Alfonsina (Cuento experimental )

Alfonsina  (o la cosa más extraña)
 (Cuento experimental)

Primera Entrega 

Mario A. Membreño Cedillo, (Escritor Hondureño)


“The estrange thing was, he said, how they screamed every night at midnight.” On the “Quay at Smyrna”.  Ernest  Hemingway.

“The woods are lovely, dark end deep, /But I have promise to keep, /and miles to go before I sleep;/… “. “New Hampshire”. Robet Frost.
                                                                        
Il s´agit de savoir  si quelque  chose meurt  de cette soirée ou si quelque chose  y commence, dit –elle doucement. «Le Défi».  P. Sollers


Selecciones 
I. EL VIAJE A ARCADIA
¿Por qué ella irá –se preguntó él- el sábado y no el domingo? Ella tampoco sabía porque Alfonsina iba a ir al parque el sábado. Como siempre ellos la  habían citado para el domingo y no para el sábado. Ellos caminaban por la avenida Libertadores pensando en llegar al Parque O’Higgins. Por la avenida los autos pasaban veloces, y por las anchas aceras iban y venían  apresurados transeúntes de inconcretas miradas. Ellos pasaron viejos almacenes de relucientes vitrinas,  atiborradas de maniquís que vestían la ropa de temporada. Los colores veraniegos que sugerían playas ribeteadas de blancas arenas  y aventurados  viajes. Ellos marchaban fulgurantes, encaminándose a la estación  del metro, y pasando fugazmente  anodinos  cafeterías que despedían una telaraña de  olores de café y de frituras, que rompían  soberanamente la candorosa  oleada de la frescura inmediata de la mañana. Por la Libertadores, ellos transitaban despreocupados, sin prestar la atención a lo que los rodeaba, franqueando pensamientos díscolos como si fuesen pensando  que caminaban regocijadamente por la blandura de una playa irreducible.  O  ellos estuviesen internándose dócilmente  entre la claridad de luces y el desasosiego de las sombras de un tupido bosque de pinos y abetos. They were walking by the road,  hasta que casi instintivamente se pararon en la esquina, esperando  pacientemente la luz verde de peatones. Cruzaron la calle junto a un grupo de jóvenes,  que peregrinaban envueltos en un susurro de voces, que ahogaba el paso firme de sus pasos y liquidaban el paso vertiginoso de los autos y sofocaban la ronda de bocinas de los autobuses, que aullaban como lobos corriendo en círculo en una jaula de aire.  Y entre aquel tumulto  de  voces y aquella orquestación de bocinas ellos siguieron progresando en su recorrido, hasta que vieron a los  jóvenes  que  entraban como un enjambre de palabras al cine Normandía. Ellos cambiaron miradas, y por un momento los asalto una curiosidad  pasmosa, de querer  entrar con aquellos jóvenes al cine. Pero solo lo pensaron, lo pensaron remotamente, casi sordamente como un paisaje brumoso. ¿Por qué no quedarse plácidamente en el Normandía y romper de una sola vez y para siempre aquella imperecedera costumbre? Pero, sin dirigirse la palabra prefirieron continuar  caminando, tal y como siempre lo habían venido haciendo  todos los domingos. Sin cambiar el itinerario, y después de dejar a sus espaldas el Normandía,  siguieron impávidos, vueltos totalmente a lo suyo,  con media ciudad a cuestas, y dejando también  atrás el penacho verde del cerro Santa Lucía, rayado en escalinatas de turbia piedra cobriza y salpicado en negras estatuas. Con el recuerdo que entre semana por las tardes, aquel parque se llenaba de colegiales corriendo y bajando como torrente de risas. Pero no era entre semana sino fin de semana. Las parejas se la pasaban huroneando el cielo; y ocasionalmente se veían turistas subir con una cara de curiosidad enfilando sus vistas a las estatuas que cuando les llegaba directamente la luz del sol  parecía mas vivas que la gente. Y mientras ellos prolongaban su recorrido, el cerro se iba achicando y las estatuas se iban quedando como lo que son: mudas sinuosidades de mirada fija  e impasible. Pero, ¿por qué todas las estatuas son negras?

