Cuento: El sueño de Valverde. Mario A. Membreño Cedillo.Plaza de las palabras.






Palabras convencionales que delatan una trama sencilla, pero que progresivamente toman una careta insospechada. Es como jalar una  correa creyendo que lo que va asomar es un simpático bichon maltes, y lo que aparece  es un  imperativo tiranosaurio incoloro.

Para comenzar no había un principio claro y definido. Todo tan fuera de las manos, todo tan borroso, todo tan  perfecto y circunstancial.  La cabeza se le revolvía  con la fuerza de un torbellino de figuras. Si bajaba o subía las escaleras no tenía la más mínima importancia.  Podría haber sido como el salto inesperado de una  rana, nada cambiaría si saltaba de un lado al otro del charco. Después de la matemática consumación, que importancia tendría una minuciosa inspección o un detallado informe. Sobre todas las  impecables teorías y las calibradas especulaciones:   yacía sobre las gradas de mármol, un cuerpo que hasta hace unos minutos despuntaba en vigor. La cosa era para jalarse de los pelos.  A veces parecía  que todo era  una opera cómica, como si una estatua de sal se hubiese desprendido de su pedestal, y soberanamente  irrumpiese  bajo la aromática luz de una luna de queso gruyer y aceitunas.  

I
Para Santiago  todo empezó cuando el señor Valverde lo llamó por teléfono a  la medianoche. Él decidió levantarse, pensó que era Isabela, algún problema de Isabela en Madrid. Solo ayer él estuvo dejándola  en la estación del tren,  se despidió de ella con una sonrisa generosa y un beso dulce en  su mejilla nacarada.  Y ella le dio su adiós lanzándole su inconfundible mirada enigmática. Pensó que la llamada obedecía a esos  arranques imprevistos de Isabela; ya  la imaginaba asegurándose si la calefacción estaba en su punto, o si había dejado suficiente alpiste para los canarios. Todo era posible con Isabela, siempre entre las imprevisibles puntadas y las audaces  corazonadas. Un abanico de acertijos, ¿A qué no adivinas?, decía ella con una leve sonrisa  editada en su rostro. Al punto: luna lunareja,  verdes ojos verdes, lindos labios de boquita dibujada. Pero en definitiva no era Isabela la que llamaba;  sino el  señor Valverde, su vecino de enfrente y recién mudado.  El mismo  que todas las mañanas solía salir puntualmente, siempre de trajes grises, siempre perfecto ejecutivo bancario de corbatas sobrias;  y siempre rodeándolo victoriosamente un olor a lavanda. Ese mismo Valverde, que al teléfono  con voz agitada,  lo había llamado a medianoche.  

Soy Valverde, su vecino de enfrente. Dijo con voz entrecortada, —Necesito que venga, algo pasa…”.
¿El señor Valverde, mi vecino de enfrente? preguntó Santiago con cierta sorpresa en su tono.   
— Sí, soy Valverde, su vecino de enfrente… Repitió Valverde con indudable ansiedad en su voz.  
¿Cuál es el problema? Volvió a preguntar titubeante Santiago, pero al otro lado ya no había voz.

II

Al principio Santiago quiso colgar el  teléfono y casi lo cuelga,   si no lo hubiese dominado ese deseo casi fáustico de contestar un teléfono a medianoche lo arrastró lejanamente, casi como sí  otra mano poderosa que no era la suya se encumbrara de a saber dónde. Y  sin más y más, se vistió, si eso se puede llamar vestir, y mientras lo hacía atisbó por la ventana, y comprobó que había  luz  en  la casa del señor Valverde. Lo primero que pensó es  que apenas lo conocía. Por lo que concluyó que  no tenía por que ir; aunque recordó que las pocas veces que lo había encontrado se había mostrado  muy afable con él. Por lo que sin  esa  manía  a demorar las cosas,  salió resuelto rumbo a la casa de su vecino. A esas horas de la noche se respiraba una exquisita tranquilidad rupestre, y el  aire fresco desencadenaba una inmutable serenidad prehistórica.  Y cruzó la calle bajo la luz redonda de las farolas,  la verja estaba abierta, caminó por el sendero adoquinado del  pequeño jardín, y subió las gradas al zaguán alumbrado. La puerta  estaba ligeramente abierta, la empujó con ese respeto con que uno abre suavemente una puerta cuando no es la propia. El señor Valverde lo esperaba y lo pasó de inmediato adentro, y luego, lo llevó a un saloncito  sobre el que caía una pálida luz. Y ahí le indico un sillón, ambos se sentaron uno frente al otro.

