Cuento: El Panteón de los ingleses: la historia secreta de un payaso por M.A.Membreño Cedillo










A Abraham Raudales, (El Tuncha.) Medio bohemio, medio lobo estepario, medio lenca y medio universal; a quien siempre le gusto está historia. 

"Y ellos avanzaban protegidos por el manto invisible de la noche". La Ilíada, Homero

Cuando en 1850,  Robert Bell llegó a México, pocas décadas antes los ingleses cornaulenses habían traído,  esforzadamente, la primera maquina de vapor a las minas de Real del Monte. A pesar de que está colosal maquina, que empotrada tenía la altura de una casa de tres pisos, y que serviría para desaguar las minas, y para aumentar la producción argentífera; muchos mineros desertaron creyendo que aquel era un maleficio. Los ingleses la llamaron graciosamente el “dragón que echa humo”. Ellos casi nunca se relacionaban  con la población de Real del Monte, ellos simplemente eran así; y aunque se paseaban por el poblado  con el afán de encontrarle un sentido a las laberínticas calles, que eran un encuentro de comienzo y fin; y que terminaban bruscamente en inesperadas plazoletas, que matizaban un  abigarrado poblado repleto de ornamentos barrocos y platerescos; con sus casas de techos de cuatro aguas, coronadas por  un horizonte enteramente  rojizo.
Ante aquel paisaje urbanístico, por las tardes los ingleses solían pasearse de dos en dos, de tres en tres, de cinco en cinco; volteando el pueblo de arriba abajo; pero aunque se les veía  por todos lados, era como si ellos verdaderamente no estuvieran ahí. Porque  siempre sabían mantener su distancia, y solo  hablaban  entre ellos, y  movían sus manotas como atizando el aire, y sus ojillos azules revoloteaban como si estuviesen buscando algo mas allá de la mirada. Una velita en la noche, acaso una esquina que los trasportara cándidamente de nuevo a las esquinas de Cornwall. Pero todo se desenvolvía tranquilamente, había una cierta pasividad; como si el descubrimiento de la tierra prometida fuese cosa del pasado. A veces se tenía la sensación que ellos siempre habían estado ahí. Como si todo fuese parte de una sola y definitiva cosa.
Los ingleses eran puros gestos de asombro, miradas escrutadoras; y de vez en cuando,  eran apenas vocecillas cautelosas. Como si hubiese un cambio de dirección, es el viento el que cambia. Pero ellos eran así. Así eran los ingleses de Cornwall. Entonces, los pobladores los llamaron los cuchichadores. Luego, fueron las incandescentes  viejas del pueblo, las que con sus miradas atentas raspaban la piel de las cosas, y que  paradas en ruedas esquineras, empezaron  a llamarlos: los rezanderos: Porque decían que los ingleses  hablaban a puros susurros, como si  estuvieran susurrándole fervorosas plegarias a Dios. Ellos eran así: silenciosos y lejanos como las nubes. Los domingos después de sus cultos metodistas; solían reunirse en la explanada, y correr  desenfrenadamente tras una pelota de cuero, gritando palabras que solo ellos entendían. Los chiquillos del pueblo empezaron a redondear pelotas, y se les veía correr tras  pelotas hechas de cueros y paños; y a imitar aquel juego de corridas alocadas, de patadas al aire y  gritos a todo pecho. Mientras tanto las mujeres inglesas, se la pasaban preparando el  té  y horneando empanadas de carne que, simplemente, llamaban  paste. Entonces, se les veía pulcramente vestidas, siempre con sus delantales blancos de espuma de mar, sus manos  diligentes; y sus  miradas tan lejanas como el cielo de Cornwall. Así eran las inglesas, tan así eran ellas, que raramente venían al pueblo, vivían refundidas apaciblemente en sus espaciosas casas, y algunas de ellas  morían sin haber puesto nunca un pie en  Real del Monte.