II. En el subway

Después de llegar a la boca de la estación, bajaron las anchas gradas salvando una corriente de gente que subía afanosamente a la superficie; y casi empujados por otro torbellino que bajaba presurosamente a los andenes. Puestos ahí, después de comprar los boletos, sin siquiera mirar al que los vendía, solo un trueque de manos como el relámpago de un saludo anónimo, y ya con los boletos  que los trasportaría  al  parque. Se dispusieron a esperar el metro. Pero ahí estaban, they were here, rodeados de otra nube de voces que apenas eran murmullos y una espera que no era infinita porque, aunque todavía no se veía el metro, se anunciaba con el movimiento nervioso de los que lo esperaban. Y que lentamente empezaba a moverse como un solo cuerpo dispuestos a asaltar los vagones o saltar a una trinchera abierta como una herida en un pasaje inhóspito. Eso era todo. Ya se oía en la embocadura del túnel, el zumbido, y antes de verlo volvieron a oír su inconfundible marcha.

Seguramente ella  estará esperándonos en el parque”, pensó él. Al tiempo que, el metro pasaba, dejando atrás y atrás y atrás, estaciones iluminadas en que solo se veían, momentáneamente, vistosos carteles adosados a las paredes de las iluminadas estaciones, promoviendo maravillosos viajes a la Isla de Pascua; y exhibiendo hermosas mujeres, que con manos impecables y nítidas, descorchaban y cataban vinos de gran solera. Y sus rostros eran tan nítidos que parecían reales, tan reales parecían que cualquiera pensaría que estaban a punto de hablar. Y sus cuerpos definitivos eran tan compactos que uno creería que aquellas provocativas mujeres, de piel perfectamente matizada y de labios rojos encendidos en brillos delicados; en cualquier momento, saltarían de los carteles, caminarían sólidamente por el relumbrante anden; y entre delicadas sonrisas y miradas sorprendidas, subirían  al metro. Y algunas de ellas, completamente inequívocas y rodeadas de un encanto natural, se sentaría concluyentemente al lado de uno. Entonces, cabalmente se podría pensar que uno estaba cómodamente sentado, haciendo un fabuloso  recorrido en el metro, con la rara impresión de llevar un pájaro batiendo las alas silenciosamente dentro de la cabeza; y a su vez,  ir perfectamente acompañado de  una hermosísima mujer de puro papel. No había más que eso, eso era todo lo que había, no podría haber más que un túnel de sombras y estaciones luminosas, llenas con carteles de mujeres que parecían casi reales. Mientras tanto, el metro todo iluminado, seguía avanzando  por el apocado  túnel, y  cada vez que se detenía en una estación, en un en un santiamén se abrían las puertas de par en par, y se levantaban mecánicamente los pasajeros, formando una corriente de cabezas que se estrechaba en las puertas magnéticas y se desparramaban en colores por los andenes. Ellos  salían y entraban anónimamente hasta que al cerrarse las puertas, y atestarse de efímeros pasajeros con rostros que uno no volvería a ver; enmarañados en  siluetas y perfiles que abordaban el metro cargados  de una leve y secreta vehemencia por llegar  felizmente a algún lugar cálido, o quedarse eternamente sentados en aquel mundo subterráneo y móvil. En que todos eran tristemente iguales;  mientras sus manos potentes se aferraban a los pasamanos y sus miradas disimuladas se perdían en el trajín de un vagón repleto de cuerpos, que anunciaban una somnolencia que lejanamente esperaba transformarse en una corriente inusitada de vitalidad y anhelo por salir a flote. Entonces entre gente y sueños, entre las nueve de la mañana y aquel cúmulo de peregrinos, el metro volvía sigilosamente a poner su maquinaria  en expedito movimiento. Dejando atrás estaciones iluminadas y seres que esperarían otros  vagones para ir a bajarse a otras tantas estaciones alumbradas, en que otros tantos puñados de gente subiría con las mismas posibilidades. Mientras, el vagón completamente iluminado y limpio atravesaba túneles uniformemente despejados. Entonces uno pensaba que todo era suave y hermoso. Que aquel era el preámbulo a un sueño perenne, un viaje avanzando hacia un horizonte imperecedero de luz. They were walking by the road, toward the white sand, and the sea very still like a postcard. However, there was nothing. Only was a dream, a effortless dream...was a forest, one face, un rendezvous, a still vision.


