Cuento La orientación de la mirada, Mario A. Membreño Cedillo






3360 palabras 
A Julio Cortázar

Uno se cree que solamente es cuestión de memoria. Pero no eran los simples recuerdos escolares los que volaban como pájaros locos, sino una confluencia de vertientes que lo empañaban todo. Lo de Marina vino después, aunque aquello era otra cosa, pero al final el asunto no fue tan simple. Es como si Vasil hubiese sido un inicio verbal y los ojos lagrimosos de Marina, un final.
Sin embargo, a pesar de tantos y tantos años pasados, lo de Vasil se convirtió en la escuela, en una pequeña revolución, la cual vino a trastocar la territorialidad de todos los espacios, y hasta cambiar los hábitos de conducta de buena parte de la escuela. Y aunque nadie hizo aspavientos de eso, ni que decir, que aquello marco la mirada de todos.
Vasil había producido los efectos de una revelación. Por supuesto, en aquel entonces ninguno de nosotros teníamos tan claro el significado de lo que era una revelación. Y vaya que no es exagerado decir que, detrás de las fachadas, nadie percibía lo de Vasil. ¿Por qué habría de ser así? Vasil fue un ser peculiar. Cuando apareció por primera vez, cerca de la glorieta, los compañeros lo rodeaban y lo escuchaban atentamente. Aunque era su primer día en la escuela, había llegado tan naturalmente como si siempre hubiese estado en la Escuela Antonio Nariño de Bogotá. Siempre tenía algo que decir; ya fuera el último resultado de las grandes ligas o el intento de algún inglés de cruzar a nado el Canal de la Mancha.
No era sólo cuestión de su prodigiosa memoria, sino su manera de contar las cosas. Si de béisbol se trataba, uno veía la pelota subir, subir y subir; lue­go, bajar, bajar y bajar; y bruscamente ver aparecer una redonda pelota blanca hundida irremediablemente en un guante amarillo. Entonces Vasil volvía a tomar la palabra, no le bastaba con describir las formas de las olas, el rítmico movimiento en escuadra de los brazos del nadador y la fatiga impostergable del triunfador, nos dejaba boquiabiertos a todos. Lo espectacular de su descripción sobre las luciérnagas había causado hasta en los profesores más escépticos, una franca conmoción. Aquel acervo del detalle, el uso apropiado de términos científicos y las acrobacias verbales que volaban nos tenían enloquecidos.
Y pronto la Escuela Antonio Nariño empezó a ser Vasil. 
Vaya a saber de dónde venia y qué hacia aquí. La férrea fraternidad de condiscípulos, amalgamada desde el jardín de niños se había desdibujado, y ahora aquí estaba Vasil y su presencia. Todos pensábamos que Vasil era mayor de lo que aparentaba. Poco después logramos averiguar que era de nuestra misma edad. Pereira no terminaba de aceptarlo.
—Te lo digo ha de ser mayor decía con firmeza; vendrá de repetir el mismo grado en otra escuela, — insistía Pereira
—Mira, hay que aceptarlo, Vasil, nos guste o no, es un fenómeno. —Decía Gallo, quien creía a pie juntillas que Vasil tenia nuestra misma edad.
—Cómo va ser mayor si tiene la cara intacta de un niño. —Finalizaba afirmando Sandoval, hasta que todos terminaban convencidos: Vasil era de nuestra edad.
— ¿Sabes? —Para mí es un impostor, dijo al des­cuido Peralta.
— ¿Quién? —Le preguntó López, no sin cierto disimulo.
—Vasil, —respondió rápidamente Peralta.
—Sí, ¿cómo lo sabes? —volvió a preguntar Ló­pez.
—Porque sólo un impostor podría actuar así. — Recalcó Peralta.
Simplemente Vasil era alguien portentoso, a quien nunca supimos como tratar. Sin habérnoslo propuesto habíamos creado un nuevo juego: sin reglas precisas, sin una finalidad a la vista y sin un principio exclusivo. «Pero qué clase de juego era ese». Piensa Valencia.

