Textos para Alfonsina





Mario A.Membreño Cedillo  
Selecciones*
“The estrange thing was, he said, how they screamed every night at midnight.” Quay at Smyrna,  E. Hemingway.

“The woods are lovely, dark end deep, /But I have promise to keep, /and miles to go before I sleep/…“New Hampshire” R.Frost.
                                                                   
Il s´agit de savoir  si quelque  chose meurt  de cette soirée ou si quelque chose  y commence, dit –elle doucement. « Le Défi».  P. Sollers

I. EL VIAJE A ARCADIA

¿Por qué ella irá –se preguntó él- el sábado y no el domingo? Ella tampoco sabía porque Alfonsina iba a ir al parque el sábado. Como siempre ellos la  habían citado para el domingo y no para el sábado. Ellos caminaban por la avenida Libertadores pensando en llegar al Parque O’Higgins. Por la avenida los autos pasaban veloces, y por las anchas aceras iban y venían  apresurados transeúntes de inconcretas miradas. Ellos pasaron viejos almacenes de relucientes vitrinas,  atiborradas de maniquís que vestían la ropa de temporada. Los colores veraniegos que sugerían playas ribeteadas de blancas arenas  y aventurados  viajes. Ellos marchaban fulgurantes, encaminándose a la estación  del metro, y pasando fugazmente  anodinos  cafeterías que despedían una telaraña de  olores de café y de frituras, que rompían  soberanamente la candorosa  oleada de la frescura inmediata de la mañana. Por la Libertadores, ellos transitaban despreocupados, sin prestar la atención a lo que los rodeaba, franqueando pensamientos díscolos como si fuesen pensando  que caminaban regocijadamente por la blandura de una playa irreducible.  O  ellos estuviesen internándose dócilmente  entre la claridad de luces y el desasosiego de las sombras de un tupido bosque de pinos y abetos. They were walking by the road,  hasta que casi instintivamente se pararon en la esquina, esperando  pacientemente la luz verde de peatones. Cruzaron la calle junto a un grupo de jóvenes,  que peregrinaban envueltos en un susurro de voces, que ahogaba el paso firme de sus pasos y liquidaban el paso vertiginoso de los autos y sofocaban la ronda de bocinas de los autobuses, que aullaban como lobos corriendo en círculo en una jaula de aire.
 Y entre aquel tumulto  de  voces y aquella orquestación de bocinas ellos siguieron progresando en su recorrido, hasta que vieron a los  jóvenes  que  entraban como un enjambre de palabras al cine Normandía. Ellos cambiaron miradas, y por un momento los asalto una curiosidad  pasmosa, de querer  entrar con aquellos jóvenes al cine. Pero solo lo pensaron, lo pensaron remotamente, casi sordamente como un paisaje brumoso. ¿Por qué no quedarse plácidamente en el Normandía y romper de una sola vez y para siempre aquella imperecedera costumbre? Pero, sin dirigirse la palabra prefirieron continuar  caminando, tal y como siempre lo habían venido haciendo  todos los domingos. Sin cambiar el itinerario, y después de dejar a sus espaldas el Normandía,  siguieron impávidos, vueltos totalmente a lo suyo,  con media ciudad a cuestas, y dejando también  atrás el penacho verde del cerro Santa Lucía, rayado en escalinatas de turbia piedra cobriza y salpicado en negras estatuas. Con el recuerdo que entre semana por las tardes, aquel parque se llenaba de colegiales corriendo y bajando como torrente de risas. Pero no era entre semana sino fin de semana. Las parejas se la pasaban huroneando el cielo; y ocasionalmente se veían turistas subir con una cara de curiosidad enfilando sus vistas a las estatuas que cuando les llegaba directamente la luz del sol  parecía mas vivas que la gente. Y mientras ellos prolongaban su recorrido, el cerro se iba achicando y las estatuas se iban quedando como lo que son: mudas sinuosidades de mirada fija  e impasible. Pero, ¿por qué todas las estatuas son negras?
II. EN EL METRO