III

El señor Valverde  no se  anduvo con preámbulos y rodeos, fue inmediato,  y comenzó su discurso noctambulo:

Seré franco y directo  Santiago, Gracias por venir, sé que no es usual llamar alguien a medianoche. Disculpé que lo haya molestado, ha ocurrido algo extraño, no soy muy dado a ensoñaciones, ni alucinaciones. He tenido un sueño de lo más raro. No sé cómo explicárselo, siempre he tenido aversión a este tipo de cosas. No sé que pensar....tuve un sueño de estrellas”. 

Lo volvió a reiterar tajantemente, está vez  sin vacilaciones: “tuve  un sueño de estrellas. Sí, es como si las estrellas le cayeran a uno. Lo dijo con tal convicción que Santiago comenzó a preocuparse. Mientras que Valverde continuó:

“En  disciplinado orden,  las estrellas,  de una en una, de dos en dos, de tres en tres;  repentinamente todas, implacables y amenazadoras. Uno las ve fijamente,  y son   un bosque en movimiento y empiezan  a venirse directo sobre uno”.

Valverde prosiguió  hablando y casi como disculpándose le aseguró a Santiago que  no conocía nada sobre las estrellas, ni de  astrología, ni siquiera acostumbraba ver las estrellas antes de dormirse. “Para mi una estrella es solo una estrella”. Soy un hombre práctico, y para nada me gustan las cosas que no están sustentadas en hechos reales. Aborrezco las fantasías y las cosas raras.   

Al decir las ultimas palabras pareció vacilar, guardo silencio por unos instantes, y Santiago se quedo con la impresión que Valverde iba a decir algo más que no dijo. Su talante cambio y parecía un hombre preocupado por algún recuerdo atroz. No obstante, pronto, volvió  a tomar el hilo, y siguió explicando categóricamente:  

 “La cosa era tan real que me desperté al instante.  Casi por instinto  encendí  la lamparilla de la mesa; y después de salir del cuarto  prendí  las luces que iluminan las escaleras, las baje con cautela,  hice un rápido  recorrido por la planta baja;  y desde la ventana de la sala, eche un vistazo hacia afuera. Y seguidamente salí al zaguán y deje encendida la luz. Volví adentro, subí al cuarto pensando que todo era una tontería,  sin saber a qué hora y cómo me quedé dormido. Y ahí volvió a comenzar todo”.

Después de haber dicho eso volvió a callar. Y Santiago no interrumpió su silencio. Al poco rato  Valverde reanudó su relato:   

“Una negrura sin luna cubrió la cuadratura del horizonte, y luego, volvieron aparecer resplandecientes las estrellas: de una en una, de dos en dos, de tres en tres, y el horizonte  se lleno de estrellas. La impresión  fue tan intensa que   volví a despertarme, esta vez con un ligero escalofrío. Decidí  llamar a alguien pero  ¿a quién llamar? Pensé que seria insensato  telefonear a la policía por un sueño de estrellas. Lo recordé a usted,  el único vecino que me  había visitado cuando me  mude a ésta casa y que me había dejado  su tarjeta de presentación”.  

IV

Santiago no le respondió de inmediato porque no sabía que decirle, para él aquel asunto era una novedad, solo comparable a las ocurrencias de Isabela. A toro pasado, Santiago,  le aconsejo a Valverde, no sin cierta indecisión que los sueños son los sueños, y que no hay que tomárselos tan en serio. Sin embargo, Valverde no parecía ser la persona que espera comprensión, ni ese parloteó que pide a gritos la anuencia a todas las cosas inexplicables. Fue en ese intervalo, que por un momento Santiago estuvo a punto de levantarse e irse,  pero sin saber por qué cambio de parecer, y pensó las palabras apropiadas  para tranquilizar al señor Valverde. Aunque aún se sentía tan desconcertado como al inicio. Y  las palabras se le habían encabritado como una loca carrera de cometas desbocados. En vano intento  sonreír con ese tipo de sonrisa que  basta para decirlo todo. Y curiosamente, entre estrellas y sueños, volvió a pensar en Isabela y sus revelaciones siempre ocurrentes e inverosímiles.  Sabía que a Isabela le encantaría semejante historia. Ya le parecía estar escuchando sus exclamaciones, la imaginaba resuelta y feliz lanzando incursiones a cada  gesto y a cada palabra de Valverde. Pensó cuánto disfrutaría Isabela con las historia del señor Valverde, y hasta llego a pensar que al regreso de Isabela, no seria mala idea presentárselo. Mientras tanto Valverde que no le quitaba la vista de encima, estaba ansioso de encontrar en Santiago unas palabras que aliviaran, su tormento. Así que  Santiago pensó    tomarse el asunto por el lado flaco,  e instalarse con comodidad en una salida elegante. Y lo hizo a medias, le dijo a Valverde: “ha de ser una pesadilla, a veces sucede”.

