Lectura: Sobre el triunfo y el éxito literario, por Guillermo Belcore




Sobre el triunfo y el éxito literario, 

por Guillermo Belcore



En su deliciosamente inclasificable La soledad del lector (La Bestia Equilátera, 2012), David Markson nos recuerda una y otra vez que los tiempos suelen ser malvados con el artista. Sterne tuvo que pagar para publicar Tristram Shandy. Modigliani murió de tuberculosis en un pabellón para indigentes. A Robert Frost le aceptaron sólo cinco poemas en los primeros diecisiete años desde que empezó a enviarlos. Un enorme estercolero es como descartó Voltaire la obra de Shakespeare. Ninguna de las tres primeras novelas de Thomas Hardy vendió más de veinte ejemplares. La primera edición de Así habló Zaratustra vendió cuarenta ejemplares; Nietzsche había tenido que pagar para que lo publicaran. Cuando se liquidaron las pertenencias de Rembrandt por bancarrota en 1656, había entre ellas cuadros de Rafael, Giorgione y Van Eyck. Y setenta cinco Rembrandt. ¡Y no se recaudó lo suficiente como para levantar la quiebra!
La necedad de los contemporáneos al artista parece ser una constante histórica. ¿Otro ejemplo? John Kennedy Toole se suicidó el 26 de marzo de 1969. Ajustó una manguera de jardín en el caño de escape de su auto y colocó el otro extremo en la ventanilla del asiento del conductor. Se sentía un fracasado. Un editor de Simon & Schuster había rechazado su obra maestra, so pretexto de que “no trataba especialmente de nada”. Pero la mamá de John no se rindió. La formidable Telma Ducoing Toole consiguió que el libro fuese publicado en 1980. La conjura de los necios –una de las mejores novelas que he leído en mi vida– obtuvo el premio Pulitzer en 1981 y al año siguiente fue elegida en Francia mejor novela en lengua extranjera. ¿Qué tal?
Un caso especialmente notorio (por lo doloroso) de consagración póstuma es el Iréne Nemirovsky. Cuando al fin de los tiempos el nazismo rinda cuentas ante el Misericordioso, será condenado también por privar a la humanidad de aquel talento exquisito y perspicaz, que nació ucraniana en 1903 pero se empeñó en ser una gran escritora francesa. Su patria adoptiva, empero, la traicionó. La entregó a las bestias de Hitler. Y hoy –vaya hipocresía– Francia reverencia su memoria y la ha convertido en best seller en varios idiomas. La delicada Irene, hija de un banquero, sufrió el mismo destino infame que millones de judíos. En 1942 fue enviada como ganado al matadero de Auschwitz. Ya en este siglo, obtuvo premios y cuantiosas ventas de ejemplares. Estamos todos locos, parece.
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A lo que quiero llegar es al resbaloso concepto de éxito o fracaso literario. ¿Recuerdan el relato “El escritor fracasado” de Roberto Arlt? En su perspicaz colección de ensayos. En El punto vacilante (Norma, 2005), Sergio Chejfec establece que “el éxito va y viene, depende de distintos órdenes, todos ellos imprevistos y alejados de lo tradicionalmente literario; puede ser un avatar alocado y extravagante del caótico devenir del mundo. Y como si fuera un eco completamente lejano, deformado e irónico de la antigua promesa romántica, o sea, la capacidad redentora de la literatura, se produce a condición de que implique una incongruencia significativa con la realidad”.
No creo que sea para tanto. ¿Existirá realmente el genio incomprendido o será un invento de los que no tienen genio?, se preguntaba Hanna Arendt. Mi opinión es que en el caso de la obra extraordinaria, repleta de valores estéticos universales y atemporales, la que rompe moldes y sienta precedentes, el genio se las arregla para imponerse sobre la indiferencia, incluso después de la muerte del cuerpo que lo encerraba. Tarde o temprano, ese texto trascendente cae en manos de alguien que lo valora en su peso y medida, como el mediocre escritor Walter Percy quien leyó el manuscrito de La conjura de los necios a instancias de la recalcitrante señora Telma Toole. Es como el agua de manantial, siempre encuentra su camino entre las piedras.
Ahora, en el caso del pelotón del medio, de las obras de tercera o cuarta categoría (las jerarquías literarias existen, no me cabe la menor duda), ahí sí el apogeo de la popularidad se debe a factores ajenos al núcleo estético del arte. Por ejemplo, las modas, la propaganda, el azar o el oportunismo. En el mejor de los casos, los libritos mediocres –asiduos como signos de puntuación– serán agradables piezas de época y la posteridad las exhumará según su curiosidad histórica, como se leen los diarios de cincuenta años atrás. Pero que hayan podido publicar A, B y C, y no los resentidos D o E, no mueve la aguja del sismógrafo de la Alta Literatura.
Hoy, me parece, los peligros primordiales para separar la paja del grano son la inflación editorial y la corrupción de la crítica literaria. Los lectores carecemos de referencias honestas y competentes, en la Argentina sobre todo. No sólo porque los buenos críticos literarios pueden contarse con los dedos de una mano, sino también porque la mediocridad, los compromisos y la cobardía han desnaturalizado a los suplementos culturales que deberían obrar como faros en la neblina no como torpes mecanismos de promoción de los libracuos de los amigos. El riesgo es que en ese fárrago de reseñas complacientes y adulonas se nos pasen por alto los textos sublimes, que los hay, incluso en un país como el nuestro que parece sufrir de indigencia creativa. Aprovecho para recomendar entonces El enigma de Herbert Hjorstsberg (El cobre, 2008); no sea cosa que los hispanoamericanos descubramos que es una novela oceánica excepcional cincuenta años después de que no esté don Hugo Correa Luna.
Fuente:http://zonaliteratura.com/ 
http://zonaliteratura.com/index.php/2014/06/13/sobre-el-triunfo-y-el-exito-literario-por-guillermo-belcore/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+ZonaLiteratura+%28Zona+Literatura%29