Cuento: Las casas eran blancas y de madera, De cuentos Iluminados, Mario A. Membreño Cedillo



La verdad  es que Ben no era  tan viejo. Sus ojos vivaces eran las olas del mar, sus brazos largos eran los de un beisbolista; aunque él nunca hubiera lanzado una pelota de béisbol;  su espalda ancha era la de un marinero, su tez era del color negro de la noche cuando no tiene estrellas, y su pelo crespo y ondulante le dejaba ver un rayo blanco de respetabilidad. El era un garinagu. A Ben, todos lo llamaban el viejo Ben; aunque nadie sabía sí  ese Ben a secas, era su verdadero nombre. Ben vivía en una casa del morenal que olía a mar y a nostalgia.  Y cerca de allí, también tenía  instalado un negocio de venta de golosinas y refrescos, que se llamaba La Encantada. Era ahí donde  solía contar sus historias y sostener sus charlas con los parroquianos. Pero Ben no era locuaz en sus historias. Él no se las contaba a cualquiera, sabía escoger sus oyentes y elegir el momento más oportuno para contarlas.
II
Ben desde muy joven había emigrado a Nueva Orleans, y ahí se había quedado por casi tres años trabajando en  lo que fuera, desde  cargador en el puerto hasta colocarse en un Pub situado en la calle Liberty y Perdido, en donde se tocaba jazz, y según decían el propio Armstrong había aprendido a tocar. Era el propio Ben, quien juraba que había conocido a Louis Armstrong y que había tenido en sus manos su primera trompeta. Cuando hablaba de Armstrong, Ben se emocionaba, y un brillo invadía sus ojos. Y todo enervado, pasaba a imitar, como si tuviera en sus manos una trompeta, los gestos de Armstrong. Aquella escena divertía a la gente que se congregaba a su alrededor. Ben gesticulaba con sus manos los movimientos de la trompeta, al tiempo que se contorsionaba, y de su boca salían unos gemidos, que alargaba y a veces acortaba imitando aquel fulgurante  sonido que produce una trompeta. Al final, Ben terminaba contando acerca de Nueva  Orleans, que siempre había sido una ciudad  peligrosa, sobre todo por la noche. En storyville, a  cada hora ocurrían actos de  gansterismo y  reyertas entre pandillas.  
En Perdido y Liberty, fue que vi mi primer muerto y cuando lo vi, me dije eso de morirse es algo tremendo. El tipo había estado poco antes bailando cual si fuera un trompo, era gracioso ver aquel parlanchín contornearse al ritmo de una música sabrosa.   Bailaba con una mujer que vestía un traje en lino suelto y se levantaba vertical sobre unos  tacones de charol; y el vestido estrujado  lleno de flores; parecía girar,  y les juro, que bajo el efecto de la luz;  que era opaca, producía una increíble sensación. La melodía que tocaban era pegajosa, y evocaba un temblor escala 7.00 de Richter; y los bailarines que se desbocaban como un huracán, bailaban hasta el cansancio. Sinceramente, no sé lo que pasó, sólo se oyó un palabreo, luego le siguió un jaleo. Cuando menos lo pensé, un grupo de gente se desprendió de la pista de baile, se escuchó un alboroto mayor; y salí  a ver qué pasaba porque esa era mi trabajo. Tenía que estar pendiente,  quien entraba y quien se iba, por aquello que la gente se iba sin pagar. El tipo estaba tirado, la mitad del cuerpo sobre la acera, la parte baja sobre la calle, estaba tan muerto que parecía un hielo, y sus ojos saltados parecían dos bolas de golf. Un hilillo oscuro de sangre le salía  del labio inferior, había quedado boca arriba viendo a las hermosas estrellas. Algunos parroquianos del salón habían salido y lo miraban como se contempla una constelación de estrellas o un paisaje boscoso en perspectiva.  Nadie parecía hablar, y desde adentro del local salía una música que la orquesta tocaba, era una canción muy conocida  de Gleen Miller, Stardust.