Después de llegar a la boca de la estación, bajaron las anchas gradas salvando una corriente de gente que subía afanosamente a la superficie; y casi empujados por otro torbellino que bajaba presurosamente a los andenes. Puestos ahí, después de comprar los boletos, sin siquiera mirar al que los vendía, solo un trueque de manos como el relámpago de un saludo anónimo, y ya con los boletos  que los trasportaría  al  parque. Se dispusieron a esperar el metro. Pero ahí estaban, they were here, rodeados de otra nube de voces que apenas eran murmullos y una espera que no era infinita porque, aunque todavía no se veía el metro, se anunciaba con el movimiento nervioso de los que lo esperaban. Y que lentamente empezaba a moverse como un solo cuerpo dispuestos a asaltar los vagones o saltar a una trinchera abierta como una herida en un pasaje inhóspito. Eso era todo. Ya se oía en la embocadura del túnel, el zumbido, y antes de verlo volvieron a oír su inconfundible marcha.
“Seguramente ella  estará esperándonos en el parque”, pensó él. Al tiempo que, el metro pasaba, dejando atrás y atrás y atrás, estaciones iluminadas en que solo se veían, momentáneamente, vistosos carteles adosados a las paredes de las iluminadas estaciones, promoviendo maravillosos viajes a la Isla de Pascua; y exhibiendo hermosas mujeres, que con manos impecables y nítidas, descorchaban y cataban vinos de gran solera. Y sus rostros eran tan nítidos que parecían reales, tan reales parecían que cualquiera pensaría que estaban a punto de hablar. Y sus cuerpos definitivos eran tan compactos que uno creería que aquellas provocativas mujeres, de piel perfectamente matizada y de labios rojos encendidos en brillos delicados; en cualquier momento, saltarían de los carteles, caminarían sólidamente por el relumbrante anden; y entre delicadas sonrisas y miradas sorprendidas, subirían  al metro. Y algunas de ellas, completamente inequívocas y rodeadas de un encanto natural, se sentaría concluyentemente al lado de uno.
Entonces, cabalmente se podría pensar que uno estaba cómodamente sentado, haciendo un fabuloso  recorrido en el metro, con la rara impresión de llevar un pájaro batiendo las alas silenciosamente dentro de la cabeza; y a su vez,  ir perfectamente acompañado de  una hermosísima mujer de puro papel. No había más que eso, eso era todo lo que había, no podría haber más que un túnel de sombras y estaciones luminosas, llenas con carteles de mujeres que parecían casi reales. Mientras tanto, el metro todo iluminado, seguía avanzando  por el apocado  túnel, y  cada vez que se detenía en una estación, en un en un santiamén se abrían las puertas de par en par, y se levantaban mecánicamente los pasajeros, formando una corriente de cabezas que se estrechaba en las puertas magnéticas y se desparramaban en colores por los andenes. Ellos  salían y entraban anónimamente hasta que al cerrarse las puertas, y atestarse de efímeros pasajeros con rostros que uno no volvería a ver; enmarañados en  siluetas y perfiles que abordaban el metro cargados  de una leve y secreta vehemencia por llegar  felizmente a algún lugar cálido, o quedarse eternamente sentados en aquel mundo subterráneo y móvil. En que todos eran tristemente iguales;  mientras sus manos potentes se aferraban a los pasamanos y sus miradas disimuladas se perdían en el trajín de un vagón repleto de cuerpos, que anunciaban una somnolencia que lejanamente esperaba transformarse en una corriente inusitada de vitalidad y anhelo por salir a flote. Entonces entre gente y sueños, entre las nueve de la mañana y aquel cúmulo de peregrinos, el metro volvía sigilosamente a poner su maquinaria  en expedito movimiento.
Dejando atrás estaciones iluminadas y seres que esperarían otros  vagones para ir a bajarse a otras tantas estaciones alumbradas, en que otros tantos puñados de gente subiría con las mismas posibilidades. Mientras, el vagón completamente iluminado y limpio atravesaba túneles uniformemente despejados. Entonces uno pensaba que todo era suave y hermoso. Que aquel era el preámbulo a un sueño perenne, un viaje avanzando hacia un horizonte imperecedero de luz. They were walking by the road, toward the white sand, and the sea very still like a postcard. However, there was nothing. Only was a dream, a effortless dream...was a forest, one face, un rendezvous, a still vision.

