Microrelatos: Aproximaciones: 10 Cuentos súbitos y micro relatos*, por Mario A. Membreño Cedillo





Dibujo de M.A.Membreño Cedillo


1. A Hiroshima, con amor**
“Te amo” le dijo él a ella. Mientras ella reclinaba su hombro sobre él, y detrás de ellos se formaba en el horizonte azulino una nube amarilla en forma de hongo, en Hiroshima.

2. Una Jirafa en la gaveta
Le habían dicho que había una jirafa en la gaveta; así que se dirigió al escritorio, la abrió pero no había ninguna jirafa. Alguien tocó a la puerta, se encaminó  hacia ella y la abrió: pero tampoco era una jirafa. Lo que estaba frente a él, era un tipo robusto de bigotes con punta, que  lo tomó del cuello, entró a la casa; y  mientras, abría la gaveta, le dijo: “Te dije que no te salieras de la gaveta”.

3. La última mujer
Vivía en Oklahoma: y sobrevivió comiendo hongos y bebiendo agua de los manantiales. Ella  estaba en su casa, en el corredor, sentada en una mecedora, tejiendo un  hermoso chal; cuando de repente sonó el celular.

4. La doble imagen
Ella era la última sobreviviente del  planeta; había vagado por años, recorriendo incontables caminos desolados, llegando a innumerables pueblos deshabitados, entrando  en numerosas  casas sin un alma.  Llegó al fin a un pueblo sin nombre, recorrió sin rumbo calles anodinas;  hasta que  quizás, por fatiga o añoranza, decidió entrar a una casa. La  casa le pareció graciosa y acogedora. Ella estaba  extenuada, y la casa estaba polvorienta, olía a humedad. Subió al segundo piso, buscando una cama en la cual recostarse. Entró a un cuarto, vio  una cama. Se encamino para recostarse,  pero le  llamó atención una pared sobre la cual había una especie de cortina. Se acercó, bajo la cubierta  y se sorprendió. Había una persona detrás de la cortina. Ella se  quedo impávida, temerosa. Pero pronto la alegría le volvió, porque  al fin había encontrado a otra persona. 
Aquel hallazgo la había hecho feliz. La vio, no era muy joven pero se veía respetable, de su cabello le caían mechones de canas, sus ojos brillaban. Ella pensó que aquella mujer era  simpática, y hasta le pareció que era inteligente y hermosa.  Pensó que por fin  tendría una interlocutora; y que ella, al fin y al cabo; no era la última sobreviviente del planeta. Ella quiso tocarla, quiso abrazarla, quiso decirle lo feliz que se sentía; pero antes se le derramaron unas lágrimas de los ojos; estaba exageradamente  feliz. Se llevó, las manos a su cara, y después  alargo sus brazos, temblorosa y emocionada, hasta tocar la superficie plana del espejo.  