II

Aparte de la escuela Vasil no existía, nadie supo en dónde vivía, ni tampoco llegó a formar par­te del equipo de balompié, ni a reunirse con la pan­dilla de los Templarios de la Mirada. Esa renuncia a integrarse, a ir más allá, lo había convertido, en su paso por la escuela, en un ser exclusivamente de los recreos y del aula. Nunca nadie conoció a sus pa­dres, quienes jamás asistieron a las reuniones de pa­dres de familia, ni al paseo campestre semestral de la escuela a la Sabana. Por un momento se pensó que era argentino, pero no sé de donde surgió el rumor que había estado en el colegio jesuita de Bogotá, donde descubrieron que era judío y había sido expulsado porque se negaba a rezar el Padrenuestro. Nada de eso se confirmo. Así que para nosotros Vasil solo era Vasil. « ¿Pero por que tanto misterio ?» piensa Valencia.
Poco a poco había entrado en un juego que cada vez se ensanchaba más: la disciplinada tarea de con­tabilizar los recuerdos concernientes a Vasil, hasta aquellos que eran simples opiniones de aquella épo­ca, sumadas a algunas reminiscencias desperdigadas de Ramírez o López o Peralta. En verdad, no hubo uno solo de nosotros que lo tratase en persona. A pe­sar de no saber donde estaba ahora Vasil: quizás en algún lugar de la Mancha, Barcelona, Praga, New York, miércoles, tranvía, verde. A veces casi como si jugase al sí y al no; había imaginado a Vasil en un café, sentado y contemplando el paso de la gente y los autos en una avenida que bien podría ser tan an­cha y tan larga como el mundo. Eso era todo, no había nada más que imaginármelo allí: solo con su mirada.
Sin embargo, en el fondo había algo que toda­vía no lograba comprender de Vasil. Algo que estaba más allá de su rostro, es como si ninguna mirada lo pudiese abarcar. Una especie de arquetipo, una pre­monición, una revelación. Casi como si el estuviera ahí para enseñarnos algo que nunca entenderíamos, algo que estaba más allá de nuestra limitada compren­sión y de nuestra reducida mirada. «Sabes tengo una idea lejana de él», me comentó muchos años después Benavides. «Pero, sinceramente, por más que lo he in­tentado, no logró atrapar completamente su mirada».
En realidad Benavidez casi no recordaba a Va­sil; y cuando hablaba de éste, lo hacia con esa leja­nía gris, con que uno habla de un fantasma blan­co, en una tarde amarilla. No lo recordaba como el condiscípulo que había pasado casi un año entero entre nosotros y cuya presencia la gran mayoría ha­bía olvidado casi por completo; y algunos otros apenas recordaban lejanamente sus hazañas. Pero, en general, hay que decirlo, al aceptar esa generali­dad que a veces se utiliza para cubrir los huecos; el olvido de los años escolares había sido demoledor.
Y así ocurría con todos, lo de Vasil siempre había quedado en la periferia, no en el centro. No obstante, al recordar a Vasil, todo se reducía a una serie de escenas, la de la biblioteca, la de los círculos en recreo, las veces que lo vi caminar por las arcadas de los grises pasillos de la escuela. Pero ¿Dónde más van a verlo? piensa Valencia