XII. EL CÓNDOR PASA
-Que raro- prorrumpió ella- Ese hombre si es extraño.
-No tiene nada de raro, escuchamos que alguien decía a nuestras espaldas. Era la voz de un viejo de cara ovalada, barba luenga, abundante y canosa. Nosotros los vimos estupefactos. Al principio pensamos que la cosa no era con nosotros, y como no era con nosotros, nos dispusimos a marcharnos. Pero  el viejo, que vestía un traje negro y usaba una camisa abotonada sin cuello; mirándome directamente a los ojos,  dijo:

-Ese hombre dijo señalando hacia la arbolado por donde se había perdido el clarinetista. No tiene nada de raro, pero yo si se cosas vertiginosamente extrañas. Nos quedamos en silencio por un instante, hasta que ella, sin vacilar se adelanta  unos pasos y encarando  al viejo, exclamó:
-Si -dijo ella- con un aire de curiosidad en su rostro, y luego preguntó ¿Y  cuáles son esas cosas? Yo me quedé callado, viendo al locuaz anciano que en  su semblante parecía tener visos de loquera. Por lo que estuve a punto de marcharme. Pero el viejo, como si hubiera adivinado mis intenciones cambió su  rostro temerario y con voz serena narró:

-Si, yo si he visto cosas extrañas. Sucedió en París, siempre que salía  solía, oh chaminer pour  les Champ Elysees, hasta que un día vi a un hombre sentado sobre la grama, tocaba una canción con su flauta, los transeúntes solían escucharlo un rato y lanzarle un franco en su sombrero de fieltro. Vi esa escena muchas veces, el hombre siempre tocaba la misma tonadita. Yo la conocía, vaya, que la conocía, era la canción “El cóndor pasa”. Por varias semanas lo vi tocarla, hasta que un día involuntariamente me le acerqué más de lo que solía hacerlo, y ya ahí francamente le pregunté: “¿Por qué siempre toca la misma canción?” El hombre de cara aindiada, posiblemente peruano o boliviano, levantó su cabeza, y una mirada aquilina amaneció en su rostro, y sin ambages me contestó: “Porque esa es la única canción que yo  conozco y porque esa es la única música  que me llega al alma”.  Pronunció aquellas palabras con tal vehemencia en su rostro  y con tal convicción en su voz, que por un momento no supe que hacer, ni que decir, ni que pensar. Acto seguido aquel hombre,  resolutivamente se paro, levantó sus brazos ligeramente arriba de la altura de los hombros, abriéndolos como dos poderosas alas transparentes, echó un vistazo a su alrededor, enseguida me vio eficazmente a los ojos; distinguí que en sus ojos revoloteaba un brillo de vehemencia, y frente a mí, se transformó en cóndor y voló inmaculadamente por los festivos cielos de París.

