JOHN KEATS: LA IMAGINACIÓN POÉTICA*(Ensayo) Primera entrega. (2013)





Mario  A. Membreño Cedillo**

Selecciones

PRIMERA PARTE

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Bajo la noche romana: la alta moda del romanticismo
Bajo el cielo azul celeste de Roma, en la Piazza di Spagne, cerca de la fonte de  Barcaccia, realizada por Bernini en 1598; al pie de la escalinata que da acceso a la Trinita del Monti, tenía su casa el poeta John Keats. En ella murió en febrero de 1821. En esa misma casa, la número 20, vivió 4 años el poeta Shelley. Keats solo vivió 3 meses en Roma, llegó a la ciudad  eterna por prescripción médica,  tenía solo 26 años, había nacido bajo el brumoso cielo de Londres en 1795. Actualmente la casa en que vivió es el Museo Keats-Shelley, al que se puede entrar por 5000 liras. Y  en sus alrededores los vendedores ambulantes ofrecen sus baratijas y flores, creando un concierto móvil de colores y aturdimiento. En la temporada julio-septiembre, en la escalinata de Triniti del Monti, se hilvanan  desfiles de moda, y bajo la noche romana se ilumina una excepcional escenografía, en que desfilan esbeltas modelos, tan bellas que parecen irreales, y tan irreales que parecen un sueño andante bajando nítidamente  por la escalinata ataviadas en sensuales y finos vestidos. Keats muchas veces subió y bajo por esa escalinata, seguramente pensando en su Fanny Brawne.

2
La escudería romántica: la noche imaginada
Nos imaginamos esas noches romanas de luna llena, como aquel memorable paisaje de Henry James, en su Daisy Miller: A Study, en que Daisy  sentada, solitaria y pensativa en el centro  del circo romano  y bajo la luz de la luna contempla un horizonte de piedras. O aquella otra escena en Return Native de Thomas Hardy, en que la heroína, Eustacia Vye, ensimismada al  resplandor de una fogata que ilumina la noche cavila ante aquella columna de humo ascendente esperando que la fogata acabe con la noche o la noche con la fogata. O aquella escena  en uno de los cuentos mejor logrados de James Joyce. The Death, en que una poderosa, imaginativa y remota mujer, Gretta, parada en el descansillo de una escalera permanece pensativa recordando una tonada recién tocada en el piano: La joven de Aughrim, que le recuerda a un joven que conoció en su adolescencia, y que murió de amor por ella.  Esas escenas  bien las pudo haber escrito Keats, si hubiera sido novelista o cuentista o dramaturgo,  pero keats solo fue un poeta romántico: sensitivo, exuberante y lírico. Pero también fue un poeta ardientemente vivencial  para capturar las más recónditas sensaciones y ponerlas andar  por la calle, y fue lo suficientemente concreto  para reconocerlas en la esquina  y estrecharles la mano. Poeta siempre atrapado entre  ese ímpetu peregrino por escribir  y seducido por ese derrotero casi fáustico de trasmutar las palabras en seres alados, en manos transparentes que tocan a la puerta y en pies inmediatos  que fatigan la noche  Sus arranques románticos estaban delineados por su propia vida y circunstancias. Keats,  convocaba espontáneamente una pasión equilibrada entre saludar a quemarropa a la eternidad y vivir intensamente  cada instante subido en un carrusel ensamblado de sensaciones y vaivenes.

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La doble imagen romántica
En esta última perspectiva, también se produce el entramado entre clasicismo y romanticismo. T.E.Hulme, define acertadamente esta relación misteriosa y simbólica entre clasicismo y romanticismo: «Por una parte la naturaleza del hombre es como un manantial, por otra parte es como un cubeta. Esta visión que considera al hombre como un manantial, una reserva llena de posibilidades, la llamó romanticismo, la otra que lo considera como una finita y fija criatura, es el clasicismo» [T.E.Hulme:964] Además, pervive una faceta descuidada  del romanticismo, y es su vinculación con el modernismo.  T.E. Hulme adelanta una definición,  el  romanticismo es una religión dividida [ibid: 965] ¿No suena familiar? Ya a finales de siglo, en 1893 Hugo Von Hofmannthal, observaba: « ser moderno significaba  al mismo tiempo dos separadas y distintas cosas [...] moderno podría ser análisis, reflexión, una imagen de espejo, podría significar escape, fantasía o sueño» [Citado: McFarlane: 71] Lo que Hofmannsthal nos esta dibujando con palabras es el retrato del hombre moderno: un hombre dividido. Muy cercano al concepto de Hulme para el romanticismo: una religión dividida. ¿De dónde viene esta escisión religiosa del romanticismo?, ¿adónde conduce este desdoblamiento del hombre moderno?, ¿o dónde concluye el hombre romántico? T.E.Hulme, acertadamente señala: « Usted no cree en un Dios, así que comienza a creer que el hombre es dios. Usted no cree en el cielo, así que comienza a creer que el cielo está en la tierra, en otras palabras usted se vuelve romántico» [T.E.Hulme: 965] A esta corriente se suma el critico Harold Bloom, quien en parte también responde a la pregunta:«El hombre profetizado por los románticos  es un hombre  quien esta siempre en proceso de construcción, de llegar a ser su propio creador, y aunque sus mejores poesías ya han sido escritas, el aún no ha encarnado su profecía, ni probado la forma final de su amor.». [Bloom: 24] Conclusiones que  llevan a decir a M.H Abrams: « La meditación romántica, aunque meditación secular, a menudo se convierte en crisis-alienación, rechazo, perdida de la “luz celestial” o “gloria”, en experimentar  el mundo creado, las cuales son cercanamente emparentadas con las tempranas crisis de los poetas religiosos.»[Abrams: 227]  En esta observación  Abrams pone el dedo en la herida romántica: crisis, producida por el contraste entre el mundo idealizado y el mundo real. La cual abre rotundamente una brecha insalvable, espacio superpuesto en  que ha de refugiarse vitaliciamente la conciencia romántica, y en definitiva, escenario real en que ha de pervivir realmente todo  romanticismo.