El señor Valverde tampoco pareció darse por aludido con lo de la pesadilla. Y Santiago creyó, por los movimientos de  manos de Valverde, que éste  esperaba algo más o que aquel creía que había algo más. Y que Valverde no era de los tipos que se calmaría con un simple enunciado del problema, sino solo con una acertada justificación de los hechos.  Pero Santiago sabia que no le podía responder, porque aquello estaba más allá de su comprensión.  Entonces fue el señor Valverde  quien paso a tomar al toro por los cuernos, le preguntó a Santiago, si alguna vez había soñado exclusivamente con estrellas. Santiago pareció vacilar, pero pronto volvió a conquistarlo el semblante de quien nunca ha soñado con estrellas ni cree en cábalas.  Y le aclaro a Valverde no saber mucho de sueños y menos de estrellas. Y después  pasó a explicarle que no era tan frecuente soñar con estrellas, y que uno a veces  se sueña  recorriendo una antigua casa que a todas luces sabe que no conoce, o se sueña caminando por una calle que se alarga mientras las fachadas ondulantes neciamente lo persiguen. Sin embargo, lo de las estrellas parecía otra cosa. Valverde lo escuchó asintiendo cada afirmación de Santiago, sin pronunciar ni una sola palabra. Hasta que Valverde sorpresivamente, le dijo: “¿y en lunas?”, Santiago pareció reaccionar con la pregunta, y le vino a la mente, la Isabela de sus primeras citas, a  quien un día le había dicho: “Sabes Isabela, eres algo lunática, muy alunada y siempre lunarosa”. Y recordó que a  Isabela le había encantado aquella frase. Pero eso había sido hace mucho tiempo,  y aquello había sido otra cosa. Al fin y al cabo,  no tenía porque estar recordando a Isabela en casa de un desconocido. 

Entonces Santiago asumió otra postura, y solo se limito a decir que no sabía nada de lunas. “Si” le respondió Valverde, “pensé que había un parentesco entre las estrellas y la luna”. Santiago fingió no sorprenderse con esa afirmación, pero prefirió no comentarla porque las cosas podrían tomar otro giro. Para ese entonces a Santiago ya se le  había acabado su repertorio de sueños, lunas y orbitas celestes,  y solo pensaba que era inaudito estar a medianoche con un hombre con el que  apenas había cruzado palabras, conversando de estrellas y lunas. Al fin, empuñando una salida cabal,  termino exponiéndole, como teoría verbal, “Simple, así son los sueños, uno nunca sabe si sueña con estrellas narigudas olfateando la luna, o con paquidermos a dieta reposando  despreocupados  en alguna playa mediterránea”. Después de aquella frase, entre lo espacial y lo turístico,   la conversación sobrevivió entre frases puntuales  y un tácito entendimiento. Y al puñetazo del tiempo, el propio señor Valverde, ya con el ánimo recobrado y sereno, fue quien  le aseguro a Santiago que todo se debía al  exceso de trabajo. La despedida fue breve, y Santiago se marchó a su casa flanqueado, entre  unas ganas rotundas de volver a dormirse y una persistente extrañeza que aún no lograba descifrar.

V

Para Santiago todo volvió a esa normalidad de reloj que con disimulo encubre el orden inmutable y secreto del universo. Se duerme, o cree dormirse, pero intempestivamente se despierta porque  lo golpea en la cara  el descarado frío que entraba por la ventana  abierta. Se levanta de  la cama y cierra la ventana. De  golpe, lo vuelve a sorprender el timbre del  teléfono. Ya ante el teléfono, por un instante dudó en levantarlo,  pero creyendo que esta vez si podría ser  Isabela  que lo llamaba de Madrid.  Lo levanta; pero no era Isabela, era de nuevo  el mismísimo señor Valverde quien lo volvía a llamar, está vez más agitado, e insistiéndole que urgentemente viniera.  Santiago   se arrepintió de haber contestado la llamada, sin embargo  le dijo a Valverde que se calmara y el aseguro pronto estaría allí. Aunque aquello le pareció que ya era un juego de locos. Quiso llevarle a Valverde unas pastillas para dormir, y las rebuscó en el tocador de Isabela,  sin poder hallarlas;  entonces alcanzo algo para abrigarse del frío, y se puso  la bata nueva que sorpresivamente  Isabela le había regalado  antes de irse a Madrid. Y mientras se la ponía  se imagino a Isabela caminando glamorosa e irreverente  por la Gran Vía, y atrapando una red de miradas en la Plaza del Sol. Y todavía  pensaba en Isabela cuando a media escalera se detuvo bruscamente al percatarse de  los nítidos estampados de la bata. Incrédulo, la tanteo de arriba  abajo; y casi sintió la presencia de  Isabela como si ella hubiese estado  a su lado murmurándole misteriosas  palabras al oído.

