Cuento: El otro paraíso. por Mario A. Membreño Cedillo



        La idea le venía rondando la cabeza desde hacía un par de meses, pero una cierta displicencia lo volvía a jalar a la rutina del día. Si no eran los nuevos contratos para la Compañía de Embalajes Marítimos, era la llamada conclusiva de tía Lotty apurándolo a vender los terrenos de Valdivia. O las impertinencias de Matilde, fabricadas dulcemente con sus benévolas Damas de la Caridad y sus infatigables tardes de jugar canasta. Siempre había algo nuevo que se abría con noble inmediatez y lo convocaba con esa fuerza de los deberes cotidianos, acomodados entre la amable camaradería y lo indefinible de las circunstancias. Asuntos caseros que terminaban convirtiéndose en un fastidio caído a quemarropa y de los cuales uno apenas podía librarse. Entonces, a veces se le ocurría escapar, empujado mar adentro con esa inaudita libertad con que lo hacía en la secundaria, cuando vivía con la tía Lotty. La huida encubierta siguiendo el sinuoso Mapocho, a la caza de insectos y recogiendo piedrecillas; otras veces aquellos arrestos de adolescencia lejana lo orillaban a escaparse al lago Llanquihue o a invernar con la mochila al hombro en los Andes. Vocación de viajante transportada intacta desde otro cuadrilátero. La solemnidad de la vida de adulto impone otros cánones de los cuales no era fácil burlarse. Acaso escaparse una tarde cualquiera y sin aviso irse a la India o Irlanda o, « ¿por qué no ir al Mato Grosso?» piensa André; quien había tomado el hábito de jugar a viajar, lo planeaba mentalmente y lo disfrutaba. Por supuesto era su secreto, y nunca se le habría ocurrido decírselo a Matilde.
La sorpresa se presentó a la puerta cuando fue Matilde quien una mañana, inesperadamente, le sugirió que debían de largarse un par de meses a alguna isla del Caribe o a cualquier otro lado que estuviese terriblemente lejos de Santiago. Andrés, por igual, piensa que no sólo era un problema suyo, pues hasta Matilde soñaba con irse. «Pero, ¿por qué no unas merecidas vacaciones?», murmura André. Le vendría bien un alto en esa monotonía instalada. Y con esa idea en mente principió a ver despreocupadamente los papeles de su escritorio: cuentas de luz, la carta de la Compañía Marítima, una cartilla con las estadísticas de las exportaciones de harina de pescado, un mapa carretero del sur de Chile. Y, entre notas y cartas, se encontró con una guía turística de islas paradisíacas en un océano único y maravilloso. Recordó que la infatigable tía Lotty se lo había deslizado sobre el escritorio hace ya bastantes años, pero, a pesar de que el folleto no era tan nuevo, éste lucía tan nuevo porque tía Lotty tenía esa pulcra manía de conservar las cosas con el don extraordinario de nunca envejecer. «Sabes, estuve a punto de ir a Hawái», le había dicho en cierta ocasión la tía Lotty, con esa sutileza con que presentaba invariablemente sus sugerencias. Por lo general, André la escuchaba sin contestar, con apenas un seco: «sí, tía Lotty, veremos». Era como si tal remembranza de sus escapadas infantiles fuese una prolongación del juego.
Entonces la ecuación, folleto más André, más tía Lotty, más Matilde, igual a posibilidad. Ahora era cosa de empezar a ver el folleto, el cual había permanecido abandonado por años. André lo había guardado con esa manía arraigada de acumular cosas que venía arrastrando desde su infancia. Luego aquel viaje de luna de miel acompañado de las sugerencias de tía Lotty. «Sabes, deberían de irse a Hawái, yo estuve a punto de ir…pero ya sabes, la guerra nos cayó como un bombazo». Al final André y Matilde terminaron en Río, la tía Lotty no volvió a insistir con lo de Hawái. Él se acordó de que en aquel entonces apenas había visto el folleto, quedándose con esa idea piadosa que más adelante le dedicaría unos minutos, pero desde aquella benévola intención, ya había pasado bastante tiempo. Entonces, André comenzó a hojear el folleto, la portada mostraba una playa de arena blanca y un azul celestial, franca invitación para soñar con sirenas y caracoles en el aire. Una palmera recortaba el lado derecho de la foto, la cual tiraba delicadamente una sombra sobre la arena, que simulaba alargarse en una odisea de bienaventuranza. Y aunque no se divisaba el sol, la luz rebotaba por toda la foto. Él sostuvo el folleto entre sus dedos a la altura de su mirada, lo disfrutó y casi sintió las sombras de la palmera cayéndole sobre su cabeza. El descubrimiento lo inquietó. «Demasiado lejos», concluyó André. «Demasiado lejos para irse un fin de semana.»
