo una  luna azul  desde una terraza enigmática.   

***
La coleccionista de libros

Encontré a la biblioteca refugiada detrás de  unas gafas que parecían ocultarle todo el rostro. Entonces puse el libro boca arriba sobre el mostrador. La bibliotecaria lo miró casi con la infinita indiferencia de una galaxia, y tomó  el libro tan rápidamente que yo sólo vi moverse  un par de manos   veloces   y  de uñas largas  pintadas en rojo. Vaya a saber por qué ahora no logro recordar para nada su rostro, salvo sus gafas finas y doradas;  y sus manos arteras tomando el libro con la agilidad  con que un gato atrapa un ratón.

****
El libro que cautivaba a los  lectores.

Al tipo despistado que recién acababa de entrar, la bibliotecaria lo estaba viendo de reojo.  Al ver ella que no se acercaba al mostrador,  lo vio ir hacia los ventanales. Ahí permaneció por un rato. Hasta que dio medias vuelta y se dirigió al mostrador.
— ¿Desea un libro? —preguntó la bibliotecaria. El hombre no respondió y en su lugar  echo una mirada furtiva los estantes.
—Si, —dijo al final
— ¿Y qué libro prefiere?  —inquirió enseguida  la bibliotecaria
—Cualquiera —dijo el hombre.
—Me tiene que dar un titulo o un tema. —El hombre pareció contrariase, pero pronto cambio su semblante.
— Entonces, deme algo de acción.
—Tiene que ser más específico.
—Específico —repitió el hombre—. Entonces, deme algo de magia.

La bibliotecaria sonrió. Luego tomo una actitud de franca solemnidad.

—Ya sabe las reglas de éste lugar. —Lo dijo poniendo énfasis en éste lugar.
—Si, lo sé todo. Ya me he cansado de oír tanta charlatanería. Todo mundo lo repite. Y sabe, no creo absolutamente nada de eso.
—Otro incrédulo más. Sabe, desde que lo vi entrar supuse que no era el elegido. Usted no debería estar aquí. Éste lugar es para los que creen.     

El hombre quiso decir algo, pero antes de que lo hiciera, ya el  libro se había cerrado para siempre.



Crédito de los micro relatos

Miniaturas ©. M.A. MEMBREÑO CEDILLO

Ilustración

Miniaturas©, foto de  Plaza de las palabras.