5. El especialista
Le habían informado que en ese callejón nadie salía con vida. Pero el hombre que era arrojado, listo, y especialista en salir vivo de cualquier callejón, se atrevió a ir. Cuando llegó. Era un callejón como cualquier otro. La sombra de un gato no lo asusto, el movimiento de las ratas en los basureros tampoco lo asustaron.  Las luces que producían sombras no lo conmovieron. Había carteles de propaganda pegados en  las paredes. Él los repasó pero no le llamaron la atención: anuncios de colas, de un concierto de rock, un desplegado de beneficencia. Ya para irse vio una hoja pegada a la pared que anunciaba una película en un cine.
El hombre salió ileso y por ninguna parte vio los monstruos que le habían dicho que había en ese callejón. Dejo el  callejón, más que feliz, frustrado. Un callejón más en el currículo. Siguió caminando varias cuadras, hasta  que volvió a ver el volante pegado que ya había visto en el callejón. La de un cine, pensó que no seria mala idea entrar y relajarse. Entró, una vez sentado, en un cine a medio cupo, las luces se apagaron y empezó la película, exhibían  Jaws. 
El tipo ya la había visto, pero no le pareció una mala selección. Al poco rato, el hombre que tenia a su lado derecho le dijo:
͟   ¿Cómo se le ocurrió venir aquí? Le dijo el hombre de la derecha. El hombre se extraño con la pregunta.
  __Simplemente se me ocurrió”. __Le contestó. __Nada más pasó por un buen rato”, hasta que el hombre que tenia a su derecha, le volvió a decir:
   __Sabe, esto en realidad, no es un cine.
Y que se supone que sea .__le dijo él. __Pero el hombre de su derecha no le contestó. Al rato le dijo: “es un comedero” Si le dijo el hombre ”.__y que se supone que se come aquí. ”.
__Pues mire le dijo el hombre de la derecha, “seré amable y directo”. Aquí todos somos tiburones. Pero eso si le diré para su consuelo, soy un tiburón educado, usted quizás no lo sabe, pero hay diferentes clases de tiburones. Unos rapaces, de mirada fría, sin modales, arcaicos. Yo soy un tiburón educado. Me lo comeré con una entrada, pero antes de hacerlo me gustaría comer Pop corn, le agradeceré me de unos cuantos.
El hombre se quedo pensativo. Pero aún no preocupado. Poco después el hombre de la derecha le dijo: “Estoy tratando de ser educado, ya le dije soy un tiburón educado. Sabe ponemos esos anuncios del cine en callejones anodinos, para que los asistentes sean anodinos. Así nos evitamos preguntas y situaciones complejas. Ya le dije este no es un cine, es un comedero, exclusivo de tiburones”.  
El hombre, que esta vez si había empezado a preocuparse, trató de hilvanar una respuesta. En fin era arrojado y listo.
__Sabe, amigo tiburón, estamos viendo Jaws, le diré yo soy Richard Dreyfuss.
__“Y que”, le dijo el tiburón. ”.__Y se quedó esperando la respuesta del hombre: “Pues bien se ve que no ha visto bien la película completa, Richard Dreyfuss, es el único sobreviviente  de la película. El tiburón no logra comérselo y muere”.
Al día siguiente, todas las unidades de homicidios estaban en el cine. El único problema real que encontraron, después de la llamada del 911. Es que no había un ningún cadáver, es decir ningún cadáver humano. Solo, en la tercera fila yacía  el  cuerpo de un tiburón inerte, con unos deliciosos Pop Corn en su mandíbula.

6. La mujer que confundía  las cosas con las personas
La anciana, había llamado a sus pequeños hijos, al instante alargó sus cojines y dijo: “aquí están, sabía que vendrían pronto.” Acarició los cojines; y luego llamó a su esposo, entonces se levantó un poco del sillón y tomó un sombrero negro, y dijo aquí estas también. Falta la cesta y la comida para el camping; entonces tomaba un par de periódicos doblados. Y decía, “estamos listos”. Ponía todo sobre la cama,  recorría la colcha, ponía los cojines cerca, uno a cada lado de ella. Luego el sombrero y después los periódicos. Entonces se recostaba y se tapaba con la colcha. Estaba lista y preparada como todas las noches, pero antes de apagar la luz de la lámpara, como todas las noches decía “aquí estamos todos de nuevo, ahí vamos, al camping”. Entonces inmensamente feliz, ella se dormía.

