Mejor dejemos que salga la luna. (Cuento) Mario A. Membreño Cedillo. Post plaza de las palabras









Deja que salga la luna
Huapango
José Alfredo Jiménez

Verdaderamente estoy decidido. Lo sé y creo que ella también lo sabe. Sí, todo ha llegado a un nítido límite. Las cosas no pueden continuar así. Todo esto es un símbolo  etéreo con un sonoro acento absurdo. Sí, yo lo sé, y creo que ella también lo sabe; aunque a veces pienso que ella aún no había  atrapado el curso de las cosas. Lo pienso así, pero no sé si ella lo piensa igual. Es como si los hechos no le interesaran, porque esa parte de la realidad estuviera vedada para ella. A manera que todo fuera de puro aire. Sí, lo sé es difícil decirlo, y todavía mucho más explicarlo. Uno empieza a racionalizar hasta que finalmente se instala cómodamente en la primera impresión invicta que uno encuentra. Pero eso no es así, bien que lo sé. A veces uno camina por una calle desconocida, sin hallar las palabras exactas para decirlo. Y a la par va creciendo impetuosamente la necesidad de falsificar la realidad. Y las palabras en una loca carrera nunca alcanzan el escurridizo escenario. Igualmente  una generosa tarde de un sábado cualquiera, en un salón de baile; uno ve pasar de pronto a una angelical muchacha. Uno la aborda, conversan, pronto están bailando en la pista. Bailar es bailar. Y mientras uno baila con la complicidad de la tarde y con la unanimidad de la angelical muchacha; alguien le toca suavemente al hombro, y le dice con aparente delicadeza: “Oiga, usted está bailando un mambo y lo que la orquesta está tocando es un twist”. 

Todo comenzó una tarde sabatina, caminado sin rumbo fijo. Pero muy consciente de que iba por la calle Tacuba, aquella remozada calzada de Tlacopan, una de las  cuatro calzadas que comunicaban la ancestral Tenochtitlán con tierra firme.  Solo de pensar en eso, casi me sentí trasportado  a una avenida inmemorial. Pero no perdí la perspectiva inmediata. Y seguí caminando por la calle Tacuba, hasta que decidí entrar a un salón de baile. La puerta estaba abierta y ciertamente uno sentía la irrefrenable invitación a entrar. El salón era amplio, repleto de luz. Y adosado a una de sus paredes colgaba un espejo que cubría casi todo el ancho de la pared. El piso de madera, tan  deslumbrante, que uno creería que una legión de querubines recién lo había pulido. El salón estaba a medio llenar; y las corrientes de aire aportaban un olor a loción Old Spice. A medida que la tarde se achicaba y la noche emergía, se encendían más luces, y un diáfano humo empezaba a levantarse por los cuatro rincones. Por lo que cualquiera pensaría que en cualquier instante, entre aquel juego de luces,  aquel horizonte de espejo, y aquel enrarecido humo que ya cubría todo el salón. Aparecería de repente, el velero de Old Spice navegando entre el humo.

Pero en lugar de un velero, lo que apareció fue una sorprendente criatura. La vi venir hasta pararse exactamente frente a mí. Algo me susurró al oído que no pude entender. Pronto estuvimos bailando Se llamaba Lluvia Clara Cisneros. Al oír aquel nombre pensé que ella me estaba tomando el pelo. Así que guardé aquel nombre con cautela astronómica y conservé su perfil poético. Ella era de mediana estatura; y con tacones altos pasaba por ser una mujer alta. Sus ojos y su cabello eran negros, su semblante irradiaba una peculiar extrañeza. Vestía de blanco, y bailaba con tal encanto que cautivaba. Todo su cuerpo era un ensamblaje musical. Verla caminar por la calle Tacuba, era un estado de gracia en permanente ebullición. Rebosaba la frescura de la mañana y la nitidez de la tarde. Pero eran sus peculiares cejas negras; que no eran las cejijuntas de la Khalo, ni tampoco las cejas delineadas que adornaban a la Félix. Sino que eran otras cejas, más remotas pero impecables. Y cuya presencia parecía convocar la agilidad de los segundos y la finura de la brisa. Todo sincronizado a su rampante naturalidad, que siempre lo hacía a uno pensar: si todo eso no era un gran artificio meticulosamente fabricado.