III

Con el tiempo lo de Vasil había ido crecien­do hasta una dimensión peligrosa, pero ahí estaban los apuntes y acechaban las posibilidades. Siempre asomaban aspectos reveladores pero más como po­sibles desarrollos de la imaginación; aunque a la par también asomaban tímidas situaciones oscuras. Por un momento llegue a pensar que Vasil ocultaba algo siniestro en su vida. Y que sencillamente no podrían existir personas así en el mundo real. Lo de Vasil se había convertido en un juego de especulaciones y re­cuerdos. Y en ese juego de coincidencias, todo adqui­ría significación, la imagen más trivial era un descu­brimiento, una porción recobrada. En este ejercicio meditativo el rostro de Vasil emergía más nítidamente que cualquier otro recuerdo. Pero seguía sin atrapar su mirada, es como si el se negase a ser mirado. Su mi­rada era su intimidad, algo que solo a él le pertenecía. Pero ¿cómo se podría reconstruir la personalidad o la vida de una persona con base a solo una mirada y unas cuantas palabras? Aquello era intrigante, sin sospechar que aquella faena apoteósica, se convertiría con el paso del tiempo en una especie de tarea secreta.
Entonces, uno, dos, verde y penetrar en el reino de sus palabras con todo su significado. Solo eran unas pocas palabras, dirigidas a la bibliotecaria, «Sabe, con una mirada se puede llegar a conocer, perfectamente a una persona» Aquellas palabras que en un principio habían parecido tan simples, pero que con el tiempo habían adquirido un significado más preciso; aunque los recuerdos se volvían largas avenidas de finales in­conclusos. Pero después de lo de la biblioteca nunca más volví a ver a Vasil, salvo en lo de Marina. Pero aquello era otra cosa, y vaya que era otra cosa, pero cómo saberlo entonces. Si es que hay alguna manera de saber esas cosas. Pero ¿por qué no desenmascarar las palabras y encontrar su significado más oculto? Pensar que Vasil era un símbolo verbal obediente a su mirada. No sé cuántos condiscípulos hayan intuido su trayectoria. «Pero, en qué piensas», me decían entre una frase y otra, con una sonrisa benévola, cuando años después les interrogaba acerca de Vasil. «Déjalo así. Así no más. Mejor vámonos al Camping, hoy jue­ga Millonarios». «Mejor vámonos a un bar de Chapi­nero a emborracharnos, huesear mujeres, coger la fruta y sacarle la mirada fina a la luna». Poco a poco mis negativas e insistencia en Vasil me fueron orillando y alejando de mis ex condiscípulos. Para la mayoría Vasil no existió, y si existió apenas fue una sombra en sus recuerdos. López mismo casi lo niega, « ¿Cuál Vasil?» me había dicho una vez, y hasta había llega­do a jurar que nunca había pasado ningún Vasil por la Escuela Antonio Nariño. ¿Vasil, me suena el nombre pero no lo miro?, me cuestionó Ramírez varios años después, «¿De cuál Vasil hablas?» me replicó López al encontrármelo en el vestíbulo del hotel Tequenda­ma. Luego, el encuentro sorpresivo y directo con el gordo Pereira en Falabella de Santiago de Chile. «No me arruines» me dijo, «si nunca tuvimos ningún com­pañero con ese nombre; te lo juro que no lo recuer­do; viejo sólo tú te acuerdas de esa cara esotérica».
A veces había creído que todo era una gran cons­piración, no contra Vasil, sino contra mí. Y que toda la cofradía amigable de aquellos tiempos se había con­fabulado en negar la existencia de Vasil; y que todo aquel asunto se había convertido en una trama bien urdida alargándose en el tiempo. Con los años hasta llegue a pensar en un juego siniestro: una venganza tardía de gris envidia. Una especie de pacto secreto contra alguien que no habíamos entendido. Era como si quisieran ganarle la guerra ahora. Era como si él aún estuviera aquí, separándonos con su mirada. Pero en realidad el único que se había separado de la cofradía era yo. Supe por Ramírez que ellos seguían en contac­to. Poco a poco los fui perdiendo. Y llegue a sospechar que ellos habían tomado cartas en el asunto. Lo habían juzgado y habían emitido una sentencia: expulsado de sus miradas y de su comprensión. El que sustentaba el pecado de la Mirada Original, solo existía para ser ne­gado. «Pero, si todo esto es pura especulación.» Pien­sa Valencia,
 «¿Por que no dejar las cosas como están?»