III. LA PERCEPCIÓN DE LA MIRADA

Una vez que ellos llegaron al parque O´Higgins, se abría ante ellos un horizonte de miradas amontonadas cerca de la fuente. Evitaron pasar por la fuente y le dieron la vuelta a la multitud. Sin percatarse de  los blancos y grises nubarrones que se movían en el cuadrante del cielo como en un espejo que aloja formas   blancas y grises.  Ellos pasearon como suele pasearse por una alameda, entre otros paseantes que también paseaban, y que también se abandonaban  casi sin ningún propósito fijo, más que caminar como se camina por una alameda, They to walk in tree lined-avenue, todavía con la vaga sensación de ir cómodamente sentados en uno de los asientos del metro. Entonces, después de un rato, casi por instinto, ellos volvieron a pensar en Alfonsina, caminaban pensando en verla en cualquier momento, marchaban siempre con la mirada atenta,  circulaban siempre prestos, y atentos esperaban  que  asomase  repentinamente, con sus ojos profundos de mar y su andar  rociado de brizna matutina. La buscaban con la mirada en los últimos vueltas, y en cada recodo creían reconocerla en cada mujer de silueta semejante a Alfonsina. Pero después de haberla rebuscado durante un largo tiempo sin encontrarla, ellos se concedieron un descanso, y automáticamente se cruzaron algunas palabras, ya casi convencidos de que ella no había venido.“Seguramente no vino”, pensó ella. “Si ella estuviera aquí, ya la hubiésemos visto o ella nos habría visto. En fin ella no es invisible y nosotros somos tan visibles como una bandera que flamea invicta en el mirador del Cerro San Cristóbal”. Pero, ¿por qué no habrá venido?

IV. LA BÚSQUEDA DE LA FUENTE





Inmediatamente después de dar tres vueltas a todo el parque, casi sin pensarlo, y  como si alguna portentosa  voz los convocara, ellos  se dirigieron hacia la rotonda. Forever is forever, siempre era así, aunque pudiese ser de otra manera, siempre era lo mismo. Todos los paseantes terminaban en la gran fuente circular y se quedaban  observando unos  formidables  chorros de agua que brotaban del centro de la fuente; y que se juntaban en un vigoroso y único chorro que se elevaba a gran altura y bajaba precipitadamente rompiéndose como si fuese un paraguas abierto de millares de gotas que caían incesantemente desdoblándose en una inagotable y  rítmica sonoridad. La fuente estaba instalada en el centro de una enorme rotonda y era recortada por una enorme pileta circular de granito, de tal forma que la lluvia producida por los surtidores caía exclusivamente dentro del perímetro  circular de la  fuente, produciendo la rara visión de una lluvia permanente.  Aquel espectáculo poseía su peculiar encanto, ese encanto de la novedad, pero sobre todo el encanto de la simplicidad. La mayoría de la gente prefería verlo a la distancia, pero otros se acercaban desafiadamente a la fuente, sentándose de lado  en su ancho borde y hasta se inclinaban, y a tientas chapoteaban con la mano el agua de la fuente. Mientras los niños hacían barquitos de papel y los impulsaban desde el borde hacia el centro; y luego los niños se quedaban viendo como  los  barquitos se mecían lentamente como si una mano invisible  delicadamente los empujara, hasta que los barquitos desaparecían bajo los chorros de agua que al caer nuevamente sobre la superficie del agua, dibujaban remolinillos y fabricaban una blanquecina espumilla que se esfumaba al instante.”Dan ganas de meter la mano” pensó ella, mientras se alisaba con el canto de su mano su cabellera, y pensaba en el cabello negro y brillante de Alfonsina. 

V. UN PAISAJE BUCÓLICO SE INSTALA

 Nunca faltaban personas que se quedaban toda una tarde, admirados ante aquella alquimia visual. Poseía  su perfil evocativo y tenia su arrebato estremecedor, algo recóndito y primitivo como un tambor sonando furtivamente en la noche. Uno los veía vacilantes, ir de un lado para otro, hasta que, como si fuesen descubridores de una nueva tierra, tomaban  posesión de un pedacito del verde campo. Puestos allí, pronto ponían sobre el suelo, canastas y mochilas; y sacaban manteles y frazadas que agitaban al  aire, y que una vez   desplegadas sobre la grama era el anuncio de una tarde de permanente quietud. Entonces ellos se preparaban  emparedados, destapaban gaseosas, encendían la radio  y se recostaban sobre la yarda. Todo el parque giraba en torno de aquella fuente cuyo robusto chorro se divisaba casi desde cualquier extremo del parque. Cuando ellos llegaron a la rotonda rosada en que estaba la fuente, se quedaban escuchando la acuática sinfonía. Pero pronto se cansaban y  al darse cuenta que  no había ninguna banca vacía, se iban hacia uno de los jardines adyacentes a la fuente. En el que había un pequeño montículo rematadamente cubierto de grama, y ellos  se sentaban  a la sombra de los tilos, que caía suavemente sobre la yarda, que se mecía como si sobre ella pasara imperceptiblemente  rozándola, una legión de cuerpos invisibles. Luego ellos perdían su mirada entre la inmóvil multitud de gentes que soñolientas como estatuas soñadoras, miraban el soñoliento movimiento del chorro de agua armarse verticalmente y desarmarse  en completa simetría. Entonces ellos pensaban en soñar, en Alfonsina, y en ir todavía  plácidamente sentados en el metro. Aunque ellos ya no estaban allá sino aquí. ¿Por qué él  no quiso entrar al  Normandía?, pensó curiosamente ella.
VI. LA CONVERSACIÓN BOCA ARRIBA