VI

Y mientras tanto, Valverde cansado  y frenético de esperar a Santiago,  se  asomo  a la ventana,  y al ver las  luces encendidas de la casa de su vecino;  decidió ir  a su casa en lugar de seguir  esperándolo.  Después de cruzar estoicamente la calle,  lo sorprendió la sombra veloz de un veloz gato;  y ya en el jardín, a un extremo  distinguió los contornos difusos de los tilos que rompían en filigranas una guarnición  del horizonte;  y sobre ellos redonda se alzaba la concluyente luna. Ya frente a  la puerta, no tocó porque la puerta estaba ligeramente abierta y él sólo le dio un leve empujón, como quien empuja el aire, y  al pie de las gradas halló  tirado un cuerpo cercado de puro silencio. Aún conmovido no tuvo ni la mínima duda que era Santiago, y que estaba tan muerto como la misma muerte.  Valverde  aturdido y sin saber que hacer, casi por instinto, levanto su voz preguntando si había alguien más en casa. Sin llegar a oír respuesta ni el más mínimo ruido. Entonces estuvo a punto de salir y llamar a los vecinos, pero pronto desistió de eso. Por qué como explicar su presencia en una casa que no era suya, con un muerto que  prácticamente no conocía y en medio un sueño de estrellas. Así que Valverde no hizo lo de rigor.  Él no llamó a nadie ni abandono la casa.  Pensó que todo era un fatal accidente; simplemente Santiago se cayo en la escaleras y siempre pasa. Sin embargo, se imaginó  los cansinos interrogatorios, una legión de especialistas que entraban y salían.  Mientras,  que anonadado pensaba que  aquello no era  con él. Y si la función terminase feliz y  con un final saludable,  él se podría  despedir y decir “esto no es conmigo”. Pero no era así, Valverde estaba incomodo y presentía que todo aquello lo arrastraría irremediablemente  a un profundo hoyo negro. 

VII

Todavía en la casa de Santiago, pero menos impresionable y más repuesto, Valverde pensó en todo lo que sabía, que no era mucho. Por lo que decidió acercarse más al pie de la escalera donde yacía tendido Santiago: inerte y  enfundado en  una primorosa bata  azul marino. Ésta vez lo observo con mayor detenimiento y distinguió que en la bata en letras bordadas, a la altura del pecho izquierdo, se leía: “De Isabela con Amor”. Al leerla Valverde se quedó atónito, quiso largarse de inmediato, sin poder hacerlo. Ocurría algo que no terminaba de explicarse, y que lo  detenía. Ahora confuso, carente de voluntad y apabullado, por fin se sentó en la comodidad de un sofá frente a la ventana. Y   pensó  si ese nombre Isabela, bordado  en  la bata de Santiago sería la misma  exótica mujer de pelo rojizo que un mes atrás, en un bar de solteros le había recomendado la casa a la que se mudo. Y que con una mirada voluptuosa le había dicho “Soy Isabela, siempre Isabela, sabes cariño, los astros te sonríen”. Valverde impresionada por aquella encantadora mujer, regresó  repetidas  veces al mismo bar, sin volverla a encontrar.  Pero sabía bien que la imagen turbulenta y seductora de aquella mujer  había venido pisándole los talones  como si fuese su sombra, sin poder librarse de ella. Pero pensó que lo prioritario era considerar todas las posibles implicaciones. ¿Cómo explicar lo ocurrido?, se preguntaba afanoso Valverde;  mientras volvía a ver a  Santiago que  como una estatua yacente con los ojos levemente entornados, denunciaba el mutismo de una piedra.  Y que mientras más lo veía, más lo doblegaba una profunda somnolencia.  Él  quería irse, luchaba por sobreponerse, pero una fuerza irresistible lo dominaba.  Por unos instantes se quedó pensativo como un  forastero;  y ya a punto de que el sueño lo envolviera, saco un  ultimo residuo de voluntad, hasta llegar a un estado mental en que ya nada le importo: solo volver a recordar  con placer los seductores ojos verdes de Isabela; su mirada avasalladora, sus provocativos labios turquesa, su voluptuoso cuerpo pródigo,  sus manos ensortijadas siempre habitadas de frenéticos encantos. Y  al fin, Valverde exhausto,  gozoso y ya casi petrificado;  por primera vez,  la vio venir,  cara a cara .Y la visión era  hermosa y terrible; y venía de una en una, de dos en dos, de tres en tres… 


Créditos

De cuentos profanos © 2007 Mario A. Membreño Cedillo.

Ilustraciones

Plaza de las palabras