Las cosas empezaron a precipitarse cuando una espléndida tarde en Sanborns, sentados alrededor de unas humeantes tazas de chocolate. Ella adelantó ciertos comentarios que uno nunca sabía sí eran afirmaciones o preguntas, “No crees que alguna tarde deberíamos ir al Salón México”; Se me antoja mover el esqueleto”. Todo aquello era una especie de conversación sin compromiso. Buscar la tarjeta de presentación de la nada.  De tal forma se  le descajaban  frases como éstas: “hoy se me escapó la hora del chocolate”, “que café tan atrevido, me acaba de quemar”. Unas de sus frases favoritas era: “¡Sabes, es bueno estar aquí!” O “Ya lo sabes, voy para la isla”. Otras veces improvisaba frases casi poéticas: “Esta tarde está que arde, “la velada está que vuela”, “las horas están boqueando”. Cuando quería acabar algo, decía: “la noche nos alcanzó”, o “la tarde ya va de puntillas”.  

Pero debatiéndose entre sus arrebatos de locuacidad y mutismo, a veces la ganaba una profunda tristeza.

—¿Sabes? Estoy tan triste como el árbol. —lo decía poniendo una de sus manos bajo su mentón.
— Cuál árbol. — preguntó,  sorprendido.
— ¡El árbol de la noche triste! —exclamó ella con arrojo. Mientras cambiaba la   mirada de la litografía de Toulouse Lautrec a la figura de cerámica de un cenzontle.     
—Eso ya paso. Los españoles perdieron. —replicó  levantándose de su asiento, y viendo como ella miraba el cenzontle.       
Si, pero estoy tan triste como el árbol. Me parece que todo hubiera sucedido ayer.       —prorrumpió ella,  volviendo a ver el cenzontle.
—Lo sé. —contestó  viéndola directamente a los ojos—. ¿Acaso eres la  Malinche?
—No, no es por los españoles. Es por el árbol. Siempre lo veo, terriblemente triste. Y siento que toda la tristeza del mundo me persigue.

 Lo decía  moviéndose hacia  la ventana.

—¿Sabes Mañana iremos al Café Tacuba. —repuso antes que ella llegara a la ventana.

  Verdaderamente, no me quejo de Lluvia Clarita. Y escribo  Clarita en diminutivo porque había empezado a encariñarme con ella. A pesar de todo me descuadraba el ánimo, su dejadez terrenal. No pocas veces pensé que detrás de su fachada de visible naturalidad poética. Convocaba algo más, que se movía con el sigilo del arcano,  y que se afanaba por irrumpir. Detrás de aquella mascara cotidiana, había asomando la nariz, una  vida clandestina.  Y empecé a sospechar que en la vida de Lluvia Clarita, pernoctaba  alguien más. Quizá otro hombre, algo habitaba en ella que sabia que no era mío. Pero a veces pensaba que también era posible que Lluvia Clarita viviera en Cuernavaca y que sólo se descolgase los fines de semana a la ciudad de México. A la sombra de sus viajes semanales a Cuernavaca, se habían sumado sus imprevistas visitas a Texcoco. Y tal como aparecía, igual desaparecía. Y siempre, cuando regresaba de Texcoco, venia en el  ala de un eco poético. Un día hasta pensé seguirla hasta Texcoco, pero no quería caer en su juego. Y al  preguntarle acerca de sus idas y venidas, siempre solía decirme: “Simplemente, deberes coloquiales”. Por lo que decidí dejar las cosas tal y como estaban, y aceptar a Lluvia Clarita, tal cual era. Pero una noche, intrigado,  me atreví a preguntarle,  qué era lo que más le agradaba de mí.
—Ya lo ves, mejor dejemos que salga la luna. —Lo dijo tan quedito como un susurro  en una  plaza despoblada.
—Pero, ¿cómo vamos a dejar que salga la luna? —preguntó al vuelo, no sin  cierta curiosidad.

Entonces, ella se rió, y después vio su reloj de pulsera.

—Hay que sacarle la risa al  tiempo. —dijo tajantemente, y  después de cerrar las cortinas de la ventana, se volvió a reír. Para después quedarse como quien oye el sonido de una caracola   lejana.


Pocos días después me sorprendió y a voz esquinada, me dijo: “Sabes, eres  mí espejo...”. Sin darme por aludido, esquivé los pasos de la alarmante frase. Un día ya fatigado de sus enigmáticos fraseos y sus palpitantes laconismos, sin avisarle me fui al carnaval de  Mazatlán. Al regresar ni siquiera me preguntó en dónde había estado.