III
Al finalizar de contar sus historias, el rostro de Ben cambiaba, y se volvía a erguir, llevándose, tímidamente,  las manos a los bolsillos y con una sonrisa en su boca decía “Thank you, no fue nada”. Para Ben  aquello de contar historias era todo  un rito. Pero un día decidió no volver a contar más historias; después de haber tenido un palabreo con un joven del morenal que le increpó porqué se pasaba la vida contando historias que a nadie le importaban. Ben le replicó que había conocido a Satchmo, pero el joven le respondió que le creía, pero “¿quién diablos es Satchmo?” Aquella lapidaria pregunta,  lo entristeció, poco después comprobó  que en el morenal nadie sabía “quién diablos era Satchmo”. Poco a poco dejó de contar aquella historia y a ejecutar sus contorsiones trompeteras. Al paso del tiempo todos en el morenal parecían evitarlo  y sólo los niños ardían por conocer sus relatos. Pero cuando los espíritus se apoderaban de su alma y una vez que Ben comenzaba a relatar sus historias, todos callaban; hasta los que no le creían una íngrima palabra. Pero había una historia que lo ensimismaba y lo turbaba más que todas; y que casi nunca la contaba; y cuando lo hacía, sus ojos cambiaban en una profunda tristeza, y sus palabras salían en temblor. Y  los que lo escuchaban se quedaban en una especie de gris, entre atónitos e incrédulos.
IV
Por la tarde de ese mismo día un grupo de chicos se habían reunido en La Encantada, ellos estaban sentados en el corredor, y charlaban de viajes a tierras lejanas y tierras adentro y tierras misteriosas. De vez en cuando el viejo Ben pasaba limpiando las mesas y retirando las botellas vacías de bebidas. El escuchaba lo que decían los chicos y a él no le gustaba lo que escuchaba, y menos que ellos se fueran del morenal. Porque cuando ellos se iban no volvían, y cuando regresaban  ellos nunca volvían a ser los mismos. Entonces el pensó que él también se había ido de joven, pero aquellos eran otros tiempos. Él se había ido con la aprobación del buyei, él  nunca se había contaminado. Ben lo había decidido y no le había costado mucho tomar la decisión, tuvo la naturalidad de una fugaz mirada al mar. El día que él anunció que contaría de nuevo su historia,  nadie lo esperaba. Hacía años que no la había contado. Pero Ben había sentido el buyei, y  como aquella vez la visión se le presentaba tan clara, no tenia la más mínima duda de que el buyei era quien  le hablaba.
“Vengan mañana por la noche” les dijo Ben con una voz tan ronca como la del viejo Satchmo, “les contaré la historia. Vengan bien comidos y bien peinados y bien bañados; y dejen intactas en sus casas, las majaderías. No traigan dudas en sus bolsillos y no aparezcan con los ojos cansinos. Quiero en sus ojos el brillo de las estrellas y en su mente la agitación del mar. Yo seré el capitán de ese barco, seré el capitán Ahab, no dejaremos que la ballena blanca nos devore, la cazaremos igual que se caza un King Fish”. En ese momento el viejo Ben  veía  las caras sorprendidas de los chicos  y se reía como si él, también fuera un chico más. Listos y reunidos en La Encantada, más de 15 chicos, todos con los ojos saltones de curiosidad y con rostros circunspectos como una montaña de pura piedra. Los ojos de Ben lucían esquivos, eran  dos pececillos, y  lucia irritable, tanto que parecía alguien a cada momento, dispuesto a saltar desde un trampolín, al mar. Ben seguía caminando nerviosamente por  el corredor, y ahora los chicos lucían  tan quietos como el mar en una tarjeta postal. Las nubes se habían ido en estampida, dejando un cielo tan abierto en estrellas que parecía  que las estrellas mismas en su infinita quietud, estaban a punto de moverse. Los chicos lo miraban con los ojos atentos  con que se ve por vez primera algo anhelado y desconocido. Pero había una santa reverencia en sus rostros: Ben tenía la aprobación del Buyey.