 

-Es curioso -dijo ella- como la gente se queda mirando esa fuente.
-Si, es curioso -dijo él- que hasta los pájaros se desprenden de los árboles y   vuelan a ras de la fuente.
-Seguramente, quieren tomar agua -agregó ella- y no se atreven porque la multitud los aterra.
-O quizá están haciendo una exhibición privada de acrobacias. Quizá ellos también disfrutan- concluyó él. Luego, ambos apartaron la vista de la fuente y se recostaron sobre la yarda, boca arriba, con los ojos bien abiertos y  contemplaron un cielo cordillerano cuajado de colosales nubes en  constante movimiento. Las nubes graciosamente tomaban las formas más caprichosas, como si allá en lo alto hubiera una gran revuelta. Ella que ya  había dejado de ver disimuladamente la fuente; y que ahora veía curiosamente las nubes, súbitamente pregunto:
-¿Por qué son blancas? -. El no respondió y ella volvió a preguntar
-¿Por qué las nubes son blancas?
-Podrían ser amarillas -contestó él a quemarropa.
-¿Crees que si las nubes fuesen amarillas  sería un mundo más hermoso?
-No sé -dijo él en tono seco-. No sé que tienen que ver los colores con lo bello.
-No crees que sería -replicó ella- un mundo más feliz.
-¡Oh!, ¡oh! Esas nubes te han trastornado-dijo él en tono de reclamo. Ambos se quedaron en silencio, ella viendo las nubes y él con los ojos entornados, dándole la espalda a ella y a media ciudad y a la cordillera entera, y tratando vanamente de escabullirse de las nubes y de las miradas y de los fisgones pensamientos. Él no quería pensar, solamente deseaba abandonarse a la nada. “Ser como una nube”, pensó él casi cómicamente. Mientras ella pensaba en Juana de Arco entrando al cine Normandía a las cinco en punto de la tarde. ¿Por qué no haberse quedado?, Tan fácil que era entrar, más cómodo que comprar un boleto de metro o de emprender una odisea a marcha cerrada por comprar un helado en el quiosco del parque. Y Juana de Arco cabalgando por los campos de Flandes...   con su armadura tejida de brillos de sol.
XIX. LA SORPRESA DEL INSTANTE

 