XV.  CAMPO IMPRESIONISTA
El campo,  que quedó vacío como una plaza a media noche bajo una luna escondida detrás de una cordillera de  nubes. que se va trasformando misteriosamente en una arquitectura de cosas transparentes. Era como ver una de esas calles baldías  a las tres de la tarde, a las tres en punto de la tarde de un sórdido domingo, en que uno nunca cree  que sean las tres en punto de la tarde hasta que son las cinco de la tarde. Entonces o ve el reloj y descubre que son las cinco de la tarde pero sigue pensando que  son las tres  de la tarde, aunque sean las cinco de la tarde. Pronto nos percatamos de un ligero movimiento entre la lluvia. Algo se movía entre la lluvia, alguien corría, vimos a alguien correr, era un hombrecito que vestía de negro, dando menudos saltos; y luego grandes zancadas. Detrás de él corría, lo que parecía ser un perro. Y si era un perro porque empezó a ladrar. Entonces, el hombrecito de negro se detenía, parecía tomar aire, y ahí parado taba los brazos horizontalmente a la altura de sus hombros, luego los bajaba, y continuaba corriendo. Todo le hacia con tal parsimonia como si no se hubiese dado cuenta que estaba lloviendo; Y mientras tanto, el perro también  se detenía; y al momento que el hombrecito empezaba nuevamente a correr, el perro volvía a  perseguirlo siempre endiabladamente  ladrando como si persiguiera una sombra inalcanzable. Esta vez no había un “horizonte de perros, ladrando cerca del rió” Era solamente un solo perro, que ladraba tanto como si fuese un horizonte de ladridos. Además, no había ningún rió cerca. Pero, quizá en el Mapocho, si había un horizonte de perros ladrando cerca del rió. El acto se repitió varias veces a campo abierto, hasta que antes de llegar al término del campo, el hombrecito de negro vio el reloj de su muñeca y comprobó absolutamente  que eran las tres de la tarde, aunque  de lejos parecía que fuesen las cinco de la tarde. Entonces,  el hombrecito giró bruscamente hacia la fuente, la cual apenas se distinguía entre la borrosa cortina de tono grisáceo que amontonaba el agua del chorro vertical de la fuente  y la lluvia  que caía a torrentes. A lo lejos el hombre de negro, apenas era una silueta negra, y la fuente  sólo era un contorno y una masa difusa de luces y sombras. Entonces, el hombrecito empezó a dar vueltas a la fuente, y tras él, también el perro emprendió su persecución   hasta que frente a la fuente, súbitamente, el perro se detuvo, alzó su cabeza, tenso sus patas, erizo su pelo, pausadamente  inclino ligeramente su cuerpo hacia delante. Luego, vio fijamente la colosal fuente y empezó a ladrarle al vigoroso chorro de agua que caía en miles  de gotas, sobre la superficie plana de la fuente. Entonces, y vaya a saber por qué, cómo y desde dónde  alguien se le ocurrió to take a picture, todo quedo fotografiado: la escena del hombrecito, el perro negro tan empapado que parecía blanco aunque fuese definitivamente negro como una noche negra en  un día sin color. De ahí para delante  fuente circular de piedra y chorro vertical que sube, y aguacero horizontal que se desploma como  se desploman los techos en un feroz aguacero. Todo amablemente fotografiado menos, las  tres en punto de la tarde en algún reloj de muñeca que marca las tres en punto de la tarde. Aunque pareciese que no son las tres en punto de la tarde sino que  en un señorial reloj de pared de una antañona  casa con un zaguán morado de violetas,  acaban de dar inquebrantablemente las cinco en punto de la tarde, mientras cerca de ahí un horizonte de niños juega a las estatuas de marfil. Y a lo lejos un horizonte de perros ladra alrededor de la Moneda.


XX. LAS NUBES EN EL ESPEJO

ÉL
Fue hasta el domingo siguiente que ellos volvieron al parque por las gaseosas que la esposa del heladero no les había dado el domingo pasado; cuando ellos supieron que definitivamente Alfonsina ya no vendría nunca más al parque. El aún recordaba el encadenamiento  de los hechos. Lo de la lluvia había sido el domingo anterior. Fue el domingo en que ellos se empaparon como si fuesen  árboles en la explanada. Él recordó que luego vieron al vagabundo que marchaba por la calle tocando su clarinete; y tras él,  le seguía un tropel de gentes enervada  por la música. Eso fue cuando la lluvia ya había pasado, y las nubes, ordenadamente, se desplazaban disciplinadamente en silente caravana.  Al día siguiente él la llamó a su casa. Recordó que ella se sorprendió por  la llamada, porque él nunca le había llamado por teléfono a su casa. Algo dijo ella de ir a unas clases de piano a la Corporación Arrau, o acompañar a las tías a  Providencia, algo más dijo acerca  de preparar la cena, él recordó  que ella sugirió  algo sobre el tiempo: “hace frío”. Después, cansadamente,  murmuró “es tarde”,  al final casi susurrando dijo  “quizá mañana”. Ella nunca le dijo nada de lo ocurrido aquel domingo y él  nunca supo si las  tías de ella lo supieron. Al final él recordó que ella le dijo,  casi balbuciendo”: He pescado un gran resfriado”.