V
“Un buyey, siempre  debe guardarse sin contaminación”, dijo Ben de repente y con un tono de voz desconocido. Hizo pausa y entonces  tomó una profunda respiración y habló: Fue en...fue en Alabama, fue en Alabama”, repitió Ben esta  vez con un tono de voz resuelto. Trabajaba yo para la Wood Culver Company, en ese entonces tenía veintitantos años,  era un chico inquieto, pero disciplinado. No bebía y no fumaba. Había otro chico creo que era de Ceiba, se llamaba Leoncio y ya de su apellido no me acuerdo, pero todos le decían Leoncio el Zarco.  Él se fue pronto porque no se acostumbró a la comida, que no era tan mala que recuerde yo, pero la verdad yo me acostumbraba a todo. Nunca le di importancia a eso; pero muchos se fueron de la compañía porque decían que las habas y el arroz no eran suficientes para mantener parado a un hombre; a veces nos daban pan y los domingos nos daban unas frituras que nunca logramos saber de qué eran; porque el cocinero cada vez que le preguntábamos, se reía con el cinismo de un condenado, aquello nos aterrorizó; y llegamos a odiar más al cocinero que a la comida. Luego supimos  que las frituras eran arroz con papas y espinacas, todo bien cocido y en un revoltijo que parecía comida china. Me pasé cuatro años en los cortes de madera y luego ayudé de cargador, era un trabajo pesado, cargábamos los hornos entre varios, hasta ponerlos sobre tarimas improvisadas; hasta ahí llegaban unos camiones Ford negros, que les decían “los negreros”, porque todos los chóferes eran negros provenientes del South Deep. Caían de Misisipi y Misouri,  y un día, desde bien alto, hasta cayó un canadiense. Venían porque aquí se les pagaba más, pero sobre todo, porque los fines de mes, podían hacer viajes a Nueva Orleans. Yo casi nunca iba a Nueva Orleans, porque no quería gastar mi dinero en mujeres ni en alcohol, pero sobre todo porque el viaje siempre era peligroso, y la ciudad más. Un día nos dijeron que teníamos que ir a una zona no muy lejana que llamaban Great Canyon, en realidad no era un cañón y por ningún lado parecía haber vertederos, aunque la región era húmeda y la vegetación abundante, porque las capas freáticas no eran muy profundas. Luego supimos que lo de Canyon, era porque en la Guerra Civil un regimiento del Norte había llevado allí un cañón, pero por supuesto nadie de nosotros vio por allí ningún cañón, en realidad todo eran puras habladurías de los pobladores. Por la noche y bajo las estrellas de Alabama; mirábamos y mirábamos y mirábamos a la lejanía, porque  en verdad,  no había mucho que hacer por las noches.
Muy cerca del campamento había una pequeña planicie cubierta de maleza,  que no crecía mucho, y que contrastaba con una zona selvática, que resaltaba al fondo de  la planicie. Llevábamos varios meses en esa  la zona. Hacia uno de los extremos de la planicie se levantaba una ladera que cortaba parte de la zona selvática. Al pie de la ladera la vegetación era tupida, y un poco más adelante crecían árboles tan frondosos, que secuestraban el cielo. Pero la zona era tan inhóspita que casi nadie iba por ahí. Un día descubrí una vereda, en realidad no era una vereda, pero si un tramo por el que uno se podía adentrar sin necesidad de ir cortando la maleza. Terminaba  en uno de los bordes de la ladera en la que bajo un árbol cuyas raíces salían a la superficie, había un claro de cielo que se colaba entre el ramaje, dejando que la luz entrara; y habilitando un recodo en que uno podía, sentado sobre las raíces del árbol, descansar. A veces iba ahí, siempre después de almorzar. Los otros en el campamento se quedaban conversando, tomaban café o una infusión de tés con hojas verdosas que cortaban del pie de los árboles. A esa hora el calor y la humedad era insoportable, nadie trabajaba; ellos se la pasaban jugando a las cartas y cantando canciones sureñas, todavía recuerdo una que empezaba:
Mi dulce Nelly. Mi  dulce Nelly.
Voy en tu busca. Voy tras tu sombra.
Voy en tu busca para recostarme en tu pecho.
No huyas de mí porque yo soy tu sombra.
No te escondas de mí porque yo soy la noche.

Aquella tonadita era de las más populares. Y un buen día, tarareándola me encaminé a la planicie, pasando por los arbustos hasta quedar de frente a un claro. Me quedé helado como si de golpe me hubieran caído ciento siete cubetas de agua fría. La planicie no estaba. Quise caminar pero no pude, quede petrificado. La planicie estaba cubierta de casas,  todas en fila, parecía un villorrio. Las casas eran de madera y todas estaban pintadas de blanco. Eran tan blancas como el blanco de las nubes. Los tejados eran de lámina del color de las tejas.  No había gente, toda aquella desolación me impresionó más, pero también me tranquilizó. Mis ojos estaban deslumbrados, eran docenas de casas que habían aparecido de la nada. Pasaron unos minutos, no se cuántos, pero aquello me pareció como si el tiempo se hubiera detenido, como si aquellas casas vinieran  a saber de dónde,  a saber  de qué tiempo, a saber para qué.