Entonces, por un lado los Realmontinos con su arraigó terrenal, y por el otro lado los ingleses con su mirada siempre puesta en un cielo, que también habían traído en sus alforjas desde Cornwall. Eran como dos mundos apartes que solo coincidían en  las minas de plata. Y ahí en aquellas gargantas de plata, los mineros  locales; tras extenuantes jornadas laborales, eran tratados duramente, y  un capataz ingles al cual todos le decían el terrible Percy, se había ganado el odio tremebundo de todos los mineros. Percy, el que con su voz de trueno desprendía las hojas de los árboles; se lo decían porque era una voz profunda y gruesa, decían que salía desde las entrañas de las minas; él fue  el primer paso de una secuencia impensable de sucesos que terminaría con la llegada inesperada de Robert Bell;   el ingles que con  su voz de alondra rescataría las hojas de los árboles. Pero aquella trama, aquella división, no estaba exactamente trazada, había un real juego de matices. Las combinaciones se daban así como se combinan los colores en el cielo. Todo era un progresivo encadenamiento  de pasos en el tiempo, como si fuese  una solo historia. Pequeños riachuelos que se juntan en un gran río que desemboca en un mar visto desde arriba. Una serie de hechos fueron amalgamándose imperceptiblemente, desde el dragón que echa humo, el carácter despótico de Percy el terrible, la demarcación inusitada del panteón ingles, hasta la llegada de Robert Bell. Todos eran mosaicos de un mismo y definitivo horizonte. Un primer hecho insólito ocurrió cuando el terrible Percy  murió; curiosamente, él  era el primer ingles en morir en Real del Monte.
Y cuando lo llevaron  a  enterrar en el cementerio local, se encontraron con que,  las pesadas puertas de bronce del  cementerio estaban cerradas: encadenadas, tapiadas, tachonadas; y frente a la puerta del cementerio  había varios centenares de  personas bloqueando la entrada, todos con los brazos cruzados,  todos perfectamente ordenados en filas cerradas,  y  todos en perfecto silencio. Los ingleses, sorprendidos, primero pensaron que se trataba de alguna festividad religiosa de Real del Monte. Luego, creyeron que  simplemente era un capricho, pero los alarmó la férrea mirada de los pobladores que  no respondían a sus llamados; hasta que después de un prolongado silencio un grupo de ellos,  se les  acercó.
Los ingleses perplejos y  sin saber que hacer ni a donde ir con su muerto, guardaron un hondo silencio; hasta que uno de ellos: fornido, de mirada plomiza, cuello de toro  y de bigote rojizo; se acerco a los pobladores, ofreciéndoles pagar los gastos del entierro, y hacerse cargo del mantenimiento del cementerio. Los hombres del pueblo les reiteraron secamente su negativa. Y volvieron a ponerse firmes con sus  brazos cruzados, todos  con sus  imperturbables rostros viendo hacia una lejanía indeterminada; como si viesen algo que solo ellos veían,  y todos abanicando un  perfecto silencio  Los ingleses  esperaron por largo rato creyendo que los pobladores cambiaran de parecer;  pero ante la tozudez de aquellos; los ingleses  tuvieron que marcharse junto con la carreta que llevaba el ataúd. Y terminaron enterrando a Percy el terrible en el Cerro del Judío, una colina rematada por una pequeña explanada cubierta por un bosque de hóyamelos  Los ingleses poco a poco fueron  arreglando aquel  lugar, y cuando moría un ingles era enterrado allí. Con  el correr de los años aquel campo santo fue llamado el Panteón de los Ingleses, el mismo cementerio en donde décadas después del entierro de Percy el terrible, también sería enterrado Robert Bell.
II
Cuando  Robert Bell  apareció en Real del Monte.  Fue igual que cuando décadas atrás  trajeron  el Dragón que echa humo, tampoco nadie en Real del Monte sabia exactamente cuando  habían traído la gran maquina. Pero si recordaban que Robert Bell pronto entabló contacto con los pobladores, él era un ingles distinto a los demás, hablaba con las mujeres y con los niños; Robert Bell tenía una profesión peculiar, era un payaso, un verdadero payaso, el primer payaso en llegar a México. Y en Real del Monte les costo mucho entender lo que era un payaso, hasta que   terminaron asociándolo  como un especie  de curandero. Cuando él hizo su primera presentación  en el centro de la plaza, la gente se le acercó con curiosidad y temor. El  payaso usaba una  peluca rojiza, tenía su  rostro completamente maquillado, y su nariz era tan roja como una manzana de California. Vestía una holgada camisola naranja, pantalones a rayas verdes y calzaba  botines en puntera. Movía sus manos con la agilidad de un conejo  y sus piernas parecían doblársele  como  si fueran de alambre. A veces combinaba  extrañas contorsiones de su cuerpo, con sorprendentes mímicas;  y repentinamente ante la vista de todos se sacaba las cosas más inverosímiles de los enormes bolsillos de sus bombachas. Pero su acto favorito era echar humo y fuego por la boca; y cuando  hacia esto, todos en Real del Monte  recordaban  al dragón que echaba humo.