7. El cóndor pasa***
__Que raro”.__ prorrumpió ella”.__ Ese hombre si es extraño.
__No tiene nada de raro, escuchamos que alguien decía a nuestras espaldas. Era la voz de un viejo de cara ovalada, barba luenga, abundante y canosa. Nosotros los vimos estupefactos. Al principio pensamos que la cosa no era con nosotros, y como no era con nosotros, nos dispusimos a marcharnos. Pero el viejo, que vestía un traje negro y usaba una camisa abotonada sin cuello; mirándome directamente a los ojos,  dijo:
__Ese hombre. __dijo señalando hacia el arbolado por donde se había perdido el clarinetista. No tiene nada de raro, pero yo si se cosas vertiginosamente extrañas. Nos quedamos en silencio por un instante, hasta que ella, sin vacilar se adelanto  unos pasos y encarando  al viejo, exclamó:
__Si. __dijo ella. Con un aire de curiosidad en su rostro, y luego preguntó ¿Y  cuáles son esas cosas? Yo me quedé callado, viendo al locuaz anciano que en  su semblante parecía tener visos de loquera. Por lo que estuve a punto de marcharme. Pero el viejo, como si hubiera adivinado mis intenciones cambió su  rostro temerario y con voz serena narró:
͟͟__Si, yo si he visto cosas extrañas. Sucedió en París, siempre que salía  solía, oh chaminer pour  les Champ Elysees, hasta que un día vi a un hombre sentado sobre la grama, tocaba una canción con su flauta, los transeúntes solían escucharlo un rato y lanzarle un franco en su sombrero de fieltro. Vi esa escena muchas veces, el hombre siempre tocaba la misma tonadita. Yo la conocía, vaya, que la conocía, era la canción “El cóndor pasa”. Por varias semanas lo vi tocarla, hasta que un día involuntariamente me le acerqué más de lo que solía hacerlo, y ya ahí francamente le pregunté: “¿Por qué siempre toca la misma canción?”
El hombre de cara aindiada, posiblemente peruano o boliviano, levantó su cabeza, y una mirada aquilina amaneció en su rostro, y sin ambages me contestó: “Porque esa es la única canción que yo  conozco, y porque esa es la única música  que me llega al alma”.  Pronunció aquellas palabras con tal vehemencia en su rostro  y con tal convicción en su voz, que por un momento no supe que hacer, ni que decir, ni que pensar. Acto seguido aquel hombre,  resueltamente se paró, levantó sus brazos ligeramente arriba de la altura de los hombros, abriéndolos como dos poderosas alas transparentes; echó un vistazo a su alrededor, enseguida me vio eficazmente a los ojos, distinguí que en sus ojos revoloteaba un brillo de vehemencia, y frente a mí, se transformó en cóndor, y voló inmaculadamente por los festivos cielos de París.

8. Vuelta de tuercas
Era la tercera vez que la veía. Ella siempre pasaba por la calle de los cristales. Esta vez decidí seguirla. Lucía hermosa, aunque nunca había visto su rostro de frente. Está vez iba muy cerca de ella, que caminaba con paso firme y encantador. Estaba a punto de alcanzarla, ya casi para tocarle el hombro con  mi mano; cuando ella dio vuelta en una esquina. Entonces yo también voltee esa esquina, y ya rozando su hombro con la yema de mis dedos, el siglo XXI se me vino encima.

9. La revelación
Yo se bien que se llamaba Paula porque Alina me lo había contado en el café de la calle Alves. Cuando desde la ventana  vimos pasar a Paula, y Alina casi sin mirarme, señalando figuradamente con su dedo Exclamó: ¡Vaya esa es Paula! ¿Qué diablos hará aquí, y a estas horas? Lo juro que me sorprende verla aquí porque se muy bien que ella no debería estar aquí y menos a estas horas. Después de eso, Alina me miro casi sin mirarme, como si ella no estuviese aquí conmigo. Y mientras se tomaba su café sin pronunciar palabra;  yo pensé que algo había pasado. Porque algo me había pasado. Yo desde entonces ya no he podido quitarme a Paula de la cabeza. Para mi el paso de Paula había sido una revelación. Desde entonces ella es para mí, una especie de musa. Pero eso solo yo lo sé. Nunca se lo dije a ella y nunca más la volví a ver. Solo la he visto en sueños. Cuando la veo pasar frente al café, la estoy soñando y cuando paso frente al café y ella ésta adentro mirando desde el café, es  ella quien está soñándome. Entonces me doy cuenta de que detrás de la fachada de los sueños,  a nosotros solo nos separa un cristal, una calle y una mirada.
  