Entonces, « ¿por qué no hacerlo inmediatamente y decírselo a Matilde?», se aventura a decir André. Por qué no esperar y explicárselo sin sobresaltos en Viña. André volvió a ver con esmero y delicadeza la foto de la playa. Sí, decírselo en una playa, mientras Matilde con su mirada inmediata saluda con los modales de una turista despistada, que se pierde de poco a poco en una hermosa playa del Pacífico para contemplar amablemente un mar lejano que le acaricia con sus dedos de aguas sus delicados pies de porcelana. Todo sonaba tibiamente temerario. « ¿Por qué no llamarla ahora mismo?», piensa André. Decirle con sencillez que el viernes irían a Viña o por qué no a cenar hoy por la noche en el Club Inglés y el fin de semana nos vamos disfrazados de esquimales para Farallones.  Puestos ahí podemos caminar temerariamente descalzos por la blanca nieve, sintiendo trepar el frío desnudo hasta el centro de los ojos y estallar en palabras delicadas y caricias audaces. Mientras desde la terraza del hotel un millar de miradas disciplinadas nos acribillan con sus modales de señoritos del Colegio Alemán de Santiago. Sí, pero por qué Farallones, si existía Hawái para despedirse o para empezar. « ¿Por qué el frío de la nieve y no la calidez de una playa?», reflexiona André.   Todo es sólo cuestión de unas cuantas llamadas, retirar algunas telarañas fastidiosas, vestir decorosamente alguna idea, y desmigajar un díscolo argumento con sabor a pepinos y croissant por allá.
Al día siguiente, André siguió con la idea de Honolulu y volvió a repasar varias veces la fotografía de la playa; y después de haberla visto meticulosamente, se dio cuenta de que había un par de manchitas en la parte superior izquierda de la playa. Exactamente en donde la línea imaginaria divide el mar del cielo. Creyó que aquellas manchitas eran cosa del tiempo. « ¿Cómo se le habrán pasado a tía Lotty?», piensa André. A todo esto volvió a pasar con energía su dedo índice por las pertinaces manchitas, pero éstas seguían ahí con una desacostumbrada necedad. Conjeturó que todo era un error de montaje, quizá un descuido en la impresión de algún linotipista con vocación de payaso. Por lo demás, el folleto era de calidad y los tonos de la imagen tenían la armonía de una sobria selección de colores. Ni palabra qué decir de la nitidez del texto, surtida por una formidable provocación de vocablos festivos colocados con la pericia de un escritor. Sin embargo, a pesar de todo, las impertinentes manchitas le seguían incomodando, casi con esa terquedad que transgrede la conciencia después de un knock out en el tercer asalto. André lo meditó, se levantó y echó mano de su lupa de coleccionista de estampillas; enfocó las manchitas, primero una y después la otra, con aquel rigor benedictino y lejano con que un escolar curioso cree hallar en cada palabra un significado distinto al del profesor. Primeramente, notó que la manchita sobre el cielo era indudablemente un diminuto círculo rojo. En cambio, la manchita que dividía el mar del cielo era un círculo negro. «Círculos rojos y círculos negros», cavila André haciendo cábalas.
Pero ahora sabía a ciencia cierta que los circulitos eran parte del diseño del recuadro. «Pero, ¿a quién se le pudo haber ocurrido imprimir aquellos diminutos círculos? », pensó André. Para después de darse un descanso y conjeturar que en el fondo todo era una monería, en fin le encantaba festejar las irrupciones que acosaban triunfalmente la monotonía. Una vez en casa, saludos a Matilde, cena servida a tres platos, llamada urgente por contestar a Talcahuano, nada de tía Lotty. André después de cenar y contestar la llamada, se refugió en su estudio y pasó inmediatamente a revisar con menudencia el nuevo folleto sobre su escritorio. Decidió enseñárselo a Matilde, para luego desistir. «Pero, ¿cómo decírselo a Matilde?» razona André. La novedad cayó boca arriba, fue la propia tía Lotty quien se la dio, hay viajes a paradisíacas islas, se lo dije ya a Matilde, se lo merecen y no hay nada mejor que unas largas vacaciones alejados del bullicio de Santiago. Los Prats fueron quienes me lo informaron, ellos estuvieron allá el verano pasado. Los vuelos salen desde San Francisco a Hawái; por supuesto, que son vuelos mensuales y los pasajeros son exclusivos, nada de los turistas de todos los días, cada detalle está deliciosamente planeado para parejas jóvenes. Estoy segura de que todo será una maravilla. Lo que van a disfrutar, como los envidio. «Ya sabes, estuve a punto de ir, pero aquello de Pearl Harbor y la maldita guerra», insistía tía Lotty casi frenética. Sí, la guerra, los japoneses, viajes cancelados al Pacífico por décadas. « ¡Oh sí! Nadie puede ser feliz, si no va aunque sea una sola vez a Hawái», decía tía Lotty.