Su carácter extravertido pronto le facilito un amplio círculo de amistades y los niños lo seguían a todas partes. Lo de su nombre, despertó una enconada pasión. Primeramente, le llamaron, el ingles que echa humo por la boca.  Con el tiempo el mismo  les dijo que su apellido Bell, significaba campana.  Y  algunos empezaron a  decirle el Señor Campana; y entonces, se escuchaba a los niños repetir  jocosamente: Señor ding dong ding.  Luego, fueron los  más acuciosos  los que sin vacilar  lo llamaron  el Señor de la Risa, y un día hasta lo bautizaron como el Señor de la Sierra.  Por las  tardes se le veía haciendo rueda con los mineros; hasta que inexplicablemente los ingleses le prohibieron que se acercara a las minas. Pero  irreverente como era, al  atardecer hacia tertulia con los mineros en la plaza o bajo las arcadas. Y a veces, por las noches se le veía cruzar solitariamente el pueblo, después de largas veladas. Con el tiempo fue un invitado permanente de las festividades del pueblo. Al payaso Bell le pareció que mientras más congeniaba con los Realmontinos, los ingleses más lo despreciaban. A ellos nunca les gusto que hubiese un payaso ingles porque creían  que él  socavaba su influencia sobre  el pueblo.  Un día hasta le ofrecieron dinero para que se regresara a Inglaterra, pero él, tajantemente,  lo rechazó.
            A cambio ellos nunca  lo invitaron  a sus casas ni a  las   celebraciones del natalicio de la Reina Victoria. Aquella conducta de rechazo se templo enérgicamente en toda la comunidad inglesa de Real del Monte; y por las resonantes  calles, cuando los  niños ingleses  se encontraban al payaso le soltaban hirientes insultos. El payaso resentía aquel trato discriminatorio aunque nunca se quejó. Pero con el correr de los años en el corazón del payaso, fue creciendo un rencor secreto contra los ingleses que nunca terminaron por aceptarlo. Él lo sabía, bien que lo sabía, lo sabía perfectamente. Sin embargo,  en Real del Monte, se había ganado el corazón de todos. A los pocos años hablaba correctamente el español y hablaba palabras otomíes y náhuatl; por lo que frecuentemente era llamado desde  remotas poblaciones  para  animar sus celebraciones.
Entre el rumor de las acequias y la sombra de los árboles, sus palabras  fueron  conocidas por todos lados. Y con el tiempo fue formando su propio repertorio de consejos. Disfrutaba armando frases con el lenguaje. Y la gente lo escuchaba extasiada. “Por más que el conejo corra no alcanzara el arco iris”. O a veces soltaba frases aladas: “el pájaro carpintero esta labrando el corazón de la mañana” Por la noche le encantaba decir: “la punta nariguda de una estrella toca a la puerta hermética de la noche.”
Como un buen inglés, era metódico y de ingenio  agudo. Poseía  una voz entrenada y melodiosa. A veces sorprendía a sus oyentes cantando baladas inglesas,  y otras veces  recitaba, solemnemente, parlamentos de Shakespeare; y aunque sus oyentes difícilmente lo entendían; se quedaban embelesados con las nubes en la cabeza y una sonrisa tenuemente dibujada en sus rostros asombrados. Nada parecía detenerlo, y tal era su afán por desmadejar la naturaleza, que había estudiado meticulosamente  el movimiento de los animales de la zona y el  lenguaje  de los pájaros. También se había aficionado a las hierbas, a las aguas minerales; y pacientemente había aprendido, los enrevesados encantamientos de los  llamados Señores de la Sierra. En una de sus más festivas tardes,  explotó en carcajadas,  cuando le dijeron que él era el verdadero Señor de la Risa. Su popularidad había crecido  tanto, que   entre lluvia y lluvia,  se desboco el rumor que en una velada  había ablandado cortésmente  el rostro pétreo del general Profirió Díaz.
En los últimos años de su vida se lleno de extravagancias, y  no falto quien  jurara haberlo visto por las noches, emitiendo sonidos inteligibles bajo las frondosas ramas de un  ahuehuete o haberlo encontrado en el descampado convocando a las enormes figuras de basalto. Y Doña Hortensia, tan imperturbable como la mañana;  había llegado a asegurar que  ciertas noches, él  se levantaba  en la punta de la oscuridad,  y caminaba por horas buscando el nido de los pájaros o siguiendo el silbido del  viento. Otras veces desaparecía misteriosamente, y se iba, y ciertamente que se iba, y vaya que se iba, a  explorar por  semanas enteras la huasteca hidalguense, siguiendo el paso sigiloso de los coyotes o internándose  profundamente en los bosques fragantes de enebro de  Zimapan.