SEGUNDA PARTE




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La música de lo invisible
Pero en Keats, este contraste se magnificaba y llegaba a desnudar parte de la realidad, casi tocando ese mundo sobrenatural presentido pero no visible: «Son dulces las melodías que oímos, y aún más dulces / las que nunca escuchamos, seguid, pues, tocando,/ suaves caramillos, las más apreciadas/ por el espíritu, no las que oímos, sino las inaudibles». Así se expresaba keats en una de sus famosas odas, con gran certeza de estar tocando algo rotundamente sólido, aunque no lo viera, habitaba en él ese anhelo, de que tras los límites visibles hay canciones más dulces o palabras más brillantes que brillante, susurraba  un deseo casi platónico por las formas, «pues hay una armonía invisible e inaudible» y citando a Plotino  «la música sensible es creada por una música previa a lo sensible» Pero Keats también  llevaba de la mano una  necesidad súbita por percibir los contenidos; por lo que,  se aventura  lleno  de sensibilidad, flotando  entre ríos de colores de tonos verdes y oscuros y agudos y amarillos y elásticos,  que retumbaran como matemáticos ecos, un siglo después, en las calistenias poéticas de otro precoz lírico ingles : James Joyce,  y su poemario: Música de Cámara. Oigamos suavemente a Joyce: «String in the earth and air/ Make music sweet/ String by the river where/ The willows met/ There is music along the river / For Love wanders there,/ Pale flowers on his mantle/ Dark leaves on his hair».

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Las bellas damas del romanticismo
En su poema Fancy, Keats se pregunta, ¿dónde esta la doncella ?/ cuyos labios maduran siempre nuevos. Estos versos pudieron haberse escritos pensando en Fanny Brawne, así en una carta le decía “Usted siempre es nueva” pero keats iba tras  el arquetipo, sin duda escribió muchos versos a Fanny, y sin duda es muy conocida  su correspondencia con ella. Pero, ¿qué era Fanny para Keats? Era un contraste luz y sombra, tormento y placer. Y como ya se dijo anteriormente, «”Él  no podía vivir con Fanny y el no  soportaría vivir sin ella» [Gittins: 418]. Sobre las mujeres escribió su poema “Mujer, cuando te veo petulante y vanidosa”, del cual se deslizan estos cremosos versos: «ligero pie,/ oscuros ojos violeta y cabello partido/ suaves manos de hoyuelos,/ cuello blanco,/ y cremoso pecho». En otro de sus poemas, Lamia, anuda este verso:”Ella era una gordiana forma de deslumbrantes  matices”, verso que nos recuerda el conocido poema de Wordsworth “Ella era un fantasma de placeres. /Cuando por primera vez relució ante mi visión.” O aquel otro de Bayron : She walks in beauty de su colección Melodías Hebreas: «Ella caminaba en belleza como la noche/ de un horizonte sin nubes y un racimo de estrellas» Hay una diferencia entre el poema de keats y el de  Wodsworth, quien  acepta que “Ella era un fantasma de  placeres”, pero concluye :”con algo de angelical luz” El poema de Keats, es más nebuloso, menos directo, medianamente idealizado, quizá por su temperamento exuberante, su imaginería vigorosa, su ímpetu inmediato; el cual se aleja de esa calma rupestre y de serenidad de estrellas más propia de Wordsworth. Por su parte el poema de Bayron es espontáneamente más directo Los poemas referidos, keats-Wordsworth y Bayron,  también pintan ecos y nos recuerdan la mirada en movimiento de los poetas italianos del siglo XIV, la poesía del Dolci Stil Nuovo, medievalista, marcada por el To Pass [ella pasa] de Guido Cavalcanti, Guido Guinizelli, Cino de Pistoya. Apreciemos: « ¿Quién es esta que llega que todo hombre la mira/ y hace estremecer la claridad al aire/ y trae consigo Amor, de modo que ningún hombre puede hablar/ y todos suspiran?» Suspiro visual que termina en Dante y su Vita Nuova, veámosla: «Tanto gentile e tanto onesta pare /la donna mia quand ella altrui saluta /ch ogne lingua deven tremando mutua...»”

