Dos textos de Jazz, por Mario A. Membreño Cedillo

  

Extracto, De la infinita piedad de los Dioses, texto narrativo, inédito, (2005).


En 1962, Emile Marie, se caso con un músico judío, sorpresivamente, bastante mayor que ella. Él solía frecuentar el Greenwich Village, y se jactaba de haber sido amigo de George Gershwin , y de haber escuchado Rapsodia Azul, aún antes que Paul Whiteman  organizara su famoso  concierto de Musica Americana, el mismo día del natalicio de Lincoln, del año 1924 en el Aeolian Hall de Nueva York, a cuyo estreno asistieron los mas famosos músicos de la ciudad, entre ellos Leopold Stakowsky y el virtuoso del piano Sergej Rachmaninof. Esa misma noche, después del concierto, el propio Gershin contó, en farra de amigos, que Rapsodia azul, la había concebido completamente, viendo pasar a ráfagas el cielo azul desde la ventana de un tren que hacia el recorrido de New York a Boston.
Apasionado por el jazz, tocó por décadas en un viejo salón de baile, maltrecho y descolorido, que sin embargo, cada día de la semana, inexplicablemente, se llenaba a reventar, y en la pista se bailaba a rabiar hasta el amanecer. El club de nombre Dixzzie, quedaba aun par de cuadras de Flushing Meadows, Coronado Park, en Queens. El nombre del club, según los más viejos parroquianos, se debía a que en 1919, había tocado en la inauguración Original Dixieland Jazz Band, de Nick La Rocca. Aunque otros sostenían que el club apenas había sido abierto a finales de los cuarenta, y su nombre inicial era el de Airplane DC-8, y con el tiempo los parroquianos terminaron convirtiendo el Dixie, y para luego por más elegancia en DC Club. Fue en  ese mismo club, en donde una noche Jack, dijo haber reconocido entre los parroquianos a J.D.Salinger, agazapado en una de las mesas del rincón, vestido todo de negro, con un sombrero de ala corta sobre la cabeza, una bufanda corinto enrollada como serpiente al cuello, un abrigo oscuro colgado al resplandor de la silla,  y una bolsa de MACYs sobre la mesa, viendo el espectáculo y bebiendo plácidamente, una jarra de cerveza, mientras la banda tocaba Lady Sophisticated  de Duke Ellington.
Jack, había decidido no molestarlo, ni interrumpir en su privacidad a J.D. Salinger, porque nadie tenía derecho a invadir la soledad de un hombre solo. En cambio decidió enviarle un vaso cervecero cortesía de la casa, y lo dejo marcharse sin siquiera saludarlo, pese a que Salinger, junto con Theodor Dreiser y Lionel Trilling eran sus escritores norteamericanos favoritos. Pero después que aquel aún estaba saliendo por la ancha puerta del salón, y antes de que la mesera recogiera el vaso, Jack saltó como un tigre y recogió el vaso. Lo vio detenidamente, lo lavó, y luego lo metió en una bolsa. Y todavía con el en la mano, pensó en Catcher in the Rye. Luego , una vez en casa, se dirigió a guardarlo en un viejo armario, y recordó, aún con el vaso en su mano, la frase de R.h. Blyth,  que cita Seymour Glass: “Somos sentimentales cuando le damos  a una cosa  más amor de la que Dios les da” Luego guardo la bolsa, y ahí permanecido arrinconada por años, hasta que Emilie Marie, la halló, y sin saber por qué estaba ahí, ni de quién era, decidió usarlo, cuando después de lavarlo, a la hora del desayuno, en ella le sirvió a Jack su acostumbrado jugo de naranjas,  zanahoria y apio.



Extracto, De Las casas eran blancas y de madera (2002), Del libro de cuentos, Cuentos Iluminados, inédito.

Al llegar a Nueva Orleans, Ben trabajó de cargador en el puerto y después se colocó en un Pub situado en la calle Liberty y Perdido, en donde se tocaba jazz, y según decían el propio Armstrong había aprendido a tocar. Era el propio Ben, quien juraba que había conocido a Louis Armstrong y que había tenido en sus manos su primera trompeta. Cuando Ben hablaba de Armstrong, el  viejo se emocionaba, y un brillo invadía sus ojos. Y todo enervado, pasaba a imitar, como si tuviera en sus manos una trompeta, los gestos de Armstrong. Aquella escena divertía a la gente que se congregaba a su alrededor. Ben gesticulaba con sus manos los movimientos de la trompeta, al tiempo que se contorsionaba, y de su boca salían unos gemidos, que alargaba y a veces acortaba imitando aquel fulgurante  sonido que produce una trompeta. Al final, Ben terminaba contando sus vivencias en Nueva  Orleans, y a esa ciudad Ben la conocía bien. Sabía que siempre había sido una ciudad  peligrosa, sobre todo por la noche. Ben había visto como degollaban a los negros en storyville. A cada hora ocurrían actos de  gansterismo y  reyertas entre pandillas. Ben continúo relatando: “En Perdido y Liberty, fue que vi mi primer muerto y cuando lo vi”, -me dije- “eso de morirse es algo tremendo. El tipo había estado poco antes bailando cual si fuera un trompo, era gracioso ver aquel parlanchín contornearse al ritmo de una música sabrosa.  Bailaba con una mujer que vestía un traje en lino suelto y se levantaba vertical sobre unos  tacones de charol; y el vestido estrujado  lleno de flores; parecía girar toda la primavera,  y les juro, que bajo el efecto de la luz;  que era opaca, producía una increíble sensación. La melodía que tocaban era pegajosa, y evocaba un temblor escala 7.00 de Richter; y los bailarines que se desbocaban como un huracán, bailaban hasta el cansancio.
Sinceramente, no sé lo que pasó, sólo se oyó un palabreo, luego le siguió un jaleo. Cuando menos lo pensé, un grupo de gente se desprendió de la pista de baile, se escuchó un alboroto mayor; y salí  a ver qué pasaba porque esa era mi trabajo. Tenía que estar pendiente,  quien entraba y quien se iba, por aquello que la gente se iba sin pagar. El tipo estaba tirado, la mitad del cuerpo sobre la acera, la parte baja sobre la calle, estaba tan muerto que parecía un hielo, y sus ojos saltados parecían dos bolas de golf. Un hilillo oscuro de sangre le salía  del labio inferior, había quedado boca arriba viendo a las hermosas estrellas. Alguna parroquianos del salón había salido y lo miraban como se contempla una constelación de planetas o un paisaje boscoso en perspectiva.  Nadie parecía hablar, y desde adentro del local salía una música que la orquesta tocaba, era una canción muy conocida  de Gleen Miller, Stardust.” Al finalizar de contar sus historias, el rostro de Ben cambiaba, y se volvía a erguir, llevándose, tímidamente,  las manos a los bolsillos y con una sonrisa en su boca decía:“Thank you. No fue nada.”