—No te imaginas las noches desenrolladas que te perdiste. —luego guardo silencio como si hubiese oído los cuatrocientos cantos de un pájaro que la estuviese mirando.     
—Sí.  — asintió con un tono de perplejidad, mientras tomaba unos pajaritos de cristal.   
–Figúrate que los puntos de las íes  desaparecieron por las hojas onduladas —Dijo ella sumergiéndose por unos instantes en un silencio, y luego agrego, como si quisiera acabar con todas las palabras del mundo—,  y no te creerás la encerrona que a las tardes destempladas,  le dio a la noche amotinada.  

No lo dijo como quien recita una poesía, sino como quien  quisiese liberarse de un remoto conjuro.  Pero no perdí el tiempo tratando de averiguar su oscura frase. Con Lluvia Clarita, lo importante no era domesticar las palabras, ni arrojarse de clavada en los significados. Sino dejar que estos se  asentaran porque sabía que la  traba no era su lenguaje misterioso.  Sino que era una mujer que se vestía de palabras. Un lenguaje poético andante. Cuyas palabras venían de un río subterráneo, en que los peces eran palabras, y el cielo era el tiempo. Aunque nunca intente descifrar ese nudo jeroglífico. El único y verdadero símbolo nómada era ella. Como si su vida entera fuese un irreversible y único mensaje.

Mientras tanto, sin confortarla,  hacia lo posible por abolir aquel conjuro. Y sin profundizar en sus palabras, dejaba que ellas volaran. Aunque me seguía irritando la permanente actitud inescrutable de Lluvia Clarita.  Por lo que una generosa tarde pensé que todo había llegado a la región más nebulosa, en que la atmósfera ya no podía sostenerse en pie. Poco después decidí llamarla por teléfono.

— ¿Sabes? debemos aclarar las cosas,  —Lo dijo  casi como si se lo  murmurase al oído.
—Por supuesto —contestó ella sin ningún asomo de vacilación—.  Aclarar, es una palabra que                     amo.                                    

Ella calló. Y por un instante  pensó que la había perdido.


—Estaré allí, implacablemente puntual, a las cuatro en punto.  —Aseguro ella, sin decir nada más.


La había citado a las cuatro en punto de la tarde, para vernos en la Cafetería Popular, cerca del Zócalo. No me quedaba más que repasar la  situación. Y por primera vez se me ocurrió pensar que mi Lluvia Clarita, quizá sólo fuera un reflejo de otra realidad. Ella se movía  entre dos zonas, como si hubiera dos Lluvia Claritas. La una era  la que el fin de semana hablaba en un lenguaje tan cotidiano como Cuernavaca. Y la otra la que acarreaba  a la superficie el lenguaje arcano de Texcoco.  Y  sospeché que esta última no era mía, porque era lejana,  era del ignoto. Y la otra,  mí Lluvia Clarita. Era la que yo veía, simple y bailando de blanco, mi espejo. A las cuatro en punto, yo estaba en la Cafetería Popular, y  ella todavía no había llegado. Desde el ventanal de la cafetería  me fastidie de ver  pasar  transeúntes y oír el claxon de los coches; hasta que las campanas de la catedral, repicaron  conmoviendo el aire. Y un  linaje  ancestral de tres edades comenzó a rodar por la pista: brizna, lluvia, aguacero. Fue al oír caer esa lluvia soñadora  y ver ese lienzo de agua transparente, que pensé: que con todo y todo, mi Lluvia Clarita sí había venido. Ella llegó entre la lluvia, sin paraguas , pero ataviada con todo su poderío. Lo único que no sabía era cuál de las dos era la que había llegado. Si la que bailaba, entre humo y humo;  tomándole la cintura al medio día. O  la que simplemente, a media noche, desde la ventana miraba a la lejanía. Y dándose vuelta y mirándome  directamente a los ojos, y en un lenguaje arcano; me decía. “Mejor dejemos que salga la luna”.





Créditos de las imágenes


 Luna foto de Google imagen 
Dibujo  de Plaza de las palabras

Nota

Éste  cuento ya había sido publicado en junio de 2015 por Plaza de las palabras, con el título de “Implacablemente puntual”. (Post que ha sido eliminado). En la actual versión del cuento, se le ha cambiado el titulo,  y también se ha modificado, ligeramente, tanto el formato como el contenido.   De Cuentos Telúricos ©,  M.A. Membreño Cedillo 2007.