20
EL perseguidor infinito
Pero si en los poetas románticos, hay una búsqueda muy visible, como  en Blake y Shelley, con su arquetipos apocalípticos y utópicos, y si en Wordsworth hay una búsqueda descansada y certera por instalarse en  la naturaleza, menos visible es la búsqueda de Keats, el más sensible de los poetas románticos ingleses; y quizá, el más despersonalizado en su trato a la poesía. ¿Qué buscaba Keats? Además de la belleza y la verdad, quizá una pista la encontremos en una frase curiosa pero reveladora, escrita en una de sus cartas a Fanny Brawne, decía keats: «yo quiero una palabra más brillante que brillante y una palabra más pura que pura» [Gittins :329] Si keats, quiere encontrar palabras más brillantes que brillantes o escuchar plácidamente canciones inaudibles, nos puede desconcertar, pero pronto repensamos, y verdaderamente que repensamos, más que desconcertados, estamos asombrados, nos damos rápidamente cuenta de que keats quiere algo más que los recuerdos. Si bien es cierto, que el problema del hombre moderno es que en parte, ha perdido  la capacidad de recordar, y el filósofo rumano Karel Kocik en un fino ensayo: La ciudad y lo poético, nos lo recuerda. Pero también es igualmente cierto, que el hombre moderno, « ha perdido la capacidad de asombro y el cultivo de los impulsos vigorosos que mueven la civilización» [Karen Kocik, Nexos: 1998:67-73]. Aquí emerge la figura del Thauma de Platon, que no es otra cosa que un llamado, la capacidad de asombro, de admiración, de maravillarse: y el cual es en el pensamiento griego, es  el origen del filosofar. Pero Keats, asombrosamente, va un paso adelante, él no está simplemente recuperando la memoria, él está trascendiendo a la  memoria. No es pues una preocupación de recuperación de vivencias personales, en  el sentido de Proust y su búsqueda del tiempo perdido, sino una búsqueda por la forma eterna, la memoria originaria, y la experiencia fundacional, quizá lo que el poeta de la primera oleada romántica inglesa, Coolridge,  llamaba “imaginación primordial” como «el vivo poder  y agente primero de toda humana percepción» [Lapoujade :1988 :137] O lo que vislumbraba tímidamente rebordeando el filosofo Heidegger sobre  el poeta Holderlin, en su ensayo “La esencia de la poesia. Algo que Holderlin buscaba entre los arrabales de la locura y la catedral de la lucidez: ver el rostro primero que es la esencia verdadera de todas las cosas. Esto nos recuerda los versos simbolistas de Yeats: «Yo estoy buscando por la cara que yo tuve/ antes que el mundo fuera hecho» Sentencia que también nos recuerda lo que afirma Lacan de que el hombre deviene humano cuando simboliza [Citado por Lapoujade: 193]. Pero para completar el circulo también habría que agregar que cuando el hombre simboliza, también diviniza.

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La sonrisa transparente  de la eternidad
Finalmente, convoca keats una persecución poética por las huellas de una realidad sensible, de la cual solo le llegaban destellos que estaban más allá de lo visible inmediato.  Keats, fue un formidable cazador de realidades contrastantes  y volátiles sensaciones Al respecto, podríamos lanzar una atrevida hipótesis; por ejemplo, escribir que Keats con la potencia de lo  sensible quiso fotografiar  el instante, para encontrarse face to face con la sonrisa de la  eternidad. Si algo podemos agregar, a este mundo de contrastes y sensaciones, aunque podría parecer una hipótesis atrevida, o para abrir  la puerta del mundo de keats, y “saludarlo coloquialmente en espíritu”; podríamos aventurar la idea de que keats trasmutaba en el gesto del instante, la sonrisa de la eternidad. En fin Keats fue un poeta impecablemente remoto e inmediatamente imaginativo, de duro acento romántico, que entre la suave voz de su espíritu y la elocuente expresión de su  sensibilidad, se atrevió a escribir su propio epitafio «Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito con agua»

 BIBLIOGRAFIA
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*Un extracto de este ensayo fue publicado en dos partes en la Revista Siempre de Diario el Heraldo, en sus ediciones del 18 y 25 de Enero de 2004. Una versión completa fue publicada en Caxa Real, UNAH,  2005. (6200 palabras.)


**Escritor hondureño. Todas las traducciones del ingles y las ilustraciones son del autor.