Cuando el Señor Bell llegó a enfermarse,   todos en Real de Minas pensaron que era un mal pasajero; de esos que ferozmente lo agarran a uno en la sierra y lo botan categóricamente  por una semana; pronto  se le dieron  infusiones de eucaliptos y lo llenaron de caldos caseros, pero la fiebre nunca  le bajo. Por un momento se pensó en  llevarlo a Pachuca, pero él se opuso rotundamente. Murió sorpresivamente, serenamente; al alba,  rodeado de sus ayudantes y curanderos  Ellos fueron sumamente escuetos, solo dijeron que él había muerto  sonriendo dulcemente. Y que antes de morir les había dado las instrucciones de su entierro. Cuando  se supo de su muerte; sucedió un fenómeno nunca  visto en Real del Monte.  De las poblaciones vecinas la gente se dejo venir, y de los linderos de la sierra huasteca bajaron correntadas de pobladores Y las viejas del pueblo  decían que hasta las Piedras Cargadas  venían al velorio. Los  ingleses se mostraron sorprendidos porque ellos nunca esperaron  aquel fervor por la muerte de un simple payaso ingles.
A la hora de los altos vigilantes, a la hora de todos los entierros; una gran marcha fúnebre borroneo todas las esquinas  del pueblo y estremeció con un furor  definitivo las calles empedradas de Real del Monte  El día se había llenado de contrastes: las casas todas de blanco rematadas por un horizonte rojo, y los marchantes todos de negro. Las calles  de piedras grises y el  cielo perfectamente azul, las  puertas todas cerradas y las ventanas todas abiertas. Y en contraste, la casa del payaso con las puertas abiertas de par en par, y un  patio interior completamente colmado de gente. Y  afuera, más gente, multitud, muchedumbre  agolpándose  en las calles. Eso bastó  para que sus discípulos decidieran sacar el ataúd, y ponerlo directamente en la plaza. Largas y tumultuosas   filas de dolientes se  formaron espontáneamente  para darle al payaso el último adiós,  y un horizonte de cabezas  invadió la intimidad de la plaza. Entonces, cara a cara ante el féretro, la gente decía: “mira nonas si esta igualito que cuando vino”, y luego los niños repetían de esquina en  esquina: "Hasta parece que  va a despertarse” Y aquella frase se instalaba cómodamente  en cada boca “... y parece que... va a despertarse”                                                                                 
                                         III
Aquel  día los mineros unánimemente decidieron no ir  a trabajar; y  todas  las mujeres se vistieron totalmente  de negro, enrebozadas y con una flor roja en su mano derecha. Nadie se pregunto  de dónde sacaron tantas flores rojas; todo sucedía  como  si  el pueblo hubiese existido, solo exclusivamente para  esa muerte. Es como si toda la historia del pueblo se hubiese vaciado, desembocado, conectado en un solo y único día. Todo se dio naturalmente, paulatinamente, cordialmente. Nadie recuerda una lágrima, un llanto, una queja. Pareciese como que  la muerte no tuviese a su mano su azaroso dominio. Paralelamente a aquella impresión todo se organizo radiantemente solo. Sin que nadie se los dijera, todos los niños se habían pintado  la cara con colores chillones, como si ellos fueran  payasos, y todos los hombres fueron apareciendo con un pañuelo negro cubriéndoles la parte baja del rostro.
Cuando los ingleses se dieron cuenta que no enterrarían al payaso en el campo santo del pueblo, sino en el  Panteón Ingles. Ellos quisieron  impedir el entierro, pero cambiaron de parecer temiendo una revuelta. Un presentimiento había llegado a los ingleses antes que vieran nítidamente la cabeza de la marcha fúnebre. Una larga columna salió de Real del Monte. Las rezanderas iban por delante con sus rosarios en mano y sus murmullos al aire; los chamanes con sus cantos inteligibles, los niños rodeando el féretro con su silencio de niños; y  atrás los  hombres empañuelados en  marcha cerrada. El cortejo se  alargó por un camino de tierra; y sonaron pasos de piedra, y se oyó un rumor de silencio que subió vigorosamente por  las escarpadas pendientes.