«Pero, ¿cómo decírselo a Matilde?», se pregunta André. Ahora, era la infatigable tía Lotty la de la jugada. André por fin le compartió lo de Hawái a Matilde, ambos lo discutieron amigablemente. Entonces Matilde tomó el teléfono y dispuso lo del viaje, lucia fascinada con la idea, aunque consideró que Honolulu le parecía un destino demasiado lejos. Sin embargo, al día siguiente todo cambió repentinamente con la facilidad con que una ola derrumba un castillo de arena. Fue la misma Lotty quien, por la mañana, se lo comunicó en la oficina a André.
— ¿No lo creerás?  —dijo tía Lotty.
— ¿Qué no creeré? —preguntó André.
— Está hecha una lástima...
— ¿Qué pasó?  —preguntó André.
—No has leído los diarios, la guerra…
—No fastidies tía Lotty.
—Los japoneses atacaron…
—No fastidies tía Lotty.
—Compra El Mercurio y ve a calmar a Matilde.
—Por Dios, tía Lotty.
—Tan en serio que Matilde se lo había tomado...
— Pero, córtala ya —decía André.
—Pueden ir de nuevo a Río…
André colgó el auricular. Las vacaciones ya no fueron en Honolulu. Después de la noticia de los huracanes y lluvias torrenciales en Hawái, era como si la guerra locamente se hubiera traslado al Pacífico. « ¡Oh no! Los japoneses han vuelto a atacar Pearl Harbor», decía acongojada la tía Lotty. No tía, esto ya no es así, esa guerra terminó hace décadas. No puedes seguir con lo mismo, lo de ahora solamente es asunto de los huracanes. Todo es cosa exclusiva del mal tiempo. Mientras, la tía Lotty refunfuñaba más desconsolada por la cancelación del viaje que la misma Matilde. Luego, André volvió a meditar en la fotografía de la playa y se figuró que aquel círculo rojo que asomaba ligeramente arriba de la línea imaginaria del mar,  sugería un «sol naciente» en el horizonte. La otra mancha negra, sobre el mar, anunciaba la irrupción de la armada japonesa con sus grandes acorazados y portaaviones. «Pero, ¿qué diferencia hay entre la guerra y los huracanes, entre tía Lotty y Matilde? En fin, esto es Hawái y no Pelar Harbor», remata André. Y al fin y al cabo, en el verano medio Santiago se fue a vacacionar a las playas. Tía Lotty entre ellos, porque para entonces ya había comprado una hermosísima casa de playa en Bahía Inglesa. Es una inversión a futuro, sé que está zona crecerá, aseguraba tía Lotty. André pensó que la casa de playa le encantaría a Matilde. En fin, no ha de haber gran diferencia entre Honolulu y Bahía Inglesa.
En la siguiente ocasión en Bahía Inglesa, ambos lucían pletóricos y lejanos. Matilde recostada sobre una gran silla reclinada y André con su mirada perdida en el horizonte. Entonces, él la miró directo a los ojos, directamente a los ojos con una persistencia inusual. « ¿Por qué me miras así?», preguntó Matilde algo irritada. André pareció sonrojarse y cambió su mirada, sin dejar por ello de pensar en los ojos de Matilde. « ¿Por qué nunca había reparado en los hermosos ojos de Matilde?», se sorprendió André. Mientras tanto, por primera vez, Matilde entró al mar, hasta la cintura, y salió con la alegría escurriéndole de su rostro, pero siempre con aquel hermetismo acostumbrado sin hacer ningún comentario; sin embargo, ésta vez se dirigió hasta donde descansaba André e inesperadamente, sin decirle ninguna palabra, sonrió y lo miró misteriosamente a los ojos. Él jamás hubiera esperado esa sonrisa y menos esa mirada marítima y bronceada, por eso se sintió halagado, ya que no recordaba haberla visto sonreír así desde hace bastante tiempo. Sin saberlo en ese momento, esa fue la última vez en su vida que André vio a Matilde. Tenía razón la tía Lotty: «Matilde es casi perfecta…». La verdad que ni la misma tía Lotty, a quien un grosero resfriado se llevó hace cinco años, se lo hubiese imaginado. «Nadie es feliz si no va, aunque sea una sola vez a Hawái», decía tía Lotty.
Entonces cuando, André volvía a Bahía Inglesa, se quedaba viendo el horizonte, arrellanado en una silla playera. Ya no esperaba que apareciera nada en el horizonte.  Tal vez algún circulo en el horizonte, un círculo azul y hermoso y exclusivo. Pero Matilde ya no estaba aquí, lo de su escapada con Julio Isoca, un músico de la orquesta Sinfónica de Santiago,  para irse a vivir a Honolulu, fue casi un terremoto en la vida de André y en todas las comidillas sociales de Santiago.  Tía Lotty nunca se lo hubiese imaginado. “Nadie es feliz si no va una vez a Hawái” decía tía Lotty. Pero que importaba lo que decía tía Lotty. André estaba aquí en Bahía Inglesa, y las sombras de las palmeras caían cómodamente sobre su cabeza, mientras se imaginaba, feliz, sonriente  y definitivo,  que la tía Lotty y  la armada japonesa estaban a punto de atacar  Honolulu.

Fuente: De Cuentos Profanos© (2004)