Avancé, con dificultad logré dar un par de pasos, pero a medida   que avanzaba tímidamente,  las casas iban desapareciendo. Era como si a ciencia cierta,  no me moviera, era seguir el arco iris y nunca alcanzarlo, era sacar la cartera del bolsillo y no tener un maldito billete.  Pronto estuve de vuelta en el campamento, regresé por el mismo camino, dejando atrás la planicie,  los arbustos, y  las casas. Un inmediato escalofrío recorrió mi cuerpo, pero mis pasos no vacilaron. Yo me  esforcé en avanzar; y en tanto: y eso nunca me había ocurrido, dos rebosantes lágrimas cayeron de mis ojos, y abrían un camino milagroso en mi rostro sudoroso, las lágrimas fueron a dar a mis labios abiertos, y su gusto amargo, me dio ese impulso que me impelía a no temer, fuera lo que fuera. Por mi cruzó la idea   de que si volvía a ver esa visión, quedaría petrificado como Lot; y que aquellas casas eran una ciudadela en que a saber que designios misteriosos se cumplirían. Aquella zozobra, convertida en prisa me sacó de la planicie. Y ya cuando los pensamientos serenos reposaban, pensé que me había  desviado del camino, y que había ido a dar a un villorio cerca de Camden. Pero no, no cabía  tal posibilidad. Así que una vez en el campamento, cansado y sudado, me acerqué al barril de agua; me incline  y hundí la mitad de mi cuerpo en él, hasta que unas fuertes manos, abruptamente, me sacaron y escuché  una voz enérgica: “Es agua para beber, no para bañarse.
Al día siguiente volví a ir a la planicie, siguiendo exactamente el mismo camino, aparté los mismos arbustos, pasé por los mismos encinos, y una vez en el claro: la misma visión se alzó ante mi, impertérrita, inamovible, casi tan real como mis manos. Un escalofrío volvió a recorrer mi cuerpo Las  casas continuaban allí, como si siempre hubieran estado allí, y ellas hubieran crecido con la potencia de los árboles que rodeaban la planicie. Era un paisaje espectral, no me atreví a seguir avanzando, pensé en regresar, pero no pude. Era como si de repente hubiera echado todas las cargas de mi vida, y me hubiera convertido en una montaña. Pero no, una a otra toqué mis manos, toqué mi pecho; era yo de carne y hueso. La tercera vez que fui, fue la que más cerca llegué a estar de las casas,  esa vez alcance a escuchar un murmullo de voces, pero nunca logré distinguir  a ninguna persona. No volví a ir, ni jamás le conté lo ocurrido a nadie. No quería que mis compañeros y mucho menos Jack el Francés se burlara de mí. La vida en el campamento transcurría con la normalidad de las órdenes y los cantos y el zumbido de las sierras. Así es la vida; pero no, yo sabía que había visto aquellas casas, y por la noche temía cerrar los ojos y que aparecieran aquellas casas blancas y de madera.
VI
Por aquellos  días decidí marcharme de Alabama. Aproveché un cambio de turno y un traslado. Llegué a la central de la compañía, permanecí allí cerca de un mes,  y luego  me fui en tren para Nueva Orleans. Y después de unos cuantos meses de trabajar en un bar pude pagar  el pasaje de regreso en barco. Me embarqué, y arribé de nuevo a Ceiba, a principios de la década de los 50s, tenía en ese entonces 33 años y aún era fuerte. Casi había olvidado aquella visión de ese pueblo fantasmal.
Al terminar de contar su historia, el viejo Ben tenía un aspecto cansado. Miraba a los  chicos que lo miraban absortos y en silencio. Nadie pronunció palabra alguna. Nadie pareció mover los labios. La noche se desplegaba imperturbable sobre San Juan y sólo en una que otra casa había luz. El viejo Ben se levantó, y se retiro sin decir una sola palabra. Los chicos vieron a Ben  bajar las gradas de La Encantada y atravesar la yarda sembrada de las sombras de las palmeras, hasta llegar a su casa. Subir las gradas, abrir la puerta, entrar y luego cerrarla.  Y desde dentro de la casa, encender  la luz. Los chicos no lo habían perdido de vista, hasta que éste entró a su casa. Todos permanecieron en silencio, sus rostros expresivos y sus labios a punto de soltar algunas palabras. Pero como si se hubieran puesto de acuerdo, nadie habló. Aunque todos los chicos se percataron de que la casa de Ben era blanca y de madera, ellos nunca se lo habrían dicho. Entonces Ben apagó la luz.

Y vista desde lejos, al tiempo de la noche  en que todas las cosas duermen y callan y sueñan; y la bruma y la neblina y las sombras del mar, el cielo  y la tierra se desparraman;  y cercan y secuestran  paisajes y cosas  y sueños; desde alta mar parecía que todas las casas del morenal, eran blancas y de madera.

Fuente: Del libro Cuentos Iluminados (inédito), Mario A. Membreño Cedillo, 2002.