Desde los altos corredores  de sus  casas, los ingleses  vieron con temor y extrañeza  avanzar  la  compacta columna. Y cuando llegaron a la ladera en que ellos  tenían sus casas,  el cortejo fúnebre inmediatamente se detuvo; y repentinamente,  todos en la columna se pusieron de frente hacia las casas de los ingleses. Decididamente todos con los brazos cruzados, todos  avasalladoramente, directamente,  vieron en perfecto silencio  a las casas limpias de los ingleses Mientras los ingleses,  desde los  impecables   zaguanes y las  cristalinas  ventanas de sus casas, los vieron  encendidos en asombro. Por un momento ellos pensaron que los pobladores de Real del Monte, irremediablemente, subirían hasta sus casas.
Pero la columna  pronto reanudo su  marcha. Y cuando llegaron  a  la explanada ante el frontispicio del panteón, se detuvieron; y desmontaron el féretro de la carreta  fúnebre. Luego, abrieron lentamente las pesadas puertas de hierro, donde se leía: Blessed are those who die in the Lord.  El entierro fue breve, brevísimo, lacónico; extremadamente puntual, y siguiendo estrictamente las instrucciones del payaso, solo lo cargaron sus discípulos. Dos  de ellos  hicieron el sortilegio del fuego y el humo; y luego  lo  enterraron  perfectamente maquillado, como un verdadero payaso. Y al contrario de las tumbas de los 900 ingleses que yacían en el Panteón de los Ingleses; con sus tumbas orientadas hacia Inglaterra; enterraron al payaso Bell en sentido contrario, como si estuviese viendo hacia Real del Monte y el corazón de la huasteca mexicana; y dándole la espalda a Inglaterra. Al regreso del cortejo fúnebre caía la noche, y todos  en la columna fúnebre,  prendieron  candelas y antorchas.  Un haz continuó de luz vulnero la totalidad de la negrura.



Cuando los ingleses vieron la columna iluminada regresar, volvieron a sentir temor; e indiscutiblemente, apagaron todas las luces de sus casas. Entonces, las luces de la columna quedaron solitariamente encendidas; como si fuera una larga serpiente fosforescente moviéndose lentamente en un fondo oscuro; hasta que llegaron a la entrada del camino que daba acceso a  las casas de los ingleses. Y allí  los del cortejo apagaron sus velas y apagaron sus antorchas. Los ingleses que observaban atentamente, dejaron pasar el tiempo, hasta que  creyeron que los de la columna  ya se habían marchado. Y volvieron nuevamente a encender las luces de sus casas. Pero, incrédulos, al prender los ingleses las luces de sus casas; vieron inmediatamente, súbitamente, luminosamente encenderse millares de luces en el camino porque los de la columna todavía seguían ahí. Entonces, los ingleses  apagaron nuevamente  las luces de sus casas. Aunque ellos  continuaron vigilando desconfiadamente desde los altos corredores, siempre con sus armas a mano;  y  resguardado  a sus  niños y a sus mujeres  en los sótanos de sus  casas. Pero nada  sucedió. absolutamente nada paso. No paso nada.
Posteriormente, los ingleses vieron como las luces de la columna empezaban a  moverse  de arriba abajo, en círculo, de izquierda a derecha. Y una sinfonía de trenzados murmullos subía desde el camino  hasta los oídos de los ingleses. Y un rumor de viento levantaba un lejano y apacible canto, y abanderaba la noche; y se colaba fervorosamente entre las sombras, que vistas desde lejos parecían como concretos árboles que se movían como un completo bosque en movimiento. Y sobre el las sombras de los pájaros volaban como veloces cometas. Por un momento los ingleses creyeron que la columna subiría hasta sus casas. Y bruscamente  un silencio profundo los conmovió;  como si  a su alrededor,  en un solo instante  el tiempo se hubiese detenido; como si todo el silencio del mundo se hubiese pegado a las paredes intactas de sus casas, como si una gran muralla compacta de sombras tercamente los hubiese rodeado.
 Y una vez más los ingleses pensaron que los de la columna estaban a punto de subir, violentamente, hasta sus casas. Entonces, ellos estaban listos con sus armas cargadas y continuaban con sus miradas pegadas al movimiento de las sombras y al destello de las luces. Por casi una  hora aquellas luces permanecieron allí; hasta  que el juego de  luces se terminó. Y la columna volvió, sincronizadamente, a ponerse en movimiento como si fuese una  compacta sombra solamente guiada por la luz de la luna.