10. El cazador de sombras
Arthur era reconocido como el gran cazador de sombras, sus proezas iban desde aquella gran captura  de la sombra de un alfiler, con el fondo de un pajar con las montañas grises al fondo, y más al fondo el cielo azulino en que las  nubes componían un  hermoso paisaje. Esa captura lo había lanzado a la fama, luego siguieron otros atrevimientos, como las captura de la sombra de una abeja en pleno vuelo cuando se acercaba a una hermosa rosa, y en el fondo pasaba un flamante Boeing 747, devastando la fragilidad de las nubes.
En el reino acuático, había abierto el reino de las sombras a la captura de una aleta de tiburón, cuando el sol brillaba en todo su esplendor, y al fondo se veían unos adolescentes surfeando. De paisajes urbanos, su obra reconocida y altamente creativa, había acaparado todas las miradas y portadas de revistas, como aquella de tres jóvenes norcoreanos pasando  por un puente y capturado sus sombras sobre la superficie plana del agua, en Praga. O aquella de dos turistas irlandeses comiendo  una salchicha en la quinta avenida de Nueva York, cuando el sol, despedazada por la altura de los edificios, llegaba en fragmentos, hasta difumarse sobre manos y salchichas; y un fondo cristalino de una vitrina en que había varios maniquís con una esplendorosa combinación de colores. O aquella famosa captura de dos suecas , cuando la sombra de  una de las patas  de la torre Eiffel les caía,   casi exactamente, sobre ellas; y al fondo se veía una multitud multicolor  de transeúntes caminando con la mirada siempre al frente.    
Pero su especialidad era la captura de mujeres, en eso era el mejor, no había nadie como él, y eso era reconocido en la gran confraternidad de los cazadores de sombras. Su captura de  mujeres, había consolidado su prestigio, había logrado las capturas más mediáticas, inverosímiles y convincentes. Pero Arthur pensaba que algo le hacia falta, la captura de sombras ya no lo motivaba. Desde hace un par de años aquello ya no lo atraía. Arthur se sentía triste. Pero pensó que era algo pasajero. Luego pensó que eso de capturar sombras ya no era para él, con todo y todo; ya había logrado los éxitos más sonados, era reconocido por toda la comunidad de cazadores de sombras, había llegado a la cúspide. Las revistas más famosas lo aclamaban. Pero Arthur pensó que todo aquello, ya no era suficiente. Cavilaba en eso y en retirarse del Club de los Cazadores de Sombras,
Cuando la vio. Le pareció hermosa, caminaba con el ingenio de Francia, su porte era altivo y su mirada fulmínate como un rayo de Cupido; y despedía de su cuerpo los neutrones del amor. ¿Quién es esta muchacha que pasa con las miradas de todos los ángulos? Arthur, definitivamente,  decidió cazarla, solo esa idea lo revitalizo. Le dio la energía que le faltaba. Al mediodía, la siguió por una larga calle, pero pronto los transeúntes y el tráfico la perdieron. Un par de semanas después, de noche, la volvió a ver, pero solo de espaldas. Entonces descubrió que la muchacha que seguía  no tenia sombra. Ninguna sombra, ese  hallazgo era inaudito. Arthur cada vez se encariñaba más con aquella muchacha sin sombra. Pero sabía que había hecho el descubrimiento de su vida: una muchacha sin sombra. Por u momento pensó que aquello era sensacional, seria el pináculo de su carrera como cazador de sombras. Se imagino las portadas y revistas de todo el mundo, anunciando su hallazgo y talento. Pero en el fondo había algo que lo inquietaba. Algo que nunca había sentido por nadie. Arthur llegó a pensar: que amaba a aquella muchacha. Que al fin y al cabo, toda su preparación de cazador de sombras era para cazar esa muchacha sin sombra. Creyó que ese era su destino final. Y como un  disciplinado cazador de sombras, lo afrontó.
Por terceras vez, salió de cacería, solo había visto su rostro una sola vez. La siguió hasta verla doblar en una esquina. En ese preciso momento, creyó tenerla al alcance, cuando vio la sombra de la muchacha reflejada con el farol de luz, que se proyectaba sobre la calle. Fue en ese instante, que Arthur  sintió un peso sobre su hombro derecho. Solo alcanzo a oír: Te atrape, tú eras mi destino. Arthur ni siquiera vio por segunda vez, el rostro de la hermosa muchacha que lo había cazado, porque en el gran Reino de los Cazadores de Sombras, está prohibido, absolutamente prohibido, que un cazador vea por segunda vez, el rostro de la mujer que ama.
**Versión de cuento súbito finalista, (Diciembre 7, 1998), en Concurso de Revista Imaginación, dirigida por el escritor Julio Escoto, y de cuyo jurado fue integrante el escritor y poeta Oscar Acosta. (Q.D.D.G).

***Capítulo del cuento experimental Alfonsina, algunos de cuyos capítulos ya han sido  publicado en este blog.