XXI. EL PODER DE LAS PALABRAS
ELLA
Si, recuerdo bien aquella noche. Él me llamó, nunca me había hecho una llamada por la noche. Recuerdo que me puse nerviosa porque en la salita verde estaba una de mis tías sentada justamente frente a mí. Yo había pasado una tarde algo confusa. Él me invitó a salir, no recuerdo bien a dónde, creo que nunca me lo dijo. Yo lo pensé. Algo le dije del mal tiempo, algo más de que “quizá otro día”. Recuerdo que mientras hablaba con él  mi tía no me quitaba los ojos de encima. Algo más le hubiera podido decir pero no podía hablar tan abiertamente. Al fin, ante sus ruegos se me ocurrió decirle que había “pescado un gran resfriado”. Todo se me ocurrió de la manera más simple,  lo pensé apresuradamente  porque la mesa estaba servida; esa noche cenábamos pescado,  como solíamos hacerlo todos los lunes, era pescado fresco, recién pescado por la mañana, nos lo traían expresamente desde Viña del Mar. Había empezado a llover, llovía, llovió toda esa tarde así que me resultó fácil decirlo. La verdad que yo nunca pesqué un gran resfriado, pero cuando lo dije, nunca pensé que con el tiempo, llegaría a ser una verdad tan  determinante, ni tan impecablemente elegante.


XXII. LAS RAICES INEDITAS DE LA MEMORIA


ALFONSINA
Si, yo fui al parque aquél domingo, ellos no me vieron. Estuve a punto de ir a su encuentro, pero los vi tan felices que desistí de hacerlo. Esa misma tarde me fui para Valparaíso. Todo lo había venido pensando desde hace un par de meses. Sabía perfectamente bien que ellos jamás tomarían la decisión que tomaron, si yo hubiese estado allí. Mucho tiempo después, los volví a ver, iban caminando tranquilamente por Vitacura, se veían saludables. Ellos no me vieron. A ella, creo haberla reconocido una vez más, entre un grupo de personas, entrando a una casa opaca en San Diego. Creo haberlos visto una última vez, pero sinceramente no estoy segura; fue pocos días antes del golpe militar de septiembre. Los vi por una calle terrosa por Apoquindo me extraño verlos ahí; si eran ellos  iban con otras personas y  caminaban rápido y sin ver hacia atrás. Pero no estoy tan segura que fuesen ellos. Nunca más los volví a ver. ¿Cómo no recordarme de aquel domingo? Sí que los vi, ellos no me vieron; pero yo si que los vi, ahora ellos ya no pueden verme. Pensándolo bien, creo que jamás en su vida me vieron; y hasta he pensado que si ellos estuvieran aquí, tampoco podrían verme. ¿Cómo podrían verme? Si, seguramente, que ellos no podrían verme. ¿Cómo podrían verme?  Si ellos están irremediablemente  allá y yo estoy felizmente aquí. Pero también podría ser al revés; ellos están allá, tan plácidamente como si fuesen sentados en un vagón del metro y yo estoy aquí en este horizonte de agua.  Pero ¿por qué no se fueron  mejor  al Normandía?

*Escrito en octubre de 2002. Cuento experimental e inédito con los  22 capítulos  programáticos  (a manera de la música programática), que tiene la versión  original.