Entonces, desde los altos corredores, los ingleses tuvieron la impresión  de que   un colosal ejercito de sigilosas sombras se había puesto en total movimiento;  como si un  gran ejercito de guerreros aztecas estuviera a punto de iniciar las guerras  floridas. O  como seguramente avanzaban de noche, entre ramas y sombras, las columnas metálicas de Hernán Cortés en su camino a Tenochtitlán. Los realmontinos  pasaban con el paso numérico de una ordenada  legión romana desfilando implacablemente  por la Vía Apia. Todo asemejaba el movimiento  masivo de una falange de cartagineses, transportados  bajo el ala de la noche por las áridas explanadas del sur de  España. Así  pasaban aquella columna de sombras y luz, ante los ojos inéditos de los ingleses. Así habrán de pasar  por  la noche, entre  selvas tropicales y solidas montañas;  las huestes  eternas, inclaudicables, híperrealísticas, del absoluto libertador.
Los ingleses aunque no veían nada, sintieron aquel movimiento colosal. Y  por tercera vez creyeron que la columna estaba a punto de irrumpir enérgicamente  en sus casas.  Los ingleses nunca entendieron nada y nunca supieron nada. Nadie de ellos, preguntó nada  acerca de  aquella noche, y los pobladores de Real de Monte tampoco les  dijeron absolutamente nada. Poco tiempo después de la muerte del payaso Bell; los ingleses abandonaron las minas, se declararon en bancarrota  y la mayoría de ellos  volvieron a Inglaterra. Pero por años persistió el rumor que el payaso Bell no había muerto, y que a quien habían enterrado era a uno de sus discípulos, y Bell había pasado a ser un verdadero Señor de la Sierra. Otras historias lo ponen vivo en 1905 o que fue enterrado en Nueva York. Y también corrió la conjetura,   sombra incierta, de que el payaso Bell hubiese muerto poco antes de la partida de los ingleses, y que sus colaboradores;  secretamente;   hubiesen  decidido ocultar su muerte, y sustituirlo por  uno de sus  cercanos discípulos. 
Todas  son ramas de un mismo árbol, todas son variantes de una sola historia. La empezaron  sin saberlo los ingleses de Cornwall, que fatigosamente subieron en 1824 a una altitud de 2700 metros, 1500 toneladas de materiales mineros a las minas de Real del Monte. La continúo insospechadamente el terrible Percy, la acentúo el dragón que echa humo. En Real del Monte establecieron la distancia entre la claridad del día y la penumbra de la noche. Quizá la historia de Robert Bell, no solamente  sea la historia de un payaso o de la proporcionalidad y asimetría de un panteón; sino la historia  encubierta de un pueblo minero: Y el afecto entrañable por una forma, un gesto, el reflejo de una realidad subyacente que brota airosamente: la captura de un instante, la fotografía de una larga marcha que se repite incesantemente en el tiempo: un ejercito avanzando como sombras al amparo invisible de la noche.
O quizá no solamente sea  la historia de Real del Monte, sino también la historia del cielo nítido de Cornwall; conjugándose con  la expresión de la historia milenaria de los Señores de la Sierra, y el lenguaje inteligible; que hay en el temblor  fugaz de una sombra de pájaro en pleno vuelo o en el brillo titilante de los ojos de un jaguar en cautiverio. Porque quizá la historia esté por encima de todos como un portentoso cielo invisible. Y todo se resume en que, Robert Bell, que posiblemente  algo intuyó. Solo haya sido el  instrumento certero,  el símbolo perenne, la  mascara visible de una historia: más seminal, más secreta, más luminosa, más  elástica, más definitiva.  Finalmente, cualquiera que haya sido el comienzo y cualquiera que en un futuro llegase a ser  su inmaculado  final: Todo transcurrió como un tácito acuerdo de filas cerradas, todo se hizo totalmente en meticuloso orden; y todo se guardo, impecablemente, en perfecto silencio.


*Publicado originalmente con el titulo, El panteón de los ingleses, en Caxa Real, Revista literaria UNAH. Honduras, No 25, diciembre de 2004, paginas 4 y 5. Las ilustraciones son actuales, se ha cambiado el titulo a El panteón de los ingleses:la historia secreta de un payaso. Crédito de ilustraciones: Plaza de las palabras.