IV

Pero poco a poco lo de Vasil fue esfumándose con la categoría indiscutible de una voluta de humo. Porque algo nuevo había ido apareciendo. Aquello fue algo mágico. Al aparecer Marina, fue paulatinamente despareciendo Vasil. Es curioso cómo se dan las cosas, cuando una cosa va sacando suavemente a la otra con perfecta naturalidad y con rigor silogístico. En fin, lo de Marina era lo único que hasta entonces era una materia refrenada por un respeto casi sagrado a no involucrar a Marina en aquel mundo inexplicable de Vasil. Conocí a Marina casi al mismo tiempo de la partida de Vasil de la escuela. Ocurrió casi providencialmente. Fue la insistencia fervorosa de los López la que me arrastro a la fiesta. Eso era todo, no había nada más que pensar lo que sucede siempre en ese tipo de fiestas. Pero en realidad lo que sucedió fue otra cosa totalmente dis­tinta. Algo que aún hoy no termino de comprender.
Una vez ahí me sorprendió encontrar a Ramí­rez, quizá el único de los miembros de la cofradía con el cual en el transcurso de los años, logre sos­tener una amistad a toda prueba. Cosa que —aunque nunca me lo dijo—, se que le había costado también un discreto alejamiento del resto de los miembros.
Después de la fiesta, supe que Ramírez era ve­cino de ella. De la cual lo único que sabía es que se llamaba Marina. Ella en realidad no se acordaba de Vasil, a pesar de que algo le había contado de Vasil en aquellos tiempos y algo más le había vuelto a decir muchos años después. Sin cambiar por ello su inme­diata displicencia hacia el tema. Marina, siempre me decía: «pero no sé ni de lo que me hablas». Siempre con esa naturalidad cartesiana con que uno al final ter­mina aceptando todo. Con Marina no se podía, pero a veces pensaba que en el fondo todo se reducía a una barrera que perseveraba por ahí. Porque no mejor enterrar a Vasil y dejar volar a Marina. Pero aquella disociación era improbable, porque siempre volvía a aparecer Vasil. Entonces: «Vasil, no me suena ese nombre, me acuerdo de que se hablaba de un extranje­ro, al cual nunca vi», me decía Marina. Y luego: «¿por qué volver siempre sobre lo mismo? es mejor dejar los recuerdos escolares como lo que siempre han sido, simples recuerdos escolares», me aconsejaba Marina.
Sabes, le dije a ella, él estuvo aquella noche en tu fiesta de cumpleaños: « ¡Fiesta!» Exclamó Mari­na algo sorprendida. «Pero, ¿cuál fiesta?» Aquella noche, la misma noche en que te conocí, cuando los López me llevaron a tu fiesta, le dije enfáticamente. «Mi fiesta de quince», exclamó Marina sorprendi­da…Sí, tu fiesta de quince, le volví a responder. En­tonces ella bajaba la vista y se quedaba ahí frente a mí, muda como una nube, lejana como una estrella y chocándose los nudillos de los dedos, como si qui­siese espantar las nubes y convocar las miradas. «¿Pero que va saber Marina de Vasil?» piensa Valencia.