-Lo raro- dijo ella - fue aquel enjambre de voces en el Normandía.
-Lo raro-dijo él- fueron aquellas mujeres en el metro.
-¿Cuáles mujeres?-  Pregunta ella.
-La de los cartelones...parecían tan reales.
-No las vi, nunca veo a la gente en el metro-dijo ella
-¿Viste la fuente? Le interrogo él.
-¡Viste como se desarmaba el chorro! Enfatiza ella. Luego callo y agrego:
-Lo raro  fue ese tropel de gente que seguía al clarinetista.
-Lo raro -dijo ella- es como se nos olvidaron las gaseosas.
-Lo raro eran sus ojos ¿los viste?- inquirió él.
-Lo raro fue su mirada. Era como si lo supiera todo, ¿no lo crees?
-Lo raro fue –dijo  ella- aquel niño que nos seguía con la vista.
-Lo raro fue como la madre llega al mostrador ¿Te fijaste?
-Lo raro -dijo -él- es porqué la esposa le contó al heladero que no le habíamos pagado los sorbetes del domingo pasado.
-Lo raro -dijo él- es como ese perro negro perseguía al hombrecito de negro.
-Lo raro -dijo ella- es como el parque se quedó vacío después de la lluvia.
-¿Oíste el ruido en lo alto?-Pregunto él.
-¿Cuál ruido?
-Parecía el ruido de aviones-dijo él.
-¿No serian cóndores?-Concluye ella.
-Lo raro fue aquella carrera de paraguas, ¿de dónde salieron tantos?
-Lo raro fueron aquellos destellos, ¿los viste?- Pregunto ella.
-No era acaso un fotógrafo...afirmo él.
-No vi ningún fotógrafo...venían de varias partes...
-Lo verdaderamente extraño -dijo -él- es que ella no haya venido.
-Si -dijo ella- con un gesto de sorpresa, ya casi lo había olvidado. 
 Por algún rato se  quedaron pensativos. Él rompió el silencio y dijo:
-Lo raro fue ese viejo barbado.
-Lo raro fue eso del cóndor-resalto  ella.
-¿Cuál cóndor?- Pregunto él.
-¿No lo sentiste? Le recrimina ella.
-No, no sentí nada... ¿Viste como se puso la cordillera?
-No vi nada raro en la cordillera- contesta ella.
-¡Qué raro que tu no haya visto la cordillera ¡ ¿En qué pensabas cuando caminabas?
-Pensaba en muchas cosas, no en la cordillera.
-¿En muchas cosas? No se puede pensar en muchas cosas- dijo él.
-Lo raro –dijo ella-fueron aquellas palomas esperándonos en la cornisa.
-¿Te fijaste como se movían?- Pregunto él.
-Nunca les había visto-dijo ella resignadamente.
-Lo realmente raro -dijo ella y lo dijo acentuando la voz- fue ese policía. ¿De dónde habrá venido?
-Si -dijo él- lo raro es como él se esfumó.
- ¿Adónde habrá ido? –Preguntó ella.
-¿Quien? ... ¿El policía? Preguntó él.
-No, ¿A dónde habrá ido ella? –Preguntó ella.
-Seguramente no quiso venir –dijo él.
-Quizá confundió el día -dijo ella- o al fin decidió irse para Valparaíso.
-¿No eran sus padres  de Concepción? preguntó él.
-Si, pero ellos vivieron en  Valparaíso.
-¿Se habrá ido a Llanquihue?
-¿O a lo mejor al Normandía? Acaso...
-Sabes, lo raro es que estemos aquí.
-Sí. Aquí boca arriba.
-¿Dónde estará?
-Seguramente, no aquí...
-Sí, ella esta allá y nosotros aquí.
-¿Oíste?
-¿El qué?
-¿El ruido al otro lado de la pared?
- Quizá es un  gato.
-Los gatos no hacen ese ruido.
-Si, entonces será el señor de al lado.
-Quizá...
-Pero no importa él esta ahí y nosotros estamos acá.
-Pero si nosotros no estamos acá, sino aquí...
-¿Dónde estará ella?
-¿Estará en el parque?
-¡Que importa! Nosotros estamos aquí, ella esta allá y el gato de al lado vaya saber donde está...
-¿Que raro?
-¿Qué es raro?
-No había gatos en el parque.
-No los viste...pero por ahí han de haber andado.
-Sabes no recuerdo haber visto el sol,  ¿no te parece raro?
-Así son ellos...nunca se sabe.
-¿De que hablas?
-De los gatos.
-Yo hablaba del sol...
-Sabes, lo raro fue habernos echado boca arriba sobre la grama.
-Eso no tiene nada de raro.
-Lo raro es que estemos  los dos boca arriba aquí.
-Eso no es raro sino extraordinario.
-Nunca te había oído esa palabra...
-Entonces, ¿qué será lo extraño?
-Que ella no hubiese venido.
-Eso solo es raro.
-Lo extraño es que ella hubiese venido.
-¿Lo crees así...? No, pero es extraño.
-¿La extrañas?
-No te parece que fue hace una vida que se fue...
-¿No te parece extraño?...
-¿Oíste? Seguramente es el gato...esta por aquí.
-¿Dónde estará?
-¿Quién?...



Fuente:* Cuento experimental Alfonsina© que consta de 23 capítulos, la mayoría de los  cuales ya han sido publicados en este blog. Créditos: Ilustración de Plaza de las palabras. Fotografías© M.A.Membreño Cedillo, tomadas en Cerro Santa Lucia, Santiago de Chile.