V

Algo había ahí como un hueco en la mirada, algo que se negaba rotundamente a salir a la vista. Era como si la mirada de Vasil se esfumase cada vez que estaba a punto de enfrentarla. Era como un duelo que nunca terminaba: un duelo de miradas. Entonces, muy a desgana, al fin Marina, una tarde después del «once» me dijo: «sí, algo supe del extranjero, pero no sé quien me lo contó». Esto era todo, ella no de­cía nada más. Pero, ¿qué más podría decirme Marina? Te lo digo, Vasil estuvo esa noche en tu fiesta, yo me sorprendí de verlo ahí, ya que sería el último lugar en el mundo en el cual se me hubiese ocurrido verlo. No era alguien a quien solía vérsele en cualquier lugar.
Te lo juro Marina, que por mucho que lo he inten­tado, nunca he logrado explicarme por qué él estuvo ahí. Sin embargo, hubo otro detalle impresionante en esa noche, No fue únicamente verlo ahí, sino aquellas luces que había instalado Ramírez; ya sabes las cosas redondas que se le ocurrían. Aquel ambiente claros­curo sugería algo irreal; pues las luces se apagaban y se encendían, mientras todos bailaban, se veían ros­tros que de pronto aparecían y al instante también desaparecían. Las siluetas iban y venían; era la infa­tigable danza de las sombras contra la luz. Fue así en­tre luces que lo volví a ver, casi como salido a saber de dónde, te lo digo, esa fue la única vez que le tuve miedo a su mirada; hasta entonces siempre lo había mirado con simpatía. Por el contrario, esa vez Vasil lucía lejano, no era la simple sensación de extravío que a veces uno percibe en alguien que está preocu­pado o distraído. Lo de él era más intenso, más pro­fundo, más incomprensible. En definitiva, era algo más que todavía ahora no terminó de comprender.
En el momento en que las luces lo volvieron a enfocar, tenía su mirada fija hacia un punto del salón, con la obsesión de que sólo ahí se pudiese ver, te lo juro, nunca antes había visto a alguien mirar algo o a alguien con tanta intensidad. Esperé a que la luz circular volviera a pasar por aquel punto indetermi­nado, y no adivinas lo que vi. La mirada se detuvo en un cuerpo angelical, fue cuando te mire. Esa fue la primera vez que te miré y te miré al seguir la mi­rada de Vasil. Nunca olvidare esa escena, la luz te dio en plena cara y te quedaste ahí, casi como flotan­do en el aire con esa cara luminosa de ángel que tie­nes, viendo a la nada porque del otro lado no se veía nada. «Sí, lo sé, ya me habías contado en la luna de miel en Cartagena, lo de las luces de mi cumpleaños».
No, eso te lo había dicho en Montserrat, mucho tiempo antes de que fuésemos a la luna de miel. Lo que nunca te había revelado es que Vasil había esta­do en tu fiesta. «Sí, pero, qué cambia eso», manifes­tó Marina con cierto ánimo de impaciencia. «Al fin y al cabo era mi cumpleaños, había un juego de luces fantástico, la música estuvo sublime y seguro que la pasé sensacional». Sí, pero hay algo de aquella noche que todavía no he logrado comprender y, por supues­to, lo ignoras puesto que eso nunca te lo había conta­do. Marina se levantó de la silla y pareció abstraída. «¡Válgame Dios! A esta altura de los años y me sa­les con… ¿qué puede importar eso ahora?, cualquier cosa que haya pasado esa noche, estamos hablando de casi dos décadas atrás», dijo Marina irritada. Por eso mismo te lo contaré le dije a Marina. Quizás si hu­biese sabido cómo manejar el asunto, pero nunca he tenido la certeza para…«¡Asunto!,! Certeza!»Exclamó Marina francamente molesta. «Pero, ¿qué asunto?, ¿cuál certeza?», preguntó Marina aún más irritada.
¡Mira! Esa noche cuando Vasil te miraba, no sé por qué sentí rabia de que te mirara de esa forma, pero no sólo fue eso, ocurrió otra cosa que aún hoy resulta inexplicable. Al verlo ahí, me le acerqué tanto que sen­tí su respiración y lo vi contemplarte casi extasiado. Tal vez no creerás lo que voy a contarte. Pero siempre te lo he querido contar, pero a última hora me arrepen­tía. Algo me lo impedía, y no preguntes qué. ¡Mira! Seré directo y franco; esa noche, mientras Vasil te mi­raba se le rodaban las lágrimas. Ninguna cosa me ha impresionado más que esa escena, no te imaginas lo terrible que me sentí, él no te conocía para estar llo­rando por ti. Te lo juro, ni siquiera me impresionó tanto, lo que le sucedió después a Ramírez. Y sabes bien cuánto me dolió lo de Ramírez, ni siquiera mirar su cuerpo inerte sobre aquella mesa metálica, todo de­rrotado y sin la posibilidad de volver a echar una últi­ma mirada. No obstante, nada me ha conmovido tanto como aquella noche de tu cumpleaños, ver llorando a Vasil por entre aquel juego de luces intermitentes, verlo mirándote: verlo mirar algo que solamente él mi­raba, verlo mirar algo que únicamente él comprendía, verlo mirar algo que sólo a él le desgarraba el alma.
Me quedé estupefacto y aún hoy no sé por qué lloraba, si él no te conocía. Te lo digo, esa noche no dormí, sentí odio contra él, por muchos año le guar­dé un inmenso rencor. Pero, lo que más me dolió, y no te crea que fueron celos, es que si algo comprendí esa noche, es que yo nunca hubiese podido mirarte con la intensidad con que Vasil te miró. En aquel tiempo no supe qué hacer y ahora no sé ni siquiera qué pen­sar. « ¡Por Dios! ¡Llorar, Vasil!» Exclamó Marina. «¡Por Dios!». Volvió a repetir ella conmovida mientras se incorporaba de su silla. «Siempre había creído que esa noche en mi cumpleaños, al que había visto llorar era a ti», exclamó Marina con lágrimas en sus ojos.

Fuente: Del libro de cuentos, La orientación de la mirada, Mario A. Membreño Cedillo, (2012) ©          Diseño y dibujos de portada M. A. Membreño Cedillo